IRIS
A veces me olvido de que la casa está llena de cámaras y de que nos observan las veinticuatro horas del día.
No sé si me siento cómoda cuando lo pienso, por eso evito estar más de un minuto con ese pensamiento para sustituirlo por otro: ganarás y dejarás el yugo Montenegro. Eso es lo único que importa.
Me concentro en el gran reloj de arena que tengo frente a mí.
No puedo dejar que ninguna parte se quede vacía, por ello, Ikki y yo los tenemos que vigilar.
Y sí, lo digo en plural porque hay dos relojes: uno en la zona del jacuzzi (donde estoy yo) y otro en el jardín.
Las tareas que nos están tocando son sencillas y se agradecen, la verdad.
Parece que la organización se está comportando por lo que nos hicieron la semana pasada.
Olga se asoma desde la habitación para preguntarme si estoy de acuerdo en comer arroz y le digo que sí. Se supone que hoy tendría que hacer la comida yo junto a Wyatt, ya que nos toca a nosotros, pero con esto de la prueba, hemos tenido que amoldarnos.
La cámara de la esquina se mueve hacia mí después de que Olga se haya ido, y me levanto siguiendo su dirección.
El objetivo me sigue en todo momento, hasta que llego al límite del jardín trasero.
No llega a captarme aquí. Rápidamente, busco las demás cámaras, pero ninguna es capaz de pillarme en este lugar de la casa.
Busco diferentes ángulos desde los que puedo ser vista, pero no hay ninguna cámara.
He descubierto un punto ciego. No sé si será cosa del programa o un error.
Las láminas de madera de la pared están huecas.
Frunzo el ceño y me inclino para ver qué esconden y por qué las cámaras no llegan aquí.
Aparto la maceta que hay justo en medio de la lámina que estoy mirando y la toco con cuidado.
Siento una brisa extraña que proviene del otro lado.
La curiosidad me puede. Deslizo la madera con mucho cuidado y escucho un click mientras veo los pasillos de producción de la casa.
Por aquí entran y salen todos los empleados de la organización.
Con cuidado, dejo todo como estaba y corro hacia el reloj de arena que está a punto de dejar uno de los lados totalmente vacío.
Mi muñeca izquierda empieza a vibrar y el reloj crea el holograma que nos indica la finalización de la tarea.
Ikki y yo hemos acabado por hoy. En la cocina, Kora y Olga siguen preparando el almuerzo.
Me gusta verlas juntas. Kora me contó las intenciones que tenía con Olga y sé que le gusta de verdad.
Las carcajadas de Anahí se hacen más sonoras cuando sale de la habitación de espejos con Dante de la mano.
Cruzamos miradas y me guiña un ojo. Killian sale del baño con un gran suspiro.
Ya han acabado las tres horas de silencio, para desgracia del resto, que le tenemos que aguantar.
Al verme, esboza una de sus sonrisas y se sienta a mi lado en el sofá.
Pasa un brazo por mis hombros y se lo aparto a la velocidad de la luz.
—Si me vuelves a tocar, te corto las pelotas.
—Ey, si quieres verme las pelotas solo tienes que pedirlo.
Pongo los ojos en blanco y hago el intento de levantarme, pero Killian hace que me siente de nuevo. Las ganas de soltarle una bofetada aumentan por momentos.
—¿Por qué eres tan estrecha? —pregunta, mirándome—. Me necesitas, Iris.
—¿Qué voy a necesitar de alguien tan patético como tú?
—Abre los ojos, querida. Anahí tiene a su Dante, Olga se está liando con Kora y tus queridos bebés se dan el lote, aunque no lo muestren.
—Wyatt y Edgar no tienen nada, pero si lo tuvieran estaría encantada.
—Esa no es la cuestión —dice como si fuese estúpida—. ¿Qué es lo que gusta en los realitys ? El amor. Y todos ellos están dando momentos de eso, menos nosotros.
—¿Y quieres que finjamos ser pareja?
—Bueno —se encoge de hombros—, no hay por qué fingir.
Exploto en una risa incrédula.
