CAPÍTULO CINCO
SHEENA
Sheena regresó a su suite con una opinión más favorable de Darcy.
Su hermana podía ser a veces impulsiva y muy franca, pero había escuchado a Blackie y a ella hablar de finanzas sin interferir.
Además, salir a almorzar con ella había sido divertido y le había dado más información sobre las ambiciones de Darcy para el futuro.
Sheena estaba deseando ver qué tipo de reseñas de restaurantes se le ocurrirían a Dee Summers.
Después de cambiarse de ropa, Sheena se sentó a la mesa de la cocina para repasar las cuentas. Había hecho una lista de artículos que ella y Blackie habían acordado que constituían gastos normales de preinauguración del hotel, y otra de costes que tendrían que salir de su presupuesto de renovación.
Al ver los gastos de los que eran responsables, Sheena hizo una mueca.
Comprar muebles nuevos era impensable. Tocaba hacer otro viaje a un distribuidor de muebles de hotel usados para conseguir los sofás, mesas, escritorios y sillas que necesitaban.
Ella y Darcy tendrían que reunirse con Regan otra vez.
Marcó el número de móvil de Regan.
—Voy de camino —dijo Regan—. Dile a Darcy que tenga paciencia por una vez.
—¿De qué estás hablando? —dijo Sheena.
—¿No estás llamando por una reunión? Darcy me dijo que me reuniera con ella en tu suite.
Sheena levantó la vista y vio a Darcy entrar en la cocina. Entre risas, le dijo a Regan:
—Hasta pronto.
Colgó y se volvió hacia Darcy.
—¿Qué pasa?
Regan llegó sin aliento.
—A ver, ¿qué es tan importante para que tenga que venir corriendo?
—Quiero hablar contigo sobre los muebles —dijo Sheena.
—Y deberíamos hablar sobre un logo y un eslogan para el hotel —dijo Darcy—. Estoy intentando crear un sitio web y los necesito. Nick me contó que en su momento el Salty Key Inn era conocido como un lugar familiar. ¿Es eso lo que queremos?
—Sentaos las dos —dijo Sheena—. Darcy y yo hemos hablado un poco del tema, y creo que es buena idea enfocar este hotel como un lugar para familias. Pero no quiero dejar de lado a los solteros ni a las parejas.
Regan le dirigió una mirada pensativa.
—No veo por qué no podemos destacar ambas cosas. Todas las habitaciones del Edificio Egret tienen puertas comunicantes, así que sirven para cualquiera de los dos públicos.
—Sí, pero ¿qué persona soltera o pareja joven va a querer venir aquí si está lleno de niños? —dijo Darcy.
—Una de las cosas que me gustan de esta propiedad es su entorno tranquilo —Regan hizo una mueca—. A menos que a Petey le dé por pavonearse. ¿No podemos deshacernos de ese pájaro, por favor?
Sheena negó con la cabeza.
—No mientras Rocky siga aquí. Lo rescató cuando los demás pájaros lo acosaban. ¿Te acuerdas? Además, no está mal tener un «pájaro guardián» por aquí.
Regan y Darcy se rieron.
—Me gustaría que la zona frente al mar fuera un lugar donde la gente pudiera sentarse a tomar algo —dijo Regan.
—O tumbarse en una hamaca —dijo Darcy—. Queremos que las familias se sientan bienvenidas, pero no quiero renunciar a la idea de que es un lugar tranquilo.
—¿Qué tal algo como «El Salty Key Inn, Un Tesoro Tranquilo»? —dijo Regan.
—Hmmm —dijo Sheena—. Eso alejaría a las familias con muchos niños sin que tengamos que decirlo.
—Me gusta, sobre todo teniendo Treasure Island tan cerca —dijo Darcy—. Y ahora, ¿qué hay del logo? ¿Usamos un sol sencillo?
—¿Qué tal un sol con una línea ondulada azul debajo? Podríamos pedirle a Austin Blakely que nos ayude. Y quizá también podría hacernos un cartel de madera tallada para el hotel —dijo Regan.
Sheena sonrió.
—Me encanta. Adelante con eso. Darcy, tú te encargas del sitio web y de trabajar con Austin, ¿vale?
—Claro. ¿Y tú qué vas a hacer?
—Además de las cuentas, me ocuparé de reamueblar las habitaciones.
Tenemos que cubrir algunos huecos de mobiliario.
Propongo ir al distribuidor de muebles de hotel de segunda mano con el que hablé la semana pasada.
Necesitamos escritorios de madera sencillos, sillas de escritorio, mesas de centro y sofás cama.
Pero tienen que salir tirados de precio —Sheena miró a Regan—. ¿Podrás encargarte de eso?
—Vale. Sé lo que quiero para las habitaciones.
Solo espero que podamos conseguirlo. Y tenemos que seguir con la pintura de las otras veinte habitaciones y arreglar los muebles mientras tengamos gente que nos ayude.
Así también evitaremos molestar a los huéspedes cuando abramos las habitaciones de la planta baja.
—¿Qué tal van los baños de abajo? —preguntó Darcy.
—Es un proceso lento, pero van avanzando —sonrió a Sheena—. ¿Cuándo viene Tony?
Sheena sonrió de oreja a oreja.
—Llega este fin de semana. Tengo muchas ganas de pasar un tiempo a solas con él.
—Por mí perfecto —dijo Darcy—. A mí también me vendría bien un respiro.
