CAPÍTULO VEINTICUATRO
SHEENA
Emocionada, Sheena colgó tras hablar con Tony. En solo unos minutos, él estaría en el hotel. ¡Dios! ¡Lo había echado tanto de menos, lo necesitaba tanto!
Entró en el baño, se pasó el cepillo por el pelo y salió a esperar a su marido.
Cuando la camioneta plateada de Tony entró en el aparcamiento, se le aceleró el corazón. Había algo de cierto en el viejo cliché: «La ausencia hace crecer el cariño». Tras el parabrisas, la sonrisa de Tony era electrizante. Saltó de la camioneta, corrió hacia ella y la alzó en brazos.
Riendo, lo abrazó con fuerza, encantada con la sensación de su cuerpo fuerte y sólido junto al suyo. Qué bien se sentía tenerlo de nuevo con ella. Levantó el rostro.
Los labios de Tony se encontraron con los suyos en un beso hambriento que le transmitió cuánto la había echado de menos.
Cuando se separaron, Sheena le acarició la mejilla.
—Me alegro de tenerte en casa.
—Yo también.
Miró el edificio de las suites.
—Supongo que esto es lo que hay por ahora. La venta del negocio no se cerrará en un tiempo.
—¿Problemas? —preguntó Sheena.
—La financiación ha sido un problema. Todo se solucionará, estoy seguro, pero llevará tiempo.
La emoción de Sheena se desvaneció. Esperaba que tuviera razón. Tony a veces era demasiado optimista, y contaban con la venta del negocio para mudarse a una casa.
Tony le levantó la barbilla.
—Oye, no seas tan preocupona. Todo saldrá bien, y al menos estamos juntos como familia otra vez. Ahora, ven a ver el cartel que recogí en el taller de Austin. Hablé con él por teléfono. Está aquí en la ciudad, así que lo he invitado a nuestra ceremonia cuando lo coloquemos.
—Estupendo —dijo Sheena—. Haremos una pequeña celebración en el restaurante de Gracie. Hablaré con ella.
Tony miró a su alrededor.
—¿Dónde están los chicos?
—Trabajando —dijo Sheena.
Tony sonrió.
—Oye, quizás podríamos...
Ella lo interrumpió.
—Lo siento. Todo es muy diferente con Randy y los chicos aquí. Recuerda que los chicos están en el segundo dormitorio de nuestra suite, y Meaghan va y viene de nuestra suite a la de mis hermanas. Nada de intimidad.
—Ya veremos —dijo Tony, dándole una palmadita cariñosa en el trasero—. Ahora, vamos a meter mis cosas.
Acababan de meter el equipaje de Tony y algunas cosas más en la suite cuando aparecieron Michael y Randy.
Tony levantó la vista sorprendido.
—Pensé que estabais trabajando.
—Ay, papá, hace tanto calor que tuvimos que tomarnos un descanso —dijo Michael—. ¿Verdad, Randy?
Randy asintió con las mejillas sonrojadas.
—¿Habéis consultado con Brian lo de este descanso? —preguntó Tony.
—No, sus hombres están acostumbrados a trabajar al aire libre. Nosotros no —dijo Michael.
Tony lo fulminó con la mirada.
—Será mejor que volváis al trabajo ahora mismo. Ya os acostumbraréis al calor.
Michael plantó cara a su padre con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto? ¿Una especie de prisión?
—Podría estar en la playa de Nantucket —dijo Randy, volviéndose hacia Sheena con una mirada que dejaba claro que estaba poniendo a prueba la conversación que habían tenido antes.
—Espero que te quedes, como miembro de nuestra familia —dijo Sheena en voz baja—.
Antes de que vinieras, Tony habló con tus padres sobre que trabajaras para nosotros además de jugar al béisbol.
Todo forma parte de estar aquí. Pero si quieres llamar a tu padre o a tu madre, adelante, acataremos tu decisión de irte.
Incluso te llevaremos al aeropuerto. A diferencia de lo que dice Michael, esto no es una prisión.
Sheena observó cómo una sucesión de emociones cruzaba el rostro de Randy: desafío, duda y finalmente resolución.
—No, me quedaré. Pero como dice Michael, hace calor ahí fuera —dijo Randy en voz baja.
—Cierto —dijo Sheena—. Por eso Brian os hace trabajar fuera por las mañanas y por eso los equipos juegan al béisbol por las tardes, no a mediodía.
—¿Os habéis inscrito los dos en el programa especial de béisbol de verano del instituto? —preguntó Tony.
Michael y Randy asintieron al unísono.
—Vale, entonces está decidido —dijo Sheena—. Como prometimos, chicos, trabajaréis a tiempo parcial para Brian haciendo lo que os pida. Eso aún os deja tiempo para relajaros y para el béisbol. Pero también significa que nada de holgazanear en el trabajo. ¿Entendido?
Michael y Randy se miraron y asintieron.
—Coged un par de botellas de agua antes de salir —dijo Tony.
Cuando los chicos se fueron, Tony se volvió hacia ella.
—¿Has tenido que aguantar esta actitud?
—Sí, es una edad difícil para los chicos. Quieren libertad, pero todavía no es el momento. Y somos una familia estricta.
Levantó un dedo.
—Pero te lo digo yo: Randy está contento con la idea de familia y estructura. Acaba de demostrarlo.
Tony le dirigió una mirada pensativa.
—A su edad, creo que yo preferiría estar en Nantucket.
—¿Con una familia que no te quiere?
—No, así no.
Negó con la cabeza.
—Qué pena. Bueno, veamos qué podemos hacer por él. Cuando vengan a comer, les pediré que me ayuden a mover el cartel.
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Más tarde, tras ayudar a Tony a instalarse, Sheena fue a la oficina de recepción. Regan y Darcy estaban allí, repasando las distintas opciones de paquetes que Darcy había subido recientemente a la web.
Regan la miró y sonrió abiertamente.
—Los muebles de exterior que pedimos los traen la semana que viene.
—¿Se sabe algo de las cortinas o las colchas? —preguntó Sheena.
Regan negó con la cabeza.
—Todavía nada. ¡Qué frustración!
—¿Cómo va el desbroce junto al muelle? —dijo Darcy—. Quiero dejar esa zona bonita cuanto antes y colgar una foto en la web.
—Tony y yo acabamos de echarles una charla motivadora a Michael y Randy. Sé que es un trabajo duro, pero hay que hacerlo. Y Tony va a hablar con Brian para que los tenga ocupados. A su edad, Tony ya estaba de aprendiz de fontanero.
—Qué bien tenerlo de vuelta, ¿eh? —dijo Regan.
Sheena se rio.
—Mucho. Necesito su apoyo. No sé qué es más difícil: si los chicos adolescentes o las chicas.