ANAHÍ
Mi reflejo en el espejo delata unos nervios que creía tener bajo control. Cierro los ojos y esbozo una sonrisa mientras las suaves manos de Kora continúan alisándome el cabello e Ikki termina de pintarme las uñas de azul añil.
Esta mañana la organización nos avisó a Dante y a mí de que la cena sería sobre las nueve. Estoy demasiado nerviosa, y eso me enfada. No puedo sentirme como una estúpida por un chico al que conozco desde hace apenas cinco semanas.
Mi mirada vuelve al espejo, pero esta vez se dirige hacia el sofá del baño, donde Iris y Wyatt están sentados, observándome.
Cuando les avisé de que esta noche sería el momento sin cámaras, no mostraron la ilusión que creí que tendrían.
Supongo que Dante no es de su agrado, pero yo lo elegí para poder llegar a la final y no voy a dejar que nadie se cargue mi estrategia.
Además, no puedo negar que siento algo por el italiano.
Eso sí, la locura de la cena no ha impedido concentrarme de la prueba. Creo que soy la única que ha averiguado secretos. Mientras teñía el cabello de Ikki de gris, me contó lo aterrado que estaba porque se descubriese su secreto y, al final, con mi silencio, logré que me lo contara.
Al parecer, su secreto es más personal y erótico que grave. Se acuesta con su hermano mayor. A mí no me parece mal. Si se quieren, no hay nada de malo. Claro que en Japón y siendo de una familia tan famosa allí, no lo verían tan bien como yo.
Siendo sincera, me esperaba un secreto algo más fuerte. No sé, está estudiando ingeniería nuclear; quizás hacer explotar un laboratorio o haber creado un arma que podría acabar con la existencia del ser humano. ¿A poco no?
Total, que soy la única que sabe lo de su idilio. Siempre se me ha dado bien hacer que se abran a mí.
Y ese no es el único secreto que he descubierto. Antonella, aunque está expulsada, también ocultaba algo y, haciendo memoria, lo averigüé. A los quince años estuvo encerrada en el calabozo por robar más de ochocientos pesos en ropa. En las noticias de México solían llamarla "La Cleptómana".
Poco a poco, iré destapando los secretos de todos. Ese es mi principal objetivo.
—¿Qué te parece?
Kora me sonríe a través del espejo mientras espera saber si el resultado es o no decente para mí. La neta, me lo ha dejado precioso, justo como quería.
—¡Qué padre, Kora! Está genial.
Muevo mis manos como una completa idiota para que el esmalte de uñas se seque y poder elegir el vestido que me voy a poner.
En el vestidor, Kora le enseña a Ikki un mono de flores y él no deja de repetir lo mucho que le gusta. Iris está sentada en el puff que hay en la esquina y me está sonriendo. Le devuelvo la sonrisa y me acerco a ella para hablar. No quiero estar distante con mis amigos, la verdad.
—Estás preciosa —suelta.
—Gracias.
—Mira, sé que Wyatt y yo no hemos saltado de alegría por tu cena, pero te aseguro que estamos felices por ti, ¿vale? De verdad, solo queremos que estés bien y que no olvides que somos un equipo para todo. Vamos a apoyarte siempre.
Le agarro la mano con fuerza y asiento. Es lo que necesitaba oír.
—Somos un equipo —repito.
—¿Qué vestido te vas a poner?
—El vestido amarillo que queda suelto a partir de la cadera.
—Oh, qué sugerente.
No sé cuántas veces me miro en el espejo, pero no puedo negar que estoy espléndida. La puerta del vestidor se abre y Wyatt se apoya en el marco de la puerta con las manos metidas en el bolsillo de su sudadera.
—Estás guapa.
Tiene el cabello alborotado. Nunca me cansaré del contraste que hace el color café de su pelo y la palidez de su piel.
—Ese era mi objetivo —digo, riéndome.
—Ten cuidado, Any —me advierte, de repente—. No le cuentes tu secreto.
—¿Por qué crees que Dante me lo pedirá?
Se encoge de hombros y muerde el interior del carrillo. Duda. Está buscando las palabras correctas para no generar un enfrentamiento de nuevo. Y, aunque no vaya a decírselo, se lo agradezco mucho.
—No lo sé —confiesa y vuelve a mirarme—. Solo quiero que estés preparada y no flaquees.
—No tengo pensado contárselo —le aseguro con cierta perspicacia—. Pero si sintiera que puedo confiar en él... lo haría.
—No soy yo quien tendría algo que perder. —Y, en cierto modo, es cierto—. Solo intento protegerte.
Entrecierro los ojos.
—¿Y tú? ¿Qué escondes?
Una sonrisa apenas perceptible cruza su rostro.
—¿Y tú?
El silencio se instala entre los dos hasta que su suspiro acaba rompiéndolo.
—Haz lo que creas conveniente, ¿vale? —Se acerca para darme un abrazo que dura apenas dos segundos—. No voy a juzgarte. Disfruta de la cena.
