Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

DARCY

La euforia de Darcy al descubrir que Jasmine era prima de Austin iba y venía.

Decidió no llamarlo. En el pasado había sido impulsiva con esas cosas, pero no pensaba repetir ese patrón con Austin.

Era demasiado especial para ella. Le gustara o no, tendría que esperar a que él diera señales de vida.

Era la única forma de asegurarse de que estaba interesado.

Obligándose a concentrarse en el trabajo, Darcy se puso a redactar un artículo basado en su conversación con el abuelo de Austin.

Le había prometido una visita a Nick y Sandy, y quería terminar la columna a tiempo para que Nick le echara un vistazo.

Se le encogió el corazón al pensar en el estado de Nick.

La primera vez que lo vio, parecía Papá Noel.

Pero en cuestión de un par de meses, la enfermedad que le devoraba el cuerpo había destruido esa imagen.

Darcy dio un sorbo de agua y empezó a escribir sobre una época y un tema que mucha gente seguía ignorando pese a la situación actual del país. Cuando terminó el primer borrador, se levantó de la silla y salió.

El sonido de gente en la piscina la hizo acercarse. Había una pareja enseñando a su hija a sumergirse para recoger un objeto del fondo.

—¡Hola, Bernice! Me alegro de que estéis aquí con tu familia —les gritó.

Bernice la saludó con la mano.

—Sí, ven a conocer a mi marido, Dylan, y a mi hija, Mercy.

Darcy usó la tarjeta que siempre llevaba colgada del cuello y abrió la verja.

—¿Qué tal el agua?

Dylan sonrió.

—Está muy buena, gracias.

Era un hombre guapo, pensó Darcy. Si le pidieran que lo describiera, diría que se parecía a Jamie Foxx.

—¿Y quién es este pececito? —le preguntó Darcy a Mercy, que había salido del agua y estaba de pie frente a ella.

—No soy un pez —dijo la niña entre risas—. Soy Mercy Beecher Richmond.

—Bueno, nadas como un pez. Ten cuidado, que pronto te van a salir branquias —bromeó Darcy.

Mercy frunció el ceño con expresión preocupada, pero luego se echó a reír.

—Ya te he dicho que no soy un pez.

—Bueno, eres una niña muy lista.

Se volvió hacia Bernice y Dylan.

—Que disfrutéis de vuestra estancia y que todo vaya bien.

De vuelta en su escritorio, Darcy repasó lo que había escrito.

En muchos sentidos, se alegraba de escribir bajo el seudónimo de Dee Summers, porque a algunos lectores podían no gustarles sus columnas.

En esta en particular, había abordado el tema de quemar la bandera estadounidense.

Era uno de los derechos que tenía la gente en este país, pero después de escuchar a Bill hablar de todo lo que había pasado para proteger esa bandera, Darcy pensó que debía de parecerles una bofetada a quienes habían servido y se habían sacrificado.

Su artículo seguramente generaría muchas cartas, unas buenas y otras no tanto.

Pero a su editor le encantaría. Y Nick le había advertido de que esas historias no eran suyas, sino de las personas a las que había entrevistado.

Sheena entró en la oficina.

—¿Qué haces?

—Repasando la columna otra vez —dijo Darcy—. ¿Quieres echarle un vistazo?

—Claro.

Sheena cogió la hoja que le tendía Darcy y se sentó a leerla.

Darcy observó cómo una serie de emociones cruzaban el rostro de Sheena. Se le secó la boca. ¿Se habría pasado con todo lo que había escrito sobre honrar a los militares?

Cuando Sheena terminó de leer, levantó la vista hacia Darcy con lágrimas en los ojos.

—Es precioso, Darcy. Me alegro mucho de que estés haciendo este tipo de trabajo. Cuando te pongas a escribir una novela, espero que escribas algo igual de conmovedor.

—¡Vaya! Gracias, Sheena. Significa mucho para mí —dijo Darcy—. A algunos les encantan mis columnas; a otros no les gustan nada.

—Sé fiel a ti misma y lo demás vendrá solo —dijo Sheena con una mirada de satisfacción—. Me alegro de estar conociéndote mejor. Tienes mucho que decir, y da que pensar.

—Estoy encontrando mi voz como escritora. ¿Quién lo iba a decir, eh?

Sheena se levantó.

—Voy a ver cómo va el edificio del nuevo restaurante. ¿Quieres venir?

—Claro. Me vendrá bien un descanso.

Salieron de la oficina y cruzaron la propiedad hacia donde antes estaba la casa rosa. Ahora la estaban reconstruyendo para convertirla en un pequeño restaurante.

Arrastrando las plumas de la cola, Petey se pavoneó hacia ellas como si fuera el dueño del lugar. En cierto modo, pensó Darcy, lo era.

Se acercaron a la nueva construcción. Ya habían vertido la losa, y los bloques de hormigón estaban apilados cerca, listos para levantar las paredes. Eso, sabía Darcy, era la parte fácil. El resto era trabajo de detalle, incluida la fontanería, de la que se estaba encargando Tony para Brian.

—¿Crees que hacemos bien convirtiendo esto en un restaurante? —preguntó Darcy.

Sheena asintió.

—Es lo que quería el tío Gavin. Y ninguna de nosotras piensa vivir aquí, así que le estamos dando buen uso al espacio.

Darcy miró el reloj.

—Será mejor que me vaya. Tengo que darle otro repaso a la columna y luego enviársela a Bill y a Austin.

—¿Qué tal Austin? Hace tiempo que no sabemos de él.

Darcy negó con la cabeza.

—No lo he visto desde el funeral.

Sin ganas de hablar con Sheena del chico que no podía quitarse de la cabeza, Darcy se marchó.

