CAPÍTULO CUATRO
SHEENA
Sheena estaba sentada a la mesa de la cocina con su segunda taza de café cuando le sonó el móvil. Miró la pantalla. Darcy. Suspiró y contestó.
—¿Cómo se lo tomó Tony? —preguntó Darcy sin preámbulos.
—Todavía no se lo he dicho —respondió Sheena con verdadero pesar—.
Anoche volvió de una emergencia de fontanería demasiado tarde y demasiado cansado para sacar el tema.
Y cuando pensaba decírselo esta mañana, Michael nos interrumpió para recordarme que necesitaba el uniforme limpio.
Y luego, antes de que pudiera llevarlo a su partido, Tony recibió otra llamada, otra emergencia en un proyecto grande de viviendas por el que está concursando. Un proyecto crucial para el negocio.
—¡Tienes que decírselo ya! —exclamó Darcy—. No nos lo fastidies. Tenemos que seguir adelante con los planes de la mudanza. Regan y yo estamos poniendo a la venta todo lo que no vamos a necesitar.
—¿No vais demasiado rápido con esto? —dijo Sheena, sin poder evitar otro suspiro. Darcy podía ser muy impulsiva. Ya de niña se metía en líos alegremente sin pensárselo dos veces.
—Regan y yo tenemos que avisar con dos semanas de antelación y ocuparnos de otras cosas. ¿Piensas abandonar a tu familia sin más? —dijo Darcy.
Sheena respiró hondo para calmarse. —Por supuesto que no.
Solo estoy esperando el momento adecuado para decírselo a Tony.
Mientras tanto, estoy intentando hacer una lista de cosas que hay que dejar resueltas antes de irme.
—Notó que le brotaba el sudor en la frente.
Nadie en su familia iba a apoyarla. ¿Por qué iban a hacerlo?
A veces Sheena se sentía como una esclava de todos ellos y de sus constantes exigencias.
—Siento haberte hablado así —dijo Darcy con tono de disculpa sincera—.
Es que todo esto va a requerir mucha coordinación.
Y ni siquiera tenemos una foto del sitio.
Investigaré más y miraré las zonas de alrededor a ver si me hago una idea mejor de lo que nos espera.
Pero es el momento perfecto para dar este paso. En Florida debería hacer buen tiempo.
—Sigue adelante con tus planes. Ya te diré mis fechas cuando resuelva las cosas aquí —dijo Sheena—. ¿Qué tal lleva Regan todo esto?
—Está tan emocionada como yo. Toma, te la paso. Habla con ella tú misma.
Mientras pasaban el teléfono, Sheena esperó nerviosa. De sus dos hermanas, Regan era la que parecía dejarse llevar sin planificar demasiado. Siempre había dependido de otros en la familia para que lo hicieran por ella.
—¡Hola, Sheena! —le dijo Regan—. No vas a echarte atrás en esto, ¿verdad?
—Qué va. Es que no he encontrado el momento para hablarlo con Tony. Ha estado muy liado. No te preocupes, te iré contando. ¿Vas a poder ocuparte de todo lo que necesitas tú sola?
—Sí, no creo que dejar el apartamento sea un problema. Estaba bastante lleno. Y como dijo Darcy, ni me voy a molestar en buscar dónde guardar mis cosas. Voy a vender lo que no necesite. No queremos dejar nada con papá y esa mujer.
—¿Esa mujer? ¿Te refieres a Regina O'Brien?
—Sheena negó con la cabeza. Ni Darcy ni Regan habían aceptado bien que su padre ya estuviera viviendo con otra mujer.
No entendían lo solo que se sentía sin su madre.
Sheena se alegraba de que hubiera alguien dispuesto a cuidar de él.
Podía ser difícil de aguantar. Sobre todo después de tomarse un par de cervezas.
—Da igual —dijo Regan—. Mamá fliparía si supiera lo rápido que papá encontró a otra para sustituirla. Y ahora nos dicen que se van a mudar al oeste, lejos de nosotras, como si no les importáramos.
—Bueno, si lo piensas, nosotras también estamos a punto de mudarnos lejos de ellos. ¿Vas a tener tiempo de ver a papá antes de irte? Seguro que le haría ilusión.
—No puedo. Tengo el vuelo a las once. Ya lo llamaré luego. Te lo prometo.
Sheena suspiró. Conociendo a sus hermanas, le endosarían a ella la conversación con su padre sobre los cambios en sus vidas. No iba a ser fácil. Su padre y Gavin eran hermanos, pero siempre se habían llevado a matar.
Sheena se despidió y se volvió al oír entrar a Meaghan en la cocina.
—Estoy lista para ir de compras. Prometiste que hoy compraríamos mi vestido. ¿Verdad? —La mirada que le lanzó Meaghan dejaba claro que no había lugar a negociación.
—Vale, Michael tiene el coche. Iremos en metro al centro.
—Pero, mamá...
Sheena levantó la mano para pararla. —Eso o nada.
Meaghan refunfuñó entre dientes y salió de la habitación, con la sensatez suficiente esta vez para no replicar.
