IRIS
Siempre me costó ser popular y brillar con luz propia.
Me sentía un patito feo oculto tras la gigantesca sombra que proyectaba mi madre.
Todos me hablaban de ella, me decían lo bien que actuaba o lo guapa que había estado durante el capítulo de la noche anterior.
Al principio me sentía orgullosa, incluso importante, hasta que me di cuenta de que eso no era real.
La importante siempre sería ella: la guapa, la artista, la estrella.
Yo simplemente sería la hija de la gran Patricia Montenegro.
Cuando mi hermana aún seguía existiendo, nos repetíamos una y otra vez que nosotras también seríamos grandes estrellas.
Éramos niñas de siete y ocho años, soñábamos con ser cantantes, modelos o actrices.
La cuestión era ser famosas. El día que murió, nuestros sueños murieron con ella y yo odiaba cada vez más el trabajo de mi madre.
No me gusta pensar en esa niña absurda que no valía para nada. Ahora, soy una estrella y voy a ganar este concurso.
La casa está realmente bonita por la fiesta de cumpleaños de Ambika. Disfrutaremos por ella, aunque a nadie le caía bien. Anahí e Ikki ya están preparados y disfrutando de un trozo de pizza. Ojalá se atraganten.
Killian aparece cual fantasma y me sonríe. Ya empezamos. Este chico no se cansa nunca. Sus ojos bajan hasta el escote de mi vestido y luego suben hasta mis ojos. Estoy a punto de darle una patada en el estómago.
—¿Te has puesto tan guapa por Ambika o por mí?
Pongo los ojos en blanco y me digo a mí misma que esté tranquila, que no me conviene darle una patada delante de toda Chicago. ¿O sí? Me contengo por si acaso y sonrío.
—Mira, Killian, no sé cómo decirte que no tienes ninguna posibilidad conmigo. Que antes de liarme con alguien como tú, me vuelvo lesbiana.
Se ríe y acorta la distancia entre nosotros. Antes de que pueda reaccionar y apartarme, me roba un beso. Le doy un empujón y llevo mi mano hasta sus partes bajas, provocando que grite con una agudeza graciosa. Aprieto un poco más y río cuando se le tuerce el rostro.
—Si vuelves a hacer algo parecido, te dejo sin testículos.
Deshago el agarre cuando su cara se pone colorada y la frente se le humedece por el sudor.. Le doy unas palmadas en el hombro y le guiño un ojo:
—Ponte hielo.
Wyatt aparece y me besa la mejilla. Me acerco con él a la cocina para coger pizza.
Aunque aún queda una hora para que pongan la música y nos den alcohol, podemos ir aprovechando las cosas que hay.
Le pregunto dónde está Edgar y dice que sigue haciendo bicicleta en la zona del gimnasio.
Hago una mueca y muerdo un trozo de pizza con ganas. Está riquísima, todo hay que decirlo.
—¿Estás nerviosa por la expulsión?
—Sí —confieso—. Pero no por poder salir expulsada, sino porque me voy a quedar sin uno de vosotros, en caso de que no salga yo.
—Espero salir —me dice con una ligera sonrisa—. Yo os he metido en este lío y debo responsabilizarme de ello. Además, Edgar te necesita y tú lo necesitas a él.
—También te necesitamos a ti, Wyatt —susurro, agarrándole la mano—. Somos una alianza y nos necesitamos los tres. Ninguno sobra. No digas eso más. Para mí eres igual de necesario que Edgar, a pesar de todo. Te quiero mucho, Wyatt. No quiero que pienses otras cosas...
—Gracias, Iris...
—Es en serio. Eres como un hermano menor, caprichoso, astuto y maquiavélico, al que adoro.
Reímos y nos abrazamos. Es normal que piense que Edgar y yo nos necesitamos más, pero todo lo que le he dicho es verdad. Cada vez siento más cariño y confianza por él. No sé lo que voy a hacer cuando llegue la noche de eliminación.
La música empieza a sonar y en la despensa ya están las botellas de vodka, ron, tequila, champán y ginebra.
Edgar se apropia del ron y se echa un vaso para él y otro para mí.
Luego coge la botella de ron blanco, zumo de limón y algo más.
La verdad es que no le hago mucho caso, prefiero beber.
Lo mete en una coctelera que había en la despensa y lo mueve todo con una agilidad increíble.
Cuando nos lo sirve, nos dice que son sus geniales daiquiris.
—En mis noches de verano, suelo trabajar en un chiringuito de la playa. Mola mucho.
Chocamos los tres vasos y nos reímos antes de probarlo. ¡Está buenísimo! Edgar me agarra de la cintura y me pega a él. Lo abrazo y cierro los ojos, dejando que el contacto me relaje. Ikki se acerca a nosotros con la mirada pegada al suelo. Nos miramos los tres y esperamos a que diga algo.
