Encerrados (The House 1) ANAHÍ
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ANAHÍ

Cuando escucho los disparos pienso en Iris y en cómo se ha sacrificado por nosotros. No puedo evitar que las lágrimas empañen mi campo visual. Es inevitable pensar que las personas que más he querido en el concurso estén todas muertas. Incluido Dante.

Obligo a mi cerebro a expulsar el recuerdo de Dante de mi cabeza. No necesito pensar en él ahora mismo. Esto acabará hundiéndome aún más. Mi Dante... ¿qué te habrán hecho?

Killian sigue corriendo por delante de mí y las pisadas de los cazadores están cada vez más cerca. Me grita algo, pero no logro entenderlo hasta que veo que se acerca a un monitor en la pared. Pulsa el código que Wyatt nos dio con la esperanza de que funcione también aquí.

Lo hace.

La pared que marca el final de la zona cinco se cierra, dejando fuera a los cazadores. Suelto un suspiro y me sobresalto cuando Killian dispara al sistema de seguridad.

Cogemos aire y nos miramos. Somos los únicos supervivientes y tenemos que salir de aquí.

La zona 4 es una réplica exacta de las demás, por eso seguimos corriendo como lo hemos hecho hasta ahora. Necesitamos llegar a la zona 3 para poder escapar. Ya queda menos para el final.

Sin embargo, no va a ser tan fácil como creíamos. Bueno, ¿a quién pretendo engañar? La neta es que no creía que iba a llegar hasta acá. Hay dos pasillos. Uno a la derecha y otro a la izquierda. Sonrío levemente y niego con desesperación.

—Esto no salía en el plano —susurra Killian, secándose el sudor de la frente.

—Tenemos que elegir.

Trago saliva y aguantamos en silencio unos segundos. Escuchamos una explosión. Han entrado en la zona 4.

—Derecha —soltamos al unísono.

Espero que no nos hayamos equivocado.

Todo está oscuro, pero no nos detenemos. Tenemos que asegurarnos cuanto antes de que hemos elegido la opción correcta.

Mi corazón se encoge cuando en la pared hay una especie de pintada roja, donde pone: ZONA 3. Hemos acertado. Por primera vez, la suerte se ha posicionado de nuestro lado.

Cuando entramos en la sala, hacemos lo mismo que antes. Cerramos y nos cargamos el monitor a balazos.  Esta zona es distinta. Las paredes son de espejos y hay cámaras. Llevo el cañón de mi pistola en dirección a una que nos enfoca y la hago saltar por los aires.

De golpe, la figura de Xavier llena toda la sala. Hay como treinta presentadores observándonos. Killian me hace una señal con la cabeza y corremos para buscar la salida. Se supone que estaba en esta zona.

—Killian, Anahí, debéis de entregaros. Vuestro destino es este y debéis de pensar que estáis salvando a vuestros países para que no vuelvan a la decadencia. Sois héroes. Los mártires que seguirán sosteniendo la paz.

Mártires. En eso nos han convertido.

De golpe, me detengo y empiezo a disparar a todos los espejos que puedo, haciendo que los hologramas de Xavier desaparezcan.

—¡Anahí, vamos! —suplica Killian a gritos.

Vuelvo a correr junto a él, pero en los espejos empiezan a aparecer imágenes que no logro ver de primeras. Escucho gritos y llantos.

Agarro el brazo de Killian, haciendo que pare y me acerco un poco más a la pared que proyecta la llegada de Kora y Olga a la habitación donde encontramos a Wyatt herido. Estoy viendo su muerte.

Mi corazón henchido de pena se detiene en seco.

Están proyectando a Dante entrar en la sala y, segundos después, es atacado por ese hombre enmascarado.

No puedo dejar de llorar viéndole agonizar de dolor hasta morir.

Estoy a punto de perder el conocimiento.

El brazo de Killian me sostiene la espalda y niega, desesperado y triste.

Está llorando. Él también quería a Dante, lo sé.

—No podemos dejar que sus muertes sean en vano. Vamos a escapar y hacer que todos estos asesinos paguen por esto.

Asiento levemente y empiezo a enviarle a mi cerebro las órdenes que debe seguir: resiste, maldita sea.

Me seco las lágrimas y seguimos adelante.

Vamos a conseguirlo. El cartel que identifica la salida se vislumbra al fondo.

Sonrío y se lo señalo a Killian. Nuestros rostros se iluminan por primera vez desde que Edgar nos avisó de lo que estaba sucediendo.

Sin embargo, la figura de un gran hombre aparece frente a nosotros. Me quedo helada. Es el asesino que ha matado a todos los concursantes. El hombre que disparó a Wyatt para que se desangrase. El animal que me ha dejado sin el amor de Dante.

