Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

DARCY

Mientras Darcy preparaba la maleta para pasar la noche fuera, pensaba en Austin.

Atractivo a su manera, su presencia le transmitía una seguridad cálida que nunca antes había sentido.

Al recordar la expresión seria de su rostro cuando le pidió que se escapara con él, estaba más convencida que nunca de que lo que sentía por ella era real.

Y la magia entre ellos cuando la besó para despedirse la noche anterior era innegable.

Incluso ahora, se estremecía solo de pensarlo.

Sheena entró en la habitación, seguida de Regan.

—¿Qué haces?

—Austin y yo nos vamos a un pequeño bed and breakfast que conoce él, costa arriba.

Embargada por la emoción, les agarró las manos y las hizo dar vueltas con ella.

—¡Me quiere! ¡Me quiere!

Regan la abrazó.

—Me alegro muchísimo por ti.

—¡Abrazo de grupo! —anunció Sheena, uniéndose a ellas.

Entre risas, permanecieron abrazadas, dejándose llevar por el momento.

Al oír un coche entrando en el aparcamiento, se asomaron a la ventana.

—¡Dios mío! Austin está aquí. Id a entretenerlo mientras termino la maleta —dijo Darcy—. Y ni se os ocurra contarle lo que os he dicho.

—Ya veremos —bromeó Sheena, siguiendo a Regan fuera del dormitorio.

Darcy dobló con cuidado un vestido para la cena y lo puso sobre el camisón sexy que había ido corriendo a comprar a la tienda de Jenna Lynch esa mañana. Cuando terminó de meter todo en la maleta, la sacó rodando hasta el salón, donde Austin charlaba con sus hermanas.

—Me he apuntado a una clínica dental en San Petersburgo y empezaré las prácticas justo después del Día del Trabajo —les estaba explicando.

—Bien, estarás cerca —dijo Sheena.

—Vamos a inaugurar oficialmente el hotel ese fin de semana —dijo Regan—. Puedes ayudarnos a celebrarlo. ¿Verdad, Darcy?

Darcy sonrió.

—Eso espero.

—¿Lista? —preguntó Austin, tendiendo la mano hacia la maleta.

—Sí —respondió Darcy, más que preparada para lo que prometía ser una escapada deliciosamente romántica.

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Darcy bajó del coche de Austin y se detuvo un momento a contemplar The Sandy Beach Inn.

Era una bonita casa de tablones amarillos con un amplio porche que recorría toda la fachada y rodeaba las alas laterales.

La posada se asentaba entre palmeras y varios tipos de robles que Darcy no sabría identificar.

Sobre la entrada principal, una buhardilla con ventanas emplomadas los observaba como ojos de niños curiosos.

—Espera a ver el interior, es moderno pero con un toque de la vieja Florida que te va a encantar. O quizá lo que me gusta a mí son los marcos y las molduras de madera —dijo Austin.

Darcy sonrió. Era una persona muy interesante: un artista y a la vez un hombre práctico, siempre dispuesto a ayudar a su familia y a los demás.

—¿Entramos? —preguntó él, volviéndose hacia ella con una sonrisa seductora.

El corazón de Darcy latía acelerado.

—Claro.

—Tendremos tiempo antes de cenar para dar un paseo o lo que sea —dijo él, cogiendo las maletas.

Ella sabía que esperaba una respuesta, y le gustaba que le dejara elegir. Le dio un beso rápido.

—O lo que sea.

Él se rio entre dientes.

—Eso mismo estaba pensando.

Entraron en la casa.

La pareja mayor que los recibió se presentó como Lila y Jack Pierce. Jack les explicó que estaban jubilados, pero que les encantaba abrir su casa a los huéspedes.

—Y Lila es una cocinera fabulosa —dijo Jack—. ¿A qué hora os servimos la cena? Esta noche la casa está vacía, aunque mañana llegan dos parejas.

—¿A las ocho? —propuso Darcy, y Austin asintió con aprobación.

—Perfecto. ¿Tenéis alguna alergia? —preguntó Lila.

Darcy y Austin negaron con la cabeza.

