Encerrados (The House 1) WYATT
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WYATT

Me sorprende lo mucho que llueva fuera. Desde que estoy en el concurso la lluvia no había tomado protagonismo hasta hoy. He de reconocer que la echaba de menos.

La noche de expulsión se está acercando y es la primera vez que, en lugar de miedo, siento pánico. No quiero salir, aunque sé que me lo merezco. Yo me dejé llevar y nos he puesto en peligro.

Mi madre siempre me ha dicho que mi manera de ser sería lo que acabaría conmigo.

Supongo que no le faltaba razón. Bueno, ella siempre ha odiado como soy, sobre todo, porque la supero en todo.

Soy más inteligente que ella, mucho más retorcido si me lo propongo, sé esconder secretos, y su madre siempre me ha preferido.

Esa es la parte que más le duele y por eso me odia tanto.

Le robé a su madre y no lo hice intencionadamente, a pesar de que, a partir de nuestra rivalidad, el daño que le he provocado lo he disfrutado muchísimo.

Mi padre es mucho más simple que ella, un mero muñeco que maneja cómo le venga en gana.

Yo, sin embargo, tengo mi propia manera de pensar y actúo cómo quiero.

Aún recuerdo lo feliz que se puso mi madre cuando me diagnosticaron el trastorno, la debilidad que me echa en cara para atacarme. Es un ser despreciable.

El brazo de Edgar cae sobre mi cadera y me saca de mis pensamientos.

Me muevo y lo observo dormir. Creo que es la única persona que me ha intentado comprender en mucho tiempo.

Aún me parece mentira que quiera estar conmigo.

Está completamente chiflado y yo tengo que luchar continuamente contra mi faceta frívola para no espantarlo.

Desvío mi mirada hacia la cama de Ikki, donde él y Anahí duermen plácidamente. ¿Cómo he podido llegar a este punto con ella? Me molesta porque todo es culpa suya y no quiere darse cuenta. Es idiota.

Lo peor de todo es que se ha convertido en una enemiga y no puedo flaquear con ella.

No puedo evitar tener la necesidad de hacerle daño; me ha declarado la guerra y siempre intento no ser el caído, aunque tenga que pasar por encima de cualquiera para lograrlo.

Lo único que me jode es que mi corazón se estruja y hace que me falte el aire cuando la ataco.

La quiero, pero ella se ha buscado esto.

Bostezo e intento levantarme sin hacer mucho ruido.

Edgar se mueve y abre sus brazos en cruz sin despertarse.

Frunzo los labios para no reírme. Me dirijo a la cocina para poder comer algo y preparar mi té de la mañana.

Lo necesito para poder vivir. Para mi sorpresa, Killian está comiéndose un trozo de tarta en silencio.

Me mira cuando aparezco, yo hago como si no existiera. No me aporta nada.

Pongo a hervir el té y busco algo de comer en la despensa. Por desgracia, solo están las galletas de Edgar que tanto le gustan. Pobre, hoy no podrá comerlas.

Killian no deja de mirarme con ahínco. Como me toque mucho la moral le echo el té encima.

—¿Qué escondéis? —pregunta, curioso.

Alzo una ceja y me acabo la primera galleta.

—Os he observado, ¿sabes? Sé lo que hacéis para poder hablar —dice con una sonrisa socarrona. Tal vez me equivocaba con su nivel de inteligencia.

En un acto reflejo, me llevo el dedo a los labios sin darme cuenta. No puedo permitir que la organización lo sepa.

—Anahí está preocupada, por eso sé que estáis planeando algo, pero no lo vas a conseguir. Esta noche uno de vosotros se irá y, con suerte, lo hará tu protector y te quedarás solo e indefenso.

Sonriente, me acerco a él sin dejar de mirarlo. Me siento en el taburete que está a su derecha y muevo el suyo para que me mire de frente.

—No necesito a ningún protector, Killian, yo me valgo por mí mismo.

¿De verdad crees que si se va él los ataques van a cesar y todo será más fácil?

Me da pena porque, aunque seas el nuevo amiguito de Anahí, no te ha contado que la persona que suele tener las ideas más retorcidas soy yo.

Por lo tanto, deja de molestarme, no me dirijas la palabra y no vuelvas a insinuar que dependo de alguien para actuar, porque me vas a enfadar y te aseguro que no te conviene enfadarme.

—No me das miedo, Wyatt.

—Deberías tenerlo. —Le miro a los ojos y me relamo los labios—.

Yo no habré matado a una niña como tú, pero mis actos son intencionados y tienen un único objetivo: hacer daño.

—Traga saliva sin dejar de mirarme—. Reza para que salga expulsado, porque acabo de dibujar una diana en tu frente y no voy a parar hasta acabar contigo.

—Eso ya lo veremos —suelta mientras se levanta—. Estás perdido.

Justo, en ese momento, la tetera hierve.

La lluvia sigue cayendo con fuerza y hace bastante frío. Me gustan los días así, es como si el mundo estuviese más inestable que yo. He cogido mi gigantesca sudadera gris, una que solo uso cuando llueve y que no me había puesto en todas estas semanas.

Iris está en el habitáculo, según me dijo ayer iba a empatizar con el público.

No puedo recriminarle que luche por quedarse, se lo merece más que yo.

Me cruzo con Killian, pero baja la cabeza y acelera el paso.

