CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
DARCY
Unos días después, Darcy aparcó la furgoneta en el aparcamiento de Publix, con la esperanza de entrar y salir del supermercado lo más rápido posible.
Le preocupaba llegar a tiempo con su columna.
Desde que había empezado a escribirlas, se había dado cuenta de que todo el mundo tenía una historia que contar.
Incluso ahora, mientras entraba en la tienda, observaba a las personas a su alrededor, preguntándose qué se escondía detrás de sus sonrisas, sus ceños fruncidos y sus expresiones de agobio.
Estaba en la sección de frutas y verduras, intentando decidir entre una piña entera o un recipiente de trozos de piña, cuando oyó una voz a su espalda:
—¡Hola, Darcy!
Se dio la vuelta y se encontró con Bill Blakely.
—Hola, Bill. ¿Cómo estás?
—Tirando, supongo. La familia se ha vuelto a casa, así que estoy aquí intentando decidir qué comprar —apartó la mirada un momento y luego volvió a mirarla—. La verdad es que tenía que salir de casa. Se siente muy vacía sin Margery.
—Lo siento mucho, Bill. Después de tantos años de matrimonio, debe de ser difícil estar solo —dijo Darcy, consciente de su dolor—. ¿Tienes planes para comer?
Se le iluminó el rostro.
—Ninguno que se me ocurra.
Darcy sonrió.
—¿Qué te parece venir a comer conmigo a Gracie's, el restaurante de nuestro hotel? Así podrás ver el Salty Key Inn.
—Pues me encantaría —dijo—. Te espero fuera y te sigo cuando estés lista.
—No tardaré mucho —dijo Darcy—. Solo tengo que coger unas cuantas cosas.
Varios minutos después, Darcy se reunió con Bill fuera.
—¿Lista?
Él asintió con entusiasmo y se levantó de un salto del banco de madera en el que había estado sentado a la entrada de la tienda.
—Nos vemos en la salida.
Darcy volvió a la furgoneta y observó divertida cómo Bill acercaba su coche, con el motor revolucionado como si no pudiera esperar a salir. Ella encabezó la marcha fuera del aparcamiento y tomó la carretera principal hacia el hotel, satisfecha con el entusiasmo de Bill.
Cuando entró en el aparcamiento del edificio de suites, Bill aparcó a su lado.
Salió del coche y esperó a que Bill se le uniera. Luego señaló el letrero de madera tallada a lo lejos, junto a la entrada.
—Cuando entraste, ¿te fijaste en el letrero que hizo Austin? Le quedó muy bien.
—Se le da bien prácticamente todo.
—Espero que no te importe. Voy a descargar la compra y luego podemos cruzar los jardines hasta el restaurante. Así podrás ver cómo es una de las suites antes de que las reformemos.
—Claro que sí. Me gustaría verlo todo. Austin estaba muy ilusionado con todo lo que estáis haciendo.
Regan no estaba por ninguna parte cuando Darcy entró en su suite. Metió rápidamente en la nevera lo que había que mantener frío, y mientras Bill observaba en silencio el entorno, Darcy guardó el resto de la compra.
—Listo. Vamos.
Mientras cruzaban el césped, Darcy le explicó a Bill que estaban abriendo por fases y le habló de los cambios que esperaban hacer en el futuro.
—Me parece estupendo. Recuerdo que hace mucho tiempo esto era un sitio familiar muy agradable.
—Eso es lo que esperamos que vuelva a ser —dijo Darcy. Entró en Gracie's y esperó a que una camarera les indicara una mesa.
Cuando Lynn se acercó a ellos, abrió los ojos de par en par.
—¿Bill Blakely? ¿Eres tú? ¿Qué tal estás? Sentí mucho lo de Margery.
—Hola, Lynn. Gracias. Estoy aquí con Darcy, echando un vistazo a todo esto.
—Venga, seguidme. Tengo un buen sitio por aquí —los llevó a una mesa cerca del patio, resguardada del sol.
—Gracias —dijo Darcy mientras Bill la ayudaba a sentarse, y luego él se sentó frente a ella.
Lynn les dio una carta a cada uno.
—Ahora os traigo agua. ¿Queréis algo más de beber?
Darcy y Bill negaron con la cabeza, y Lynn se marchó.
—La comida aquí está deliciosa —dijo Darcy—. Pide lo que quieras. Invito yo.
—La mejor cita que he tenido en mucho tiempo —dijo Bill con un brillo en los ojos.
Darcy se rio.
—Aunque tiene un precio. Una vez mencionaste que estuviste en Vietnam, y me gustaría saber si podría entrevistarte algún día para la columna que escribo en el periódico. En ella presento a distintas personas de la zona, con nombre o sin él, y sus historias de vida.
