Encerrados (The House 1) IRIS
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IRIS

Mientras me desmaquillo, no dejo de darle vueltas a todo lo que ocurrió ayer.

De la noche a la mañana, nos hemos convertido en enemigos de Anahí y, por mucho que nos esforcemos, lo vivido en las semanas anteriores parece haberse borrado de un plumazo.

¿Tan poco importa la amistad en un concurso como este?

Cuando entro al vestidor para poder cambiarme de ropa, me encuentro con Wyatt poniéndose los zapatos. Nos sonreímos y le beso la cabeza, antes de quitarme el pijama y quedarme en ropa interior.

Ayer se mostró muy duro frente a Anahí, pero sé lo mucho que le duele todo lo que está sucediendo con ella. Para mí tampoco es plato de buen gusto, pero ella ha elegido ir contra nosotros y voy a sacar todas las armas que tengo para acabar con ellos.

Ahora lo importante es conseguir que Edgar se quede. Aunque está claro qué es lo primordial: dar más luz a su relación. Él no parece preocupado y, en el fondo, sé que Edgar sabe cómo ser un buen protagonista sin la ayuda de nadie.

—¿Vas a hablar con Anahí?

Una cínica risilla se le escapa.

—Se ha declarado enemiga. Solo le queda asumir las consecuencias. Como dijo ayer, el juego ha empezado.

Ikki está desayunando y me acerco a él para preguntarle si quiere entrar en el habitáculo y comentar la noche de ayer conmigo. Cuando se percata de mi presencia, baja la mirada y me susurra que no quiere tener más relación conmigo.

Vaya, vaya. No lo conocía tan bien como creía. Y sé que ha adoptado esa actitud por fidelidad a Anahí. Aunque no lo comprendo del todo, ella le dio dos puntos y yo uno. Algo falla aquí.

Pero, mientras van apareciendo los demás concursantes, creo entenderlo.

Edgar se acerca a mí y me besa la mejilla, mientras se bebe mi zumo.

Luego, Anahí y Dante se sientan en la mesa y ríen de algo que ha dicho Killian.

Tres contra tres. Ikki marca la diferencia.

Seguramente le han comido el coco, diciéndole que Dante y Killian se han salvado de más nominaciones que nosotros.

Al parecer, esta casa es una maldita caja de sorpresas llena de ratones, desesperados por no ser comidos por el gato.

Wyatt sale del baño y se sienta a mi lado con una sonrisa.

Nos pregunta a Edgar y a mí si entramos en el habitáculo juntos y a ambos nos parece una buena idea.

Necesitamos que la audiencia vea que nuestra alianza es la más fuerte.

Alzo mi mirada y me sorprendo al ver a Anahí observándonos con discreción.

Al ver que la he visto, se hace la loca y abraza a Dante.

Killian se acerca a nosotros, pero hace como si Wyatt no estuviese a mi lado. Como si su presencia le importase una mierda. Apoya un brazo en la barra y me mira con una sonrisa tan repugnante como todo él.

—Las tías que no son tan buenas como se hacen ver, me ponen muchísimo, ¿sabes?

—¿No me digas? —Sonrío y le acaricio la mejilla—. A mí me pondrías mucho bajo tierra, pero por más que se lo pido a Dios, no me hace ni puto caso. Quizás por eso no creo en él.

La estúpida sonrisa se le borra de la cara y pone los ojos en blanco, marchándose. Edgar ríe y asiente levemente.

Al final, Wyatt no ha venido al habitáculo, ya que le ha entrado un dolor de cabeza horrible.

Le he preguntado si quería compañía, pero me ha dicho que siga con el plan: hacer ver que somos una alianza de verdad.

Él se ha quedado en la cama durmiendo, después de que la organización le diese una pastilla.

Edgar y yo estamos sentados boca abajo, mientras hablamos con el jefe, que ha expresado que le gusta hablar con cuatro piernas en vez de dos cabezas.

Reímos. Nos pregunta por la noche de ayer y comenzamos a hablar de los secretos, haciendo hincapié en la violación de Dante, el atropello de Killian o el embarazo de Anahí.

Además de intentar que la audiencia nos vea, no nos podemos olvidar de meter un poco de mierda.

— Por lo que vimos ayer, habéis roto la amistad con Anahí.

—La rompió ella —le corrijo—. Está ciega y no se da cuenta de que esto es un concurso, ¿sabes?

—No puedes enfadarte porque nominemos a tu pareja, joder. ¿Qué hacemos aquí, entonces? ¿Jugar a las casitas?

—Está hueca, es lo que pasa. Sabe que, si Dante se va, ella está acabada. —Me encojo de hombros y miro a cámara como si la audiencia fuese mi mayor confidente—. ¿Qué interés va a tener ella sin su relación con él?

—Ahora lo tiene como nuestra enemiga —comenta Edgar—. Le ha salido la jugada redonda a la mexicana.

—Pues que se prepare para saber cómo me las gasto.

—Cuidado con ella, Chicago —dice Edgar con diversión—. Es capaz de cambiarle el azúcar por sal.

Suelto una carcajada y hago que se caiga del sillón.

—Capullo.

Al salir del habitáculo, nos damos de cara con Anahí e Ikki sentados en los puff del jardín. Me cuesta actuar así cuando hace apenas doce horas éramos amigos.

Para mi sorpresa, Anahí se acerca a nosotros con un rostro de prepotencia y altivez que solo podría tener ella. La estoy mirando con los mismos ojos que la primera semana del concurso.

—¿Cómo está Wyatt?

—¿Y ahora te preocupa? Qué oportuno. —Cada palabra destila el veneno propio de las Montenegro—. Ayer lo dejaste vendido delante de todo el país y hoy pretendes hacer creer que aún te importa.

Mi ataque la pilla desprevenida, por eso no es capaz de reaccionar hasta pasados unos segundos.

—¿Qué? No seas idiota. —murmura y tensa la mandíbula—. Quiero saber cómo está.

—Lo siento, querida. —Hago un mohín con los labios imitando su gesto—. Tendrás que preguntarle a él, aunque dudo que te diga algo después de lo de ayer.

—Métete en tus asuntos, naca .

—Wyatt es mi asunto, estúpida.

—Iris, vámonos —interviene Edgar ante la posibilidad de un verdadero enfrentamiento.

—Sí, será lo mejor. Dudo que pueda entender algo de lo que digo.

—Ay, querida —susurra y ríe con malicia—. ¿Por qué no te vas a zorrearle a Killian? Es para lo único que interesas en esta casa.

De súbito, acorto la distancia entre ella y yo. Edgar intenta detenerme, pero se lo impido. La tengo tan cerca que podría romperle la nariz de un simple cabezazo.

—Ten cuidado con lo que dices, Anahí. Yo no soy la que vende su dignidad a un tío para tener una plaza fija en la final, ¿entiendes?

No vuelvas a hablar de mí y preocúpate por no quedarte embarazada de Dante y que te deje después.

Da gracias a que tu madre no puede ver hasta dónde eres capaz de degradarte por dinero.

—Iris —espeta Edgar—. Vamos.