Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

DARCY

Darcy estaba trabajando en la oficina cuando recibió una llamada de Austin Blakely.

Al oír su voz, no pudo evitar el escalofrío de emoción que la recorrió.

Llevaban un tiempo intercambiando mensajes sobre el logo, aunque Darcy sospechaba que aquello era solo una excusa para mantenerse en contacto. Esperaba cada mensaje con ilusión.

—¡Hola, Austin! ¿Qué tal?

—Quería avisarte de que ya tengo terminado el cartel del hotel. Es grande y pesa unos treinta y seis kilos. Vas a necesitar a alguien con camioneta para recogerlo. No creo que quepa en la furgoneta del hotel, y desde luego en mi coche no entra.

—El marido de Sheena, Tony, va a bajar con su camioneta a Florida este fin de semana. ¿Puede pasar a recogerlo en algún momento de la semana que viene?

—Claro. Pero me gustaría estar presente cuando lo instaléis. Va a costar trabajo hundir los postes en el hormigón, prepararlos y luego montar el cartel.

A Darcy le encantó la idea de volver a verlo.

—A lo mejor organizamos una fiesta para celebrarlo. Deja que hable con mis hermanas y te avisamos. ¿Cuándo vas a estar por aquí?

—En realidad, voy este fin de semana —dijo Austin. Había una tristeza inconfundible en su voz.

—Vaya. ¿Tu abuela está peor?

—Me temo que sí.

—Oh, Austin, cuánto lo siento. Sé lo mucho que la quieres.

—Supongo que era de esperar, pero aun así duele.

Darcy lo oyó tomar aire y luego él dijo:

—Te llamo cuando llegue y vemos dónde colocar el cartel. Quizás puedas ir pidiéndoles a tus operarios que preparen los postes. Te mando las medidas por correo.

—Buena idea. Siento mucho lo de tu abuela, Austin. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Por ella?

—Gracias, pero a estas alturas no queda mucho por hacer salvo acompañarla. Hablamos.

Darcy colgó y se quedó un momento pensando en Austin. La devoción que sentía por su abuela le hizo darse cuenta de que ella debería haber estado más presente cuando su madre se moría de cáncer. Fue Sheena quien estuvo a su lado todos los días en sus últimos momentos.

Sacudiendo esos pensamientos de su cabeza, Darcy se puso a trabajar en la página web del hotel. Si el cartel que había hecho Austin se parecía en algo a los otros impresionantes que había creado, quería que ocupara un lugar destacado en la portada.

Seguía trabajando en la página web cuando oyó un pitido en el móvil: tenía un mensaje. Al ver que era de Nick, el pulso se le aceleró.

Leyó: «Dee, he recibido tu última reseña del restaurante. Tenemos que hablar de tu escritura. Mañana paso por el hotel. Avísame de cuándo estés libre. N.H.».

Tragó saliva. A juzgar por lo escueto del mensaje, la reseña no debía de haberle gustado.

Parpadeó para contener las lágrimas de decepción y respiró hondo varias veces.

¡Al diablo con trabajar para él! Encontraría otro periódico que la contratara, trabajaría duro y llegaría a ser mejor de lo que él jamás habría imaginado.

Por más que lo intentara, Darcy no conseguía concentrarse. Cruzó el césped en dirección al edificio de las suites. Ya en su habitación, se quitó la ropa y se puso el bañador. Lo que necesitaba era un buen paseo por la playa.

Acababa de ponerse el protector solar cuando apareció Regan.

—¿Qué haces? —preguntó Regan—. ¿Vas a bañarte?

—No, voy a dar un paseo por la playa, y si no consigo animarme, me paso al lado, a The Keyhole, a tomarme una copa. O dos. O tres.

—¡Anda! ¿Qué ha pasado? ¿A qué viene eso?

Darcy suspiró.

—¿Te acuerdas de la reseña que le mandé a Nick? Pues quiere quedar conmigo mañana. —Se le hizo un nudo en el estómago—. Seguro que no le ha gustado.

Regan frunció el ceño y negó con la cabeza.

—¿Te ha dicho eso?

—No exactamente. Quiere hablar conmigo de cómo escribo. ¡Dios mío! Seguro que he quedado fatal.

—Darcy, si quieres dedicarte al periodismo, tienes que curtirte. Yo no sé escribir, pero tú sí. Mira todo lo que se te ocurrió para nuestra campaña publicitaria. Te acompaño a la playa. Luego ya decidimos si vamos a The Keyhole a tomar algo.

Sheena llamó a la puerta y entró en la suite con un bañador puesto y un sombrero de ala ancha.

—¿Os apetece tomaros un descanso y dar un paseo por la playa? —Miró a Darcy—. Veo que ya se te había ocurrido.

—Darcy está disgustada por su última reseña del restaurante —dijo Regan—. Dadme un minuto para cambiarme. Esto pide un cónclave de hermanas en la playa.

Cuando Regan se fue a cambiarse, Sheena observó a Darcy con atención.

—¿Qué pasa?

Darcy se encogió de hombros, odiando tener que admitir ante Sheena que, por lo visto, no se le daba muy bien escribir reseñas.

—No creo que a Nick le haya gustado mi reseña. Quiere hablar conmigo de eso.

Sheena le puso una mano en el hombro y la miró fijamente.

—Darcy, escribes bien. Confía en ti misma.

A Darcy se le llenaron los ojos de lágrimas inesperadas. Demasiado emocionada para decir nada, se limitó a asentir.

