WYATT
Estos dolores de cabeza son una patología bastante común en mí cuando estoy sometido a tanto estrés. Por eso, he decidido apartarme de todos y dejar que mi malestar se disipe antes de que vaya a peor.
Los susurros tras la puerta me alertan y, haciendo acopio de las pocas fuerzas que me quedan, me incorporo.
Antes de que pueda levantarme, Edgar entra con el rostro serio.
Al verme, esboza una sonrisa y esos ápices de seriedad desaparecen en segundos.
Se sienta en la cama y coloca su mano sobre mi rodilla.
—¿Cómo estás?
—¿Con quién discutías?
Por su expresión, está claro que no tenía intención de contarme nada.
—Iris y Anahí han discutido en el jardín —me cuenta mientras se pellizca la nariz—. He intentado que Iris se calme para que la audiencia no la considere un verdugo.
¿Qué le habrá dicho Iris a Anahí para que pueda verse de esa forma? Tendré que preguntarle, sé que Edgar no me lo va a contar todo.
Por suerte, Iris entra a la habitación con una taza humeante en las manos. Sonríe ampliamente al verme y me la ofrece con cuidado. Es té verde.
Unas diez veces les he repetido que estoy bien y que solo se trata de una simple migraña. No me creen, al parecer. Pensarán que está relacionado con mi trastorno. No los culpo, la verdad.
Iris se levanta y empieza a estirar los brazos.
—Voy a la parte del gimnasio, ¿venís? —Rueda los ojos por nuestra negativa—. Flojos —espeta antes de marcharse.
Por la expresión de Edgar, es evidente que está preocupado. Sé lo que se siente al estar nominado. En un gesto, le pido que se acomode entre mis piernas, donde he dejado hueco suficiente para que pueda apoyarse en mí. Lo hace y su cabeza aterriza justamente en mi pecho.
—Te voy a despiojar, ¿vale?
Empiezo a tocarle el pelo y aguanto la risa.
—Quieres morir, ¿verdad? —pregunta, riendo.
Mis dedos se enredan con su dorado cabello, hasta que bajo mis manos por su hombro y las junto sobre su torso, pegando mis labios en su cabeza.
—¿Qué te preocupa, Edgar?
—Creo que seré el expulsado —reconoce en voz queda.
—No lo vas a ser —beso varias veces su coronilla—. Confía en mí, ¿vale?
—Si me voy, sabes que te esperaré fuera, ¿verdad?
—Eso espero —confieso.
—Te llevaré a Costa de Oro conmigo, a ver si coges un poco de color. Te podré besar tantas veces como quiera, sin preocuparme por miles de cámaras.
—¿Me convertiré en un hippie-surfista que llevará los chalecos sin mangas? —pregunto y niego al instante—. Mejor me vuelvo con mi madre.
Entre risas, se da la vuelta para quedar sobre mí y acariciar mi nariz con la suya.
—¿De verdad estás bien? —insisto, deslizando los dedos por su nuca.
—Te lo juro.
—Te creeré.
Mi situación con Edgar es demasiado rara desde que me besó.
No sé, siento que puedo abrazarle cuando me dé la gana y no me rechazará.
No tengo miedo a hacer el imbécil o a ser engañado.
Es raro, pero confío en él. Es como si su presencia hubiese conectado mi piel, mis emociones, mi corazón...
Como si gracias a él pudiese sentir algo más que frustración y frialdad.
—Voy con Iris a hacer un poco de pesas, ¿vienes?
—Ni loco. Disfruta, disfruta.
Ríe y me besa la mejilla antes de correr hacia el jardín interior para acompañar a Iris.
Las horas que he pasado durmiendo me han abierto el apetito.
No escucho voces en el trayecto y me alivia, no tengo ganas de enfrentarme a nadie ahora mismo.
Sin embargo, mi entusiasmo se va a pique cuando veo a Ikki y a Anahí en la cocina, preparando una especie de tarta.
Cruzamos miradas un segundo, pero no tengo tiempo de chorradas, necesito comer.
Las fresas son lo primero que llama mi atención al abrir la nevera. Perfecto. Cojo el cuenco y le doy un mordisco a una mientras cierro la puerta con la pierna.
El sofá me recibe con un suspiro de alivio. Solo entonces me doy cuenta de que Anahí ha intentado decirme algo. Quizá quería avisarme de que no me sentara ahí; en el otro sofá están Dante y Killian, enfrascados en una conversación. Los dos levantan la vista y me observan sin ningún disimulo.
Les respondo con una sonrisa antes de llevarme otra fresa a la boca.
Si soy sincero, la situación me resulta hasta agradable. Estar rodeado de supuestos enemigos y que ninguno se atreva a lanzarme un ataque o una indirecta tiene algo de irónico.
El movimiento de las cámaras de un lado al otro llama mi atención.
A veces, apuntan hacia mí y otras hacia los mosqueteros.
Hace tiempo que no los llamo así, como están cojos sin el tercero, se me olvida.
Me estoy imaginando a Kora y Olga viendo esto fuera, flipando con lo falso que es Ikki y lo manipulable que es.
Olga debe de estar insultándolo muchísimo.
— Todos al salón, por favor.
Ikki y Anahí se sientan en el sofá junto a Dante y Killian.
A los pocos minutos, llegan Edgar e Iris, empapados en sudor y tratando de secarse con las toallas.
Se ven pegajosos. Se tiran a mi lado y Edgar está a punto de aplastar las fresas, pero Anahí las salva.