—Bienvenidos a vuestro final.

La voz de Xavier sale de todos lados, aterrándome. Killian y yo nos miramos y luego volvemos a centrarnos en el asesino, que se va acercando poco a poco a nosotros.

Bajo mi mirada hasta sus manos: en la derecha lleva una pistola y en la izquierda un machete.

Trago saliva y dejo que el odio que siento por todo lo que ese pendejo me ha arrebatado se apodere de mí. Levanto mis manos y empiezo a dispararle sin descanso. Un campo de energía lo protege, por eso está tan tranquilo.

Ríe y se detiene a pocos pasos de nosotros. Alza su mano derecha y lanza la pistola hacia el suelo.

Quiere descuartizarnos.

Va a disfrutar con nuestras muertes.

—Todo campo de energía necesita un canalizador —me susurra Killian—. Solo tenemos que encontrarlo.

—¿Crees que tenemos tiempo?

—No.

—Chido.

Le sonrío y empiezo a disparar sin control hacia él. Ninguna bala lo alcanza y sus carcajadas son cada vez más arrogantes.

Piensa Anahí.

Pero no me da tiempo.

La gigantesca mano del asesino agarra mi camisa y me lanza a la pared, como si fuese una muñeca de trapo. Los espejos de las paredes se hacen añicos cuando mi cuerpo impacta sobre ellos.

Gimo e intento despegar el rostro del suelo, pero me cuesta muchísimo. El asesino sigue acercándose más a Killian, mientras que este no deja de dispararle una y otra vez. No puedo dejar que muera él también. No pienso permitir que el asesino de Dante viva.

Me pongo en pie como puedo, pero mi pierna izquierda no responde como debe.

Tengo un cristal clavado en el muslo. La piel de mis manos se raja al apretar el trozo de vidrio, pero no dejo de tirar de él hasta desprenderlo de mi pierna.

Lo lanzo al suelo y busco mi pistola por el suelo.

No la encuentro, pero logro dar con la que el asesino tiró.

No es una pistola normal, sino de energía.

Frunzo el ceño, mientras voy formando una idea en mi cabeza. No sé si va a funcionar, pero no hay tiempo, Killian se ha quedado sin balas y el enmascarado ríe a carcajadas.

Sostengo el arma y corro hacia ellos, disparando una y otra vez.

Parece que mi idea no resulta. O eso creo, hasta que disparo directamente al cierre de la máscara.

Varias chispas saltan de ella, pero a él no parece importarle, porque aprieta con fuerza el machete para acabar con la vida de Killian de una vez.

Dios mío, apiádate de mí.

Cierro mis ojos con fuerza y vuelvo a disparar al gigantesco cuerpo que está a punto de matar al único amigo que me queda. Sus gritos hacen que me active con rapidez y vea cómo el campo de fuerza ha desaparecido. Agarro un trozo de cristal y corro hacia ese monstruo sin pensarlo.

Voy a morir.

Con un grito de guerra, salto sobre él y hundo el cristal una y otra vez en su espalda.

Su sangre salta hasta mi rostro, pero no me detiene.

Cada vez que escucho el fino sonido que hace el cristal cuando desgarra sus músculos y vuelve a salir de la piel, mi llanto aumenta.

Aun así, no me detengo hasta que su cuerpo cae al suelo.

Los brazos de Killian se apoyan en mis hombros y me ayudan a levantarme con cuidado, quitándome el vidrio de la mano. Me mira con miedo, pálido.

—Mató a Dante —suelto en un hilo de voz entre sollozos.

—Me has salvado... Has salvado mi vida, Anahí.

—Lo he matado —susurro.

—Has matado a un asesino. —Se queda en silencio y mira hacia atrás—. Tenemos que salir de aquí.

—Sí...

Volvemos a correr hacia la salida. Ya queda muy poco para ser libres.

El muslo me arde, pero no voy a caerme, no voy a perder ahora. Soy una Arismendi y una Arismendi nunca muestra sus debilidades.

Cuando llegamos a la puerta, volvemos a encontrarnos con un sistema de seguridad. Sin embargo, no necesita un código, sino la huella de una mano.

Killian me mira y niega resignado.

—Llegó nuestro final —susurra.

—Tengo que abrir esto de alguna forma —suelto.

—Voy a cubrirte... Espero que puedas, si no estaremos muertos.

Sale a correr y empieza a disparar.

Los gritos están cada vez más cerca y yo no puedo abrir la maldita puerta.

Es el fin. Lloro, grito y golpeo todo.

