Encontrando mi camino (Serie Salty Key Inn nº 2) CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

REGAN

Regan no se separó de Mo mientras atravesaban el gentío reunido en casa de la madre de él. Las risas resonaban cuando las mujeres se saludaban con abrazos, y los hombres de la familia se estrechaban las manos o se daban palmadas en la espalda.

—Quédate conmigo —dijo Mo cuando se acercaban a la mujer que, obviamente, era la anfitriona.

—Ya era hora de que llegaras, Moses —dijo su madre, observando a Darcy—. ¿Y quién es esta chica tan encantadora?

Regan sonrió y extendió la mano.

—Soy Regan Sullivan.

—¿Una nueva... novia?

Regan miró a Mo, que puso los ojos en blanco.

—Regan, esta es mi madre, Marietta.

—Encantada de conocerla —dijo Regan, observándola mientras le tendía la mano. La madre de Mo era de estatura media, con una generosa figura que resultaba agradable. En su rostro bonito, los ojos marrones brillaban con inteligencia y buen humor. Le cayó bien al instante.

Marietta estrechó la mano de Regan y luego le dio unas palmaditas.

—Pareces una buena chica, Regan.

—Lo es, mamá —dijo Mo—. La conocí en la tienda, y conectamos enseguida.

Marietta sonrió.

—Eso está bien, hijo. Ahora, ven a cumplir con tu deber y saluda a todos.

—¿Tengo que hacerlo?

Marietta arqueó una ceja.

—Vale. Vamos, Regan. Esto va a ser una prueba de fuego, pero te juro que luego te lo compensaré con creces.

Regan se rio. Le fascinaba aquel grupo tan grande y alegre. Desde donde estaba, en el pasillo, podía ver una mesa en el comedor repleta de comida con una pinta deliciosa.

De pequeña, las reuniones familiares en su casa habían sido reducidas y extrañamente silenciosas hasta que su padre y dos de sus hermanos se tomaban unas cuantas cervezas. Entonces salían al porche trasero y soltaban carcajadas con sus propios chistes, dando algo de vida al grupo del interior.

—¡Hola, tío Mo! ¿Es tu novia? —preguntó una niña tímida que la miraba desde abajo, asomándose por detrás de unas gafas con montura rosa. Se contoneaba de un lado a otro, sujetando el dobladillo de su vestido de verano.

—Regan, esta es Mercy —dijo Mo—. Mi ahijada.

Regan se arrodilló frente a ella.

—Hola, Mercy. ¿Cuántos años tienes?

—Seis —respondió.

—Unos seis muy bonitos —dijo Regan, encantada con cómo le habían recogido los mechones delanteros del pelo rizado y oscuro en pequeñas trencitas hacia atrás.

Mo le tendió la mano a Regan, que se puso de pie mientras una mujer pequeña, encorvada y de cabello gris se acercaba a ellos, apoyándose en un bastón para abrirse paso entre la multitud. La gente a ambos lados se apartaba para dejarle paso como si fuera de la realeza.

—Mi abuela —susurró Mo, y Regan pudo oír un ligero temblor en su voz.

—Vaya, Moses, has venido como se te ordenó —dijo la mujer, observando a Regan mientras hablaba.

—Hola, abuela —dijo Mo con reverencia antes de abrazarla—. Quiero presentarte a Regan Sullivan, una amiga.

—Vaya, vaya —dijo la abuela, y golpeó el bastón contra la pierna de Mo.

Mo se enderezó.

—Ah, sí. Regan, esta es mi abuela, Carlotta Beecher.

—Encantada de conocerla —dijo Regan, consciente de que aquello era lo que su madre habría llamado «un momento importante y solemne».

Carlotta miró fijamente a Regan.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que te pareces a esa actriz... ya sabes cuál? Actuó en Fuego de juventud y estuvo casada más veces que los dedos de mi mano derecha.

—¿Elizabeth Taylor? —apuntó Regan.

Carlotta asintió.

—Esa misma.

—Sí, la gente lo ha mencionado, pero no creo que nos parezcamos en absoluto. Ella era una mujer muy talentosa.

Carlotta la observó con atención.

—¿Y a qué te dedicas?

—Ahora mismo, estoy ayudando a mi familia a arreglar el Salty Key Inn para poder abrirlo.

