WYATT
Olga y yo somos los encargados de la cocina y hemos decidido hacer dos platos, uno más francés y otro ruso. No tenía pensado cocinar, es una tarea que detesto, nunca se me ha dado especialmente bien, pero Olga sabe cómo animar a cualquiera y sé que me lo voy a pasar bien estando con ella.
El primer plato será "schi" o algo así. Impronunciable.
Total, que es una sopa típica rusa, que lleva col, carne, zanahoria, cebolla, apio, perejil y manzana.
Al menos la versión que va a hacer ella.
Por mi parte, para no echar tanto de menos a Delphine, he decidido hacer el plato que más le gusta: "Ratatouille" .
Es una combinación de diferentes hortalizas (Delphine siempre usa ajo, pimientos, calabacín, cebollas y berenjenas), que se fríen con un poco de aceite.
No es muy complicado, pero es de lo poco que sé hacer en la cocina, la verdad.
Nadie nos perturba, por suerte. He visto a Dante y Killian entrar en el habitáculo, Kora e Ikki están en el jardín delantero fumándose un cigarrillo, Iris duerme, y Edgar y Anahí entrenan en la cinta de correr.
—¿Estás nerviosa? —le pregunto mientras cortamos las zanahorias.
—¿Por el secreto? —Asiento sin dejar mi tarea. No puedo mostrarme muy interesado—. Sí. Temo que en algún momento se me pueda escapar, por la tensión que hay.
Ahora o nunca, Wyatt.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
La impaciencia es uno de mis grandes defectos, por eso mi atención está puesta en cortar la zanahoria de forma homogénea.
—Por supuesto. —Su respuesta viene acompañada de una sonrisa que me cuesta mucho no creerme. Confía en mí—. Te lo podría haber contado, pero no hemos tenido intimidad estos días.
—Ahora estamos solos —la miro de soslayo.
Y está hecho. Advierto cómo traga saliva y pasa la lengua por encima de sus labios porque se le han secado al instante. Olga es una buena aliada, una buena compañera y amiga, pero no se me olvida mi objetivo aquí. Sé que puede sonar muy hipócrita por mi parte, pero antes que todos, estoy yo.
No pierdo detalle de cada cambio en su rostro, de sus movimientos. Para mi sorpresa, desactiva el micrófono. La imito, y nos acercamos para que su boca no sea captada por las distintas cámaras que nos apuntan y puedan leer sus labios como haría yo.
—La verdad es que necesito hablar con alguien —confiesa, nerviosa—. Te juro que jamás se lo he contado a nadie, y eso me está matando por dentro.
Su labio tiembla mientras se asegura de que nadie aparece de repente.
—Necesito contarlo y, tal vez, quitarme este fantasma de mi cabeza. Hice algo terrible, Wyatt.
Por un momento, algo en mí me grita que la interrumpa para que no me lo cuente. Pero, nada va a impedir que gane esta prueba. Además, es Olga, seguro que está exagerando.
—Fue un accidente, lo juro. —Mi piel se eriza al escucharla—.
Creo que, en cierto modo, yo provoqué la muerte de mi padrastro.
—Mi cara es un cuadro, pero ella continúa—.
No lo malinterpretes... —recula con rapidez—.
Él bebía bastante y nos hacía pasar muchísimo miedo en la casa.
Así que, un día, cuando estaba con una cogorza que no podía tenerse en pie…
Digamos que puse un poco de mi parte en que se tropezase.
Pero el tropezón hizo que cayese escaleras abajo y, bueno, ahí acabó todo.
— Olga, Wyatt, los micrófonos por favor.
El jefe hace que nos asustemos. Obedientes, los activamos y seguimos cortando las verduras.
Olga se había quedado mirándome con malicia. Una asesina. Olga mató a su padrastro. Lo puede disfrazar como quiera, pero está claro.
Entonces, como si una bombilla se acabase de encender en mi cerebro, recuerdo que mi padre se desplazó a Rusia para ir al velatorio de uno de sus socios más importantes allí.
La policía investigó bastante el caso, y la prensa hizo bastante ruido con el hecho de que, posiblemente, aquello no había sido un accidente. Jamás hubiese pensado algo así de Olga.
—Misha Ivanov —le susurro—. El hombre más rico de Rusia. Era el propietario de la mayor empresa de gas allí, ¿verdad? Su familia se quedó sin nada, mientras que su última esposa heredó toda la fortuna que tenía.
—Inna Tolstói —dice en un hilo de voz.
—Viuda de Ivanov. Por eso no me sonabas de nada. —Sonrío de satisfacción al haber encajado todas las piezas—. Usaste el apellido de tu madre.
—Muchos somos de Europa o partes cercanas, y sé cómo corren las noticias de ese calibre. No quería hablar del tema con nadie.
—Tranquila, Olga —susurro, agarrándola de la mano—. Estás a salvo conmigo.
Esto nunca me lo hubiese esperado de ella y eso me encanta. De hecho, me excita. Provoca que mi cuerpo estalle en adrenalina y deseo de saber más sobre los secretos que esta casa oculta.
Pero, ¿cómo lo ha descubierto la organización? ¿Cómo han averiguado dónde buscar para encontrar nuestros trapos sucios?