Sonrío y sigo por el pasillo. Cuando entro en la habitación, choco con Anahí y doy un paso atrás, poniendo los ojos en blanco.

Me quedo mirándola, esperando a que se aparte para que pueda pasar, pero no lo hace. Supongo que espera a que lo haga yo.

—¿Te apartas?

—Te apartas tú —le digo sonriente.

Al final, se cruza de brazos y se echa a un lado, para dejarme pasar. Le enseño los dientes y paso por su lado con rapidez. Tenía ganas de discutir, pero se ve que ella no. Ya veremos en el almuerzo.

Ikki está acabando de hacer su cama y parece que mi presencia le es indiferente o eso intenta. No me preocupa mucho, la verdad. Me gustaría saber qué pasaría si hubiese salido nominado.

Salgo de la habitación y corro hacia la zona del gimnasio, evitando mojarme mucho. Tanta tecnología en esta casa y no hacen un maldito toldo en un jardín interior. ¡Qué gente más inepta!

Edgar está corriendo en la cinta como un verdadero atleta. Al verme, no se detiene, pero me sonríe con amplitud. Tiene la frente impregnada en sudor y su dorado cabello despeinado, oscurecido y húmedo.

Me apoyo en la bicicleta estática, esperando a que termine de una vez.

—¿Vas a pasarte toda la mañana aquí? —digo con mala cara.

—¿Eso es una queja? —Enarca una ceja y pone esa sonrisa arrogante que me saca de quicio.

Levanto las manos en gesto de negación y guardo silencio, para que no pueda recriminarme nada. A los cinco minutos, baja de la cinta y se tumba en una esterilla que hay en el suelo. Pongo los ojos en blanco y hago el amago de irme, pero su voz me detiene:

—Sujétame las piernas, anda.

—¿Cómo?

—Necesito a alguien para hacer abdominales y solo estás tú. ¿Alguna queja?

—Esta te la guardo, idiota.

Me agacho y meto sus pies en el hueco que hacen mis rodillas, aprisionándolos con fuerza. Me sonríe y empieza a subir y bajar sin ninguna dificultad. Creo que yo no hago abdominales desde los doce años. Prefiero no sudar mucho.

Me pide que le sujete las rodillas con las manos y lo hago sin rechistar.

Este capullo se está riendo de mí en mi cara.

Nunca debí comerme sus galletas. Una de las veces que sube su pecho, lo hace demasiado, tanto que su rostro se pega al mío un instante y vuelve a bajar.

Vuelve a hacer lo mismo, pero esta vez pega sus labios a los míos con fuerza.

Río y niego sin dejar de acorralar sus piernas.

—¿Esta es tu manera de hacer ejercicio?

—Es eficaz —asegura, respirando entrecortado.

Sube por última vez y se deja caer, soltando un gran suspiro. Suelto sus rodillas y dejo que sus piernas se deslicen por el suelo, para sentarme sobre sus cuádriceps.

Encoge sus piernas, para que mi cuerpo caiga sobre el suyo.

—Estás sudado, ¿sabes?

—No sé si eso es otra queja. ¿Lo es?

Sonríe y lleva su mano hacia mi nuca, atrayendo mi rostro al suyo para poder besarme con parsimonia.

Sus labios bailan sobre los míos con total libertad, disfrutando de ese contacto húmedo, salado y placentero.

Nuestras lenguas batallan y juegan y mis ojos se cierran, saboreando el momento.

Creo que nunca había besado con tantas ganas y necesidad.

Al abrir los ojos, me encuentro con los de Edgar. El azul de sus ojos es como si el océano me vigilase. Acaricia mi mejilla y traga saliva.

—Wyatt.

—Dime.

—Te quiero.

Sus palabras suenan en eco, como un llanto enmudecido. La lluvia está golpeando con mucha fuerza y hace un sonido que no es agradable de oír.

Edgar se mueve un poco, para poder subir su torso, apoyando una mano al suelo para mantenerse en esa postura. Busca mi mirada, pero soy incapaz de mirarle. No puedo hacer nada, mi cuerpo está totalmente inmóvil.

—Wyatt, ¿estás bien?

—¿Eh? —Lo miro y sonrío—. Sí, sí. Tenía la cabeza en otra parte.

—¿Seguro?

Asiento y le doy un beso en la mejilla.

—Te lo prometo.

Es increíble lo rápida que ha pasado la semana. No puedo creerme que estemos en la noche de expulsión y que uno de los tres tendrá que decir adiós. Lo llevaba mejor cuando lo veía más lejano. Ahora mismo, solo quiero vomitar.

Iris está sentada a mi lado. Se ha puesto un vestido precioso por si sale. Me ha dicho unas doscientas veces que me esperará fuera si se va y que luche. A Edgar se lo ha dicho otras doscientas. Yo he sido incapaz de decirles algo a los dos, sobre todo por lo culpable que me siento ante todo esto.

Anahí entra con Killian y se sientan en el sofá de al lado.

Me mira de soslayo y no le hago caso. Esto también es culpa suya.

Cierro los ojos y me relajo. Bueno, lo intento.

¿Y si soy el expulsado? Todas las cosas que pensaba hacer con el dinero se convertirán en polvo.

Tendría que volver junto a mi familia y no estoy preparado para volverme tan oscuro como antes. O eso creo.