A Carlotta se le iluminó el rostro con una sonrisa.

—¿Eres la decoradora que trabaja con Moses?

Regan vaciló, sin saber cómo responder. Le gustaría ser decoradora, pero, en realidad, no lo era.

—Sí, tiene buen ojo para el color, abuela —dijo con una sonrisa burlona—. Vemos las cosas de la misma manera.

Carlotta se rio.

—Siempre bromeando, este chico. —Le dio unas palmaditas en el brazo a Regan—. Cuídalo bien, ¿me oyes?

—Sí, señora —dijo Regan, preguntándose exactamente qué quería decir Carlotta. ¿No se daba cuenta de que Mo era gay?

Cuando Carlotta se alejó, Mo agarró a Regan del brazo.

—Salgamos de aquí.

Se dirigieron al patio trasero.

Antes de que pudieran salir, un hombre agarró a Mo.

—¡Eh! ¿Adónde vas? ¿No quieres saludar a el tío Bob?

Mo negó con la cabeza.

—Tengo que sacar a Regan. No se encuentra bien.

Regan disimuló su sorpresa y le siguió el juego.

—Gracias, Mo.

Salieron al patio trasero, donde un grupo de hombres rodeaba una parrilla. En el césped, no muy lejos, varias mujeres charlaban sentadas en un corro de sillas de jardín.

Regan se volvió hacia Mo.

—¿Qué fue todo eso?

—El tío Bob se pone desagradable cuando ha bebido demasiado. Ninguno de los dos necesita eso.

—Desde luego que no —dijo Regan. Con gesto protector, le pasó el brazo por el hombro con naturalidad—. Tu madre y tu abuela me han caído muy bien.

—Gracias —dijo él—. Son buena gente. Ven a conocer a mis parientes. Les vas a caer bien.

Mo la llevó hasta el círculo de mujeres.

—Eh, chicas, os presento a Regan Sullivan. Estamos trabajando juntos en un proyecto. Es nueva en la ciudad.

—¡Eh! Ven a sentarte con nosotras —dijo una de las mujeres más jóvenes—. Estamos poniéndonos al día de lo que pasa por la zona.

Regan se sentó en una silla de jardín vacía.

—Y tráele algo de beber, Mo —dijo otra mujer antes de volverse hacia ella—. ¿Margarita? ¿Cerveza?

—Cerveza —dijo Regan rápidamente. No quería volver a probar el tequila después de haberse pasado con las margaritas con Darcy la noche que Tony le dio una sorpresa a Sheena.

—Bueno, cuéntanos de ti —dijo una de las mujeres.

Las demás se inclinaron hacia delante, expectantes.

Regan aceptó la cerveza que le ofrecía Mo, dio un sorbo rápido y dijo:

—Mis hermanas y yo heredamos de forma inesperada el Salty Key Inn en Sunset Beach. Hasta ahora, no ha sido tan glamuroso como pensábamos. Nos está costando mucho dejarlo listo para abrir. Mo nos está echando una mano.

—Debes de ser alguien especial, o Mo nunca te habría traído aquí —dijo una de las señoras.

—Gracias por ser su amiga —dijo otra mujer—. Queremos mucho a Mo. Es un encanto.

Regan sonrió.

—Yo también lo creo.

Levantó la vista y vio a Mo cerca, que la miraba con expresión preocupada.

Le hizo un gesto con la mano para indicarle que todo iba bien.

Él le devolvió el gesto y entró en la casa.

—Contadme de vosotras —dijo Regan, cada vez más a gusto con las mujeres.

Había otras once sentadas en el círculo con ella.

De distintas edades, dos eran blancas; las demás, de diversos tonos de piel morena.

A medida que cada mujer se presentaba, las otras le gastaban bromas contando anécdotas sobre ella.

Por la conversación, saltaba a la vista que se conocían desde hacía mucho tiempo.

Regan se recostó y escuchó las pullas, totalmente cómoda con ellas.

No pudo evitar pensar en su vida en Nueva York y en la gente indiferente que había conocido allí.

En los pocos meses que llevaba en Florida, había encontrado un hogar acogedor donde podía ser más libre, más feliz.

Que este grupo la aceptara lo confirmaba.

Le hizo preguntarse qué otras sorpresas le deparaba el futuro.