Me las ofrece cuando están fuera de peligro de ser asesinadas por el culo de Edgar y las cojo sin dejar de mirarla. En sus ojos veo algo, ¿arrepentimiento?
—Atentos a la pantalla.
De golpe, aparecen tres personas muy rectas y con una gran sonrisa que parece impostada. Dos de ellos son muy elegantes y la más joven tiene el pelo azul. Me centro un poco más y sé que los conozco de algo, pero no sé de qué. Hasta que hablan.
—Hola, Edgar —saluda la mujer—. Espero que estés disfrutando del concurso y que estés siendo como realmente eres. Nunca olvides que eres un Becker y cómo actuamos. Mucha suerte, hijo.
El hombre se limita a sonreír y es la chica más joven (hermana de Edgar, supongo) la que habla:
—¡Gordo! Espero que ganes y con el dinero me lleves contigo a Costa de Oro para disfrutar de todo aquello con la mejor compañía. Destrózalos a todos. Te quiero.
La imagen desaparece y surge una nueva familia. Esta vez más grande, con varios jóvenes. Es la familia de Killian, que empieza a saludarlo y a desearle suerte.
Edgar parece estar absorto en sus pensamientos.
—Tu hermana mola —susurro.
Parpadea varias veces y me mira con una sonrisa.
—Se llama Amelia, mola mucho, aunque es una jodida loca. Te encantaría conocerla.
—Seguro que sí.
La familia de Killian desaparece para dar paso a la gran Patricia Montenegro y su marido. Ambos tienen una sonrisa radiante y ella está preciosa. Iris se parece muchísimo a ella.
—¡Hola, cielo! Espero que estés echándonos mucho de menos, más a mí que a tu padre, por supuesto.
Estoy muy orgullosa de que estés ahí, representando todo lo que nuestra familia significa y defendiendo el apellido Montenegro con uñas y dientes.
¡Que sepas que cuando vuelvas rodaremos una película juntas! Te queremos, mi bella.
—Te quiero, mi niña —suelta el padre.
Iris suelta una carcajada y asiente varias veces.
—Que os jodan —suelta entre risas.
Río con ella y le doy una palmada en el brazo para que pare. Ahora son los padres de Ikki los que aparecen en la pantalla. Hablan en japonés, o sea, que no tengo ni idea de lo que están hablando. Ya podrían hablar en inglés como han hecho el resto de las familias, hostia.
La familia de Dante es la siguiente y no es que sea un mensaje muy largo, solo le desean que gane y que no se descontrole mucho. Lo siento por su madre, pero su hijo es un patán.
Y con un perfecto peinado, un vestido coral a juego con sus pendientes y la corbata de mi padre, los Leclair iluminan todo el comedor. Enarco una ceja y entrecierro los ojos, intentando no vomitar.
—Hola, Wyatt. Sé que al principio no quisiste formar parte de ese concurso en el que estás, pero estoy segura de que te hará bien estar ahí, conocer a nuevas personas y hacerte más adulto —comenta mi padre.
—Te deseamos toda la suerte del mundo, cielo. Deja a nuestra familia en la posición que se merece y gana, aunque tengas que pisar a tu último compañero para lograrlo. Nos vemos pronto.
Edgar e Iris me miran sorprendidos y río.
Dan miedo, lo sé, por eso quiero salir de su yugo cuanto antes.
Sin embargo, hay algo en el mensaje que no me cuadra.
Ese mensaje no es reciente, de hecho, fue grabado dos días antes de que me llevasen al aeropuerto para tomar mi avión hacia Chicago.
Lo sé porque llevan exactamente la misma ropa.
Ese día mi madre se puso un collar especial que le regaló mi padre cuando nací.
Recuerdo que fue un detalle bonito, porque nunca se lo pone.
Si es así, eso significaría que no tienen noticias nuestras, que no saben qué está pasando.
¿Sabrán los padres de los expulsados que sus hijos ya no están en el concurso?
Los padres de Anahí aparecen entre risas. He de decir que son adorables. Hablan de una forma bastante risueña y con mucho amor hacia ella. Se nota que la adoran y la aman. Le desean mucho amor y que luche para que no le falten las fuerzas. Se echa a llorar y Dante la abraza.
—¿Os habéis fijado en la ropa que llevaban vuestros padres?
Iris niega levemente con la cabeza, al igual que Edgar.
—¿Por?
—Mi madre llevaba el mismo vestido que usó dos días antes de marcharme.
—Quizás se lo haya puesto para grabártelo.
—Edgar, mi madre no repite vestido ningún día del año, ¿sabes? Es imposible y te aseguro que no me equivoco. Esos vídeos han sido grabados antes de empezar el programa y eso solo significa que nuestras familias no saben nada de nosotros.
—No me preocupa —susurra Iris.
—A mí sí. ¿Y si no nos han contado todo? Quizás hay más secretos en esta casa de los que pensábamos.
—Wyatt, deja la paranoia, ¿vale? Has tenido un fuerte ataque de migraña y no creo que pensar en esas cosas te haga bien. Voy a ducharme e iremos a tomar el aire al jardín —dice Iris—. Y no es una sugerencia.
Suspiro y miro a Edgar. Me sonríe y pega su frente a la mía. Está pegajoso y me aparto entre risas.
—Estás sudado y das asco.
—Eso ha dolido. —Hace un mohín y ríe después—. Hazle caso a Iris, ¿vale? No veas problemas donde no los hay. Mejor céntrate en los que tenemos delante.
Anahí, Ikki, Dante y Killian hablan en susurros en la barra de la cocina y asiento levemente.
—Así será.