CAPÍTULO VEINTICINCO #2
Entró en la habitación y ahogó un grito. Sentado en una silla, de frente a ella, había una persona como ninguna que hubiera visto jamás.
Rocky se acercó por detrás y la sujetó del codo para darle apoyo.
—Este es el hijo de Gavin, Duncan —dijo en voz baja, con una ternura impropia de él.
El joven que tenía delante carecía de brazos y la miraba con expresión vacía. La saliva le goteaba de la boca abierta. Lo cubría una manta ligera, pero Darcy advirtió que, en lugar de piernas normales, tenía unos muñones cortos.
—¡Dios mío! —susurró, y se tapó la boca. Al ver que Duncan no reaccionaba al gemido que no había podido contener, soltó el aire que había estado reteniendo.
—Tiene treinta años y es todo un milagro médico haber llegado hasta aquí. Gavin siempre insistió en que Duncan estuviera cómodo en un entorno hogareño mientras viviera. Por eso compró esta casa y contrató a buena gente para cuidarlo. Le prometí a Gavin que vendría a verlo con regularidad.
Mientras hablaban, la mirada de Duncan pareció enfocarse en ella un instante antes de desviarse. Darcy sintió un escalofrío involuntario.
Darcy respiró hondo y avanzó. Se arrodilló en el suelo frente a él y dijo:
—Hola, Duncan. Soy tu prima, Darcy.
Aunque los ojos marrones de Duncan se posaron en ella un momento, no mostró ninguna otra reacción.
Se levantó con las piernas temblorosas y se volvió hacia Rocky, incapaz de contener el escozor de las lágrimas.
—¿Siempre ha sido así?
—Sí. Su madre lo abandonó, pero Gavin jamás lo habría hecho.
Elena se les unió.
—¿Por qué no pasan a sentarse a la sala?
Darcy asintió, aturdida.
Rocky volvió a tomarla del codo, y Darcy, con las piernas flojas, se dejó guiar. La conmoción de conocer a Duncan y descubrir que formaba parte de una familia que nunca supo de su existencia seguía revolviéndole el estómago. Se dejó caer en una silla y respiró hondo un par de veces, temblorosa.
—Vuelvo enseguida —dijo Elena mientras Rocky se sentaba en el pequeño sofá.
Elena regresó con una bandeja de bebidas que dejó sobre la mesa de centro, frente al sofá.
—Pensé que les apetecería algo de beber. A todo el mundo le gusta mi limonada de lima.
Darcy aceptó agradecida el vaso de bebida helada que le ofrecía Elena y esperó a que todos tuvieran el suyo antes de dar un sorbo.
El líquido frío le sentó de maravilla al bajar por la garganta.
No se había dado cuenta de lo reseca que la tenía.
Al mirar hacia la habitación de Duncan, al otro lado del pasillo, notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.
¡La vida era tan jodidamente injusta! Aquel rostro inexpresivo estaba coronado por un cabello castaño rojizo del mismo tono que el de Sheena.
¿Qué habría hecho con su vida un hijo de Gavin si le hubieran dado una oportunidad normal?
Darcy observó a Elena. Aunque tenía el rostro surcado de arrugas por los años y las preocupaciones, sus ojos oscuros y brillantes la miraban con comprensión. Se preguntó qué clase de mujer era capaz de vivir con alguien como Duncan, cuidándolo día tras día.
—¿Cuánto tiempo lleva Duncan contigo? —le preguntó Darcy.
—Ya van veintidós años —respondió la mujer—. Mi madre lo cuidó antes que yo.
Suspiró.
—Mi prometido murió en Vietnam y nunca me casé. Gavin se ocupó de que mi madre estuviera bien atendida y después de que yo tuviera con qué vivir.
—¿Tienes a alguien que te ayude? —preguntó Darcy. No podía imaginarse a Elena levantando a Duncan.
Elena sonrió.
—Mi sobrino, Rafe. Trabaja en el Hospital General de día, pero me echa una mano por las noches. A veces mi hermana se pasa por aquí. Podría decirse que Duncan forma parte de nuestra familia.
Darcy intercambió una mirada con Rocky y luego se volvió hacia Elena.
—Rocky tenía razón. Eres un ángel.
De nuevo, las lágrimas le escocieron en los ojos, pero parpadeó para contenerlas.
Rocky se levantó.
—Será mejor que nos vayamos. Nos vemos la semana que viene, Elena. ¿Necesitas algo más aparte de lo de siempre?
Elena se puso de pie.
—No, cielo, pero gracias por preguntar.
Al oír «cielo», Darcy parpadeó sorprendida. Nunca había considerado a Rocky alguien dulce. Ahora lo veía con otros ojos.
—Gracias, Elena —dijo Darcy, y acto seguido se inclinó impulsivamente para besarle la mejilla arrugada y bronceada.
En el pasillo, Darcy se detuvo y echó un último vistazo a Duncan.
—Adiós, Duncan —dijo, como si él pudiera oírla. Aun así, era un miembro de su familia y, decidió, lo trataría como tal.
Una vez que Darcy y Rocky se acomodaron en la camioneta y emprendieron el camino de vuelta al hotel, Rocky se volvió hacia ella.
—Me alegro de que lo sepas. No estaba seguro de cómo reaccionarías, pero te has portado muy bien.
Sus labios se curvaron un instante y enseguida recuperaron su gesto serio habitual.
Con la sensación de haber recibido un regalo maravilloso con aquella sonrisa, Darcy se quedó mirando por la ventana mientras el paisaje desfilaba ante sus ojos, preguntándose qué pensarían sus hermanas de Duncan.
Puede que Gavin no hubiera sido bienvenido en casa de su padre, pero ella estaba orgullosa de ser pariente suyo.