Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

DARCY

Darcy apoyó los codos en la barra de mármol del Clancy's, un bistró cerca de su apartamento en Jamaica Plain, mientras intentaba asimilar las noticias tan sorprendentes de aquella tarde.

—¿Qué opinas de todo este asunto del testamento del tío Gavin? —le preguntó Darcy a su hermana Regan—. A mí me suena a algo sacado de una mala novela. Me pregunto si el tío Gavin no habría perdido la cabeza al final de su vida. No sé mucho del tipo, salvo que él y papá nunca se llevaron bien.

Regan se encogió de hombros y dio otro sorbo a su vino blanco.

—Es raro, este desafío que nos ha puesto, pero creo que podría ser genial para todas. Como le dije a Sheena antes, no me importa dejar mi trabajo, y tienes que admitir que tiene su glamur pensar que las tres somos ahora dueñas de un hotel.

—Sí, pero ni siquiera sabemos cómo es —dijo Darcy—. Cuando lleguemos a mi apartamento, lo buscamos en internet. He buscado en el móvil y no he encontrado nada.

—The Salty Key Inn me suena elegante. ¿Y dónde queda Salty Key?

—Nunca he oído hablar de él —dijo Darcy—, pero solo he estado de vacaciones en Florida una vez, y fue en South Beach. Mis amigas y yo solemos ir de vacaciones de invierno a México o al Caribe.

Regan suspiró.

—Qué emocionante suena eso. Como vivo en Nueva York, no puedo permitirme ir a ningún sitio. Apenas me llega para pagar mi parte del apartamento.

—¿Y por qué te has quedado en la ciudad? —preguntó Darcy—. Me parece bastante aburrido si no puedes hacer nada.

—Pensé que vivir allí sería glamuroso y que conocería a alguien especial. Pero nada de eso ha pasado. Cuesta encontrar buenos trabajos, y los tipos con los que he salido son unos imbéciles que solo quieren una cosa.

Darcy asintió.

—Sí, es difícil conocer a buenos tipos. Pensé que Sean Roberts y yo íbamos a comprometernos, pero su familia se opuso a lo nuestro. Nunca les gustó que yo fuera de Dorchester. En el fondo, no. Y yo desde luego no los soportaba a ellos ni a sus aires de superioridad.

—Menos mal que los suegros de Sheena la adoran de verdad —dijo Regan.

—¿Y cómo no la van a adorar? Te juro que Sheena nunca hace nada que moleste a nadie. Será interesante ver si acepta este asunto de Florida o no.

Regan respiró hondo.

—¿Y si no la dejan ir? ¿Qué significará eso para nosotras?

—Pues que iré a patearle el trasero a Tony —dijo Darcy con una sonrisa—. En serio, ¿crees que alguien renunciaría a una herencia así? Hasta Tony verá que Sheena no tiene más remedio que aceptar.

—Vámonos ya y volvamos a tu apartamento. Quiero ver cómo es The Salty Key Inn —dijo Regan.

Apuró el último sorbo de vino y se levantó.

—Espera —dijo Darcy—. Deja que termine mi copa y pague, y nos vamos.

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Nada más entrar en el apartamento, Darcy fue a su dormitorio y encendió el ordenador.

Regan la siguió y se sentó en la cama mientras Darcy empezaba a buscar.

—No aparece nada de The Salty Key Inn. ¿Por qué será?

—Espera. Voy a buscar los papeles del abogado —dijo Regan.

Sacó un fajo de documentos de su bolso grande de imitación de Coach y se los pasó.

—¿Qué pone ahí?

Darcy revisó los papeles.

—Hmmm. El hotel está al norte de Indian Rocks Beach, justo al oeste de St. Petersburg.

Regan se volvió hacia ella con expresión preocupada.

—¿Crees que esto es una broma? A lo mejor el tío Gavin estaba tan chiflado como dices.

—Habrá que esperar. Cuando decidamos aceptar, el Sr. Wilson nos dará más detalles, no solo las líneas generales de lo que el tío Gavin quería que hiciéramos —dijo Darcy.

Un escalofrío le recorrió los hombros ante la inquietud que sentía. Todo aquello era muy extraño, pero no iba a renunciar a la oportunidad de vivir una nueva aventura. Además, ya iba siendo hora de un cambio.

