CAPÍTULO CINCO
REGAN
Regan entró en el apartamento que compartía con sus compañeras de piso, Chelsea y Becca, deseando contarles la noticia.
—¿Hola? —llamó.
Al no recibir respuesta, arrastró la maleta hasta la pequeña habitación que le servía de dormitorio. En su origen había sido un trastero, pero unos inquilinos emprendedores lo habían convertido en dormitorio antes de que ella llegara.
Al mirar a su alrededor, Regan se dio cuenta de que en los tres años que llevaba viviendo allí, aquel lugar nunca le había parecido un verdadero hogar.
Siempre lo había usado como un sitio temporal donde ir tirando hasta encontrar a ese chico especial que la tratara como si tuviera cerebro.
Todo el mundo quería ser atractivo. Pero quienes no lo eran nunca entenderían que Regan estuviera dispuesta a cambiar algunos de sus rasgos supuestamente deslumbrantes por un poco de respeto de verdad.
La idea de que era tonta había empezado en primaria.
Cuando los demás niños de su edad ya leían, ella no.
Una monja tardó un par de años en darse cuenta de que tenía un tipo de dislexia que le dificultaba la lectura, aunque no se la impedía.
Pero para entonces la etiqueta de tonta ya se había grabado en la mente de Regan y en la de todos los demás.
Regan abrió la maleta. Mientras guardaba la ropa en el armario, fue revisando todas las prendas y apartando las que sabía que no iba a conservar. En poco tiempo tenía una pila enorme sobre la cama.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Chelsea Cochran, asomándose a la habitación.
Regan le dedicó una sonrisa radiante.
—Me estoy deshaciendo de esta ropa. ¡Coge lo que quieras! No te vas a creer lo que me ha pasado.
—¿Estás borracha? —preguntó Chelsea, frunciendo el ceño.
—No, pero puede que en el futuro me tome muchas piñas coladas.
Regan no pudo evitar dar un saltito de alegría. Era una idea maravillosa.
—Vale, en serio, ¿qué pasa? —dijo Chelsea—. Esto no es nada propio de ti.
Regan le indicó con un gesto que se sentara en el borde de la cama.
—Escucha.
Los ojos de Chelsea se iban abriendo cada vez más a medida que Regan le contaba los detalles.
—¡Me estás tomando el pelo! —exclamó Chelsea—. ¡Piensa en las vacaciones que podré pasar allí! Recuerda que eres mi mejor amiga en la ciudad.
Regan se puso seria.
—Bueno, no sé muy bien cómo irá todo en el hotel. Ni siquiera hemos visto una foto todavía. Pero, Chelsea, tengo que estar allí en dos semanas. Necesito que me ayudes a encontrar a alguien que ocupe mi lugar aquí.
Chelsea soltó una risita nerviosa.
—En realidad, Becca y yo nos estábamos preguntando qué hacer. Una amiga de Becca está buscando dos compañeras de piso para un apartamento grande y lujoso que quiere alquilar. Pero sabíamos que con tu sueldo no te lo podrías permitir, así que no hemos movido ficha.
Una expresión de alegría le iluminó el rostro.
—Ahora quizás sí podamos.
Regan se dejó caer junto a la pila de ropa sobre la cama.
—¿Por mí ibais a renunciar a la oportunidad de tener un piso más grande y mejor?
Chelsea le puso una mano en el hombro.
—Te queremos, Regan. Aunque tengo que reconocer que nos fastidió bastante tener que rechazarla.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Regan.
—Llámala ahora mismo. Tengo que irme en dos semanas. Quizás todavía estéis a tiempo. Y como te he dicho, coge la ropa que quieras de la cama.
Le lanzó a Chelsea una mirada cómplice.
—Esa que te gusta coger prestada sin pedir permiso.
Chelsea se levantó entre risas y le dio un abrazo.
—Vale, la llamo.
Echó a andar, pero se volvió.
—Me alegro mucho por ti, Regan, de verdad. ¡Madre mía! ¡Una auténtica heredera!
Una sensación extraña invadió a Regan. Por alguna razón, la palabra «heredera» no le parecía apropiada. Pero, como había pensado desde el principio, el desafío del tío Gavin podría ser lo mejor que le había pasado en la vida.