Encerrados (The House 1) WYATT #2
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WYATT #2

Entramos en la caja y, para mi alivio, no tiene nada que ver con la maldita prueba del miedo. Las paredes están completamente revestidas de madera y, en el centro, una enorme colchoneta cubierta de arena ocupa casi todo el espacio.

Supongo que tendremos que tumbarnos ahí.

Toda mi atención se centra en el alemán.

—¿Estás bien?

Sé que los espacios cerrados lo agobian y, aunque esta habitación tiene un tamaño aceptable, a veces incluso a mí me resulta claustrofóbica.

Edgar asiente varias veces y se pasa una mano por la frente, intentando mantener la calma.

Los segundos pasan, y con ellos la temperatura parece ir subiendo con lentitud. El aire se vuelve pesado y cuesta respirar con normalidad. Esto no me gusta nada. El sudor me empapa y hace que mi camiseta se me pegue como una segunda piel. Es agobiante y vertiginoso.

—¿Cómo vas? —Esta vez es él quien me pregunta.

Tengo que concentrarme antes de hablar, ya que se me ha nublado la vista un par de veces mientras intentaba mirarle. Con un suave suspiro, me tumbo de lado para estar más cómodo. O intentarlo, al menos.

—Bien —miento y fuerzo una sonrisa.

Tras varios minutos, Edgar se deshace de su camiseta y se la pasa por todo el rostro, apartando las abundantes gotas saladas que resbalan por su fisonomía.

Respiro hondo, como si estuviera inhalando por última vez. El agotamiento empieza a pasarme factura y noto cómo las fuerzas me abandonan poco a poco. Debemos de estar por encima de los cuarenta grados.

Los párpados me pesan como si fueran de plomo y cada vez me cuesta más mantenerme despierto.

—Ey —susurra Edgar con una sonrisa impostada—. Vamos a hablar, ¿vale?

¿Hablar? Solo la idea me produce náuseas, pero me fuerzo a abrir los ojos y sonreírle.

—Ya nos queda poco, confía en mí. —La convicción brilla por su ausencia en esas palabras que ni él se cree. Agradezco el intento, la verdad—. ¿Qué harías si ganases el programa?

—Huiría —confieso con una pequeña risilla.

—¿De qué?

—De Francia, de mi familia, de mi pasado. Quizás empezaría una vida en otro país. —Me encojo de hombros—. Puede que me quede en Chicago.

Sus labios se tensan antes de curvarse en una nueva sonrisa. Su cuerpo también se ve afectado por la alta temperatura y, cada vez, le cuesta más disimularlo.

—Yo me compraría una casa en Costa de Oro —lo dice y no puede evitar morderse el labio inferior, como si fuese un sueño anhelado—. Una casa para mí, sin tener que compartir piso, y pudiendo decorarla como me diese la gana. Hacer que Costa de Oro se adapte a mí al igual que yo me adapté a ella.

—No te costó mucho, ¿verdad?

—No, fue como descubrir el paraíso —asegura, restregando sus ojos.

—Algún día podrías enseñármelo —musito.

El calor me está afectando más de lo que pensaba. Imagíname en la arena caliente y con ese sol penetrando todo el día contra mi pálida piel.

—Podrías venir conmigo —propone, rompiendo el ligero silencio que se había instaurado entre nosotros.

—¿Qué?

—¿No quieres huir? Ven a Costa de Oro conmigo. —Sus palabras son arrastradas. Nada fluye con coherencia ahora mismo.

Necesitamos salir de aquí.

—¿No es suficiente tres meses de encierro conmigo?

Suelta una risa débil y cierra los ojos. Apoyo una mano sobre su frente y le aparto los mechones empapados que se le pegan a la piel.

Está ardiendo.

—Me gustas, Wyatt —confiesa en un hilo de voz—. Me gusta estar contigo...

—Edgar —frunzo el ceño y le doy un par de golpes en la mejilla—, vamos.

Creo que se está deshidratando.

Por suerte, antes de que pueda perder el conocimiento la prueba acaba. De súbito, aparecen dos botellas de agua a mi izquierda y le doy un largo trago a una antes de echársela a Edgar por la cara. Pestañea varias veces y le limpio el sudor con su camisa.

—Ha acabado —aviso con una necesidad imperiosa de salir de esta sala—. Será mejor que nos duchemos y nos hidratemos.

Olga me ha preguntado por la prueba y he aprovechado que estábamos todos reunidos para contarlo. Cuantos más detalles conocieran, menos motivos tendrían para volver a sospechar de nosotros.

Iris y yo nos fundimos en un abrazo inesperado.

—Siento haberte hablado así esta mañana —susurra sin despegarse de mí.

Yo me he limitado a darle un beso en la mejilla. Sobran las palabras entre nosotros.

Todos han inventado nombres para sus parejas.

Ikki e Iris se han bautizado como  «Las divas» .

La verdad es que les pega bastante, sobre todo a Ikki.

Olga y Kora se han limitado a copiar la idea de Edgar y se hacen llamar  «Koga» .

Antonella y Killian ni siquiera se han molestado en buscar un nombre original; simplemente se hacen llamar  «Los transparentes» .

Por último, Dante y Anahí son  «Mexitalia» .

Se nos ha ido la cabeza por completo. No encuentro otra explicación.

Edgar se está duchando, pero como no tengo paciencia, le pregunto cómo está entre gritos.

El agua deja de sonar y bajo la mirada cuando las puertas de la ducha se abren.

Segundos después, pequeñas gotas de agua caen sobre mi cabeza, ya que tengo a Edgar a mi lado con una toalla envuelta en la cintura.

La sangre se acumula bajo mis mejillas, tiñéndome de rojo esa zona.

—Mejor, el agua helada ayuda.

Al levantar mi cabeza, estallo en una carcajada cuando advierto el manchurrón negro que tiene en la frente. No hay ni rastro de mi caligrafía a esas alturas. Me mira desconcertado y me levanto para coger una toalla pequeña.

—Tienes la frente negra —suelto.

El hilo de su risa nos envuelve mientras me limito a limpiar su frente con delicadeza.

—Listo. Pero ahora tengo que volver a pintarte para hacer publicidad.

—Esta vez nos pintaremos los dos —me dice, riéndose.

—¿Lo decías en serio? —pregunto sin tan siquiera saber por qué.

—¿El qué?

—Me dijiste que podía irme contigo a Costa de Oro —digo en voz queda.

Asiente varias veces y desvía la mirada. Frunzo los labios antes de acercarme y abrazarlo.

Segundo a segundo, noto cómo su piel empapada va calando mi camiseta. Él me rodea con los brazos y, por un instante, todo el peso que llevo encima desaparece.

No puedo evitar sonreír. Hacía tiempo que no me sentía tan bien… tan a salvo. Y, aunque hay una voz que me grita que me aleje de él lo antes posible, no puedo.

No quiero.