—¿Podemos hablar? —me pregunta.
—¿Tu amiga se ha cansado de ti?
—Iris, por favor.
—Lo siento, Ikki, no confío en ti y no sé si lo que hablemos lo vas a utilizar. Me duele decírtelo, pero es la verdad. No tenemos nada de qué hablar.
—Pero...
—Ikki, tú decidiste que las cosas fueran así —comenta Wyatt—. Asume la responsabilidad de tus actos.
—Déjalos, solo están actuando para su público —suelta Anahí desde el sofá.
Río y niego con la cabeza.
—Precisamente, tú deberías cerrar esa bocaza que tienes. ¿De verdad te crees que la audiencia se ha creído tu dolor y tu relación con Dante? Por supuesto que no. Eres una actriz barata de telenovela que no da pena a nadie.
—Vaya, en eso me parezco a ti: una actriz mediocre que cree que puede superar a su madre cuando solo eres conocida por ser la hija de Patricia Montenegro.
Siempre serás la mota de polvo que pisa con sus tacones.
—Sus ojos no dejan de mirarme y sonríe, preparando el punto y final de su ataque—.
Un cero a la izquierda que no vale para nada.
Sonrío y acorto la distancia que nos separa poco a poco.
Noto las miradas de todos, pero solo me fijo en esa actitud altiva que ha tomado Anahí para enfrentarme.
Qué pena me da, no sabe que soy peor que una viuda negra cuando quiero.
Que se prepare para ser comida. Nuestros rostros están muy cerca y elevo la barbilla con suavidad, como hizo mi madre el día que le dijeron que jamás se llevaría un Premio Óscar.
—Jamás te parecerás a mí, Anahí. Jamás. Eres patética, ¿sabes?
Solo eres esa niña rica a la que le gusta ponerse guapa y maquillarse para ocultar sus debilidades, para que nadie descubra que la verdadera chica que hay ahí dentro —hundo el dedo en su clavícula— no es más que una estúpida e ingenua niñata que le teme a la vida y es utilizada por todos.
Ni siquiera tuviste el valor de decirle a tus padres que querías tener a tu bebé.
Eres nada a mi lado, ¿entiendes? —Las palabras salen de mi boca llenas de ira, mientras veo cómo sus ojos están aguándose—.
La próxima vez que intentes ganar protagonismo, piensa si te conviene que sea a mi costa.
A las cucarachas como tú las piso sin contemplación.
Sonrío y le doy la espalda, volviendo a la barra para coger mi copa.
Ikki se va hacia ella y ni siquiera me mira cuando pasa por mi lado.
También tengo que decirle un par de cosas a él, y no sé si es por el sorbo de ron que he tomado, pero necesito soltarlo ahora.
Lo agarro del brazo y lo giro para que esté frente a mí.
El miedo a lo que pueda pasar domina su cara y me hace ser aún más grande.
—Y tú eres como un pequeño girasol que siempre busca el sol para sentirse bien, aunque eso signifique dejar de lado a tus supuestos amigos y ser sincero.
Sin embargo, cuando estás bajo el sol mucho tiempo, puedes quemarte.
—Traga saliva y muerdo mi labio inferior—.
Pero ¿sabes qué? A mí las plantas me producen alergia, por eso me deshago de ellas muy rápido.
Wyatt y Edgar me observan en silencio. Sé que Edgar está disfrutando, pero Wyatt se muestra inexpresivo.
Cojo mi vaso y, de un trago, me termino el ron que quedaba.
Siento cómo la garganta me quema un poco, pero no me importa.
Me siento viva y me arrepiento de disfrutar de esto, eso significa que soy más Montenegro de lo que me gustaría.
Edgar está sonriéndome con malicia, como lo hacíamos durante las primeras semanas cuando atacábamos a Wyatt.
Ambos estábamos enfadados por la jodida nominación y necesitábamos esto.
Poder descargar nuestra ira contra nuestros enemigos.
Sé que él está esperando la oportunidad de que haya una chispa para poner su mecha y explotar.
Pero Wyatt no. Él se limita a observar a Anahí, Ikki y Killian con una mirada extraña, misteriosa.
Creo que los está analizando. De golpe, nuestros ojos se encuentran y él sonríe, asintiendo.
Y, entonces, recuerdo sus palabras: «Me apetece hacerle la semana imposible y es lo que haré».
Está analizando qué le ha provocado más dolor para poder usarlo él también.
Suena muy retorcido, pero estoy demasiado segura de esto. Él lo llama la faceta vengativa.