A decir verdad, odiaba su trabajo. Siempre se le habían dado bien los números, pero lo que de verdad quería era escribir la mejor novela del mundo.

Había empezado una más de una vez, pero cada vez que pasaba de los dos primeros capítulos se quedaba atascada.

Una cosa era tener ideas; otra muy distinta era plasmarlas con palabras que tuvieran sentido.

Al oír jaleo en la puerta del apartamento, Darcy se levantó de la silla del escritorio y fue hacia el salón justo cuando entraban sus dos compañeras de piso.

—¡Eh, estás aquí! —dijo Alex Townsend—. Pensé que igual te habían detenido después de esa carta tan rara del abogado.

Nicole Coleman le sonrió.

—En serio, ¿estás bien?

Darcy esbozó una sonrisa.

—¡No os lo vais a creer! Mis hermanas y yo ahora somos dueñas de un hotel. Nos lo dejó mi tío Gavin.

Regan se acercó a Darcy y se quedó callada.

—Os acordáis de mi hermana pequeña, Regan, ¿verdad? —preguntó Darcy a sus compañeras de piso—. Ella, mi hermana mayor Sheena y yo nos mudamos a Florida en dos semanas. Es parte del acuerdo.

Alex frunció el ceño.

—¿Y qué pasa con tu parte del alquiler?

—Intentaré subarrendar la habitación —dijo Darcy—. ¿Conocéis a alguien que pueda estar interesado?

—Pues sí —dijo Nicole—. Una antigua compañera de clase se muda a Boston en junio. Precisamente estaba hablando con ella. Está aquí el fin de semana. De hecho, iba a preguntarte si podíamos hacerle hueco. Pero si está dispuesta y puede ocupar tu sitio sin más, sería perfecto.

Darcy negó con la cabeza.

—¿Junio? Pero eso es dentro de cinco meses. No quiero seguir pagando mi parte del alquiler tanto tiempo si puedo evitarlo.

—Pensé que habías dicho que erais propietarias de un hotel. Seguro que podéis asumir ese gasto —dijo Alex con malicia—. A menos que nos estés mintiendo sobre el hotel. ¿Cuál es?

Cuando Darcy se crispó ante el tono despectivo de Alex, Regan le puso una mano en el hombro y le dijo en voz baja:

—Los acuerdos del alquiler forman parte del trato. ¿Recuerdas?

Darcy se animó.

—Si tu amiga quiere mudarse en junio, Nicole, por mí no hay problema. Mi parte del alquiler hasta entonces la cubrirá el abogado. Y, Alex, el Salty Key Inn está en la costa del Golfo de Florida.

Alex hizo una mueca.

—Nunca he oído hablar del Salty Key Inn, pero claro, la casa de invierno de mi familia está en Palm Beach.

Darcy puso los ojos en blanco. Alex era tan esnob.

Nicole se acercó a Darcy y la abrazó.

—Me alegro por ti. ¡Qué noticia tan emocionante!

Darcy le devolvió el abrazo.

—Gracias. Te lo contaré todo cuando sepa más.

La cálida amistad de Nicole era la razón por la que había aceptado compartir el piso de tres habitaciones con ella. Alex, en cambio, era alguien a quien no le quedaba más remedio que aguantar.

Mientras Darcy y Regan se dirigían a la cocina, las preguntas se agolpaban en la mente de Darcy.

¿Por qué el hotel no aparecía en internet?

¿Cómo iba a cerrar todo en Boston en dos semanas para mudarse a Florida?

¿Qué tipo de lecciones de vida pretendía el tío Gavin que afrontaran?

Y, ¿por qué demonios tenía que vivir con sus hermanas durante un año entero?

Darcy todavía le guardaba rencor a Sheena por haberse marchado de casa de repente a los dieciocho años para casarse con Tony, cuando había sido como una madre para ella.

Aquello dejó a Darcy, con solo nueve años, al cuidado de Regan cuando su madre estaba demasiado enferma para hacerlo.

A otros podría parecerles irracional, pero Darcy siempre se había sentido abandonada por su hermana mayor.

Y lidiar con Regan no había sido fácil. Había sido una niña llorona y mimada que echaba de menos a su madre.

Darcy suspiró con inquietud. Pasar tanto tiempo con sus hermanas le daba auténtico pavor.