1. DANI #2
Un sanitario intenta ponerle el pulsioxímetro en el dedo y ella lo deja hacer mientras observa el almacén en llamas por encima de la cabeza del sanitario, con una atención serena, sin prisa; las luces de los camiones la bañan de rojo, luego de azul, luego de rojo.
Como si notara el peso de dos bomberas mirándola, gira la cabeza.
Mira a Quinn medio segundo.
A mí me mira mucho más que eso.
Su mirada vuelve a recorrerme, más despacio ahora que no hay nada ardiendo entre nosotras.
Primero la cara, y ahí se toma su tiempo, y cuando sus ojos bajan a mi boca lo siento como un roce, una presión física, y un calor me sube por la nuca que no tiene nada que ver con los cuatrocientos grados de los que acabo de salir.
Luego la garganta. Luego los brazos, desnudos ahora que me he quitado la chaqueta, con el hollín metido en las líneas de los tatuajes, y ella inclina la cabeza un grado, como si esas líneas estuvieran escritas en un idioma que domina.
Nadie mira así a los bomberos en un siniestro. La gente nos mira con terror, con gratitud o con la nada vidriosa del shock. Nos llora encima. Nos pregunta por sus gatos.
Ella me mira como si el fuego hubiera sido el telonero.
—Señora, necesito que mire al frente —dice el sanitario, y levanta una linternita.
Lo hace, por fin, y me suelta. Yo sigo arrodillada sobre el asfalto mojado con la boca ligeramente abierta, el corazón a la carrera como si aún estuviera dentro del edificio, cada nervio del cuerpo encendido y presentándose de servicio.
Quinn me observa mientras la miro, y me obligo a fijarme en el camión, en las mangueras, en cualquier cosa.
—Tres focos de incendio —digo, porque los datos son un asidero y yo necesito uno—. Al menos tres. Las líneas de combustión estaban limpias. A ese sitio lo prepararon para que ardiera, Quinn. A propósito.
—Ya se lo contarás todo al inspector de incendios. —Me levanta tirando del arnés—. Después de que Warren te coma viva.
Y Warren me come viva. Tarda nueve minutos según el reloj del salpicadero de la Autobomba 9, y en ellos entran lo de ir por libre, la disciplina de radio, el techo, mi historial, mi futuro y mi funeral, que describe con detalle, incluido a quién de mi familia va a tener que consolar.
Yo me quedo ahí chorreando y digo sí, señora en los momentos adecuados y lo digo en serio aproximadamente la mitad de las veces.
Luego el PIO, el oficial de información pública, me cede a un equipo de informativos durante treinta segundos, y no les doy nada que merezca salir en antena y le paso el mérito a Quinn y a la dotación, que es a quien corresponde.
Debería avergonzarme de lo poco que tengo la cabeza en nada de esto.
Se me va la cabeza de lado, una y otra vez, hacia una pila de palés y una pierna cruzada y una voz baja que me preguntaba por dónde había entrado.
Ella sabía que el edificio estaba preparado para venirse abajo.
La idea llega sin pedir permiso mientras Warren va bajando el tono.
Nadie pregunta si el techo está comprometido.
Los civiles preguntan si van a morir, si sus cosas se han perdido, si alguien ha visto a su perro.
Ella me preguntó por mi vía de entrada y por la integridad estructural como si le estuviera poniendo nota al trabajo del fuego.
Me digo que está en shock. En algunas personas el shock sale raro: formales, demasiado tranquilas. Lo he visto antes.
Nunca me he creído menos a mí misma.
Cuando me sueltan para que me rehidrate y me dén una botella de agua, la gente al otro lado del cordón se ha reducido a los irreductibles que graban el derrumbe con el móvil.
El vapor se eleva de los escombros, donde las mangueras siguen remojándolos, y toda la calle huele a hoguera ahogada.
Me zumban los oídos en este silencio nuevo.
El parachoques del Rescate 2 está vacío, y la manta amarilla se ha ido con ella.
Los supervivientes se las quedan siempre, el shock hace eso.
Me quedo ahí de pie igualmente, con la extraña sensación de que me han robado algo.
Recorro la línea del cordón de todos modos, repasando caras bajo el baño rojo de las luces. Un viejo en albornoz. Niños. Un tío con uniforme de reparto. Ningún ojo azul pálido. Ningún pelo rubio oscuro soltándose de la coleta con el viento que levanta el fuego.
El sanitario dice que rechazó el traslado. Dio las gracias, no dio nombre y se fue del lugar en algún punto entre el pulsioxímetro y el papeleo, como el humo que encuentra una rendija.
—¿Estás bien? —pregunta Quinn mientras tira la chaqueta dentro del camión—. Tienes cara de que te han robado la cartera.
—Estoy bien.
Es la primera mentira. Me sale fácil, pequeña como una semilla, y aún no tengo ni idea de lo que crecerá de ella. Dejo la máscara en su soporte, recojo la chaqueta y vuelvo a la Estación 9 con la frente pegada al frío del cristal, viendo encogerse la columna de humo en el retrovisor lateral.
Ese fuego lo provocó alguien que sabía exactamente lo que hacía. Me apostaría la placa. Y la única persona que había dentro era una mujer sentada en el corazón del incendio como si aquello fuera suyo, y que me hizo buenas preguntas mientras me miraba la boca.
Las manos no se me están quietas. Las flexiono sobre las rodillas y noto la noche volverse extraña, luminosa por los bordes, la adrenalina que no quiere bajar, y me digo que es el fuego. Siempre es el fuego.
Esa es la segunda mentira.
En algún rincón de Redwater City, una mujer con unos ojos que se tragan la luz camina seca y tranquila por la oscuridad, y yo ni siquiera sé cómo se llama, y ya sé, como se sabe que un suelo va a ceder, que volveré a verla.
Y me descubro deseando que pase.
La autobomba entra en la cochera a las 3:40 de la madrugada.
Las calles están mojadas y brillantes, el neón corrido en los charcos, las sirenas ya en otra parte, problema de otros.
Guardo el equipo, cuelgo la chaqueta en la taquilla y luego me siento en el banco de delante con el humo todavía en el pelo, porque volver a levantarme se me hace un mundo.
Las manos por fin han dejado de vibrar. El resto de mí, no.
Me tumbo en el catre, en la oscuridad del dormitorio, y escucho el crujir del edificio y la aplicación de ruido blanco de alguien al otro lado de la pared, y hago las cuentas que no debería hacer.
Tres focos de incendio con líneas limpias y una mujer serena sentada en medio de todo, preguntándome por mi vía de entrada.
Mañana el inspector recorrerá la escena y encontrará lo que yo encontré, y Val querrá saberlo todo, porque los únicos incendios que parecen asustar a Val son los que no puede explicar.
Llevo seis años sin preguntar por qué. Daré mi declaración como una buena bombera.
Todo. Casi todo.
Redwater está a punto de empezar a arder, y lo peor, la parte que nunca le contaré a Warren, ni a Quinn, ni a Lena, ni a Dios, es que cuando cierro los ojos no veo el techo que se derrumba.
Son sus ojos fijos en mi boca, y el fuego reflejado en ellos, firme como una mecha encendida.