Si “THE HOUSE” es un evento que pretende mejorar las relaciones con otros países, como dice Iris… ¿En qué ayuda airear nuestros secretos —siendo de este calibre— en televisión? No lo entiendo, pero averiguaré qué sucede.
A lo largo del día, averiguo el secreto de Ikki.
Nadie lo sabe, pero a Edgar y a mí nos concedieron un premio por ser la segunda pareja más votada por el público.
El Jefe nos regaló un momento para espiar a quién quisiéramos durante veinte minutos desde el habitáculo.
En el espejo se proyectaron todas las zonas de la casa y tuvimos que elegir una.
Edgar estaba interesado por lo que hablaban Killian y Dante, pero no me importaba lo que esos dos pudiesen aportarnos.
Por eso, antes de que él pudiese soltar su elección, me adelanté y pedí que nos mostraran a Ikki y a Anahí.
Sé que Edgar me miró extrañado y algo enfadado, ya que aparentemente cotilleaban en el baño mientras Any teñía a Ikki de gris.
El sonido era mínimo y no se podía escuchar nada, pero la calidad de la imagen era tan buena que pude leer los labios del japonés cuando contaba la relación secreta que tiene con su hermano mayor.
—Hola, pequeño estratega.
Iris me rodea por la espalda y me llena de besos la nuca. No puedo evitar reír.
—¿Has conseguido sacarle algo a Olga?
Con mi poco talento como actor, me llevo la mano al pecho, como si fingiese dolor por esa insinuación tan acertada.
—Oh, vamos. —La española ríe y pellizca mi vientre—. Ese almuerzo ha dado para mucho. Te conozco.
Y tanto que lo hace. Con una suave sonrisa, me delato.
—Puede ser, listilla.
—Por cierto, muy rica la comida. Se ha notado que era lo más importante para ti.
Suelto una carcajada y ella hace lo mismo.
Me conoce más de lo que pensaba. Y no sé si me gusta o me aterra, para qué mentir. Nunca he tenido muchos amigos, esto es nuevo para mí.
—¿Quién crees que va a salir esta semana?
Asegurándome de que Anahí no ronda por aquí, hablo con tranquilidad.
—Espero que Dante, la verdad. —Ruedo los ojos, porque sé que no pasará—. Pero desgraciadamente será una de las chicas, y prefiero que sea Kora la expulsada.
Asiente levemente y cruza sus brazos, pensativa.
—En las próximas nominaciones tenemos que hacer que salgan Killian y Dante.
—E Ikki —suelto.
—O la que se quede de las chicas —me recuerda.
No voy a poder proteger siempre a Olga. Sé que ella siente el mismo aprecio por el japonés, y no puedo salirme con la mía otra noche más.
—Claro.
Su expresión se suaviza y peina mi cabello a un lado.
—Edgar te estaba buscando —susurra.
Su nombre es como un puñetazo en el estómago. Bueno, no. No es un puñetazo, porque eso sería algo que duele. Esto es más como… nauseas. ¿Nauseas? No sé. Pero, el hecho de escuchar su nombre me recuerda al beso y me desestabilizo.
—Voy a ver qué quiere.
Dante dice que ha visto a Edgar entrar en el habitáculo hace minutos, así que me siento en la isla de la cocina, disfrutando un trozo de chocolate que me ha ofrecido. No es tan despreciable como Killian, pero lo necesito fuera, aunque Anahí lo quiera.
Mientras el dulce sabor del chocolate inunda mi boca, recuerdo cuántas veces me decía mi madre que me saldrían granos por comerlo.
Por suerte, y gracias a la gran sabiduría de la señora Leclair, mi cutis es inmune a todo tipo de granos e imperfecciones.
El tratamiento cuesta una pasta, pero me lo regaló cuando mostré interés en un complejo químico que ayuda a mantener la piel joven.
Claro, el efecto no es indefinido, cada cierto tiempo tengo que volver a inyectarme el tratamiento, pero eso no es lo importante.
Nunca hago caso a las cosas que hace mi madre, son antinaturales y raras, pero joder, tener una piel tersa sin dejar de comer chocolate es como un milagro.
El mejor ejemplo de que el tratamiento funciona es ella, mi madre.
Tiene cincuenta años y pasa por una mujer de treinta gracias a que, cada tres o cuatro meses, se inyecta el tratamiento rejuvenecedor, además de bótox e innumerables vitaminas.
Por supuesto, sigue una dieta estricta para mantener la figura y bebe muchísimo té verde.
Sí, mi madre es la persona más narcisista que conozco.
Cientos de celebridades han ido a su clínica para usar ese compuesto y el Botox especial de Cosméticos Leclair, como la madre de Edgar, por ejemplo.
Incluso la gran Patricia Montenegro ha usado el tratamiento.
La investigación de mi madre revolucionó el mundo de la belleza e hizo que la fortuna de mi familia se incrementara en millones de euros a pesar de la gran depresión por la que estaba pasando el país.
La risa de Edgar me saca de mis pensamientos y dirijo mi mirada hacia la puerta que da al jardín, esperando a que la abra. Cuando lo hace, me ve al momento y esboza una sonrisa rápida, antes de acercarse a mí.
—Te estuve buscando.
—Me lo dijo Iris. ¿Qué pasa?