CAPÍTULO UNO #2
Darcy hizo una mueca. —La verdad es que no me gusta mucho.
Trabajar con números y códigos todo el día no es tan emocionante.
Mamá siempre estaba tan orgullosa de mí y de mi trabajo que no me atrevía a decirle que no era feliz allí.
Pero ahora que ya no está, llevo un tiempo pensando en hacer otra cosa.
—Sonrió—. A lo mejor esto no es tan absurdo, después de todo.
Quizá sea el comienzo de algo nuevo para todas.
Sheena le devolvió la sonrisa. Visto así, sonaba maravilloso. Si tan solo...
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Después de comer con sus hermanas, Sheena cogió la Línea Roja del metro para volver a Davis Square, en Somerville, donde Tony, ella y los niños compartían un dúplex con los padres de él.
Cuando se mudaron allí recién casados, Tony y ella pensaron que vivirían en la casa solo el tiempo necesario para ahorrar y comprarse algo propio.
Pero Rosa y Paul, los padres de Tony, estaban tan encantados con la idea de tener a las dos familias puerta con puerta que Tony decidió que lo mejor era quedarse allí, donde todos podían echarse una mano.
Y con dos bebés pequeños que cuidar, a Sheena le había parecido buena idea.
Más adelante, cuando Tony montó su propio negocio de fontanería, decidieron seguir alquilando su parte mientras intentaban sacar adelante el negocio.
Era muy cómodo no tener que preocuparse por la hipoteca ni los impuestos.
Resultó ser una buena decisión. Muchas casas del mismo tamaño en el barrio se vendían ahora por cifras que superaban el medio millón, algo que ellos no podían permitirse.
Y como Tony era fontanero, habían añadido un par de baños al edificio, lo que hacía la casa aún más valiosa en aquel suburbio tan cercano a Boston.
Mientras la contemplaba, Sheena supuso que estaría atrapada allí hasta que los niños crecieran y se marcharan y los padres de Tony dejaran la casa.
Cuando Sheena se acercaba a su puerta, su suegra abrió la de su lado del edificio para saludarla. —¿Todo bien? Llevabas un buen rato ahí fuera mirando la casa.
Sheena sonrió. —¿Qué tal, Rosa? —Si tuviera que definir a Rosa con una sola palabra, sería calidez. Bajita y entrada en carnes, Rosa irradiaba un aire maternal y protector.
—Bien, bien. Solo preocupada por ti —respondió Rosa. Sus ojos oscuros reflejaban inquietud.
—No hace falta —dijo Sheena con alegría, aunque a veces se sentía atrapada ante la idea de que no podía hacer gran cosa sin que su suegra se enterase.
Pero eso no se lo diría a nadie. Rosa había sido encantadora con ella desde que se conocieron.
Y después de que Sheena le diera no uno, sino dos nietos a los que mimar, Rosa se había convertido en una aliada aún más incondicional.
Cuando Sheena entró en casa, Meaghan se levantó de un salto del sofá del salón. —¿Dónde estabas, mamá? Dijiste que iríamos de compras a buscar un vestido para el baile de San Valentín del colegio. —Entrecerró los ojos color avellana—. ¿Te acuerdas?
—Tenía una cita en el centro y me he retrasado. En serio, Meaghan, cualquiera diría que he llegado horas tarde, y no solo veinte minutos después de lo previsto.
—Ya lo sé, pero Josie y Lauren ya han elegido sus vestidos. No va a quedar nada bueno para mí si no nos damos prisa. —Un puchero que empezaba a resultarle familiar se dibujó en su cara.
Sheena suspiró. —El baile no es hasta dentro de cinco semanas.
—Se le encogió el estómago al recordar que no estaría allí para el baile.
No si estaba en Florida. Dos semanas y se habría marchado.
Meaghan llevaba esperando aquel baile todo el curso, sobre todo desde que Tommy Whitehouse la había invitado.
—¿Y bien? ¿Ya estás lista? —dijo Meaghan en un tono exigente que a Sheena le resultó irritante.
Sheena frunció el ceño. «¿Cuándo se había vuelto Meaghan tan malcriada?», pensó, y enseguida se sintió culpable por pensar así de su hija adolescente. Siempre intentaba que las cosas entre ellas fueran bien.
—Dame un minuto para cambiarme de ropa y estoy lista —dijo Sheena, y corrió a su habitación. Quería estar cómoda. Ir de compras con Meaghan podía llevar horas.
Sheena salía de su habitación cuando Michael entró en casa. —¡Eh, mamá! Necesito que me laves el uniforme. Tiene que estar listo mañana por la mañana. ¿Me dejas el coche? Tengo entrenamiento de baloncesto.
—Deja el uniforme en el lavadero y no, no puedes llevarte el coche. Meaghan y yo vamos de compras. Date prisa y prepárate, que te llevo.
—¡Mamá! —se quejó Meaghan—. ¡Tenemos que irnos ya!
Sheena respiró hondo para calmarse. —Michael, date prisa. No podemos esperar eternamente.
—¡Jo! ¡Un poco de paciencia! —dijo—. Acabo de llegar. ¿Has comprado las galletas que te pedí? —Versión más alta de Tony, con los mismos ojos oscuros y el pelo rizado, hasta la voz de Michael sonaba igual.
Exasperada, Sheena negó con la cabeza. —No, no he tenido tiempo de ir al súper. He estado ocupada.
Michael puso los ojos en blanco.
