WYATT #2
Sus manos se apoyan en la encimera, a cada lado de mis piernas, y aproxima su cuerpo un poco más al mío. Esta situación me recuerda a la primera semana, cuando intentaba intimidarme. Han cambiado un par de cosas en este tiempo.
—Bueno, quería hablar de lo que pasó entre nosotros. No hemos tenido la oportunidad de estar a solas.
El beso. Se refiere al beso. Ese beso que me dio y yo seguí sin dudarlo. No sé por qué, pero cuando estoy solo, lo reproduzco en mi cabeza a la perfección: el sabor de su boca, su olor y cómo sus manos se aferraban a mi cuerpo.
Intentando mostrar serenidad, me bajo de la encimera hecho un manojo de nervios.
Nunca me he enfrentado a situaciones así.
A ver, he besado otras veces, pero no a nadie que realmente me importase.
Y, aunque me cueste reconocerlo, Edgar tiene algo que me engancha.
Sé que siento algo por él y ese es uno de mis mayores miedos ahora mismo.
Es difícil encontrar alguna estancia vacía, así que nos hemos ido al jardín y nos hemos tumbado en la hamaca.
—No sé si he hecho bien en besarte —dice en voz queda—. Tenía miedo a tu reacción, pero por la mañana no has mencionado nada y parece que para ti no ha sucedido. ¿Hubieras preferido que no lo hubiese hecho?
Un par de respiraciones profundas deberían bastar para ordenar el caos de mi cabeza. Cierro los ojos e intento apagar mi cerebro. No puedo dejar que mi lado manipulador me domine, ni tampoco el más frío. Lo único que necesito es hablar con la verdad.
—Me gustó el beso —confieso—. No pensaba que te gustase de verdad, ni las cosas que me dijiste en la prueba del desierto.
—La verdad brota en forma de palabras que me cuestan pronunciar—.
Que me besases me demostró que era cierto y que no estabas jugando conmigo.
—Le miro fijamente y trago saliva—. Si actué como si nada, fue por simple nerviosismo.
Nunca he tenido que enfrentarme a este tipo de situaciones, ¿sabes?
Supongo que mi cerebro reacciona de la forma más segura que sabe. Siento si te ha molestado mi actitud.
Su risa me alivia, al igual que la caricia que deja sobre mi mejilla.
—No me ha molestado tu actitud, solo me ha hecho pensar que no estabas cómodo con lo que pasó.
Pero ahora te entiendo. —Parece contento de hacerlo, la verdad—.
Todo lo que dije en la prueba era verdad, ¿sabes?
Si quieres escapar, me encantaría que lo hicieses conmigo.
¡Y claro que me gustas, idiota! Me parece que eres el único de la casa que no se ha dado cuenta.
—No entiendo por qué te gusto. No suelo ser muy agradable.
—¿No me digas? Jamás lo hubiese dicho. —Le golpeo el brazo y aguanto las ganas de reírme—. No puedo explicarte por qué me gustas, pero ha sucedido. Desde el primer día, algo en ti me desconcertaba.
—Tu personalidad y la mía son totalmente opuestas.
—Lo sé —murmura, pellizcándose la nariz—.
Por eso todo era tan jodidamente confuso para mí.
Hay algo en ti que despierta mi interés.
No sé, te muestras frío y antipático, incluso un poco narcisista, pero que en realidad no es más que una coraza que protege a una persona sensible, inteligente y astuta.
Tu personalidad es un puto tornado y eso es lo que me ha enganchado a ti.
—Yo lo llamo estar enfermo —comento, sarcástico.
—Claro que no. —Su frente se llena de arrugas, no le ha gustado nada mi comentario—.
Tu enfermedad no tiene nada que ver con lo que digo.
Todas esas discrepancias eres tú, Wyatt.
No eres un único adjetivo, ¿sabes? No podría describirte con un color, necesitaría todo el círculo cromático para acercarse un poco a cómo eres —dice y se frota la cara con las manos—.
