Encerrados (The House 1) WYATT
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WYATT

La casa está más dividida que nunca. Supongo que es la consecuencia del circo que Antonella y Killian montaron ayer.

Lo único que me tiene malhumorado es la neutralidad que muestra Dante, a pesar de haber amenazado a Argentina con acabar con el buen trato.

Pero, bueno, la división de la casa no es lo que me importa ahora mismo.

Ayer estuve a punto de ahogarme en el jacuzzi cuando Edgar e Iris confesaron su preocupación por el exterior.

Me consuela no ser el único paranoico. ¿Por qué no me habrán insinuado nada?

Sobre todo, Edgar, a quien le conté lo extraño que me parecían ciertas cosas del programa.

Aun así, es bueno que los cuatro estemos alerta y dispuestos a huir cuando sea necesario.

Estos días, me han repetido hasta la saciedad que mi actitud ha cambiado, que me ven más contento, más vivo. Quizás sea porque no estoy nominado. Es un alivio estar fuera de la lista una semana.

La nicotina hace el amor con mi sangre, aportándome esa satisfacción que necesito cuando su amor se culmina.

Es el primer día que no llevo una sudadera en el programa.

Me siento extraño, desprotegido. Pero hoy hace más calor de lo normal y he optado por una simple camiseta de manga corta que es dos tallas más grandes de la que debería usar. Me gusta llevar las cosas sueltas.

Iris se sienta en el puff de mi lado derecho y estira sus brazos, desperezándose después.

Tras varios minutos, me inquieta su silencio. Sé que no ha salido para tomar el sol, la conozco algo más que eso. Y me temo que sé a qué ha venido.

—¿Ya tenéis tarea? —pregunto para romper este maldito silencio.

—No, estamos esperando.

—Suéltalo Iris, no quiero que te atragantes.

—¿La verdad? —me mira—. Venía a que me hablases tú a mí. ¿Qué pasa con Anahí?

—Hemos discutido.

—¿Se puede saber por qué?

—No tengo ganas de hablar de eso.

Si hay algo que me molesta de Iris es su afán por arreglar todo. Sé que lo hace con su mejor intención, pero yo no soy ese tipo de persona que cuenta sus problemas en busca de un consejo.

—¿Ya está? ¿Has discutido con ella y vas a dejar que la cosa siga así?

—Parece sorprendida por mi pasividad—. Mira, cuando quise que hablases con Edgar fue para que nadie dudase de nuestra alianza, pero pensé que con Anahí sacarías ese cerebro que sé que tienes y harías lo que fuese por solucionar el problema. Ya veo que me equivocaba.

—No me conoces, Iris. No puedes esperar nada de mí.

—Claro que te conozco. Sé qué esperas que Anahí venga a ti y te pida perdón o te hable como si nada, pero ya lo ha hecho y no ha resultado. No todo se soluciona por arte de magia, Wyatt. —Su voz es firme—. Espero que recapacites y demuestres ser una persona de diecinueve años, y no de doce.

Y ya está. Se levanta y se va sin más. Sin una réplica por mi parte o una mala cara.

No me da tiempo a reaccionar, cuando ya estoy solo de nuevo.

Odio que intente cambiar mis esquemas, odio que quiera tener el papel de madura en nuestra alianza.

Pero quizás tenga razón. Con Edgar la tuvo.

Tal vez esté siendo un maldito crío enfadado, pero no es mi culpa.

No he tenido muchos amigos y no sé cómo hay que reaccionar en estos casos.

En el habitáculo, esperamos que el espejo proyecte las distintas tareas que podemos asignarles al resto de parejas. Edgar tiene la cabeza sobre mis piernas y está frotándose los ojos sin parar. Es raro que los demás no estén sospechando de nosotros ya.

—Buenos días, chicos. Ahora mismo aparece la lista de tareas.

Al instante aparecen varias pruebas en el espejo y las parejas al otro lado.

Qué eficacia. No hace falta que deliberemos mucho.

Hemos decidido que Killian y Antonella deberán permanecer durante una hora en una bañera llena de gusanos.

Me encanta la maldad de la organización cuando la ventaja es mía.

A Olga y Kora les asignamos cambiar los muebles del salón durante una hora.

Ikki e Iris deberán hacer el logo del programa con palillos de dientes en dos horas.

Finalmente, Dante y Anahí tendrán que hacer todo sin manos (excepto comer) durante cuatro horas.

Las tareas no llegan hasta las doce para que no sea tan evidente nuestra intervención.

—Os daré una primicia. Esta semana hay dos premios: el primero será si conseguís superar la prueba todos; el segundo premio será para la pareja más votada por el público a partir de hoy, así que podéis hacer campaña hasta la noche de nominaciones.

—¡Eso mola! —exclama Edgar, tirándose hacia el objetivo de la cámara—. Ya sabéis que la mejor pareja somos nosotros, ¡a votar por el Team Edgatt !

—¿ Edgatt?

—¡Sí! Es lo primero que se me ha ocurrido, ¿vale?

Río y me pongo a su lado mirando a la cámara.

—Apartando esa ridiculez, estoy de acuerdo con Edgar. ¡Somos los mejores!

—¿Estáis contentos con la decisión del público?

—Sí, claro —responde Edgar tras sentarse de nuevo.

—Yo también, creo que nos ha unido más.

—Ay, Jefe, Wyatt está enamorado de mí, ¿sabes?