Sheena terminó el trozo de tostada que había estado mordisqueando y se levantó. Lo de mudarse a Florida le parecía cada vez mejor idea.
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Más tarde, cargada de bolsas, Sheena siguió a su hija hasta la cocina.
Tony estaba sentado a la mesa de la cocina comiéndose un sándwich. Levantó la vista. —¿Otra vez de compras?
Meaghan corrió hacia él y le echó los brazos al cuello. —¡Papá! ¡Gracias! Mamá no me iba a dejar comprar este vestido, pero yo sabía que a ti te gustaría, ¡y a mí me encanta!
Tony soltó una carcajada encantado cuando Meaghan le plantó no uno, sino dos besos en la mejilla.
Sheena apretó los labios. Meaghan era la niña de papá, desde luego. Cuando había amenazado con otra rabieta, Sheena había cedido y le había dejado quedarse con el vestido más caro de los dos que habían elegido como finalistas.
—Tengo que subir a llamar a Lauren para contárselo —dijo Meaghan. Cogió un par de bolsas de las manos de Sheena y salió corriendo.
Sheena soltó los paquetes y se dejó caer en una silla de la cocina frente a Tony. —Ir de compras con tu hija no es ningún placer. Sobre todo cuando andamos justos de dinero.
—¿Sí? ¿Qué has comprado? ¿Algo en oferta?
Sheena alargó el brazo por encima de la mesa y le apretó la mano a Tony. —Tenemos que hablar. Es sobre la reunión que tuve ayer con el abogado.
Tony la miró con curiosidad. —Vale. Cuéntame.
Sheena notó la boca seca mientras buscaba las palabras adecuadas.
Cruzó los dedos mentalmente y empezó. —Mis hermanas y yo hemos recibido un regalo muy especial de mi tío Gavin.
Cada una tenemos un tercio de un hotel en Florida, siempre y cuando lo pongamos en funcionamiento.
Si lo conseguimos, podría suponer mucho dinero para las tres.
Pero hay algunas condiciones. Según su testamento, mis hermanas y yo tenemos que vivir allí durante un año mientras nos aseguramos de que el hotel sea un éxito.
Antes de que pudiera continuar, la expresión de Tony pasó de la curiosidad a la incredulidad. Después, su rostro adoptó una mirada resuelta, una mirada que Sheena conocía demasiado bien.
—De ninguna manera vas a dejar a esta familia durante un año —anunció con una firmeza que daba peso a cada palabra.
—Tony, escúchame. Tú y los niños podéis venir a visitarme, incluso mudaros allí conmigo.
—¿Estás loca?
—Será incómodo durante un tiempo, pero piensa en lo que esto podría significar para nuestra familia y para mis hermanas. Tendríamos dinero suficiente para darles a los niños una buena educación e incluso para ir ahorrando para la jubilación.
—Yo mantengo bien a esta familia —dijo Tony—. Ni se te ocurra ir por ahí.
Sheena guardó silencio. El negocio de Tony no iba bien, no desde que su mano derecha dimitió para irse al oeste.
Él la fulminó con la mirada. —¿Y qué pasa con nuestros hijos? No puedes abandonarlos.
—No los estoy abandonando ni a ellos ni a ti.
Solo estaríamos separados unas semanas cada vez.
Los niños pueden venir a Florida en las vacaciones escolares y en verano.
Y me encantaría que vinieras siempre que pudieras.
En muchos sentidos, no sería muy diferente de lo que vive tu hermana, cuyo marido viaja cada semana por trabajo.
Solo que en vez de venir yo aquí, vendrías tú a verme.
Tony negó con la cabeza. —¿Ir allí? ¿Visitarte? ¿Y qué pasa con mi negocio?
Sheena se dijo que debía contenerse, pero no pudo. —Para eso tienes un par de ayudantes. Quizá, por una vez, ellos tendrían que cubrir el fin de semana en lugar de dejártelo siempre a ti. ¡Todos. Los. Malditos. Fines de semana!
Tony se levantó de un salto. —¿Ah, sí? ¿Ahora me estás diciendo que no dirijo bien mi empresa? ¿Qué más no hago bien, Sheena?
Sheena levantó las manos para detenerlo. —Tony, Tony, no discutamos. Démosle una oportunidad.
—No, Sheena. Si haces esto, llámalo como quieras, es como decirme que nuestro matrimonio se ha acabado.
A Sheena le temblaron las rodillas mientras se ponía de pie para enfrentarlo. —No, Tony, eso no es verdad. Te quiero y quiero a los niños. Pero esta es una oportunidad única en la vida para ayudar a mi familia. Podemos conseguir que funcione. Sé que podemos. Y se lo debo a mis hermanas.
Él empezó a balbucear. —Pero... pero...
Sheena levantó la mano y habló con firmeza. —No voy a cambiar de opinión. Quiero que me apoyes en esto, pero si no lo haces, tendré que demostrarte yo sola que esta es una oportunidad para todos.
