CAPÍTULO TRECE
REGAN
Brian se acercó a Regan con una sonrisa. —Me alegra que no quieras volver al norte. Escucha, siento haber empezado con mal pie. ¿Podemos ser amigos?
Regan notó que se ruborizaba. —Quizá. —Al ver la expresión de desánimo en el rostro de Brian, se rio—. Quiero decir, sí, podemos intentarlo.
—Bien. —La mirada marrón de Brian parecía penetrarla, y Regan sintió que el estómago le daba un vuelco.
Regan lo estudió en busca de cualquier señal de lascivia. Su expresión permaneció neutral, de amigo a amigo. Quizá era uno de los buenos, pensó. Solo el tiempo lo diría. Y si estaba equivocada, Brian iba a llevarse la bronca de su vida. O algo peor.
Darcy se acercó a ellos. —Puede que trabaje contigo y con tu madre —le dijo a Brian con una sonrisa coqueta que habría sido cómica de no resultar tan irritante.
¿En serio? ¿Darcy estaba coqueteando con él? Al ver que Brian le dedicaba una sonrisa deslumbrante a su hermana, Regan se quedó helada. ¡Dios mío! Al final sí que es un mujeriego. Se dio la vuelta y se alejó a toda prisa.
—¡Espera! —gritó Brian.
Regan siguió caminando. En lo que a ella concernía, Brian podía esperar sentado en el infierno.
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Regan estaba tumbada en la cama en la oscuridad de la madrugada, mirando al techo, con la cabeza llena de ideas.
Ella y sus hermanas habían quedado en reunirse justo después del desayuno para pensar qué hacer con su situación, pero Regan no quería esperar tanto.
Se dio la vuelta, esperando conciliar el sueño.
Cuando quedó claro que no iba a dormirse, finalmente se levantó y bajó las escaleras de puntillas.
Al entrar en el salón, se detuvo sorprendida. —¿Qué haces despierta?
Sheena le sonrió desde el sofá. —Yo tampoco podía dormir. En cuanto amanezca, voy a dar un paseo por la playa. ¿Quieres venir?
—Claro, me apetece. —Regan se sentó junto a Sheena y la observó. Incluso despeinada tras una noche inquieta, no aparentaba su edad. A Regan le costaba creer que Sheena tuviera hijos adolescentes.
Sheena se inclinó y le tomó la mano. —Espero que podamos conocernos mejor mientras estemos aquí. Como tenía catorce años cuando naciste, a veces te veía como si fueras mía, sobre todo porque mamá siempre estaba enferma. Pero nunca te he conocido de verdad, de mujer a mujer.
Regan sintió una oleada de gratitud. —No siempre fue fácil ser la pequeña de la casa. Cuando cumplí catorce años, Darcy ya estaba lista para marcharse. No se fue muy lejos a la universidad, pero desde entonces nos ha costado volver a conectar de verdad.
Sheena se levantó. —Voy a prepararme un café. ¿Quieres uno?
—Suena bien. —Regan siguió a Sheena hasta la cocina y se dejó caer en una silla junto a la pequeña mesa.
Sheena puso una cápsula en la cafetera y esperó a que se llenara la taza. Cuando estuvo lista, se la pasó a Regan. —¿Leche? ¿Azúcar?
Regan negó con la cabeza. —No, gracias. —Sostuvo la taza entre las manos e inhaló el aroma humeante del café. Le encantaba esa hora del día. Parecía llena de posibilidades.
Sheena se preparó su café y se sentó a la mesa frente a Regan. La miró fijamente y dijo: —Le dijiste a todos que no querías volver al norte. ¿Y Nueva York? ¿No eras feliz allí?
Regan soltó un bufido. —Solo alguien con dinero podría disfrutar viviendo allí. Es impersonal y artificial. Al menos para mí lo fue. No, si conseguimos que esto funcione aquí, seré feliz. Hay muchas cosas que nunca he podido hacer. Espero que esto me dé la oportunidad de probar cosas nuevas.
—Vale, eso suena bien —dijo Sheena.
—Sabes que quería ir a RISD, ¿verdad?
Sheena abrió los ojos de par en par. —¿La Escuela de Diseño de Rhode Island? No, no lo sabía. ¿Por qué no fuiste?
Regan hizo una mueca. —Porque no pude entrar.
No se me dan bien los exámenes. Eso es lo que dijo mi orientadora, pero yo creo que es porque soy tonta.
No te imaginas cuántos profesores me dijeron que fuera más como mis hermanas.
Lo intenté. De verdad. —A Regan se le llenaron los ojos de lágrimas—.
Tengo una dificultad de aprendizaje, algo parecido a la dislexia que me lo pone muy difícil.
Tengo las ideas y sé dibujar, pero nunca conseguí hacerlo bien en los exámenes. Mis resultados del SAT fueron pésimos.
