CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
DARCY
Tras la reunión con sus hermanas, Darcy se sentó ante el ordenador para actualizar el sitio web con una lista de descuentos para los huéspedes. Por mucho que echara cuentas, veinte habitaciones no generarían ingresos suficientes para algo más que ir tirando.
Abrió el sitio web y estudió el logotipo que Austin había ayudado a diseñar. Era sencillo pero impactante. Contempló la fotografía del cartel de madera que él había tallado para ellas y admiró sus líneas limpias y elegantes. Sin duda, Austin era un artista de talento.
Se recostó en la silla y suspiró. Bill Blakely había respondido a la columna que ella escribió sobre él, colmándola de elogios. De Austin, ni una palabra.
Absorta en sus pensamientos sobre él, Darcy dio un respingo cuando sonó el teléfono del escritorio. Contestó con la esperanza de que fuera otra reserva.
—¿Darcy? Soy Austin. Mañana estaré en la ciudad y me preguntaba si podríamos quedar para comer. Hay algo de lo que quiero hablarte.
—De acuerdo. Puedo hacer un hueco —no añadió que haría casi cualquier cosa por verlo ni que casi se mareaba del alivio.
—Quedemos en The Pink Dolphin. Allí tendremos intimidad. ¿Te viene bien a la una?
¿Intimidad en el Pink Dolphin? —De acuerdo —dijo Darcy, extrañada por la invitación. The Pink Dolphin era un lugar muy concurrido.
—Bien. Nos vemos entonces.
Austin colgó antes de que Darcy pudiera averiguar nada más. Le fastidiaba tener que esperar otro día para descubrir de qué quería hablar Austin, pero se alegraba de que hubiera llamado.
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Al día siguiente, Darcy se esmeró especialmente con el pelo, dejando que sus rizos pelirrojos enmarcaran su rostro con suavidad. La nueva blusa azul sin mangas que había comprado para la ocasión combinaba con el color de sus ojos y contrastaba con su falda blanca.
Sheena entró en su dormitorio y se quedó mirándola.
—¡Vaya! ¡Estás guapísima! ¿Adónde vas?
—He quedado con alguien para comer —dijo Darcy, intentando evadir la pregunta.
Pero Sheena no iba a dejarlo pasar. Se puso las manos en las caderas y miró a Darcy sin disimulo.
—Suéltalo ya. ¿Quién es?
¡Hermanas! Darcy suspiró. —Si tanto te empeñas en saberlo, he quedado con Austin. Le envié una copia de la columna que escribí sobre su abuelo y quiere comentarla.
—Hmmm, ¿te arreglas tanto para hablar de una columna de periódico?
Darcy le dio la espalda. Con el estómago revuelto de los nervios, no sabía qué responder.
Sheena la abrazó.
—Lo siento. No quería molestarte —la hizo girarse para mirarla a la cara—. ¡Dios mío! Te gusta de verdad, ¿a que sí?
Darcy asintió, paralizada, deseando que se la tragara la tierra. No quería que nadie supiera lo que sentía por Austin, sobre todo cuando no tenía ni idea de si él sentía lo mismo. Y después de su última conversación, no estaba segura de nada.
—¡Ay, cariño! —dijo Sheena—. No pretendía molestarte. Es que me ha pillado por sorpresa. Siempre has dicho que Austin no te interesaba —le sonrió—. Es un tío estupendo. Ojalá os salga bien.
—Por favor, no le digas nada a Regan ni a nadie, porque no sé si él siente lo mismo —dijo Darcy. Se le heló el cuerpo solo de pensar en volver a encontrarse en una situación en la que no daba la talla.
—Te prometo que no lo haré —Sheena le puso una mano en el hombro—. Lo digo en serio. Me encantaría veros juntos.
—Gracias —Darcy respiró hondo, con el aliento entrecortado, y cogió el bolso—. Será mejor que me vaya.
—¡Buena suerte! —le gritó Sheena, haciendo que Darcy se sintiera como una adolescente en su primera cita. Así de nerviosa estaba.
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Al entrar en el restaurante, Darcy se repitió que debía actuar con naturalidad. Al fin y al cabo, aquello no era más que una comida con un chico. Un chico en el que pensaba constantemente.
Vio a Austin sentado a una mesa en una de las terrazas y se acercó. Cuando él la vio, sonrió y se levantó para recibirla.
—Hola —dijo con una voz entrecortada que delataba su nerviosismo.
Él le retiró la silla y luego se sentó frente a ella.
—Me alegro de verte. Yo he pedido una cerveza. ¿Tú qué quieres? —hizo una seña a una camarera para que se acercara.
—Una Coca-Cola con limón —le dijo a la camarera.
Cuando la camarera se marchó, Darcy preguntó:
—¿Querías hablar conmigo?
Austin asintió.
—Me gustó el artículo que escribiste sobre mi abuelo. Le encantó. A mis padres también. Están de viaje otra vez, pero se lo envié.
—Gracias. Muy amable por tu parte —respondió ella con cortesía.
—Quería presentártelos en el funeral de mi abuela, pero te marchaste antes de que pudiera hacerlo —sus ojos azul claro la miraron fijamente.
—Siento haberme... —Darcy se interrumpió cuando la camarera les trajo la Coca-Cola y un par de cartas.
—¿Y lo de Jasmine? Fuiste grosera con ella, Darcy, y no entiendo por qué —un gesto de desconcierto le cruzó el rostro, frunciéndole el ceño.
