Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

REGAN

Durante una breve pausa para el café, Regan se sentó con Sheena en su suite.

Alargó la mano sobre la mesa y apretó la de su hermana.

—Me alegra que te mudes a Florida. Así nuestro trabajo en el hotel cobra sentido.

Tras este año viviendo juntas, aunque no superemos el desafío, yo también pienso quedarme.

—Me alegro. Cuando terminemos aquí, Darcy quiere dedicarse a viajar. Lo entiendo, pero me decepciona.

Regan no pudo evitar decir: —Pero si tenemos éxito, todas tendremos que poder dirigir el hotel durante bastante tiempo.

—Ya encontraremos una solución. Recuerda que Darcy ha trabajado mucho para organizar los sistemas informáticos. Y ahora dirige la campaña publicitaria.

—Lo sé, pero...

Sheena levantó la mano para cortar la conversación.

—Vale. Dejo de quejarme y vuelvo a mi habitación a buscar ofertas de mobiliario para hoteles en internet.

Regan no tardó en encontrar St. Pete Hotel Suppliers, Inc., una tienda en el centro de San Petersburgo. Y cuando leyó que tenían rebajas de fin de temporada, corrió a la suite de Sheena a darle la noticia.

—Voy a coger el viejo coche de Gavin e ir al centro a echar un vistazo. ¿Vienes?

Sheena negó con la cabeza. —No, ve tú. Estoy ocupada. Meaghan dijo que me llamaría. Y esta es mi última noche con Tony hasta que lleguen los niños. Queremos hacer algo especial.

—¿Cómo qué? —bromeó Regan, lanzándole una mirada cómplice a su hermana.

Sheena se rio. —No es asunto tuyo.

Todavía riéndose, Regan cogió las llaves de Gertie.

Darcy tenía la furgoneta, y les habían pedido que sacaran el coche de vez en cuando.

El Cadillac descapotable rojo con capota blanca y neumáticos de banda blanca era un clásico de los años cincuenta.

Regan solía dejar que Darcy llevara a Gertie, pero estaba demasiado emocionada con las rebajas de muebles como para esperar a que volviera de su reunión con Austin.

Mientras se dirigía hacia San Petersburgo, Regan se maravillaba con las palmeras, el clima cálido y el ambiente tropical de la zona. Boston era una ciudad preciosa, llena de historia y vida, y su infancia en Dorchester había sido feliz. Pero ahora esta parte de Florida le parecía su hogar.

En Treasure Island cruzó el puente hacia el continente y se dirigió a las afueras de San Petersburgo.

Allí, a la derecha de la carretera, vio el letrero del proveedor de hoteles.

Aparcó frente al edificio, que parecía más un almacén que una tienda.

Sin embargo, los dos escaparates mostraban conjuntos de muebles muy atractivos.

Salió del coche y entró a toda prisa, entusiasmada. El edificio era largo, ancho y diáfano, lleno de muebles y otros artículos para hoteles.

Al ver tantas cosas bonitas, Regan contuvo el aliento de la emoción. Seguro que encontraría algo en oferta que pudieran comprar.

—¡Vaya, hola, cariño! Te vi entrar. ¿En qué puedo ayudarte?

Pensando que era el típico intento de ligar con ella, Regan apretó los dientes y se dio la vuelta.

Se quedó boquiabierta.

Frente a ella había un hombre delgado, de estatura inferior a la media.

Llevaba una camisa rosa con botones, una pajarita verde lima y pantalones grises con la raya perfectamente marcada, que caían sobre unos mocasines marrones con borlas.

Unos ojos vivaces de color castaño claro le brillaban en el rostro moreno.

Tenía el pelo rizado y oscuro, bien recortado y con un toque de gomina.

Su sonrisa radiante le iluminaba toda la cara. Era, bueno... adorable.

—Hola —dijo ella.

—Soy Mo Greene. ¿Puedo ayudarte?

Regan le estrechó la mano. —Regan Sullivan. Y sí, espero que puedas ayudarme a encontrar algunas cosas en oferta. He traído una lista.

Mo la observó. —Sentémonos. —Le señaló un sofá de cuero cercano—. Cuando estemos cómodos, ¿por qué no me cuentas un poco de ti y de lo que buscas?

Regan se acomodó en el sofá y esperó mientras Mo se sentaba en el otro extremo.