—Oh, cariño, no tenía ni idea. Pensé que simplemente no te gustaba estudiar y que luego querías ir a Nueva York a pasártelo bien. Fuiste a ser modelo, ¿no?
Regan negó con la cabeza. —Aquello es un nido de víboras.
No quería meterme en las drogas ni en todo lo que hay que hacer para triunfar.
Por eso acabé haciendo lo que Darcy seguramente considera un trabajo sin importancia.
Pero, Sheena, aprendí mucho sobre la gente en ese trabajo.
Creo que puedo ayudarnos. Se me da bien tratar con la gente.
—¿Tú ayudarnos? ¿Cómo? —dijo Darcy, que entraba en la habitación en bragas y camiseta de tirantes.
—Creo que le pediremos a Regan que proponga ideas para arreglar y decorar las habitaciones —dijo Sheena, y le guiñó un ojo a Regan.
—Por mí, perfecto. Eso no es lo mío —dijo Darcy—. Pero recordad que necesitaré dinero para todo el equipo informático que nos hace falta.
—Nadie va a conseguir dinero para nada hasta que hagamos un presupuesto.
Y eso significa que todas tenemos que investigar un poco —dijo Sheena—.
Tendremos que ir por etapas y luego fijaremos un calendario cuando tengamos más claro lo que necesitamos.
Entonces podré deciros qué podemos hacer y qué no.
—Suenas como la hermana mayor mandona que solías ser, Sheena —se quejó Darcy—. Recuerda que las decisiones las tomamos las tres, no solo tú.
Regan vio un destello de dolor cruzar el rostro de Sheena.
—Darcy, sabes que eso no es justo. A ella la han puesto al mando. ¿Y dónde estaríamos ahora cualquiera de las dos sin Sheena cuidando de nosotras cuando éramos pequeñas?
—Supongo que tienes razón —dijo Darcy—. Lo siento, Sheena. Estoy más nerviosa de lo que pensaba con lo de sacar esto adelante. No puedo volver a Boston como una fracasada.
—Ninguna puede —dijo Sheena en voz baja.
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Al pisar la arena fresca, Regan pensó en el clima invernal del norte y sonrió. Seguro que aquel viento frío estaría calándose en los abrigos de la gente por las calles de Nueva York mientras ella disfrutaba del sol.
Regan se detuvo a escuchar los graznidos de las gaviotas mientras se elevaban y descendían en picado sobre ella, con sus alas blancas relucientes contra el cielo azul que clareaba. Estar en Florida le parecía casi exótico. Nunca había viajado como muchos de sus amigos.
Caminó hasta la orilla y se quedó entre la espuma, observando los pececitos que pasaban nadando en pequeños cardúmenes.
No sabía qué haría falta para superar aquel desafío, pero como le había dicho a la gente de Gavin, quería quedarse en el Salty Key Inn todo el tiempo que pudiera.
Su vida hasta entonces había sido una decepción tras otra.
—¡Vamos! Vamos a caminar por la playa y echar un vistazo a los otros hotelitos —dijo Darcy, haciéndole señas para que avanzara.
Regan se apresuró a unirse a sus hermanas.
Los edificios que bordeaban la playa eran un batiburrillo de formas, colores y tamaños. El edificio del restaurante, que al principio le había parecido muy feo con su revestimiento de tablillas azules y las molduras amarillas descoloridas, ahora le parecía más acorde con el lugar.
Mientras seguían caminando, Regan se dio cuenta de que la suya era una de las propiedades más grandes de la zona.
—Será mejor que volvamos a desayunar —dijo Sheena—. Tenemos muchísimo de que hablar.
Los graznidos de las gaviotas las acompañaron mientras se abrían paso entre otros caminantes madrugadores hasta el acceso público a la playa.
Caminaron por el paseo marítimo de madera en fila india, con Darcy a la cabeza. Cuando llegó al final y se detuvo junto a la calle, Regan la llamó:
—¡Espera! Quiero enseñarte una cosa.
Darcy y Sheena se detuvieron y se pusieron a su lado.
—¿Sí? ¿El qué? —dijo Darcy.
—Mirad hacia delante —dijo Regan—. ¿Qué veis?
Sheena sonrió.
—Ya lo veo. El atractivo exterior del hotel es prácticamente nulo.
—Sí —dijo Regan—. Hay que repintar ese edificio y poner algunas plantas para que la entrada del hotel resulte más atractiva. No debería costar mucho. Sobre todo si echamos una mano con la pintura.
—¡Eh, para el carro! —dijo Darcy—. Podemos contratar a alguien que lo haga.
—Hablemos de eso después del desayuno, pero me gusta lo que dices, Regan —Sheena le puso una mano en el hombro, como una especie de bendición.
Regan sintió que el corazón se le llenaba de gratitud. Quizá aquella estancia en Florida fuera todo lo que había esperado.