Tony la fulminó con la mirada, agarró las llaves de la camioneta y salió furioso de la cocina. Momentos después, Sheena oyó el rugido del motor mientras él salía marcha atrás por el camino de entrada y se alejaba, haciendo chirriar los neumáticos sobre el asfalto.
Conteniendo las lágrimas, Sheena subió los paquetes a su dormitorio y los escondió en el armario.
Había conseguido comprar un bañador y unos pantalones en la sección de ropa de crucero de unos grandes almacenes del centro.
Pero la mayor parte de su ropa parecía inadecuada para el clima tropical de Florida.
Quizá, como sus hermanas, no se preocuparía por eso y simplemente compraría ropa nueva allí.
Normalmente, una idea así la habría entusiasmado, pero aún tenía el estómago encogido por la discusión con Tony.
Oyó jaleo abajo y, pensando que era Tony, bajó corriendo a recibirlo.
Al pie de las escaleras, su suegra le sonrió. —Hola. He oído mucho ruido en vuestra parte y me preguntaba si todo iba bien.
Sheena se mordió la lengua para no soltar una respuesta amarga sobre la privacidad. Rosa Morelli era la mejor suegra que una pudiera desear. Con los años, se habían hecho buenas amigas.
—Será mejor que pases a la cocina —dijo Sheena—. Allí podemos hablar.
Mientras buscaba las palabras adecuadas, se puso a preparar una taza de café para Rosa —solo con un chorrito de leche— y otra para ella. Habían tenido muchas charlas como aquella, pero Sheena sabía que a su suegra no le iba a gustar lo que estaba a punto de contarle.
Rosa dio un sorbo al café caliente y dejó la taza. —¿Qué pasa? Tony ha salido de aquí echando humo.
—Deja que te cuente lo que me ha pasado y luego lo hablamos —dijo Sheena, consciente de que necesitaba el punto de vista de Rosa. Su suegra era honesta, a veces irritantemente honesta.
Cuando Sheena terminó de explicar las extrañas condiciones del acuerdo, se recostó en la silla y observó atentamente el rostro de Rosa. En él se mezclaban la desaprobación y la intriga.
—¿Tú no podrías salir de allí, pero Tony y los niños sí podrían ir a visitarte?
—Sí. El tío Gavin sabía perfectamente que tengo familia. Si hubiera tenido alguna objeción a las visitas, lo habría dejado claro en el testamento.
Rosa negó con la cabeza. —Nunca es buena idea que una mujer deje a su marido durante mucho tiempo. Pueden pasar muchas cosas.
—Por eso es importante que Tony y los niños pasen una temporada conmigo allí —respondió Sheena—. Piensa en lo que esto podría suponer para nuestra familia.
—¿Y cómo es ese hotel? ¿Tienes fotos?
Sheena negó con la cabeza. —Todavía no. Es extraño, pero no aparece en internet.
Rosa se recostó en la silla y miró a Sheena con aire pensativo. —¿Qué garantía hay de que este... este acuerdo sea legítimo?
—No creo que... —Sheena se detuvo. Todo era tan descabellado... ¿Quién podía asegurar que no fuera una broma pesada?
Rosa le apretó la mano. —Solo me preocupa que estés buscando un tesoro que en realidad no existe.
—Pero el abogado es de un bufete muy respetado.
Fue muy profesional. Nos dijo que había un patrimonio considerable si aceptábamos el desafío.
—Sheena hizo una pausa y soltó algo que llevaba meses rondándole la cabeza—.
Más que encontrar un tesoro y ayudar a mi familia, Rosa, quiero encontrarme a mí misma. ¿Lo entiendes?
Rosa guardó silencio, y Sheena se preguntó si habría ido demasiado lejos con la madre de Tony.
—Sí —dijo Rosa despacio, pensativa—. Como mujer que ha criado a dos hijos en esta familia, lo entiendo perfectamente.
—Ya no sé quién soy. Para Tony, soy la mujer que cuida de él, de la casa y de los niños. ¿Y para Meaghan y Michael? No soy más que una esclava.
—No estoy segura de que eso sea verdad —empezó Rosa.
—Entonces, ¿quién soy? —A Sheena se le llenaron los ojos de lágrimas. Se sentía tan menospreciada, tan sola, tan poco valorada.
El rostro de Rosa se dulcificó. —Eres una esposa y una madre maravillosa.
Te quiero, Sheena. —Le dio unas palmaditas en la mano—.
Ve a buscarte a ti misma y a tu tesoro. Yo ayudaré desde aquí en todo lo que pueda.
Pero Tony y tú tenéis que resolver los detalles vosotros solos.
Recuerda que yo también quiero a mi hijo, y no querría que sufriera.
Rosa se levantó con un suspiro y abrazó a Sheena. —No le diré nada a Paul hasta que vosotros dos lo hayáis resuelto.
Sheena asintió y la abrazó con todas sus fuerzas. Sería su secreto por el momento. Su suegro no entendería que a veces una esposa y una madre necesitan saber quiénes son realmente.