—Bien, cariño, hablemos.

Regan le explicó brevemente cómo ella y sus hermanas habían llegado a ser dueñas del Salty Key Inn y el desafío al que se enfrentaban.

—Se me ocurrió una forma de ahorrar dinero repintando algunos muebles de madera, y mi hermana y yo conseguimos comprar alfombras con un gran descuento.

Ahora necesitamos completar el mobiliario de las habitaciones de la planta baja del edificio de huéspedes más grande.

Todavía no podemos amueblar las veinte habitaciones del primer piso. No hasta que ingresemos algo de dinero.

—¿Qué buscas?

—Necesitamos sofás cama, escritorios, mesas de centro y sillas. El resto ya lo tenemos.

—¿Y de qué color son tus muebles? —preguntó, mirándola con aire pensativo.

—Azul antiguo. —Regan le explicó lo de la pintura a la tiza y cómo se podía conseguir que las piezas de madera parecieran viejas—. He seguido con el tema playero: paredes en amarillo pálido y alfombras texturizadas en color arena.

Él escuchó con atención. —¿Eres decoradora de interiores?

Ella hizo una mueca. —Quería ser diseñadora de interiores, pero no conseguí entrar en RISD.

Él negó con la cabeza. —Yo tampoco. Con esos precios, imposible. Pero sí me saqué un título en FIU.

—¿FIU?

—Florida International University. Algún día quiero montar mi propio negocio de diseño y decoración de interiores.

—Suena maravilloso —suspiró Regan—. Te envidio. —Le entregó una hoja de cálculo de Excel—. Mis hermanas y yo hicimos una lista de todo lo que necesitamos. Lo que más nos hace falta son escritorios sencillos de color claro con sus sillas, y sofás cama normales o de dos plazas.

Mo levantó un dedo. —Creo que has venido al lugar indicado. Nos devolvieron un envío de sofás cama estupendos porque los compradores originales decidieron que no les gustaban. Ven conmigo.

La condujo entre grupos de sofás, escritorios, cómodas y sillas hasta un rincón del fondo.

Le hizo una pequeña reverencia. —¡Ta-chán!

Puede que a otros no les guste, pero nosotros sabemos que el caramelo y el azul celeste combinan de maravilla cuando están dispuestos en un estampado trenzado como este.

Regan abrió los ojos de par en par mientras estudiaba el sofá e imaginaba cómo quedaría en una de las habitaciones. Juntó las manos. —Por favor, dime que tienes veinte de estos sofás.

Él sonrió. —En realidad, tenemos cincuenta. Toca la tela. Resistente pero cómoda.

Regan deslizó los dedos sobre la tela y apreció su suavidad, su resistencia. —¿Están todos los sofás en buen estado?

—Cariño, si los compras, inspeccionaré cada uno antes de que los carguen en el camión. Y si te llevas los cincuenta, te haré una oferta que no vas a creer.

—De acuerdo, déjame sacar un par de fotos con el móvil y enviárselas a mis hermanas.

—Claro —dijo Mo. Esperó mientras Regan sacaba el móvil del bolso, hacía varias fotos del sofá desde distintos ángulos y se las enviaba a Sheena y Darcy.

—¿Qué hay de mesas de centro, escritorios y sillas? —preguntó—. Quiero algo en pino, arce u otra madera clara.

Mo se llevó una mano a la barbilla. —Déjame pensar. No, ese no serviría. ¿Quizás los de Georgia? No... —Chasqueó los dedos—. Ven conmigo. Llevan un tiempo aquí. Probablemente porque son bastante sencillos. Pero podrían encajar con tu idea.

La condujo más adentro del edificio. Allí, los muebles de madera estaban expuestos en distintos ambientes montados para simular habitaciones de hotel.

—¿Qué te parece esto? —dijo Mo, señalando una mesa sencilla de pino junto a la pared de una de las habitaciones.

Larga y estrecha, no tenía cajones, pero la superficie serviría perfectamente como escritorio y era lo bastante amplia para colocar otras cosas. —¿Hay sillas a juego? —preguntó.

—¿Te refieres a sillas de oficina? Si es así, no. Pero nuestra tienda hermana las tiene. Podrías encontrar algo allí.

—¿Y sillas con respaldo de travesaños en pino?

