EDGAR
Hay secretos que jamás deberían ser desterrados.
Todos tenemos cosas que necesitamos ocultar, ya sea para evitar el dolor que provocan o por el simple hecho de olvidarlas de una vez por todas.
Mañana van a sacar de la tumba el mío y no estoy dispuesto a que lo manipulen como hacen con todo en este programa. Tengo que contárselo ahora mismo.
Cierro la puerta del vestidor para que nadie pueda entrar a interrumpirnos. Wyatt está nervioso, quizás ya se imagina cuál puede ser mi secreto. Tiene la mirada clavada en el suelo y sé que tiene miedo, pero el motivo puedo ser yo o el hecho de que mañana todos van a verlo como a un enfermo mental.
No sé por dónde empezar. Nunca le he contado esto a nadie. Así me lo hizo jurar mi madre antes de sugerirme que me fuese del país. Eso fue lo que me salvó.
La mano de Wyatt sujeta la mía, me sorprende ver que ha sido él quien ha tomado la iniciativa. Lo miro y él también me mira. Este es el momento. Se acabaron los secretos entre nosotros.
—Yo... —muerdo mi labio inferior y tomo aire—. Yo soy el drogadicto.
Su rostro es inexpresivo. Ha reaccionado igual que si le hubiese dicho que ayer compré un paquete de azúcar en el supermercado. No sé si eso es bueno o malo.
—Cuando tenía dieciséis años, era aún más descerebrado que ahora, ¿sabes?
El estar en una familia donde todo es perfecto menos tú, satura.
No podía dar un paso sin consultarlo antes con mis padres.
Mi futuro estaba totalmente programado, joder.
—Miro hacia otro lado, mientras noto la rabia que recorre mi sangre—.
Me rebelé. Decidí que nadie iba a tomar decisiones por mí, pero, como bien sabrás, con familias como la nuestra, eso no sirve de nada.
Una simple sonrisa cargada de comprensión en su rostro me anima a seguir hablando.
—Necesitaba escapar de todo eso, pensar que era libre —continúo—.
Comencé a salir con personas que no me aportaban mucha confianza, pero que me dejaban fumar marihuana con ellos.
Todo lo hacía por joder a mis padres. Bueno, al menos al principio.
Poco a poco, sentí que no podía vivir sin hierba y mi madre cada vez era más exigente conmigo.
Llegué a la conclusión de que necesitaba más que un simple porro.
Sus ojos no dejan de mirarme en ningún momento; lo sé porque puedo verlo gracias al reflejo del espejo. Yo no soy capaz de mirarlo ahora mismo.
—Empecé a tontear con todo tipo de pastillas: anfetas, tripis, éxtasis... Molaba estar bajo sus efectos. En esa especie de bucle no importaban mis padres, mi dinero ni mi futuro. Solo importaba saber si podía meterme algo más.
Las palabras se me atragantan y tengo que callar. Un descanso para no sentir mi confesión como una vergüenza.
—Una noche estuve a punto de palmarla, ¿sabes?
Me atropelló un coche. Imagina la reacción de mis padres cuando el doctor les contó toda la mierda que me había metido.
—Me sorbo la nariz y río con amargura—. Decidieron ponerle fin a mi problema llevándome a terapia, pero yo sabía cómo debía actuar.
Estuve así unos años, más o menos. Me dejaron de dar dinero, así que empecé a robar a mi madre hasta que me pillaron.
» Entre eso, mi actitud agresiva con la prensa y mis conflictos con todo el mundo me llevaron a una clínica privada.
Estuve encerrado un año entero. Cuando cumplí diecinueve, salí y mi padre me ofreció dos opciones: quedarme o desaparecer.
Sabía que si seguía bajo su yugo volvería a caer, así que le dije que me dejase irme de Alemania, que pensaba estudiar y trabajar.
Que realmente quería cambiar. Y, por eso, me marché a Costa de Oro.
Las lágrimas resbalan por mis mejillas sin que apenas sea consciente de ello. Ni siquiera recuerdo en qué momento han empezado a caer.
El silencio de Wyatt pesa más que cualquier palabra. Con el corazón encogido, alzo despacio la vista hasta encontrarme con sus ojos. Los pequeños destellos que bailan en sus iris parecen envolverme por completo. Nunca había sentido tanta calma en una simple mirada.
—Ese es mi secreto —musito.
Su dedo se desliza por mi mejilla para apartarme las lágrimas, aunque noto la tensión a la que está sometido todo su cuerpo.
—¿Has vuelto a caer?
—No.
Bajo la mirada por el rubor en las mejillas. No quiero que me vea como a una persona que no sabe controlarse, alguien que puede recaer en la droga en cualquier descuido. Pero prefiero eso a dejar que la organización se lo desvelase antes que yo.
Entonces, todos mis miedos se esfuman cuando me rodea con sus brazos y el olor a dulce me envuelve. Respiro el aroma de su cuello mientras él se dedica a besar su cabeza con mimo.
—¿Por qué no has querido contármelo hasta hoy?
—¿Cómo crees que reacciona la gente cuando se entera de que has tenido una adicción? Dejan de mirarte de la misma forma, lo hacen como...
—Como si se compadeciesen de ti —acaba mi frase.
Esa pequeña sonrisa en su rostro me dice que sabe lo que significa tener miedo a que te vean como a un enfermo.