Cuando estoy contigo, puedo sentir el mar de Costa de Oro, sus olas, el salitre, el gran misterio que hay en sus aguas.
—Nadie me había descrito de la forma que lo has hecho.
Un esfuerzo sobrehumano es lo único que me impide echarme a llorar. Saber que Edgar siente todo eso por mí, que ve virtudes donde yo veo defectos, me ha formado un nudo en la garganta.
—¿Qué piensas tú?
—Sigo sin entender cómo puedes sentir algo por mí —le confieso en voz baja.
—¿Y tú? —Sus azulados ojos se achinan. Es adorable—. ¿Qué sientes tú?
—Yo... Nunca he estado pillado por nadie y no sé qué se supone que debe sentir una persona cuando le pasa algo así.
Pero tú despiertas algo en mí que no sé explicar.
Cuando me abrazas, siento que puedo con todo, como si nada pudiera hacerme daño mientras estoy contigo.
Me haces sentir bien, Edgar. A pesar de todo, lo único que quiero es estar a tu lado.
—Frunzo el ceño y vuelvo a mirarlo—. ¿Eso es estar pillado?
—Creo que sí.
—Pues también me gustas —sentencio.
Suelta una de esas carcajadas escandalosas tan propias de él y posa su frente sobre la mía. Tengo que cerrar los ojos, ya que mirarlo desde tan cerca me ha llegado a marear un poco.
—¿Y ahora qué?
Me encojo de hombros sin separarme de él.
—Solo dame tiempo —le ruego. Mi voz se rompe un poco por los nervios.
—Iremos al ritmo que necesites, ¿de acuerdo? No quiero que estés incómodo por mi culpa.
—Vale. Gracias.
—Hay una cosa más —susurra—. Quiero contarte mi secreto.
—No lo hagas ahora, ¿vale? Piénsalo bien y mañana me lo dices.
Silencio. Ha entendido lo que quiero decir. No puede dejarse llevar por una emoción, tiene que estar seguro antes de contármelo. Se mueve para quedar algo más pegado a mí. Me gusta su contacto y el calor que desprende su cuerpo. Es demasiado humano.
Anahí me mira discretamente un par de veces. Se creerá que no me he dado cuenta. No me ha querido contar nada de lo que pasó en su cena, tampoco le he preguntado.
Iris sí. Yo me he limitado a estar delante, pero no ha soltado prenda.
Lo único que ha dicho es que fue genial.
Creo que está molesta conmigo por dudar de Dante.
La verdad, no me importa. A pesar de que no quiero enfrentamientos con ella, no va a obligarme a pensar a su antojo. Para eso ya tengo a mis padres.
En el jardín, disfrutamos de unos dulces que la organización nos ha dejado en el habitáculo. Se está bastante bien.
Observo a Ikki y recuerdo su secreto. Luego, miro a Olga y pienso en el suyo. Detengo la mirada en Dante y entrecierro los ojos. ¿Cuál puede ser su secreto? ¿Drogas? ¿Problemas con la justicia?
De golpe, del cielo emerge una tela eléctrica y empiezan a parpadear diversas luces. Nos ponemos en pie al segundo. Las distintas luces se van disipando y se forman varias letras.
—Qué cojones... —susurra Iris.
—Incesto, dos asesinos, un preso, un drogadicto, un enfermo, una víctima, una traición y una muerte. Disfrutad de vuestros secretos —leo en voz alta.
Olga y yo compartimos una mirada cómplice. Soy el único que sabe que cometió un crimen, pero no es la única en esta maldita casa.
—¿Quién ha matado a alguien? —pregunta Ikki, asustado.
—Quizás tú —dice Killian con una sonrisa.
—O tú —susurra Iris, mirándole.
El rostro de Xavier aparece en la gran tela eléctrica y enmudecemos.
—¡Mañana todos los secretos saldrán a la luz! ¿Quién habrá descubierto más?
Esto es de locos. Están jugando con nuestras vidas y convirtiéndolas en el mejor show televisivo del mundo.
—Tenemos que hablar —me dice Edgar con seriedad—. Ahora.