CAPÍTULO DIEZ
REGAN
Mientras Brian subía las maletas más grandes por las escaleras, Regan se quitó las botas de cuero y flexionó los dedos de los pies con alivio.
En cuanto pudiera, se pondría el único par de pantalones cortos que había traído.
Echó un vistazo a su habitación. Las paredes de tablilla estaban tintadas de marrón, igual que las de los otros dos dormitorios.
Los marcos de cama Jenny Lind, también marrones, hacían juego con las paredes.
El único toque de color en la habitación era la colcha de la cama.
La suya era una mezcla de morados y verdes que le recordaba a su colcha favorita de cuando era pequeña.
Se había fijado en que la colcha de la habitación de Darcy era naranja y roja, y la de Sheena, de varios tonos de azul.
El parecido entre las habitaciones hacía que Regan se sintiera como en una residencia de estudiantes.
Solo de pensarlo, sacudió la cabeza ante lo absurdo de la situación.
Vivir con desconocidos habría sido mucho más fácil que compartir aquellos espacios tan reducidos con sus hermanas.
La perfecta Sheena y la sabelotodo de Darcy ya le estaban poniendo los nervios de punta.
Evitando mirarla, Brian llevó la maleta con ruedas hasta la habitación de Regan.
—Gracias —dijo ella, y le dio la espalda.
Cuando él se marchó, abrió la maleta y contempló con desánimo las pocas cosas que había dentro. Se cambió de ropa y abrió la carta que Brian había dejado sobre la cama.
Momentos después, Darcy entró en la habitación agitando una hoja de papel.
—Aquí está mi carta. Será mejor que nos reunamos.
Las dos se dirigieron a la habitación de Sheena. Estaba sentada en la cama, leyendo su carta. Cuando las vio, negó con la cabeza.
—Esto va a ser todo un desafío. Con una cantidad de dinero tan limitada para empezar, tendremos que ir con mucho cuidado a la hora de poner en marcha esta propiedad.
—Pero ciento cincuenta mil dólares es mucho dinero —dijo Regan.
Sheena negó con la cabeza.
—Sé que se te da bien encontrar chollos, Regan, pero en los negocios eso no es nada. Déjame terminar de leer esto.
—Espera —dijo Darcy—. Empecemos desde el principio y repasémoslo juntas.
Se sentó en la alfombra, de cara a Sheena. Regan se sentó a su lado.
—De acuerdo —dijo Sheena—, aquí está. Mis queridas sobrinas, esperaba poder trabajar con vosotras en este proyecto, pero la mala suerte ha querido que no sea así.
Compré esta propiedad pensando en vosotras y en otros.
Ciertas cosas básicas como el cableado eléctrico y los sistemas de seguridad contra incendios y de protección de personas se han solucionado para que el hotel y el restaurante sean viables.
Pero el resto depende de vosotras. Lo he convertido en una especie de desafío.
Si tenéis éxito, esto y mi patrimonio serán vuestros.
Si fracasáis, nada de esto será vuestro, sino que se repartirá entre varias personas que desconocen este acuerdo.
Regan frunció el ceño.
—¿Qué clase de hombre haría algo así?
Sheena sonrió.
—El tío Gavin. No estaba cuando tú eras pequeña, pero yo lo recuerdo como alguien muy divertido: grandote, ruidoso, gracioso.
Me encantaba tenerlo cerca, antes de que él y papá tuvieran una pelea tremenda por algo.
Entonces «El Gran G», como a veces se llamaba a sí mismo, prácticamente desapareció.
Pero mamá siguió en contacto con él en secreto, enviándole cartas y fotos.
—Recuerdo que cuando pregunté por él, mamá me advirtió que no mencionara su nombre delante de papá —dijo Darcy—. ¿A qué venía todo aquello?
—Sí, si era la oveja negra de la familia, ¿por qué hizo esto por nosotras? —dijo Regan.
Sheena se encogió de hombros.
—Probablemente porque éramos su única familia de verdad y porque mamá, supongo, fue la única que mantuvo el contacto con él.
Volvió a la carta.
—Os doy ciento cincuenta mil dólares para poner en marcha el proyecto.
Si no los usáis con cabeza, fracasaréis.
Depende de vosotras usar el ingenio Sullivan para encontrar la manera de sacarlo adelante.
En otras palabras, sed creativas. Y, por cierto, disfrutad del viaje. Yo siempre lo hice. Tío Gavin.
En un párrafo aparte, Gavin había escrito: «Sheena, tú eres la que más se parece a mí. ¿No te lo crees? Ya lo verás.»
Sheena frunció el ceño.
—¿Alguna de vosotras tiene una nota aparte al final de su carta?
—Yo sí —dijo Darcy—. La mía dice: «Darcy, no eres quien creemos que eres.» Raro, ¿no?
Sheena se volvió hacia Regan.
—¿Y tú? ¿Qué te dice a ti?
A Regan se le llenaron los ojos de lágrimas.
—La mía dice: «La belleza está en los ojos del que mira.» ¿Qué demonios significa eso? Estoy harta de que todo el mundo solo piense en mi aspecto.
Sheena negó con la cabeza.
—No creo que se refiera a eso para nada.
—Entonces, ¿a qué? —preguntó Regan.
—No estoy segura —dijo Sheena—. Pero creo que nuestra estancia aquí va a ser mucho más que aprender a llevar un hotel.