Jamás habría imaginado la habitación de la puerta negra así.
Siempre ha estado completamente vacía y, sin embargo, esta noche parece otro lugar.
La ilumina una tenue hilera de velas y, en el centro, una mesa vestida con un mantel precioso espera nuestra llegada.
Dos platos, los cubiertos perfectamente colocados y varias bandejas aún cubiertas completan el montaje.
A un lado, un pequeño carro sostiene un cubo con hielo donde reposa una botella de champán.
La mano de Dante se posa sobre mi cintura y una sonrisa se dibuja en mis labios. Está guapísimo con esa blusa azulada.
Frente a frente, ocupamos nuestros asientos. El corcho del champán salta con un sonido seco y, unos segundos después, las copas ya están llenas. Las alzamos casi al mismo tiempo y, tras brindar, disfrutamos del primer sorbo, que es una auténtica delicia.
—Está bien tener un poco de intimidad para nosotros, ¿no crees?
Conviviendo con los demás, es complicado tener momentos así. Así que, sí, este rato junto a él pienso exprimirlo.
—Tenía ganas de estar a solas contigo, la neta .
Sonríe y me besa la mano varias veces.
—Me encantas, Anahí. —Sus ojos se clavan en los míos, y no vacila cuando vuelve a hablar. Su voz es firme, clara—. Me encanta estar contigo, disfrutar de tus caricias, de tus besos, esa sonrisa perfecta... Gracias por tanto.
Mis labios se convierten en una fina línea recta mientras retengo las ganas de llorar. Las lágrimas me escuecen tras los ojos, furiosas por no poder salir campantes y destrozar el maquillaje en el que tanto me he esforzado.
Nadie me había dicho algo así jamás... Es tan bello.
Durante la cena hablamos de qué solíamos hacer cuando no estábamos en el concurso y, por primera vez, me olvido de todo, como si estuviese en un restaurante con mi novio. Es demasiado maravilloso para ser cierto.
Es el segundo de tres hermanos y trabaja en la empresa de publicidad de su padre.
La más reputada de toda Europa. Mi familia ha salido varias veces en las revistas que su padre controla.
No me había dado cuenta, pero al fondo de la habitación hay una gran cama.
El ardor en mis mejillas debe ser evidente, porque Dante busca el objetivo de mi mirada y ríe cuando lo encuentra.
—¿Confías en mí? —pregunta sin dejar de sonreír en ningún momento.
—Sabes que sí —contesto.
—Tus amigos no lo hacen.
—Se preocupan por mí, pero hago lo que quiero, Dante —le aseguro, bebiendo champán—. Confío en ti.
—¿Por qué no me cuentas tu secreto?
Las palabras de Wyatt resuenan en mi cabeza una y otra vez. ¿Cómo podía saber ese crío que Dante me sacaría la prueba esta noche? Carraspeo e intento no darle más importancia de la que tiene. Quizá solo se trate de una muestra de confianza.
—No estoy preparada para que lo sepas. No es por desconfianza —me apresuro a decir—, solo que nunca he hablado de lo que me ocurrió con nadie.
Asiente varias veces y se levanta para acercarse más a mí. Me pongo en pie y rodeo su cuello con mis brazos, mirándolo a los ojos.
—Te quiero —susurra muy cerca de mis labios.
—Te quiero.
Mueve la cabeza hacia delante y besa con ganas.
Saboreo su boca con las mismas ansias que él y nuestros pies se van moviendo hacia la cama.
Una silla cae al suelo al interponerse en nuestro camino, pero nada provoca que separemos nuestras bocas y dejemos de besarnos como fieras sin control.
Cuando llegamos al borde de la cama, pongo mis manos sobre su pecho y lo empujo, haciendo que caiga en ella.
Un holograma en la pared llama mi atención, sé de qué se trata: un reproductor de música.
Deslizo mis dedos con mucha suavidad por la imagen y una melodía bastante sensual con toques orientales invade toda la habitación.
Mi cintura se contonea con suavidad al ritmo de la canción mientras sigo mirándole a los ojos.
Él traga saliva cuando hago que los tirantes del vestido se deslicen por mis hombros.
Siempre me ha gustado bailar y mucho más cuando se trata de ser el centro de atención. La música controla mi cuerpo mientras me siento sobre la pelvis de Dante sin dejar de moverme.
Su diestra se aferra a mi nuca y atrae mi rostro al suyo con rapidez, retomando el beso con desenfreno. Todo mi cuerpo arde y estoy a punto de derretirme entre caricias y lamidas. Sus ágiles dedos bajan el cierre del vestido con facilidad, provocando que caiga y quede en ropa interior.
De repente, tengo la necesidad de romperle la blusa y quitársela cuanto antes. Lo hago. Dejo su torso completamente desnudo y recorro su abdomen con pequeños besos. Subo de nuevo hasta su boca y lo miro a los ojos, notando cómo agarra mis nalgas con fuerza.