—¿No lo sabes? —preguntó, aliviada de que su abuelo no hubiera mencionado su metedura de pata, aunque también inquieta por ello.
—Cuando Drew Chaplin estuvo aquí, dio a entender que Jasmine era tu novia...
Austin levantó una mano para detenerla. —Pensé que teníamos una conexión. ¿Me lo imaginé yo solo?
Darcy negó con la cabeza. —No, yo también la sentí.
—Espero que no pienses que soy de esos que van de chica guapa en chica guapa.
¿Chica guapa? —No he tenido mucha suerte en el amor, y no sabía qué pensar.
Admitir sus fracasos del pasado la hacía sentirse más vulnerable y expuesta que nunca.
—Darcy, no soy de los que van por ahí tonteando. ¿Entiendes?
—Yo tampoco. Alguien me hizo mucho daño porque me dejó por venir del barrio equivocado, entre otras cosas. Necesito saber que quien se interesa por mí lo hace de verdad.
Él le dirigió una mirada firme. —¿Estás dispuesta a intentarlo conmigo?
—¿A qué te refieres?
Esbozó una sonrisa. —Creo que deberíamos volver a salir juntos.
La sorpresa de Darcy se transformó en alegría. —Sí, oh sí. Sería perfecto.
Él extendió la mano por encima de la mesa y tomó la de ella. Se la llevó a los labios y la besó. —Yo también lo creo.
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Esa noche, tal como había prometido, la recogió a las siete en punto para llevarla a cenar.
En lugar de ir a los bares de siempre, eligieron un restaurante de mariscos en Indian Rocks Beach.
Sentada frente a él en una mesa junto a un amplio ventanal con vistas al puerto deportivo, Darcy no podía creer que aquello fuera real.
Sus sueños con él no habían sido una tontería, después de todo.
Era tan guapo, tan encantador, tan maravilloso como lo recordaba.
¿Y la magia entre ellos? Todavía le cosquilleaba el cuerpo por el beso que le había dado en el aparcamiento de The Pink Dolphin al quedar para esta cita.
Él le devolvió la sonrisa. —Es estupendo pasar tiempo juntos así, solos y lejos de tu hotel y de mis obligaciones con mi abuelo. Sé que he estado muy liado con la universidad y los asuntos familiares, pero, Darcy, no te olvidé. Ya les he contado a mis padres lo que siento por ti y lo nuestro.
—¿En serio? —Darcy tragó saliva, nerviosa—. ¿Y si no les caigo bien?
Él se rio. —Ya les caes bien. Mi abuelo habla de ti constantemente. De hecho, me dijo que sería idiota si alguna vez te dejara escapar.
A Darcy se le llenaron los ojos de lágrimas. Se volvió hacia la ventana para que Austin no las viera.
—¿Darcy? ¿No me crees?
Ella se volvió hacia él. —Quiero...
El dolor se reflejó en sus ojos.
—Oh, Austin, es que no puedo creer que sea verdad. He soñado tantas veces con nosotros juntos.
Su expresión de preocupación dio paso a una sonrisa. —Yo también, Darcy, y ahora depende de nosotros hacerlo realidad.
Más tarde, al salir del restaurante, Austin se volvió hacia ella con una sonrisa pícara. —¿Vas a escribir una reseña del restaurante?
Darcy se detuvo en seco al darse cuenta de que sería incapaz de describir lo que había comido: toda su atención había estado puesta en Austin y en lo mucho que lo quería.
Soltó una risa alegre. —Esta vez no.
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Unos días después, Austin terminó su última clase en la escuela de verano y se mudó a casa de su abuelo mientras se preparaba para empezar sus prácticas en San Petersburgo.
Durante las semanas siguientes, los días de Darcy transcurrieron felices gracias a su creciente relación con Austin.
Cuando los mensajes y las llamadas no bastaban, quedaban para comer, para cenar o, alguna tarde, para dar un simple paseo por la playa.
Caminaban de la mano por la orilla, moviéndose al unísono.
Darcy miró a Austin y no pudo evitar sonreír.
—¿Qué? —dijo Austin.
—Tú, solo tú —respondió ella.
Él se detuvo y se volvió para mirarla. —Me mudo a San Petersburgo a finales de mes y quiero que me ayudes a elegir un apartamento. Es importante para mí que te guste, porque quiero que pasemos mucho tiempo allí juntos. Ya te lo he dicho, pero te quiero, Darcy. Más de lo que imaginas.
Darcy parpadeó, confusa. ¿Le estaba pidiendo que se casara con él?
—¿Qué me dices? ¿Me ayudarás a buscar piso? Estoy harto de vivir en casa de mi abuelo y quiero tener algo de intimidad contigo.
Ella soltó una risita nerviosa al darse cuenta de que había malinterpretado sus intenciones. —Claro. Me encantaría.
Esa noche, después de que Austin y su abuelo le prepararan la cena, los dos se sentaron en el porche a charlar.
Austin le tomó la mano y la miró fijamente. —Con tu hermana en la suite del hotel y yo aquí, no hemos tenido ocasión de estar juntos de verdad. Hay una posada en la costa que dicen que está muy bien. ¿Te apetece ir conmigo mañana por la noche?
A Darcy la enterneció su expresión de incertidumbre. Le apretó la mano. —Me encantaría.
Austin sonrió. —Bien. Esperaba que dijeras eso.
El beso que le dio estaba lleno de promesas de todo lo bueno que estaba por llegar.