—Bueno, creo que sí podría —dijo Bill—. Ven a comer a mi casa y hablamos.
—Trato hecho.
Pidieron la comida y se pusieron a hablar del hotel. Intentando no parecer entrometida, pero incapaz de contener su curiosidad, Darcy finalmente le preguntó:
—¿De qué conoces a Lynn?
Bill sonrió.
—Su marido Benny y yo solíamos jugar al golf de vez en cuando, antes de que cayera enfermo. Me sorprendió verla aquí.
—Es una empleada estupenda aquí en el restaurante —dijo Darcy.
Bill asintió y le dio otro bocado al famoso sándwich de pollo frito de Gracie's.
—Delicioso.
Regan entró en el restaurante, los vio y se acercó a la mesa.
—¡Hola, Darcy! Y tú eres el abuelo de Austin, ¿verdad? —ante su asentimiento, continuó—: Me alegro de verte. Sentí mucho lo de tu mujer.
—Gracias.
Darcy le sonrió a Regan.
—Ya casi hemos terminado de comer, pero ¿quieres sentarte con nosotros?
—No, gracias. He venido a por comida para llevar. Estoy supervisando la entrega de las colchas.
Mientras se alejaba, Darcy le explicó a Bill que se estaban preparando para abrir el hotel el Día del Trabajo.
—Como seguramente la construcción del nuevo restaurante seguirá en marcha y las reformas no estarán terminadas para la inauguración, estamos ofreciendo descuentos especiales a quienes reserven con antelación.
—Suena bien —dijo Bill. Tomó un sorbo de agua, se limpió la boca con la servilleta y añadió—: Gracias por el almuerzo. Será mejor que te deje trabajar, pero llámame cuando quieras y estaré encantado de ayudarte con tu columna.
Ella se levantó con él. —Te acompaño al coche.
Mientras cruzaban el césped hacia el edificio de las suites, Bill dijo: —Margery te apreciaba, Darcy. Yo también.
Una oleada de emoción le encendió el rostro a Darcy. —Gracias.
Él la miró fijamente. —Austin va a estar en la ciudad este fin de semana.
Darcy forzó una sonrisa que le dolió. —Salúdalo de mi parte. Voy a estar muy ocupada con el hotel.
—De acuerdo. Se lo diré.
Cuando llegaron al coche, Darcy le dio un abrazo rápido. —Gracias por almorzar conmigo. Adiós.
Bill hizo amago de decir algo, pero se contuvo. —De acuerdo, Darcy. Espero verte pronto.
Darcy esperó a que Bill saliera del aparcamiento antes de darse la vuelta y entrar.
Soltó un profundo suspiro y se dejó caer en el sofá. Sería una tontería llorar por un hombre que no estaba interesado en ella.
Meaghan entró en la suite. —Hola, tía Darcy. ¿Qué haces?
—Recuperando el aliento antes de ir a la oficina. ¿Has terminado tu turno en Gracie's?
—Sí. Ahora puedo quedar con mis amigos en la playa. Y, Darcy, creo que le gusto a uno de los chicos.
—¿En serio? ¿Quieres traerlo al hotel para que lo conozcamos todos? —Darcy apenas logró mantener la cara seria.
—Eh, no. Todavía no —dijo Meaghan—. Michael y Randy pueden ser muy crueles.
—Supongo que la mayoría de los hermanos son así a veces.
—Sí, cuando me case y tenga hijos, solo voy a tener niñas —anunció Meaghan antes de salir airosamente de la habitación.
Darcy se rio. Si Meaghan tenía la misma suerte que ella, acabaría con una casa llena de niños. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se moriría de vergüenza si sus hermanas supieran que había llegado al punto de soñar con los hijos que quería tener con Austin.
###
En su oficina, Darcy miró la pantalla del ordenador con incredulidad.
Tenían su primera solicitud de reserva, de sus antiguas compañeras de piso: Alex Townsend y Nicole Coleman.
Se le secó la boca. No estaba preparada para que Alex viera el hotel en su estado actual. Ya podía oír la risa burlona de Alex.
Sheena irrumpió en la oficina agitando una hoja de papel. —¡Tenemos nuestra primera reserva!
Darcy la miró con expresión sombría. —Lo sé. Para el fin de semana del Día del Trabajo.
—¿Qué te pasa? ¿No estás emocionada?
—Es de mis antiguas compañeras de piso. ¿Te acuerdas de la chica esnob de la que te hablé?
—Ah, sí. Ahora lo entiendo. Pero, Darcy, ellas, como todos nuestros huéspedes, tienen que entender que el hotel está en obras. Tendremos que dejárselo claro.
Solo de pensarlo, a Darcy le entraba pavor.