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Darcy siguió a sus hermanas cruzando Gulf Boulevard hasta la playa, con una sensación de fracaso.

Sabían que estaba disgustada, pero no creía que fueran conscientes de lo insegura que se sentía.

Siempre había intentado ocultarles sus sentimientos a base de bromas y chistes.

Odiaba sentirse la menos interesante, la menos guapa en comparación con ellas.

Quería demostrarle al mundo que tenía su propia identidad, que merecía reconocimiento por ser quien siempre había querido ser.

Bajaron por el paseo marítimo hasta la playa.

Darcy se descalzó las sandalias de un tirón y hundió los pies en la arena, todavía cálida por el sol de la tarde.

La gente en la playa se iba dispersando, seguramente de vuelta a sus casas o habitaciones de hotel para ducharse y cenar.

Darcy dejó escapar un suspiro de satisfacción.

Era su momento favorito del día en la playa.

Caminó hasta la orilla y metió un dedo del pie en la espuma de las olas. La temperatura del agua aquel día de junio era agradable: ni demasiado fría ni demasiado caliente. Comparada con las aguas heladas de la costa de Nueva Inglaterra, era casi perfecta.

Un correlimos pasó a toda prisa, seguido de cerca por una bandada. Darcy había llegado a amar las aves de la costa. Incluso los gritos estridentes de las gaviotas y los charranes que revoloteaban sobre ella eran música para sus oídos.

Observó a un trío de pelícanos volar en formación, como los acróbatas aéreos que eran. Siempre le habían fascinado sus largos picos y la gran bolsa gular que usaban para atrapar presas. Había leído que también la usaban para escurrir el agua de lo que recogían antes de tragarlo.

Sheena se acercó a Darcy y le dio un abrazo rápido.

—¿Te sientes mejor?

Darcy se volvió hacia ella y esbozó una sonrisa débil.

—Un poco.

—Vamos. Demos un paseo. Nadie puede con una de las hermanas Sullivan.

Mientras las tres paseaban juntas por la orilla, Darcy observó a sus hermanas.

La seguridad de Regan había crecido tanto en los últimos meses que parecía otra persona.

Y Sheena se había vuelto mucho más relajada, lejos de su familia y de las responsabilidades que siempre le habían cargado encima.

El tío Gavin había pensado que necesitaban lecciones de vida.

Quizás las tres ya habían aprendido unas cuantas.

Cuando Darcy regresó al paseo marítimo con sus hermanas, se sentía mucho mejor. Había algo en caminar por la arena, mojarse los pies en el agua y escuchar los sonidos de la naturaleza que la sanaba como nada más podía hacerlo.

—¿Vamos a tomar algo a The Key Hole? —preguntó, con ganas de una bebida fría y de picar algo.

—Me parece bien —dijo Regan—. ¿Qué te parece, Sheena?

Sheena se lo pensó un momento y luego sonrió.

—¿Por qué no? Holly todavía le debe a Darcy por todo el trabajo informático que hizo allí. ¿Verdad?

—Verdad.

Darcy miró a Regan y soltó una risita. Sheena estaba a cargo de las finanzas del proyecto y no dejaba escapar ni un céntimo.

Se pusieron las sandalias y los pareos de playa y se dirigieron al bar.

Holly Harwood, la dueña, y Gavin habían mantenido una larga relación, casi siempre platónica.

Él había comprado el local para Holly, para asegurarle una fuente de ingresos y algo que la mantuviera ocupada.

También le había dado a su hijo, Brian, un papel de responsabilidad ayudando a Darcy y sus hermanas con el proyecto siempre que lo necesitaran.

Al entrar, Darcy notó que Regan echaba un vistazo alrededor antes de sentarse frente a ella en un reservado.

Sheena saludó a Holly con la mano desde la barra y se sentó en el banco junto a Regan.

Una camarera joven y guapa se acercó al reservado.

—¿Qué les pongo, señoritas?

Darcy esperó a que sus hermanas pidieran y luego dijo:

—Para mí, un margarita de Texas, y tráiganos la carta, por favor.

—Supongo que esta será mi última salida espontánea por un tiempo —dijo Sheena—. Tony y los niños llegarán antes de que me dé cuenta.

Darcy frunció el ceño, preocupada.

—¿Por qué dices eso? Tus hijos ya tienen edad para apañárselas solos. Deberías sentirte libre de hacer cosas para ti. Pensaba que esa era una de las razones por las que querías estar aquí.

—Estoy de acuerdo —dijo Regan—. No vamos a dejar que vuelvas a ser «Supermamá» tan rápido. Michael y Meaghan maduraron mucho durante las vacaciones de primavera aquí, cuando tuvieron que hacer muchas cosas por sí mismos.

A Sheena se le iluminó la cara.

—Tenéis razón. Eso es lo que quería hacer. Las viejas costumbres cuestan de dejar. ¿Cómo os habéis vuelto tan listas vosotras dos?

—Desde luego, no gracias a ti —bromeó Darcy mientras les traían las bebidas, y las tres se echaron a reír.

Darcy acababa de dar un sorbo a su margarita cuando Brian Harwood entró por la puerta.

Alto, bronceado y musculoso, se acercó a ellas. Sus cálidos ojos marrones, el pelo castaño claro con reflejos del sol y aquella sonrisa irresistible completaban un conjunto que rozaba la perfección.

—Buenas tardes, señoritas. ¿Un descanso?