—Ni se te ocurra —dijo Sheena, más brusca de lo que pretendía.
Él parpadeó sorprendido. —¡Jo! ¿Por qué estáis todos tan tensos?
Tras unos minutos de tensión, los tres se subieron al Ford Explorer de Sheena.
Después de dejar a Michael en el entrenamiento de baloncesto, Sheena y Meaghan se dirigieron al centro comercial Natick.
Mientras conducía, Sheena miró a su hija.
La piel clara, el cabello cobrizo y los rasgos Sullivan se habían mezclado con los tonos y facciones más oscuros de Tony para dar como resultado una joven preciosa.
Aunque satisfecha con el aspecto de su hija, a Sheena le preocupaba cada vez más la actitud de niña consentida de Meaghan.
Tony trabajaba duro y vivían bien, pero esa manía de que todo tenía que girar en torno a Meaghan empezaba a agotarla.
—A ver si encontramos algo de rebajas —dijo Sheena—. Te regalaron mucha ropa bonita en Navidad.
Meaghan apretó los labios. —Mamá, este baile es importante. No quiero que todo el mundo piense que somos pobres.
—Meaghan, comprar algo de rebajas no significa que seas pobre —dijo Sheena con calma—. Significa que sabes administrar tu dinero. Y tú, para empezar, no tienes un duro. Llevas meses sin hacer de canguro.
—¿Cómo voy a hacer de canguro si estoy estudiando para sacar buenas notas? Y si Tommy llama, quiero estar disponible.
—No tengo quejas de tus notas. Lo estás haciendo bien. Pero para sacarte un dinero extra, podrías hacer de canguro algún fin de semana. Es solo una idea.
Meaghan soltó un largo suspiro. —No necesito trabajar. A papá le va bien.
—Ya hablaremos de esto en otro momento —dijo Sheena, recordándose que debía ignorar la actitud de Meaghan—. Vamos a pasarlo bien. ¿Vale?
Meaghan sonrió y asintió.
Ir de compras con Meaghan fue divertido hasta que encontró el vestido perfecto: cuatrocientos dólares. Cuando Sheena le dijo que no, de su dulce hija emergió una criatura feroz. Meaghan suplicó, rogó y hasta la amenazó para conseguir el vestido, pero Sheena se mantuvo firme.
Llorosa y enfadada, Meaghan siguió a Sheena fuera del centro comercial, dando pisotones como una niña de dos años.
Sheena había planeado sorprender a Meaghan llevándola a cenar, pero el comportamiento de su hija arruinó la idea. Se puso al volante y esperó a que Meaghan subiera y se abrochara el cinturón.
Durante el trayecto, Meaghan iba enfurruñada en su asiento, murmurando entre dientes cuando no miraba por la ventana con cara de pocos amigos. Al ver que Sheena seguía ignorándola, murmuró: —Te odio, mamá.
Herida por sus palabras, Sheena apretó el volante con más fuerza y clavó la mirada al frente. No pensaba meterse en otra pelea con su hija. No después del día que había tenido.
—¿Mamá? Siento haber dicho eso —dijo Meaghan con voz suave—. No lo decía en serio.
—Gracias por disculparte —dijo Sheena—. Olvidemos el día de hoy. Mañana lo intentamos otra vez.
—Vale. A lo mejor encontramos uno de rebajas igual de bonito.
Sheena lo dudaba, pero lo intentaría.
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Cuando Sheena entró en casa, Tony levantó la vista desde el sofá, donde estaba viendo las noticias. —¿Dónde estabas? —Los ojos oscuros que la habían cautivado desde el principio se clavaron en ella.
—De compras con tu hija —dijo Sheena—. ¿Has metido en el horno la cazuela que te dejé preparada? Te lo puse en la nota.
—Sí. Antes ha llamado mi madre, que sabía que estaba solo, y me ha invitado a cenar, pero le he dicho que te esperaba. —Sonrió, y su rostro se iluminó, dejando ver los hoyuelos que él odiaba pero que a ella le encantaban.
Sheena no pudo evitar sonreír. —Deja que ponga la mesa y luego me siento contigo un rato. ¿A Michael lo han traído del entrenamiento?
—Sí. Me llamó y fui a recogerlo.
—Bien —dijo Sheena—. Tengo que hablar contigo de una cosa, luego, cuando los niños nos dejen tranquilos.
Tony arqueó las cejas. —¿Algo serio?
—Sí, y muy sorprendente. —Se dio la vuelta para irse—. ¿Quieres otra cerveza? Yo voy a servirme una copa de vino. Menudo día.
Tony se levantó y la siguió a la cocina. —¿Estás bien, cariño?
Sheena se volvió hacia él, demasiado agitada para saber qué responder.
Él la estrechó entre sus brazos. —No será para tanto, ¿no? —Le acarició la espalda con movimientos circulares, reconfortándola.
Sheena apoyó la cabeza en su pecho, agradecida por el consuelo que le ofrecía.
—Todo saldrá bien. Tiene que salir bien.
Recibir una suma considerable de la herencia del tío Gavin ayudaría a aliviar la preocupación por la educación de sus hijos. Los esfuerzos de Tony por triunfar en los negocios eran una lucha constante.
Apenas se habían sentado a cenar cuando Tony recibió una llamada de emergencia. Dio unos bocados al guiso de pollo que ella había preparado y se marchó.
Sheena contuvo un gemido. Adiós a contarle a Tony que lo iba a dejar durante un año.