CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
REGAN
Regan dio un paso atrás y admiró las colchas de la cama y los cojines de colores vivos que las coronaban.
Estos, junto con las cortinas, añadían cierta elegancia a la habitación que le gustaba.
Recorrió el espacio con la mirada, observando todos los cambios.
Los colores, las telas, los acabados combinaban bien: no eran lujosos, pero sí muy elegantes.
Fieles a su promesa de ser honestas sobre qué tipo de lugar querían crear, pensó que ella y sus hermanas habían tomado una decisión acertada.
Nadie podría quejarse de esta habitación ni de las otras cuando estuvieran terminadas.
Miró por la ventana y frunció el ceño. El jardín necesitaba algunos retoques. Con el tiempo, crearían una zona de refrescos junto a la piscina, pero, hasta entonces, pensaba hablar con sus hermanas para mejorar la vegetación de alrededor.
Sheena entró en la habitación y echó un vistazo alrededor.
—Esto tiene muy buena pinta. Rosa y Paul ya están preparados para venir esta noche y probarlo todo.
—Bernice y su familia vendrán el fin de semana. Así podrá ver en qué consiste el trabajo de encargarse del servicio de limpieza.
—He quedado con Rocky en que él se encargue del mantenimiento, y el equipo de Brian se ocupa de la jardinería. Con esos presupuestos ya cerrados, tengo una idea más clara de lo que nos costará su trabajo. Lógicamente, me preocupa añadir el gasto de las empleadas de limpieza.
A Regan se le revolvió el estómago.
—Vamos a conseguirlo, ¿verdad?
—Eso espero —dijo Sheena—. Esta tarde me reúno con Holly para negociar descuentos para el bar. Y he pensado en tantear también otros negocios.
—Esta noche salgo con Chip —dijo Regan—. Puedo preguntar en el Pink Dolphin si les interesa.
—Eso sería estupendo —dijo Sheena, mirándola fijamente—. ¿Vas en serio con Chip?
Regan suspiró.
—No estoy segura.
—¿Por?
—Se enfadó conmigo cuando no quise irme a un hotel con él. Sé que puede parecer infantil por mi parte, pero quiero estar muy segura antes de dar ese paso.
Sheena la abrazó.
—¡Bien hecho!
—Entonces, ¿me entiendes?
—Sí, claro que sí. Quiero a Tony y siempre lo querré, pero ojalá hubiera tenido más tiempo para mí antes de comprometerme con otra persona.
—Yo también. Ahora que me siento mejor conmigo misma, quiero ver qué puedo hacer con Mo, aprender de él y trabajar a su lado.
El móvil de Regan sonó. Miró la pantalla y sonrió.
—Hablando de Mo, aquí está.
Sheena se despidió con un gesto y salió de la habitación.
—¡Hola, Mo! ¿Qué pasa? —dijo Regan.
Al oír un sollozo, Regan abrió los ojos de par en par.
—¿Qué pasa?
—Juan me ha dejado —logró decir Mo entre sollozos.
—Ay, cariño, cuánto lo siento. ¿Qué puedo hacer por ti?
—¿Puedo pasarme por ahí? Necesito desahogarme con alguien, y eres la mejor persona que conozco.
A Regan se le encogió el corazón.
—Claro que sí, aquí me tienes, Mo.
Colgó y miró la hora. Se suponía que Chip pasaría a recogerla en una hora. Marcó su número y tuvo que dejarle un mensaje para cancelar la cita. No podía dejar a Mo así de ninguna manera.
Regan estaba preparando una lista de cosas que quería que Bernice anotara para su empresa de limpieza recién creada cuando Mo entró en la oficina y se dejó caer en una silla junto a su escritorio.
Al ver que se le llenaban los ojos de lágrimas, Regan se levantó de la silla y lo abrazó.
—Lo siento muchísimo, Mo. ¿Qué ha pasado entre Juan y tú?
—No lo sé. Dice que quiere conocer a otras personas.
Regan vaciló y luego soltó:
—Te mereces algo mejor, Mo. Vi cómo coqueteaba Juan cuando estábamos en Tamales.
—Pero lo quería —protestó Mo—. Pensaba que teníamos un futuro juntos.
—Tendrás un futuro mejor sin él —dijo Regan sin rodeos.
Mo la miró fijamente.—¿Tú crees?Regan asintió.
El móvil de Regan sonó y los interrumpió.
Contestó.
—¿Qué haces cancelándome en el último momento? —la voz de Chip sonaba muy baja, muy tensa.
—Lo siento, pero ha surgido algo con Mo. Tendremos que dejarlo para otra noche —Regan se esforzó por disimular su molestia ante el tono de él—. No es para tanto.
—¿Ah, sí? ¿Eso crees?
—Ay, Chip, no quería decir eso —dijo Regan—. Es que podemos salir otra noche, ¿no?
—Supongo que no me queda otra. Ya hablaremos.
Y colgó.
Regan frunció el ceño. Chip ni siquiera le había preguntado qué pasaba.