—No me compadezco de ti —me asegura sin despegarse ni un solo centímetro de mí—.
Eres muy valiente por haber salido de todo eso.
Muchos ni siquiera se lo plantean, pero tú te fuiste de tu país y descubriste que podías ser alguien totalmente nuevo, sano.
Alguien que ha encontrado su felicidad y disfruta de la vida.
—Gracias por no salir corriendo.
—¿En serio? Edgar, cuando te conté mi trastorno ni siquiera me preguntaste si era grave o si podía hacerte daño. Te limitaste a saber cómo estaba yo y a que me sintiese seguro. ¿Cómo puedes pensar que iba a salir corriendo?
—No lo sé, Wyatt. Solo tenía miedo.
Me besa la frente varias veces y me abraza de nuevo.
—Tranquilo, pequeño rebelde.
Entre sus brazos, nada me preocupa demasiado. Todo es más ligero y ameno. No quiero que me suelte, no todavía.
—Dos asesinos en la casa —susurro.
—Olga mató a su padrastro —me dice sin pestañear—, lo tiró escaleras abajo. Pero ¿quién es el otro asesino?
—Tenemos que tener cuidado.
La casa nunca ha estado tan apagada. El miedo a que nuestros secretos se desvelen esta noche ha podido con todos. Nadie dice nada, nos limitamos a mirarnos unos a otros, intentando detener el tiempo para que nunca llegue la conexión con Xavier.
Iris no me ha preguntado por mi secreto, ni yo a ella por el suyo. Sé que no es la asesina, pero debe dolerle mucho lo que se va a contar esta noche, ya que, cada cierto minuto, se abraza a mí para que nadie la vea llorar.
Anahí no se ha despegado de Dante en todo el día.
Creo que está más nerviosa por su posible expulsión que por su secreto.
Espero equivocarme. Aun así, si no sale esta semana, volverá a salir nominado.
Eso es lo que hemos decidido Wyatt, Iris y yo.
Sabemos que no está bien planear la estrategia sin ella, pero se negaría a participar y anticiparía a Dante a nuestro movimiento.
Al menos eso ha dicho Iris, y debe ser verdad porque Wyatt no ha puesto impedimento alguno.
Estas nominaciones se presentan calentitas, así que mejor que se pire ya y no tengamos que pasar por ese trago.
Al que veo bastante inquieto es a Killian.
¿Y si él es el segundo asesino? No me sorprendería, si soy sincero.
Lo de Olga sí, aunque conozco bien hasta donde está dispuesta a llegar una persona por dinero o por miedo.
Pero, cuando salgamos de aquí, ¿no irá a la cárcel?
Supongo que con toda la pasta que tendrá su madre, no pasaría ni una hora en el calabozo.
El jefe avisa a los que aún no están en el salón (Killian y Dante) para que vengan y se sienten con los demás. Bien, vamos a conectar de una vez.
La gran pantalla se ilumina y la sonrisa de Xavier me provoca unas ganas locas de romper algo. Somos unos malditos muñequitos que los distraen cada noche.
—No estuvo nada mal —comenta Dante, sonriente—. Quería darle las gracias a la organización por esa oportunidad.
Anahí se limita a sonreír y a coger de la mano a su chico. ¿Estrategia a minutos de la expulsión?
—Me alegro muchísimo de que hayáis disfrutado. Tengo que deciros que habéis sido dos de los concursantes más comentados esta semana. Sin embargo, no sois lo únicos. Wyatt, Edgar, ¿qué tal estáis? ¿Cómo os ha ido la semana?
—Reveladora —comenta Wyatt.
—No nos podemos quejar —añado como si nada.
—Claro, vuestros compañeros no saben por qué os pregunto esto, así que vamos a hacer algo insólito. Atentos a la pantalla.
De repente, en la pantalla, surgimos Wyatt y yo justo en el momento que nuestros labios se juntaron en el primer y único beso que nos hemos dado. Me enferma que nos utilicen para esto.
Killian sonríe con los ojos entrecerrados, siempre ha afirmado que teníamos algo secreto. Debe de estar disfrutando muchísimo.
Los demás se limitan a observarnos sin decir nada. Iris es la única que me sonríe.
Wyatt está serio, enfadado, diría yo. Quizás sea por el rostro de Anahí, no parece hacerle gracia haberse enterado y sé que no ha sido porque no se lo hayamos contado, sino porque somos la competencia que no necesitaba su relación idílica.
—¿Qué os parece a los demás compañeros?
Ninguno comenta nada, así que Xavier sonríe y acaricia su barbilla.
—Hablaré yo, entonces. Chicos, que sepáis que ese beso ha sido el minuto más visto de toda la semana, reproducido más de un millón de veces. Felicidades.
Silencio. Tengo que contenerme mucho para no vomitar.
—Ahora, vamos a lo importante. Sé que todos habéis estado muy nerviosos porque vuestros secretos saliesen a la luz. Pues tranquilos, se acabó la espera, hoy serán desenterrados.
» Muchos os habéis sincerado y la organización me ha comunicado que Wyatt es la persona que más secretos sabe de la casa, un total de tres secretos. Anahí, tú conoces dos. Edgar, tú uno. Los demás no habéis descubierto nada sobre vuestros compañeros.
» Empezamos a desvelar secretos. ¡Que comience la noche!