Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

SHEENA

Sheena notó la expresión de orgullo que cruzó el rostro de Regan y sonrió.

La familia siempre había considerado a Regan la «rubia tonta», incluso con su cabello oscuro.

No había sabido del sufrimiento de su hermana porque había estado demasiado ocupada criando a su propia familia.

Quizás, pensó, con esta estancia en Florida, podría ayudarla a ganar más seguridad en sí misma.

Al acercarse al restaurante, Sheena se alegró de ver varios coches en el aparcamiento y gente comiendo en la terraza.

Si iban a usar el restaurante de Gracie como eje central para renovar el hotel, tenía sentido arreglar un poco el edificio.

Además, quería que al menos algo resultara atractivo antes de que Tony y los niños vinieran de visita.

Dentro del restaurante, dos mujeres del grupo de Gavin —Lynn Michaels y Maggie O'Neil— hacían de camareras.

Sheena se asomó a la cocina. Bertha Baker, más conocida como Bebe, estaba ayudando a Gracie.

Sam Patterson —también del grupo— estaba junto a la plancha, dando la vuelta a las tortitas. Sally Neal fregaba los platos.

Sheena se apartó, satisfecha al comprobar que, tal como había dicho Gracie, los miembros del grupo de Gavin ayudaban de verdad con regularidad.

Una vez que Sheena y sus hermanas se sentaron y pidieron, Sheena echó un vistazo al interior del restaurante. Si tuviera la oportunidad, lo reformaría, pero con lo justo que andaban de dinero, eso no iba a pasar. Si es que pasaba alguna vez.

Les sirvieron la comida y Sheena atacó su plato. Qué maravilla que la atendieran. Y cuando probó un bocado de sus huevos revueltos esponjosos y luego el panecillo tierno cubierto de miel, no pudo contener un suspiro de satisfacción. Gracie hacía milagros.

Sheena sonrió al ver las caras de satisfacción de sus hermanas.

—Delicioso —dijo Darcy, atacando sus tortitas.

—Estas tostadas francesas son las mejores que he probado —dijo Regan—. Aunque no puedo permitírmelas muy a menudo. Engordaría demasiado.

Sheena suspiró. Era algo que diría Meaghan. Le molestaba que las chicas jóvenes sintieran la necesidad de disculparse por darse un capricho cada vez que se atrevían a hacerlo.

Mientras desayunaban, el local se fue llenando cada vez más. Terminaron rápido, les dijeron que invitaba la casa, y salieron del restaurante.

De vuelta en la casa, Sheena les metió prisa para que entraran en el salón. —Hagamos una lista de prioridades y luego decidimos qué queremos hacer. No podemos perder ni un minuto.

Enseguida acordaron que había que pintar el exterior del restaurante y arreglar un poco el jardín.

—Necesitamos un ordenador y contratar internet —dijo Darcy—. Una vez que lo tengamos, puedo crear una página web y darle presencia online a este sitio.

Sheena recordó lo que había en uno de los trasteros. —Y necesitamos un programa para llevar el control de todo lo que vayamos consiguiendo.

—Y los muebles de las habitaciones de invitados —dijo Regan.

—¡Un momento! —dijo Darcy—. Voy a estar superocupada.

Sheena y Regan intercambiaron una mirada. —Claro —dijeron al unísono.

—Me gustaría encargarme de buscar muebles de segunda mano para las habitaciones —dijo Regan.

—¿Qué? No queremos llenar esto de trastos —dijo Darcy.

—Tenemos que confiar en su criterio —le recordó Sheena—. Regan siempre ha estado interesada en el diseño de interiores y la decoración.

La cara de sorpresa de Darcy lo dijo todo. Se volvió hacia Regan. —¿En serio?

A Regan se le dilataron las fosas nasales de irritación. —Ser recepcionista nunca fue mi meta, por muy tonta que me creas.

Darcy levantó una mano. —Lo siento. No pretendía picarte.

—Vale, vosotras dos —dijo Sheena—. Vamos a darnos un respiro. Me estoy dando cuenta de que hay mucho que no sabemos la una de la otra.

Darcy asintió. —Ya, no sé cómo acabé trabajando con ordenadores cuando lo que siempre he querido es escribir una novela.

Regan abrió los ojos de par en par. —¿Una novela? ¡No me digas!

Darcy negó con la cabeza. —No, en serio. Pero me he quedado atrapada en el mundo de la informática porque es donde está el dinero. No te preocupes, me encargo de los ordenadores aquí.

—Y yo haré un inventario del mobiliario —dijo Regan, conciliadora.

—Hablaré con Brian a ver qué puede hacer para ayudarnos con el jardín y la pintura —dijo Sheena.

—No olvides que necesitaré dinero para el ordenador —advirtió Darcy.

Sheena asintió. —Primero tengo que hablar con Brian para ver qué sabe de los gastos de suministros y otros temas económicos.

—Podría ayudarte a hablar con él —dijo Darcy con una sonrisa—. Brian está buenísimo.