Regan frunció el ceño.
—Oye, ya vamos retrasadas respecto al calendario que marqué. Todas tenemos que seguir a tope si queréis abrir a finales de verano.
Sheena abrió la boca para protestar y la cerró. Regan tenía razón. No podían aflojar ahora. Sus hijos llegarían en unas semanas y entonces, le gustara o no, tendría que dividir su atención.
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Mientras Sheena esperaba en la zona de recogida de equipajes del aeropuerto a que apareciera Tony, se sentía como hacía mucho tiempo, cuando Tony iba a recogerla para una cita.
Con dos adolescentes en casa, los momentos a solas con él eran escasos.
Y aun así, muchas veces estaban demasiado cansados para el romanticismo.
Ahora, instalada en la suite del hotel, estaba lista para disfrutar de su marido como no había podido hacerlo hacía apenas unos meses.
Cuando Tony la vio, su rostro se iluminó con una sonrisa de placer.
Le vino a la mente el momento en que lo conoció.
Acababa de empezar la universidad y había quedado con unos amigos en Somerville.
Al entrar en el bar, vio a Tony. Sus miradas se cruzaron y, como en la más romántica de las novelas, el mundo a su alrededor se desvaneció.
Desde ese momento, su vida cambió. Unos meses después, embarazada sin esperarlo, tuvo que renunciar a su sueño de ser enfermera cuando el papel de madre y esposa se impuso.
Tras perder el futuro que una vez había soñado, ahora estaba decidida a superar el desafío de Gavin.
En los pocos meses que llevaba en Florida, había empezado a considerar varias posibilidades profesionales nuevas relacionadas con el hotel.
A medida que Tony se acercaba, su sonrisa se ensanchaba. El brillo de sus ojos oscuros la llenó de calidez. Se sintió embriagada. La química entre ellos era casi palpable.
—Hola —dijo Sheena, dejándose envolver por los brazos de Tony.
—Qué bien estar aquí —dijo Tony, rozándole el cuello con la nariz.
Luego se separaron y se sonrieron.
Le agarró la mano.
—Vamos, recojamos tu equipaje y salgamos de aquí.
Mientras esperaban a que su maleta apareciera en la cinta transportadora, ella dijo:
—¿Cómo están los niños?
—Es increíble lo que les han sentado las vacaciones de primavera aquí en Florida. Tienen una actitud completamente distinta.
Su expresión se ensombreció.
—No puedo creer que casi los perdemos en el incendio. Nos salvamos por los pelos.
Sheena se estremeció.
—Todavía sueño con ello. Perder a un hijo, a los hijos... es la peor pesadilla de cualquier padre.
—Están pasando muchas cosas en casa. Podemos hablar de ello más tarde. Ahora mismo, quiero disfrutar de estar con mi esposa.
La mirada sensual que le lanzó hizo que otra oleada de calor recorriera el cuerpo de Sheena. Ella le dio un codazo juguetón.
—Ya les he dicho a mis hermanas que nos dejen tranquilos.
Él se rio y la apretó contra sí.
—Buena chica.
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En el hotel, Sheena le mostró a Tony cómo ella y sus hermanas habían arreglado la suite que usarían temporalmente.
Habían aprovechado todos los muebles viejos que pudieron, y aunque Rocky y su equipo habían limpiado la alfombra no una, sino dos veces, la arrancarían antes de que ningún huésped ocupara la suite.
—Es lo mejor que pudimos hacer de momento. Nos mudaremos a algunas habitaciones del Edificio Egret en cuanto podamos, para renovar las suites.
—Servirá —dijo Tony—. Lo importante para mí es estar contigo.
Sheena lo llevó al dormitorio.
—Colchón nuevo, ropa de cama nueva, todo impecable.
—Vaya, Sheena, ¿qué tienes en mente? —bromeó Tony—. ¿Moi?
Sheena se rio. Tenía razón en eso.
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Más tarde, tumbada junto a Tony, Sheena le acarició el cuerpo fuerte, disfrutando de la sensación de su piel contra la suya.
A punto de cumplir los cuarenta, Tony era un hombre sano y apuesto que acababa de demostrarle que no había perdido la magia a la hora de hacer el amor.
Le pasó un dedo por la mejilla y luego se lo posó en los labios.
—¿Bajamos a la playa a pasear? Podemos hablar allí.
Tony abrió los ojos y le sonrió.
—Bajemos a la bahía. Allí se está tranquilo. Y así podré ver de qué habla Michael. Está encantado con la idea de encargarse de las actividades del muelle cuando arreglen esa zona.
—De acuerdo —dijo Sheena—. Pero si hay alguna serpiente por ahí, vas a tener que rescatarme.
Él se rio.
—Las ahuyentaremos.
Sheena se levantó de la cama y fue al baño, agradecida de que la suite tuviera una ducha de verdad.
La casa rosa solo tenía un baño pequeño y muy anticuado, con una bañera antigua que también hacía las veces de ducha.
Había sido otro de los desafíos del tío Gavin.
Eso, una cocina pequeña y vieja, y tres hermanas conviviendo bajo el mismo techo.
Mientras el agua tibia le resbalaba por el cuerpo, Sheena recordó las pocas veces que había visto a su tío. Gavin había sido un hombre corpulento, de risa estruendosa. Aunque él y su padre se habían peleado como los hermanos incompatibles que eran, a ella siempre le había parecido maravilloso.