El alemán coloca su diestra sobre el pecho y sonríe como un idiota.

—Buah, qué flipado. No le hagas caso, los cereales han afectado a su cerebro.

Su ceja se alza y una sonrisa asquerosamente prepotente y pícara se esboza en su rostro.

—No puedes negarlo, se te nota demasiado.

—Baja de la nube —se me escapa una risilla estúpida.

Sin saber por qué, me tumbo y apoyo mi cabeza sobre sus piernas, como estaba él conmigo escasos minutos antes.

Me mira a los ojos y su sonrisa me permite ver los picos de sus incisivos superiores.

No puedo apartar mi mirada de su boca y eso me enfada.

Su mano se apoya sobre mis rodillas y el contacto de nuestras pieles me ruboriza.

¿Por qué habré decidido ponerme pantalón corto hoy?

No sé qué está pasando, pero siento el ambiente ligero, como si la vida pasase ante nosotros sin que nos pudiéramos dar ni cuenta.

Mi cerebro intenta que mire hacia otro lado, que me incorpore de una vez y salga del habitáculo.

Sin embargo, mi cuerpo hace caso omiso a sus órdenes y me dejo llevar por el azul de sus ojos, ese azul que me recuerda al mar, pero no a un mar tranquilo, sino lleno de olas que rompen contra la orilla con toda su intensidad.

Por un momento, creo que me va a besar y el pánico que me produce ese pensamiento hace que me incorpore rápidamente, sobresaltándolo.

Tiene el ceño fruncido y me mira de soslayo.

—Tengo que hablar con Anahí —susurro sin mirarle y salgo del habitáculo.

Entro en la casa y me dirijo al baño, donde Dante, Anahí y Killian se encuentran limpiándose los dientes.

—Tengo que hablar contigo —le digo mientras ella escupe y se enjuaga un par de veces.

No sé cómo interpretar la mirada que me ha lanzado, pero mejor que la ignore si no quiero ir a peor con ella. Lo que me dijo Iris me ha hecho ver que necesito a Anahí como amiga.

La habitación de espejos es la única vacía. No estoy acostumbrado a lamentarme por mi actitud, así que será mejor hacerlo en privado.

Anahí se cruza de brazos y guarda silencio, esperando mi iniciativa. Es lógico, ella intentó hablar y yo la mandé a la mierda lo más educado que pude.

—Lo siento —digo en voz queda—. Lo siento mucho. No quería ser un estúpido contigo, pero no puedo controlarlo.

—¿Por qué?

—Soy así... No sé actuar con las personas que me importan. Cuando te vi hablar con Edgar, me puse celoso —confieso, por fin—. No entendí por qué se lo contabas a él antes que a mí y me enfadé.

Su expresión no cambia, parece una estatua mientras hablo.

—Te pedí disculpas ayer y no las aceptaste.

—Ahora te estoy pidiendo perdón yo —la interrumpo—. No quiero estar mal con la persona que más seguro me hace sentir aquí. No puedo alejarme de una amiga como tú.

Me observa en silencio, sin cambiar su postura. No sé si le basta con mi confesión, pero no puedo hacer más.

—Gracias, Wyatt —dice de golpe—. Gracias por mostrarme de verdad quién eres, por hacer un esfuerzo y abrirte a mí.

—Eres mi amiga...

—Lo soy.

La vergüenza y la tensión desaparecen cuando me abraza. De nuevo, mi corazón late con normalidad, sin temor a la posibilidad de perder a Anahí como amiga. De nuevo, la primera me envuelve.

—Te quiero —susurra, besándome la cabeza.

Cuando el Jefe cuenta que hay un segundo premio para la pareja más votada, Edgar y yo nos hacemos los sorprendidos. Todos están susurrando y planeando cómo ser la mejor pareja.

Edgar no ha mencionado nada sobre lo que pasó en el habitáculo, así que hablo con él como si nada mientras le escribo Edgatt en la frente con un rotulador. Cuando lo ha visto en el espejo ha comenzado a reírse a carcajadas, y no es para menos.

Los demás han empezado las tareas anunciadas en sus relojes. Antonella llora al leerla. Me he sentido rejuvenecer mil años. Tengo que decirle a mi madre que se deje de Botox y cremas y se pase a esto.

Edgar me pregunta cómo me ha ido con Any y se lo cuento, parece que le interesa de verdad. Me pasa algo raro cuando estoy con él a solas, todo a mi alrededor se difumina y solo veo con perfecta nitidez su rostro. Necesito dejar de pensar en él de esta forma. Me hace sentir débil.

Se acerca con la intención de decirme algo justo cuando nuestros relojes palpitan y se forma un holograma con un mensaje:

Lo miro tan desconcertado como él me mira a mí.

Salimos corriendo hacia el habitáculo para averiguar qué está pasando y el Jefe nos pone al día.

Por lo visto, Dante y Killian han entrado antes que nosotros y han expresado sus dudas.

No han llegado a descubrir la verdad, pero sí han empezado a sospechar que hay gato encerrado.

Por ese motivo, la organización nos ha impuesto una tarea con el objetivo de desviar sus sospechas y hacerles creer que todo sigue siendo parte del juego.

Espero que sea la única.

Todos nos ven entrar en la habitación de espejos. Si el objetivo era disipar cualquier sospecha, lo acabamos de conseguir.