CAPÍTULO OCHO
DARCY
Darcy estaba de pie frente al espejo, diciéndose que se relajara.
Se inclinó hacia delante y observó su reflejo.
El sol le había aclarado el cabello hasta darle un bonito tono rojizo más claro, y sus ojos azules se veían despejados y vivaces.
Sheena le decía que se preocupaba demasiado por su aspecto, pero ¿qué podía hacer una chica con dos hermanas despampanantes? Siempre se había sentido fea a su lado.
Regan asomó la cabeza por la puerta. Sus ojos azul violáceo brillaban.
—Pásatelo bien esta noche. Nos vemos luego.
—Tú también. Estoy deseando conocer a tu nuevo chico. ¿Dices que vendrá al hotel la semana que viene?
—Va a ayudarme con algunas ideas para los toques finales de las habitaciones. Por cierto, me llevo la furgoneta. Prefiero ir yo a verlo en vez de que pase a recogerme. Así será más práctico.
—Vale. Austin viene a recogerme en unos minutos.
Regan se marchó y Darcy se pasó el cepillo por el pelo, preguntándose por qué tenía que ser la hermana de los rizos pelirrojos en lugar de tener el pelo liso y oscuro como Regan, o la bonita melena caoba, espesa y lisa como Sheena.
Sheena entró en la habitación.
—Austin está aquí —dijo, y sonrió—. Estás muy guapa, Darcy. Pásatelo bien. Yo me voy a quedar en mi cuarto disfrutando de una noche tranquila.
—¿Echas de menos a Tony?
—Es duro tener a mi familia lejos.
Una sonrisa pícara le cruzó el rostro.
—Pero ya que estoy lejos de ellos, aprovecho para disfrutar de la paz y la tranquilidad.
Darcy se rio.
—No te acuestes muy tarde.
Sheena se despidió con la mano y salió de la habitación.
Darcy respiró hondo y cogió el bolso.
Austin la esperaba fuera. Se acercó a ella con una sonrisa y la acompañó hasta su coche, un viejo Volvo sedán. Tras ayudarla a subir, rodeó el vehículo y se sentó al volante. Se volvió hacia ella.
—Estás muy guapa.
—Gracias —dijo ella. Austin solo tenía veintiséis años, como ella, pero con sus buenos modales parecía un caballero de otra época, como los héroes de las novelas que había leído. Le gustaba. La hacía sentirse... bueno, valiosa.
—Me alegro de que hayas llamado —dijo Darcy—. ¿Adónde vamos?
—Hay un sitio en Clearwater que tenía ganas de probar. Tamales es un bar de playa con comida mexicana interesante. Se ha puesto muy de moda. Buena cerveza, buena comida, buena música.
A Darcy se le iluminó la cara.
—Suena genial.
Condujeron en un silencio cómodo. Darcy se dijo que olvidara lo bien que se había sentido en los brazos de Austin cuando evitó que se cayera.
Tenía la mala costumbre de darle demasiada importancia a momentos así.
Además, Austin no era el tipo de chico rebelde que solía atraerle, y a estas alturas de su vida era absurdo pensar en una relación seria cuando estaba metida de lleno en el hotel y a punto de emprender una nueva carrera.
Entraron en un aparcamiento.
—Tamales está a un par de manzanas, pero mejor aparcamos aquí. Esta noche estará a tope. Me han dicho que los sábados por la noche se llena.
—Me parece bien —dijo Darcy—. Me vendrá bien caminar un poco. He pasado casi toda la semana encerrada en la oficina.
Austin aparcó el coche y se encargó de pagar y coger el tique para dejarlo en el salpicadero.
—Venga, vamos, señorita Sullivan.
Ella sonrió y se cogió de su brazo.
A medida que se acercaban, les llegaba la música y el bullicio de la gente riendo y charlando.
Darcy abrió los ojos como platos al ver el local. El letrero de Tamales brillaba con luces rosas intermitentes.
Al acercarse, vio que cada sección del edificio de dos plantas estaba pintada de un color diferente.
La planta baja, azul, tenía mesas en la acera repletas de clientes.
Unos cuantos escalones llevaban a una terraza naranja donde la gente se agolpaba alrededor de una gran barra.
Una escalera lateral subía al segundo piso, pintado de verde.
Allí, una balaustrada blanca rodeaba la terraza y servía de barandilla para los clientes que se asomaban.
Observó con más atención. Listones de un turquesa brillante revestían las paredes del edificio. Unos postes diseñados y pintados como palmeras sostenían el techo del segundo piso.
—¿Subimos? —dijo Austin, señalando las escaleras.