—Antes de liarme contigo, me hago el harakiri. ¿Por qué no lo intentas con Antonella? Seguro que está igual de desesperada que tú. —Pero no contesta—. Quizás sabes que las parejas no sirven de mucho, pero quieres liarte conmigo y has puesto esa excusa.
—Puede ser.
—Qué mono. —Le acaricio el rostro una milésima de segundo—. Pero ni muerta, querido.
En el almuerzo es imposible hacerlo, así que me limito a comer en silencio. Quiero contarles a los chicos lo que he descubierto en el jardín trasero, pero necesito que nos quitemos los micrófonos y estar solamente los cuatro.
Antonella observa descaradamente a Anahí con una mirada realmente aterradora, pero ella parece no darse cuenta de que es su centro de atención, está demasiado ocupada susurrándole algo a Edgar en el oído.
Bajo mi mano con discreción y le doy una leve palmada en el muslo.
Le hago un gesto con la cabeza y sus ojos se clavan en Antonella.
La tensión puede cortarse con el cuchillo que tengo ahora mismo en mis manos.
Bien se lo podría lanzar a esa pesada, pero lo empleo en pelar una manzana.
—¿Tienes algún problema?
Todos levantan sus cabezas de los platos y observan a Anahí.
Luego, miran a Antonella, desconcertados.
Esto huele a pelea de gatas y yo sin palomitas.
Antonella esboza una sonrisa y se toquetea el pelo.
Es como si buscase alguna neurona en su cuero cabelludo.
¿Sabrá qué es una neurona? La verdad es que pensaba exactamente igual sobre Any, pero ella me ha demostrado que puede ser más lista que yo si quiere.
Por eso, es mejor tenerla de aliada y unir nuestras mentes.
—¿No te cansa estar actuando todo el tiempo, mina?
¿Mina? Miro rápidamente a Wyatt y me susurra que "mina" es una expresión argentina que significa chica. Manda huevos. Por cierto, él y Anahí no se hablan y no sé la razón. Lo único de lo que estoy segura es que desde ayer no se dirigen la palabra.
—¿Actuar? —Anahí está confundida y no me extraña, no sé qué pretende esta estúpida ahora—. ¿De qué hablas?
—Oh, ¡vamos! Todos acá sabemos que llevas un papel puesto las veinticuatro horas del día. No me creas tan hueca , boluda . No sientes nada por Dante y tampoco quieres amistad con ellos —asegura como si estuviese revelando la verdad absoluta—. Lo único que te importa es ganar.
¿Qué demonios está pasando? ¿Desde cuándo Antonella se ha convertido en la psicóloga de la casa? ¿Y por qué parece tan empeñada en dejar mal a Anahí?
Estoy convencida de que está intentando desestabilizar a una de las concursantes más fuertes de la casa. Si consigue que Anahí entre en su juego, Antonella pasará de ser una concursante más a convertirse en ese personaje que grita, discute y provoca conflictos constantemente.
Y ya sabemos cómo funciona esto: esos perfiles, por muy insoportables que resulten, suelen llegar lejos porque generan contenido, dividen al público y mantienen viva la tensión dentro de la casa.
—¿A poco me crees tan estúpida? —La carcajada de Anahí me sobresalta—. Si intentas aprovechar mi enojo con Wyatt y ponerme contra todos, no lo vas a conseguir. Búscate otra forma de seguir siendo concursante y no un mueble más.
—Antonella, ¿por qué no te metes en tus putos asuntos? —le espeta Dante, furioso—. Si vuelves a meterte en mi relación, se acabó nuestra amistad. Ya estás bastante sola, yo que tú me lo pensaría dos veces.
—¿Por qué te has enfadado, francés? ¿Tu amiguita te ha abandonado? —interviene Killian, que estaba contemplando la escena con diversión.
—Dime una cosa, Killian. —Wyatt no cae en su provocación.
Es mucho más astuto que el irlandés y sabe exactamente dónde golpear—.
¿Qué se siente al intentar echarme dos veces y fracasar en ambas?
—Esboza una sonrisa cargada de desprecio antes de rematar—.
Con un poco de suerte, tu amiguita, la bocazas, volverá a salvarse y será tu delicado culo irlandés el que vuelva a casa.