Mo frunció el ceño, pero enseguida su expresión se iluminó. —Un motel en las montañas del norte de Georgia pidió más de las que necesitaba. Creo que había varias sillas así. Déjame revisar el inventario, y si no las tenemos, podemos conseguirlas.

—¿Cuántas mesas de pino tienes?

—Eso también lo miro. Creo que había suficientes para lo que necesitas. —La llevó a un expositor cercano—. Estas mesas de centro quedarían perfectas.

Regan volvió a juntar las manos como si rezara. —Si todo esto sale bien, sería maravilloso.

Mo respondió con una sonrisa. —Está en nuestras manos que funcione. Vamos, cerremos un trato.

El móvil de Regan sonó, y cuando vio el mensaje, sonrió y se volvió hacia Mo. —A Sheena y Darcy les ha gustado lo que han visto. Sheena quiere saber si podemos llevarnos treinta ahora y que nos guardes los otros veinte durante seis meses.

Mo le dedicó una sonrisa alentadora. —Podemos incluirlo en el trato.

Regan siguió a Mo hasta su oficina junto a la entrada y se sentó en uno de los sillones orejeros de cuero frente al escritorio.

Mientras él trabajaba en el ordenador, ella echó un vistazo alrededor.

Mo la había decorado con mucho gusto. Su mirada se posó en la placa con el nombre sobre el escritorio.

—¿Moses?

Él la miró y se rio. —Desde el principio, mi madre tenía grandes aspiraciones para su hijo. Por suerte, es de mente abierta, porque desde luego no salí como ella esperaba.

Regan rio ante su ocurrencia. —Por lo que he visto, debería estar orgullosa. Se nota que conoces tu trabajo. Y, Mo, tienes un gusto excelente. ¿Te gustaría venir al hotel para ayudarnos a dar los últimos toques a las habitaciones?

Sus ojos brillaron al sonreír. —Me encantaría, Regan. De verdad.

Volvió al ordenador. Después de unos minutos, se giró hacia ella. —De acuerdo, creo que podemos hacerte un precio muy bueno en los sofás. Y tenemos varias opciones de sillas. —Hizo una pausa—. ¿De verdad quieres las de travesaños? Quizás te gustaría ver algo un poco diferente.

—Claro —dijo Regan.

—¿Qué te parecen estas? —Le mostró una de vinilo con respaldo cruzado. Las líneas del respaldo le daban un aspecto más elegante de lo que había imaginado.

—Podemos pedirla en un color neutro con asiento acolchado marrón —dijo Mo.

Regan se volvió hacia él entusiasmada. —Me encanta. Pero ¿es cara?

—Más barata que la otra —dijo—. Y recuerda, estamos aquí para cerrar un trato.

—De acuerdo, hablemos. Pero, Mo, mi hermana Sheena es quien lleva el presupuesto. A ella es a quien tendrás que convencer. Pero yo te apoyo totalmente.

—Muy bien. Preparemos un paquete que no pueda rechazar.

El móvil de Mo sonó. Contestó y escuchó. —Tendré que devolverte la llamada. Estoy con una clienta importante. —Colgó y se volvió hacia ella—. Perdona. Era mi madre.

Regan no pudo evitar reírse al ver la cara de apuro de Mo. —No pasa nada.

Él la observó un momento. —Tenemos un evento familiar este fin de semana. Sé que puede parecer raro que te lo pregunte, pero ¿estás libre el sábado? Tengo que pasarme un momento por la fiesta de mi familia. No tendremos que quedarnos mucho rato, te lo prometo.

Regan abrió los ojos de par en par. —¿Me estás pidiendo que sea tu cita?

—En realidad no. Solo te pido que me ayudes a salir de un apuro. Será totalmente seguro, te lo prometo. Mi jefe estará encantado de darte referencias si quieres.

Regan se rio. —Si fuera cualquier otra persona, me sentiría insultada por una propuesta tan escandalosa. Pero ¿por qué no? Me caes bien, y es una buena forma de agradecerte todo lo que estás haciendo por nosotras.

—Sabía que eras especial —dijo, radiante.

Sus hermanas pensarían que estaba loca por hacer esto, pero no le importaba. Ella y Mo habían conectado al instante. Y además, quizás era hora de divertirse un poco.