Arriba, Darcy vio otra gran barra rodeada de gente que reía y charlaba. El ritmo de la música era constante, pero no tan alto como para impedir que te oyeran si levantabas la voz.
—A ver si pillo una mesa alta junto a la barandilla —dijo Austin—. Sígueme.
Se abrieron paso entre la multitud. Darcy vio que una pareja estaba a punto de marcharse y le dio un tirón a Austin del brazo para avisarle.
Se acercaron a ellos.
—¿Os importa si nos quedamos con la mesa? —preguntó Austin.
—Qué va. Toma, coge esta silla antes de que alguien se la lleve —dijo el chico, lanzándole a Darcy una mirada de aprobación.
—Gracias —dijo Austin—. Vaya llenazo esta noche.
—Siempre está así, pero la comida es genial.
El chico y su acompañante se alejaron.
Darcy se sentó y contempló la escena de abajo.
La gente iba y venía. Algunos bailaban en la arena blanca más allá del paseo; otros comían sentados en las mesas junto a la acera.
Qué bien sentaba formar parte de un ambiente tan animado.
El trabajo en el hotel se le había hecho cada vez más tedioso mientras esperaba noticias de Nick Howard sobre la reseña de restaurante que había escrito.
Como si pensar en él lo hubiera invocado, su sobrino Graham apareció entre la multitud con una chica que Darcy reconoció: era la joven camarera del restaurante The Terrace.
Giró la cabeza rápidamente, con la esperanza de que Graham no la hubiera visto.
—¡Eh, Graham! —lo llamó Austin, haciéndole señas.
Darcy suspiró y observó de reojo cómo Graham y su novia se acercaban. Oyó que Austin decía:
—¿Os unís a nosotros? Creo que hemos pillado los últimos asientos del local.
—Eres el tipo del restaurante. Espero que no hayas traído a... —Graham se calló cuando Darcy se dio la vuelta.
Darcy le dedicó a Graham una sonrisa amistosa.
—Hola. Como dice Austin, podéis sentaros con nosotros si queréis.
—Eh, Lacy Morris, te presento a Darcy Sullivan y a Austin...
—Austin Blakely —completó él.
Lacy fulminó a Darcy con la mirada.
—Le dijiste a mi futura suegra que no hice un buen trabajo en el restaurante. Muchas gracias, zorra.
Darcy parpadeó sorprendida y levantó la mano.
—Mira, siento haberte metido en problemas. Solo intentaba ser sincera porque ella no paraba de preguntarme.
—Pues búscate a otra. Vamos, Graham. Me niego a quedarme aquí.
Se alejó hecha una furia.
Graham miró a Darcy con gesto de disculpa.
—La despedí ayer. Todavía está disgustada. Pero mi madre dijo que tenías razón: si quería tener éxito, necesitaba personal competente. Puede que a Lacy no le guste, pero me hiciste un favor.
Saludó a Austin con un gesto y fue tras Lacy.
—Como suele decirse, la verdad a veces duele, pero es mejor afrontar la realidad —dijo Austin—. Y con suerte esto ayudará al negocio de Graham. El tío me cae bien, y la comida está buena.
—Sí, pero me he dado cuenta de que hay que tener mucho cuidado con lo que se les dice a los dueños de un negocio —dijo Darcy. Había aprendido la lección. Solo esperaba no haber echado a perder sus posibilidades con Nick y el periódico.
Se acercó una camarera, recogió la mesa y les preguntó qué querían beber mientras les entregaba las cartas.
Cuando la camarera se fue, Darcy echó un vistazo a la carta.
—Todo tiene una pinta estupenda, pero voy a pedir el especial de tacos de pescado.
—Vale. Yo voy a probar los tamales de queso y carne.
La camarera les trajo la cerveza a Austin y la margarita de Texas a Darcy, y se marchó con el pedido.
El sonido de la banda, las conversaciones animadas a su alrededor y la gente bailando en la arena le trajeron recuerdos de otras vacaciones en islas con sus compañeras de piso.
Estaba deseando volver a viajar. Era otra razón por la que no debería involucrarse en serio con Austin ni con ningún otro hombre.
—¿Qué te parece el sitio? —preguntó Austin.
Darcy levantó el pulgar en señal de aprobación.
—Me encanta. Me recuerda al Caribe.
—Sí, sienta bien relajarse. He estado estudiando para los exámenes y necesitaba un respiro.
—Pues venga, vamos a pasarlo bien —dijo Darcy.
Él se rio.
—Me parece genial.
Darcy dio un sorbo a su bebida y se preguntó qué tal le estaría yendo a Regan en su cita.