Este almuerzo está siendo un verdadero show y yo necesito unas palomitas y poder reír a carcajadas. Aun así, la cara que se le queda a Killian me ha alargado diez años de vida.
—Vaya, parece que mi amigo el débil ha hecho que te metas la lengua en el culo de una vez —comento, entusiasmada—. Gracias, mi amor.
Wyatt ríe y le beso la mejilla.
—Hagamos una porra —propone Edgar con una expresión maliciosa—. ¿Quién cree que esta semana Antonella se vuelve a Argentina?
Todos reímos. Bueno, todos menos Killian y Antonella, claro. Y, a la vez, alzamos las manos entre carcajadas. Está claro que, aunque Ikki, Kora y Olga no estén totalmente aliados con nosotros, son mucho más afines a nuestro bando. Saben a quién apoyar.
—¿Qué ha sucedido en el almuerzo?
Edgar y yo reímos ante la pregunta del jefe.
Tienen ganas de cotillear y nosotros estamos deseando opinar sobre todo lo que ha pasado y ganarnos el gran aprecio del público.
Lo tenemos todo planeado. Edgar relata lo sucedido con cierta ironía y con varios comentarios ingeniosos como: creí que Anahí saltaría a la yugular de Anto.
No he podido retener las carcajadas mientras lo contaba. Maldito alemán.
—La verdad es que ha sido patético —comento—. Creo que el tinte ha acabado con el cerebro de Antonella definitivamente, jefe. ¿No podéis regalarle uno nuevo? Podemos hacer peticiones a las ONG.
—Pues de paso pedimos otro para Killian, que también le hace falta uno de esos.
—Yo solo pido a la audiencia —miro directamente al objetivo de la cámara— que no echéis a Olga, por favor. Quitadnos de encima a uno de ellos dos porque no tengo vida para aguantarlos.
Edgar ríe y me abraza fuerte para que empiece a gritar mientras las carcajadas salen de mi boca. No sé qué sería la casa sin él, la verdad. Lo necesito demasiado.
Tras darle muchas vueltas, me he dado cuenta de que el único lugar donde no estamos obligados a llevar los micrófonos es la ducha y el jacuzzi.
Así que he aprovechado el momento perfecto: Kora y Olga estaban en el habitáculo, Ikki hablaba con Antonella en el vestidor y Dante y Killian discutían qué preparar para cenar, ya que hoy les toca esa tarea doméstica.
Wyatt se negó al principio a meterse en el jacuzzi, pero le dejé claro que esto no era un capricho, sino una necesidad.
Y aquí estamos. Los cuatro, medio desnudos, sumergidos entre el vapor y las burbujas, con la tranquilidad de saber que, por primera vez en mucho tiempo, nadie puede escuchar lo que estamos a punto de decir.
Es la primera vez que veo a Wyatt sin camisa y, la verdad, no entiendo por qué oculta su cuerpo en esas sudaderas gigantescas. No está tan fibroso ni marcado como Edgar, pero tiene un vientre liso y una piel bonita.
—¿Nos vas a contar ese gran secreto y por qué teníamos que venir hasta aquí?
—Para no tener micrófonos y evitar que la organización pueda oírnos. —Fruncen el ceño y sonrío—. Intentad no gesticular mucho, ¿de acuerdo? Esta mañana he descubierto un punto ciego y, para mi sorpresa, he encontrado una entrada o salida de esta casa.
—¿En serio? —pregunta Wyatt—. ¿Los pasillos?
—Sí —digo.
—Por lo tanto, ya tenemos una forma de salir de aquí sin que nadie lo sepa —comenta Edgar.
—¿Por qué querríamos salir de aquí? —Anahí no oculta su confusión.
—No sabemos qué está pasando al cien por cien, por eso es bueno tener esta ventaja. Si vemos que las cosas se complican, podemos huir.
Parece que entiende lo que le digo y asiente varias veces.
—Bien hecho, Iris. No podemos decírselo a nadie —susurra Wyatt—. Lo mejor será que no volvamos a comentar nada de esto hasta que no lo veamos necesario, ¿entendido?
—Entendido —decimos los tres al unísono.