Sheena notó cómo a Regan se le dilataban las fosas nasales, pero no dijo nada. Esas dos tendrían que resolver sus diferencias por el tío más guapo que había visto en mucho tiempo.

Justo cuando Sheena estaba a punto de ir al restaurante, Brian llamó a la puerta principal. —¿Estáis decentes, señoritas? —preguntó asomándose por la puerta que apenas había entreabierto.

Darcy se levantó de un salto y fue a abrirle. —Muy decentes —dijo, sonriéndole.

Abrió la puerta del todo y entró. —Imaginé que estaríais reunidas y pensé que podría echaros una mano. Gavin me pidió que estuviera a vuestra disposición mientras arrancáis con el proyecto.

Dos horas después, Sheena tenía respuesta a muchas de sus preguntas.

Sí, tenían un vehículo: el viejo Cadillac rojo descapotable de Gavin.

No, no había contratos con jardineros. No, no tenían servicio de mantenimiento de piscina.

Sí, la factura de la luz estaba al día. Sí, le enseñaría un registro de gastos mensuales, la mayoría cubiertos por los gastos operativos habituales. No, no había reservas de huéspedes.

Cuando tocó hablar de los gastos, Brian se puso serio. —Mi negocio puede ayudaros con la pintura y la jardinería. Diablos, hasta puedo encontraros a alguien que se encargue de la piscina. Pero eso es puro maquillaje. ¿Y las habitaciones?

—Estoy haciendo un inventario del mobiliario —dijo Regan—. ¿Conoces algún sitio donde podamos conseguir muebles usados de buena calidad? Así podríamos reamueblar esas habitaciones con algo mejor. Al menos unas pocas a la vez.

A Brian se le iluminó la cara. —Buena idea. Déjame indagar. He oído que uno de los hoteles más grandes y antiguos está de reformas.

—No queremos cambiar unos muebles cutres por otros —dijo Darcy.

Brian levantó la mano. —No, no. Hablo de un sitio parecido al Hotel Don CeSar. Y ese es de categoría. —Se volvió hacia Regan—. Podemos ir juntos si quieres.

—Yo también puedo ir —dijo Darcy, esperanzada.

—Seguramente estarás ocupada con los nuevos programas de gestión online —le recordó Sheena con delicadeza.

Darcy hizo una mueca. —Cierto.

—Sí, mi madre espera que la ayudes en el bar —dijo Brian, lo que hizo sonreír a Darcy.

Al ver cómo interactuaban, Sheena se preguntó cuándo se había convertido en una señora tan mayor. Entre ella y Darcy solo había diez años de diferencia, pero parecían cincuenta. Con tono juguetón, dijo: —Quizá yo también vaya.

Brian le sonrió. —Trato hecho.

Esta vez, Sheena notó divertida que tanto Darcy como Regan fruncían el ceño.

Cuando Brian se marchó, Sheena dijo: —Tengo que comprar algunas cosas en la farmacia, y necesitamos comida en casa.

Yo lo pago de momento. Archibald Wilson debería reembolsárnoslo.

Pero no podemos esperar. Entre otras cosas, necesitamos protector solar.

La piel blanquecina de los Sullivan ya se nos está poniendo rosada.

—Yo también necesito ropa. Pero no tiene sentido comprar nada elegante. No si vamos a trabajar aquí —dijo Regan.

—Seguro que hay un Walmart por aquí —dijo Darcy—. Lo busco en el móvil.

—Me pregunto en qué estado estará el coche de Gavin —dijo Sheena.

—Sí, son las únicas ruedas que tenemos —dijo Darcy.

—Apuesto a que es un desastre. Como el hotel —dijo Regan con un suspiro.

—Pronto lo sabremos. Seguidme. —Sheena levantó el llavero y guio a sus hermanas hasta el garaje, al fondo del edificio principal.

Allí, desbloqueó la puerta basculante del garaje y la levantó.

—¡Vaya! —dijo Regan.

Sheena encendió la luz. Una sola bombilla que colgaba de un cable sujeto al techo del garaje iluminó un coche que solo había visto en exposiciones de coches clásicos.

Un Cadillac rojo con capota blanca y neumáticos de banda blanca ocupaba el centro del garaje. La carrocería relucía bajo la luz, prueba del cuidado que había recibido.

—Brian dice que funciona. ¿Verdad? —La voz de Darcy era un susurro mientras acariciaba la superficie del coche. Abrió la puerta, miró dentro y se volvió con una sonrisa—. Está en muy buen estado para ser, estoy casi segura, un coche de los años cincuenta.

Sheena separó las llaves del coche del llavero y se las dio a Darcy. —Toma. Conduce tú. No me siento cómoda al volante.

Darcy lanzó una mirada interrogante a Regan.

Regan negó con la cabeza. —Yo no. En la ciudad no necesitaba conducir.

Darcy sonrió. —Vale, subid. Vamos a dar una vuelta.