De repente, una mano pasa por mi lado y se apoya en la pantalla táctil, abriendo la puerta.

Miro al dueño de la mano y trago saliva al ver que es un cazador. Tiemblo.

—Sal de aquí —gruñe.

—¿Por qué?

—Vosotros no tenéis la culpa de esto.

Todo me da vueltas y mi instinto me dice que puede tratarse de una trampa. Sin embargo, la única salida que hay es esta y no puedo acobardarme ahora.

—Gracias.

Ladeo mi cabeza para avisar a Killian, pero veo cómo cae al suelo de un disparo.

—Yo te cubro —susurra el cazador.

Otros cazadores también se han puesto de su lado.

—No todos estamos de acuerdo con este maldito sistema —comenta uno de ellos—. Sal y abre los ojos al mundo.

Abro la puerta y corro hacia el exterior.

La luz del sol me ciega durante unos segundos. Sigo corriendo, esperando a que mi vista se acostumbre para poder ver adónde ir. Hay una gran alambrada que encierra este lugar. Sigo corriendo y veo a muchísimas personas tras ella.

—¡Auxilio! —les grito una y otra vez.

Ellos también gritan, pero no logro oír nada. Todo me da vueltas, pero no me detengo.

Cada vez estoy más cerca de la alambrada y hay más gente de la que había visto en un primer momento. Puedo distinguir pancartas, carteles… Algunos tienen nuestras caras junto a la palabra libertad , otros se alzan por Wyatt, algunos tienen el rostro de Dante pegado en sus letreros…

Sus chillidos son cada vez más claros para mis oídos.

"¡Salta la valla!"

"¡Muere, zorra!"

"¡Paga con sangre lo que tu país no pagó!"

"¡Salta, Anahí! ¡Escapa de todo esto!"

Muchísimos gritos desean mi muerte, otros se compadecen una y otra vez de mí. Una chica con el cabello lleno de rastas se abalanza a la verja y me anima para que empiece a trepar.

—¡Vamos, Anahí! —grita—. ¡Tú no tienes la culpa de esto!

Lloro sin descanso, pero consigo llegar a la alambrada y aferrarme a ella con fuerza. Si no empiezo a trepar, me cogerán y acabaré como los demás. No quiero morir. Me niego a dejar que esto siga en secreto.

La verja tiembla cuando empiezo a trepar, ahogando el dolor que me palpita en la pierna y la espalda.

Cada centímetro que dejo bajo mis pies es un recuerdo caído, uno de mis amigos muertos.

Sigo trepando gracias a la rabia y la ira que evoca mi corazón.

Escucho gritos tras de mí y empiezo a subir más rápido.

Los cazadores aliados han debido de caer. Solo tengo una oportunidad.

La gente sigue gritando sin descanso. Sollozos de ánimos, chillidos de aviso... Un caos social que jamás había vivido. Empiezo a oír disparos. La gente se tira al suelo y yo sigo luchando por llegar al final de la alambrada, tirarme sobre ellos y huir sin mirar atrás.

Pero jamás pasará.

Jamás.

Una bala alcanza mi costado y provoca que mis manos flaqueen, haciéndome caer al piso como una gota de lluvia. Gimo cuando mi cuerpo impacta contra el suelo y sé que es el fin.

Soy la última de la casa, he ganado como bien dije. Río ante la idea y la sangre sale disparada de mi boca. Todo a mi alrededor da vueltas muy lentamente. El tiempo se dilata poco a poco para disfrutar de mi muerte.

Los gritos han cesado y sé que estoy siendo observada por todos. Ellos también quieren contemplarme mientras me apago como la llama que titila por última vez.

Pienso en mis papás, mis hermosos padres llorando la muerte de su hija que ellos mismos han matado sin saberlo.

Pienso en mi popularidad y mi dinero, algo que ya no disfrutaré jamás.

Pienso en Wyatt y en cómo me abrió su corazón lentamente. Lo quiero. Lo quise. Era mi mejor amigo.

Pienso en Dante, sus besos, sus abrazos, su acento... Recuerdo la calidez de su piel, el amor que estábamos engendrando. Pienso en lo que ya jamás podré crear junto a él.

Y, por supuesto, pienso en mi hijo. El mayor error de mi vida fue renunciar a él, dejar que un apellido y una reputación pesasen más que los latidos de un corazón que no dejé crecer.

Cada vez es más difícil sentir dolor y calidez. Cada vez es más difícil mantenerme viva. Segundo a segundo, sé que mi alma se va disgregando de mi cuerpo.

Pronto el vacío llega a mí, mi corazón se detiene y me apago para siempre.