—¿Estás segura?
Sí, sí, sí. ¡Claro que lo estoy! Debe leerme el pensamiento, pues, al instante, deja mi cuerpo bajo el suyo. Mis manos están extendidas y sujetadas por las suyas. Muerde mi cuello, provocándome un pequeño suspiro.
No sé en qué momento se ha quitado el vaquero, pero el roce entre nuestras pieles me excita demasiado.
Tengo calor y la lencería me sobra ya. No sé con cuántas chicas habrá estado Dante, pero me ha quitado el sujetador de una forma veloz.
Sus labios bajan de mi cuello hacia mis senos, haciendo que sus besos sean más húmedos en ellos.
Se me escapa un gemido y hundo mis dedos entre los oscuros mechones de su cabello.
Desnudos, la fricción entre nuestros cuerpos me embriaga y provoca que desee más y más de Dante.
En sus besos percibo un anhelo imposible de disimular, como si quisiera borrar cualquier distancia entre nosotros y fundir nuestras almas en una sola. Cada roce de sus labios rebosa deseo, ternura y una pasión que amenaza con consumirnos.
Separo nuestras bocas apenas un instante para recuperar el aliento que me ha robado sin darme cuenta.
Sus ojos arden con una intensidad casi salvaje, incapaces de apartarse de los míos.
Contengo la respiración mientras sigo pendiente de cada una de sus reacciones, de cada emoción que se dibuja en su rostro.
El placer crece poco a poco, acompasado por nuestros movimientos. No dejamos de besarnos, de abrazarnos, de sentir cómo nuestras pieles se buscan con desesperación, como si el mundo entero hubiera desaparecido y solo existiéramos nosotros.
Su frente descansa contra la mía. Durante unos segundos permanecemos así, respirando el mismo aire, dejándonos arrastrar por la intensidad del momento hasta olvidarnos de todo lo demás.
Un gemido rompe el silencio cuando un escalofrío me recorre de arriba abajo. Dante responde con la misma intensidad y nuestros cuerpos parecen entenderse sin necesidad de palabras.
Besos, caricias y varios «te quiero» ponen el broche final a un instante que sé que jamás olvidaré.
La casa duerme mientras yo sigo dando vueltas en mi cama, intentando no despertar a Dante.
Todos me han preguntado cómo ha ido la cena, pero me he limitado a sonreír y a no comentar nada. No me apetece compartir lo feliz que me siento con nadie, quiero que quede entre Dante y yo.
Él opina lo mismo, y se lo agradezco. Lo que me tiene preocupada es el tema de mi secreto.
Sé que Dante espera que se lo cuente y no es el único.
En los ojos de Wyatt pude ver la esperanza de que confíe en él y no le culpo, pero ellos tampoco me han contado el suyo.
Además, contar mi pasado puede afectar a mi relación con Dante.
¿Cómo contarle a alguien que a los quince años me quedé embarazada y mi novio me dejó al enterarse? ¿Cómo explicar a los demás que me sentí como un juguete usado? ¿Cómo decir que me quedé embarazada siendo mi primera vez?
Las lágrimas caen en silencio por mi rostro mientras acaricio mi trabajado abdomen. Ahí un día hubo vida y nunca he hablado de este tema con nadie. Ni siquiera con mi mamá.
Lo recuerdo todo como si fuese ayer: mi estómago revuelto y el temblor en las piernas cuando la prueba de embarazo salió positiva. Me quedé en shock durante quince minutos y, después, tan solo pude llorar.
Cuando le conté a Miguel lo que ocurría, me tronó y me aseguró que ese bebé no era suyo. Me trató como si fuese una cualquiera y pasase cada noche en una cama diferente.
Esa fue mi primera ruptura, la primera vez que me hicieron trizas el corazón. Continúo sin entender cómo alguien que te ha demostrado tanto cariño puede llegar a ser tan cruel, de la noche a la mañana.
Pasé días llorando, reflexionando sobre lo que debería hacer para solucionar aquello. Pero un problema así no tiene salida buena. Mi madre no me recriminó nada cuando se lo conté, ni siquiera pestañeó. A las cuatro horas, estaba metida en una clínica privada.
Mi opinión no contaba, por supuesto. Fue ella la que decidió que la vida de mi bebé no era más importante que nuestra reputación. Nadie me escuchó, nadie me preguntó qué era lo que quería. Ni siquiera yo era consciente, en ese momento, de lo que necesitaba.
Jamás se supo nada. Y Miguel desapareció como si fuese una mota de polvo.
Siempre he pensado que mis padres tuvieron algo que ver con su desaparición, pero sé que cuando la reputación de los Arismendi está en peligro, no existen límites para arreglarlo, por eso dejé de preguntar por él y enterré este secreto en lo más profundo de mi alma.
Hasta hoy.