En la oficina, la repasó una vez más en busca de erratas y, antes de que pudiera arrepentirse, se la envió a Bill y a Austin con la esperanza de que valoraran lo que había intentado transmitir.

Darcy imprimió una copia y se fue a casa de Nick.

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Sandy la recibió en la puerta y se llevó un dedo a los labios.

—Nick está dormido, pero pasa. Tengo una cita y me voy enseguida. Muchísimas gracias, Darcy.

—Claro. Me instalo en la cocina como siempre. Tómate tu tiempo.

Después de que Sandy se fuera, Darcy se sentó en la cocina y sacó el ordenador.

Con aquella tranquilidad, podía trabajar en otra idea que tenía para una columna.

Quería que esta fuera divertida. Había hablado con uno de los camareros de The Key Hole, que había creado una nueva receta para un cóctel al que llamaba Davy's Locker.

Un tipo agradable, casado, con dos hijos pequeños, trabajaba por las noches para ayudar a pagar el campamento de béisbol de su hijo y las clases de ballet de su hija.

Estaba sumida en sus pensamientos cuando oyó un ruido a su espalda. Se giró en la silla y contuvo una exclamación al ver a Nick. Tenía un aspecto terrible: demacrado, delgado y frágil. Se levantó de un salto y lo ayudó a sentarse en una silla frente a ella.

—¡Hola! ¡Qué alegría verte! ¿Te traigo algo? —le preguntó, haciendo un esfuerzo por ocultar su consternación.

Le dedicó una sonrisa fugaz.

—Un vaso de agua estaría bien. Iría yo mismo a por él, pero estoy demasiado jodidamente débil.

Se apresuró hacia el frigorífico a por el agua, mientras se preguntaba cuánto más podría adelgazar Nick.

—Gracias.

Tras dar un sorbo de agua, algo de color volvió a sus mejillas. Se recostó en la silla y le sonrió.

—¿Qué tienes para mí?

De pronto cohibida, Darcy le entregó una copia de la columna que había escrito sobre Bill Blakely.

La leyó.

—Bien. Recuerda, no te pongas demasiado predicadora. A tus lectores les horrorizará.

La observó con atención.

—Cuando escribas tu novela, ¿de qué tratará?

Darcy soltó una risita.

—No estoy segura. Quizá algo sobre hermanas.

—Ah, Darcy, tienes tanto talento. Qué lástima que ya no estaré para ver qué haces con él.

Las lágrimas le escocieron en los ojos, pero Darcy se limitó a asentir. La verdad era que se apagaba a ojos vista.

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Cansada, necesitada de un respiro tras el bajón de ánimo que le había dejado la visita a Nick, Darcy se cambió de ropa y se dirigió a la playa. El sol de última hora de la tarde había perdido parte de su calor, y le apetecía llenar los pulmones de aire fresco y salado.

Al pisar la arena, Darcy respiró hondo y cerró los ojos.

Siempre le parecía como si acabara de abrir una puerta a una tierra mágica.

La tensión de los hombros se le fue disipando mientras caminaba por la orilla, sonriendo a los correlimos que correteaban delante de ella.

De vez en cuando, uno de ellos se detenía y se metía en el agua, concentrado en alimentarse de los bancos de pececillos que revoloteaban en los bajos.

Darcy recordó sus primeros días en el hotel, lo sorprendida que había estado, lo decepcionada. Ahora, le parecía su hogar. Se preguntó qué planes tendría para el futuro y cómo encajarían con sus objetivos recién descubiertos de escribir para el periódico y empezar una novela.

Aceleró el paso y echó a trotar hacia el sur por la playa, ignorando a los demás que tomaban el sol, nadaban o buscaban conchas. El dolor que había sentido ante la idea de perder a Nick se alivió al recordar sus palabras de despedida: «Estaré bien y tú también».

Cuando empezó a faltarle el aliento, aminoró el paso y dio media vuelta para regresar al hotel caminando.

Alzó la vista al cielo y contempló las nubes esponjosas que flotaban sobre ella como montoncitos de merengue.

Extendió el brazo hacia el aire como si pudiera tocarlas y luego se rio de sí misma por aquella tontería.

Mientras subía por el paseo de madera hacia la carretera, Darcy decidió pasarse por la oficina. Quería saber si Bill y Austin habían leído la columna. Estaba descubriendo que desnudarse en un papel a veces daba miedo.

Al entrar en la oficina, encontró a Sheena sentada a uno de los escritorios, con la cabeza entre las manos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Darcy.

Sheena alzó la cabeza y dejó escapar un largo suspiro.

—Es Meaghan. Le encontré hierba en la cómoda.

—¿Quéeee? ¿Meaghan? No me lo creo. Acabo de verla en la playa con un grupo de chicos. Parecía que estaban pasando el rato, divirtiéndose como antes.

—Estoy aquí sentada, pensando en cómo abordar el tema —dijo Sheena.

—Yo se lo preguntaría directamente —dijo Darcy—. Ella y yo hablamos bastante a menudo, y siempre ha sido muy franca conmigo.

—Puede que tengas razón. Quiero hablar con ella antes de que llegue su padre. Se va a quedar destrozado. Meaghan es la niña de sus ojos, incapaz de hacer nada malo.

Sheena se levantó.

—Voy a bajar a la playa. Nos vemos luego.

Se dirigió hacia la puerta, se detuvo y se volvió.

—Gracias por el consejo.

Darcy se despidió con la mano y se sentó a su escritorio para revisar el correo. Nada de Austin ni de Bill. Decepcionada, apuntó algunas ideas que se le habían ocurrido en la playa y decidió dejarlo por hoy.