Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO CATORCE #2
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CAPÍTULO CATORCE #2

—Muy necesario —dijo Sheena—. ¿Quieres sentarte con nosotras?

—No, gracias.

Siguió centrado en Sheena, lo cual Darcy agradeció.

Había intentado ligarse a Brian de forma bastante vergonzosa para demostrar que seguía siendo atractiva después de que Sean la dejara, y aún se arrepentía.

Regan, se fijó, hacía todo lo posible por ignorarlo, pero Darcy notaba que era muy consciente de que él estaba allí.

Más tarde, después de probar varios aperitivos y tomar unas cuantas copas, las tres salieron del bar y fueron andando hasta el Salty Key Inn, justo al lado.

Al pisar la propiedad que ahora les pertenecía a las tres, Darcy sintió que por fin había llegado a casa.

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A la tarde siguiente, Darcy estaba sentada a la puerta de Gracie's esperando a que llegara Nick Howard.

El corazón le latía nervioso y luego se le encogía de miedo.

Sabía lo brutales que podían ser algunos periodistas.

Quizá Nick había venido a burlarse de su incompetencia.

No parecía de esos, pero nunca se sabía con alguien que trabajaba de incógnito para escribir reseñas, aunque solo fueran de restaurantes.

Cuando por fin vio acercarse aquella figura de Papá Noel, lo saludó con la mano. Tenía la garganta demasiado seca para decir nada.

—¡Hola, Dee! —la llamó él.

Empezó a relajarse. Le encantaba que le hubiera puesto un seudónimo para firmar sus artículos.

—Hola, Nick. ¿Quieres que entremos a Gracie's a comer algo?

Él negó con la cabeza.

—Mejor no. Tenemos que hablar.

El estómago de Darcy dio un vuelco.

—Vale, podemos ir a mi despacho.

Lo guio más allá de la entrada del restaurante, pasando por la zona vallada de los contenedores de basura, y entraron por una puerta lateral que daba al pasillo de la planta baja y al despacho que había detrás del restaurante.

Respirando hondo, Darcy hizo pasar a Nick a su despacho y cerró la puerta tras ellos.

Con las manos frías, le indicó una silla y se sentó detrás de su escritorio, aliviada por la mínima distancia que los separaba.

—¿Querías hablar conmigo sobre lo que escribo?

Nick la observó un instante.

—¿Va en serio lo de querer trabajar para el periódico y, yendo al grano, lo de escribir una novela?

Darcy se tensó.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque estoy dispuesto a ayudarte si escuchas, escuchas de verdad, lo que tengo que decirte y sigues mis consejos.

—Va-a-ale —dijo ella, preguntándose qué querría decir exactamente.

—Tienes buenos instintos, buen ojo para los detalles y oído natural para las palabras. Pero si vas a trabajar para mí y quieres triunfar algún día en el mundo editorial, tienes que implicarte lo suficiente en el resultado final como para que sea lo mejor posible.

Nick sacó una hoja del bloc que llevaba y se la entregó.

Darcy se quedó mirando la copia impresa de la reseña que le había enviado. Había tinta roja por todas partes.

—¿Qué es esto?

—Esto —dijo Nick con una sonrisa satisfecha— es una copia corregida de lo que me enviaste. Ahora échale un buen vistazo.

Darcy estalló.

—¡Esto es una mierda!

—Precisamente —dijo Nick—. No quiero que vuelvas a darme un texto como este sin editarlo antes, una, dos, quizás tres veces o más para que quede bien.

Las mejillas de Darcy ardieron de vergüenza mientras estudiaba las faltas de ortografía, las comas que faltaban y la cantidad de frases incompletas. La cabeza le daba vueltas. ¿Es esto lo que pasan los escritores profesionales? ¿Esta minuciosidad? ¿Esta humillación?

—Si crees que soy duro, espera a intentar abrirte paso en el mundo editorial. Al menos yo te ayudaré mostrándote qué puedes hacer para mejorar. Los agentes y editores no serán tan amables. Probablemente ni siquiera responderían a algo tan mal escrito.

Aunque sus palabras hacían daño, la expresión de Nick estaba llena de comprensión.

—Tu reseña daba en el clavo. Ahora, corrígela, porque, Dee, te voy a ceder mi columna semanal, empezando dentro de dos semanas. ¿La quieres?

Darcy sintió que el ánimo le volvía de golpe.

—¿En serio? ¿Lo dices en serio? ¿Crees que puedo hacerlo, incluso con esto?

Agitó la hoja de papel delante de él.

Nick asintió.

—Sí, lo creo. Pero voy a darte un curso intensivo de escritura y edición. Tienes todo lo necesario dentro de ti para que esto funcione, Darcy. Tus descripciones, cómo usas los sentidos, todo está ahí de manera natural. Veamos qué más hay dentro de ti.

Sintió que fruncía el ceño.

—¿Por qué haces esto por mí, Nick?

Él dejó escapar un largo suspiro y miró por la ventana. Cuando se volvió hacia ella, tenía el rostro ensombrecido por la tristeza.

—Acabo de enterarme de que el Gran C me ha vuelto a visitar. Y esta vez no pinta nada bien.

El color abandonó las mejillas de Darcy.

—¡Dios mío! ¿Estás hablando de cáncer?

—Voy a luchar contra él, por supuesto, pero no podré seguir con mis tareas habituales. Quiero trabajar contigo para que te hagas cargo también de mi columna del periódico. A cambio de mi asesoramiento, continuarás la columna que tanto significa para mí.

Darcy se recostó en la silla, conmocionada por todo lo que le había contado. Hubo un tiempo en que había pensado en Nick como en Papá Noel. Si esta idea seguía adelante, sería uno de los mayores regalos que jamás había recibido. Pero no quería el dolor que venía con él.