CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
SHEENA
Conteniendo la ira, la decepción y el miedo, Sheena salió del recinto del hotel, cruzó la calle y se dirigió a la playa.
Tras mudarse con su hija a Florida, había esperado que Meaghan eligiera mejor a sus amigos y actividades.
Pero no parecía ser el caso, y eso la sacaba de quicio.
Aun así, no quería echársele encima y ponerla tan a la defensiva que no fuera sincera.
Sheena reconoció el cabello castaño rojizo de Meaghan entre un grupo de chicos tumbados en toallas. Respiró hondo y se acercó a ellos.
—¡Hola a todos! Meaghan, ¿puedo hablar contigo un momento?
Meaghan se incorporó y frunció el ceño.
—Sí.
Sheena esperó mientras Meaghan se levantaba. Luego, con los hombros hundidos, Meaghan se volvió hacia ella.
—Sí, ¿qué quieres?
Tomó a su hija del brazo y la alejó de los otros chicos.
—Necesito hablar contigo de algo, y necesito que seas sincera conmigo.
Meaghan la miró con extrañeza.
—¿De qué va todo esto?
Sheena observó a su hija con atención.
—Al guardar tu ropa, encontré marihuana en uno de los cajones de tu cómoda. ¿Qué hacía ahí? ¿Es tuya?
Meaghan retrocedió negando con la cabeza.
—¡No! ¡No es mía! ¡No soy tan estúpida! Voy a presentarme a las pruebas de animadora con mis nuevas amigas. Y ellas no hacen esas cosas.
—Si no es tuya, ¿sabes de quién es?
Meaghan apartó la mirada y dio una patada a la arena.
—Puede ser.
—¿Y?
—Y no pienso decirlo. ¡Randy me mataría!
Con los ojos como platos, Meaghan se tapó la boca con la mano.
—¡Ay, no! No puedes dejar que sepa que te lo he dicho.
Sheena le puso una mano en el hombro.
—Gracias. Lo mencionaré en una reunión familiar esta noche y no te implicaré en absoluto.
A Meaghan se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Le dije que lo guardaría por él. No quería que lo supieras.
—No te preocupes. Lo resolveremos —dijo Sheena, tratando de consolar a Meaghan mientras deseaba retorcerle el cuello a Randy. Seguro que Michael también estaba metido en esto.
Sheena abrazó a Meaghan y la estrechó con fuerza.
—La honestidad siempre compensa.
—¿Puedo volver con mis amigas?
Sheena asintió.
—Tráelas a la piscina si quieres.
Meaghan le hizo un pequeño gesto de despedida y volvió corriendo con el grupo de chicos.
Al verla alejarse, Sheena se preguntó qué más le habría prometido Meaghan a Randy y Michael.
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Esa noche, durante la cena, Sheena dijo en voz baja:
—Tenemos que hacer una reunión familiar ahora mismo.
—¿Qué pasa? —preguntó Tony, mirando a todos los de la mesa.
—Esto —dijo Sheena, y sacó una pequeña bolsita de marihuana del bolsillo y la levantó.
—¿Marihuana? —dijo Tony—. ¿De quién es?
—De eso tenemos que hablar. La encontré en la cómoda de Meaghan cuando estaba guardando su ropa. Meaghan juró que no era suya, y no es de mis hermanas. Espero una respuesta de Randy y Michael.
—A lo mejor Meaghan estaba mintiendo —dijo Randy.
—¿Cómo puedes estar segura de que no es de Regan o Darcy? Estaba en su suite —dijo Michael—. No nos miréis a Randy y a mí.
—Bueno, en realidad, os estoy mirando a vosotros dos para que me digáis la verdad. En esta familia, la verdad es lo más importante. Dadnos buenas o malas noticias, pero decid siempre la verdad.
Michael apartó la mirada.
—¿Y tú, Randy? —dijo Sheena—. ¿Es tuya?
—¿Por qué ibas a pensar que tendría algo así? —dijo él, con cara de susto.
—Sheena te ha hecho una pregunta —dijo Tony con severidad—. Respóndela.
—No tengo que responderte a ti —se burló Randy—. Soy un invitado.
—Un invitado al que se ha tratado como a un miembro de la familia. Y como tal, responderás con sinceridad o se te pedirá que te marches —dijo Tony con voz tranquila y firme que contrastaba con el pulso que le latía en la sien.
Preocupada de que la cosa se pusiera fea, Sheena dijo:
—Mirad, lo único que queremos es la verdad y una promesa de no volver a traer algo así a casa. Todos sabéis lo que pensamos de las drogas, y os pedimos que lo respetéis y que no consumáis mientras estéis bajo nuestro techo.
—Venga, mamá, no somos unos drogatas —dijo Michael—. ¿Qué tiene un poco de hierba? Los estados la están legalizando a diestro y siniestro.
Tony dio un golpe en la mesa.
—Basta de gilipolleces. ¿De quién es?
Michael y Randy se miraron.
—Mía —dijeron a la vez.
—Muy bien, pues —dijo Tony—. Se acabó el consumo, se acabó guardar nada de eso aquí, o Randy se vuelve a casa y Michael se queda castigado, ¿entendido?
Sheena sabía que aquello no había terminado, pero lo dejó estar. Un día a la vez.
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A la mañana siguiente, durante una reunión con sus hermanas, Sheena les contó lo que había pasado.
—Y si veis algo que deba saber, por favor decídmelo. Hasta este verano, no habíamos tenido problemas con Michael y las drogas, y no queremos que la cosa vaya a más. Le encantan los deportes, y esperamos que consiga una beca deportiva para la universidad.
—Me alegro de que no fuera Meaghan —dijo Darcy—. Sus amigos parecen buenos chicos.
—Sí, le he dicho a Meaghan que puede invitarlos a usar la piscina si quieren. ¿Te parece bien?
—Claro, hasta que tengamos nuestros propios huéspedes —dijo Regan—. Ahora echemos un vistazo a los comentarios de Bernice.
Repasaron algunas sugerencias que había hecho Bernice, sobre todo relacionadas con la piscina y la zona del paseo marítimo.
Cuando terminaron, Sheena miró a Regan y a Darcy con preocupación.
—No vamos a poder seguir con las obras en las habitaciones de la planta de arriba del Edificio Egret. Y ni siquiera podemos plantearnos empezar con las suites hasta que ingresemos suficiente dinero para hacerlas como queremos.
—Lo único que tenemos que hacer es poner el hotel en funcionamiento, ¿no? —dijo Darcy—. Eso será el fin de semana del Día del Trabajo, con la inauguración oficial. No nos preocupemos.
—De acuerdo. El poco dinero que nos queda después de todas las mejoras de jardinería será solo para emergencias —dijo Regan—.
Haremos una preapertura la semana antes del Día del Trabajo para volver a poner todo a prueba.
Lo único que tenemos que hacer es mantener el hotel en marcha y que entre dinero.
Sheena odiaba las frases que empezaban con las palabras: «Lo único que tenemos que hacer…». Solían traer problemas.