Jack los acompañó escaleras arriba hasta una puerta de color rosa pálido.

—Esta es nuestra suite de luna de miel, como la llamamos. Es mi habitación favorita de la casa, y muy íntima.

Les entregó una llave y los dejó en el pasillo.

—No pienso cruzar el umbral contigo en brazos —dijo Austin con expresión seria.

Darcy se echó a reír.

—¿No?

Él negó con la cabeza.

—Vamos a ver qué tal es.

Abrieron la puerta y descubrieron una habitación de paredes blancas y moqueta verde oscuro.

Una gran cama con dosel lucía una colcha blanca acolchada con un vibrante estampado de hibiscos en rosa intenso.

Frente a una chimenea de gas había un pequeño sofá rosa; la chimenea resultaría agradable en los meses de invierno, pero de momento permanecería apagada.

Unas puertas acristaladas daban a un pequeño balcón con vistas al jardín delantero y, a lo lejos, se divisaba la costa.

—Esto es precioso —dijo Darcy, deseando que Regan pudiera ver la decoración. Le encantaría. Quizá más tarde, decidió, le haría un par de fotos para enseñárselas.

Austin dejó las maletas y se volvió hacia ella.

—Está bien escaparse y tener tiempo para nosotros solos, para conocernos de verdad.

Mientras Austin se acercaba, el pulso de Darcy se disparó. Parecía tan imponente, tan seguro de sí mismo, tan dispuesto a dar el siguiente paso.

Austin pareció notar su titubeo. Le alzó la barbilla y acercó los labios a los suyos.

A ella se le escapó un suave gemido cuando él la atrajo hacia sí.

Y entonces todo el nerviosismo se desvaneció cuando sus brazos la estrecharon con más fuerza.

Qué bien se sentía entre sus brazos. Su fortaleza, su ternura, su bondad.

.. eran todo lo que había estado buscando, pensó, deseando fundirse con él.

Cuando se separaron, él le sonrió.

—Imaginé este momento.

—Deseaba tanto esto. Cuando me besas, me siento completa.

Con miedo a parecer tonta, lo miró.

—¿Sabes a qué me refiero?

—Sí —dijo él en voz baja.

Aún vestidos, se tumbaron en la cama, mirándose.

Austin le acunó la mejilla con la mano.

—Eres preciosa, ¿lo sabías?

Ella negó con la cabeza.

—No como Regan o Sheena.

Él arqueó las cejas.

—¿Por qué dices eso?

—Porque es lo que todo el mundo dice siempre —respondió Darcy.

Él tuvo la audacia de reírse.

—¡Estás de broma!

La atrajo hacia sí.

—Ven aquí, preciosa.

La besó con tanta ternura que las lágrimas le escocieron en los ojos. Las manos de él le acariciaron los pechos y una oleada de deseo la recorrió. Y cuando él movió las caderas para que sintiera su excitación, ella lo buscó.

El dique de contención entre ellos se rompió, y en un torbellino de movimientos se desvistieron y se quedaron mirándose.

A Darcy le encantaba el pecho amplio de Austin, cómo el vello se estrechaba en una V que descendía hasta su imponente virilidad.

Era mucho más que el Osito de Peluche, como Regan lo había llamado una vez. Era magnífico.

Después de demostrar lo generoso y apasionado que era como amante, Austin se tumbó a su lado.

Sonrió satisfecho.

—Ah, Darcy, tal como pensaba, hay un fuego en ti que es tan... sexy.

—¿Ah, sí? —Darcy le lanzó una mirada desafiante.

—Sí. Lo sentí la primera vez que nos besamos.

Ella le acarició los labios con los dedos y luego posó su boca sobre la de él. Cuando se apartó, lo contempló, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es la primera vez que entrego mi alma.

—Dios, no tienes ni idea de cuánto tiempo te he esperado.

Lánguida y satisfecha, Darcy apoyó la cabeza en el pecho de él, escuchando cómo se calmaba el latido de su corazón. Mientras se quedaba dormida, pensó en los padres de Sean Roberts, cuya desaprobación los había separado. «Gracias», pensó, «por llevarme a este momento, a este hombre».