Encerrados (The House 1) ANAHÍ
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ANAHÍ

No superar la prueba anterior y que una de las causantes sea yo me ha disgustado bastante.

Dante se ha percatado, aunque intento que no se me note demasiado.

Tengo que seguir siendo la chica perfecta a la vista de todos.

Sin embargo, sé que no me ven igual de fuerte.

No he sido capaz de superar mis miedos durante el tiempo requerido y eso significa debilidad.

Incluso Iris pudo superarlo, maldita sea.

Los cálidos labios de Dante besan mi nuca y cierro mis ojos, intentando no pensar más en mi fracaso.

Él y yo seremos los mejores esta semana.

Wyatt parecía sorprendido cuando leyó mi nombre con el de Dante en la tabla, pero yo sabía que eso era lo que pasaría.

De hecho, necesitaba que fuese así, ya que me hace saber que la audiencia se está tomando en serio nuestra relación y eso, posiblemente, me dará el pase a la final.

Dante se pone frente a mí y hace un mohín con los labios al verme.

No puedo evitar reír y besarle. Sé que Wyatt no se cree que sienta algo por mí, pero no me importa.

Yo he decidido cómo será mi paso por el programa y, por mucho que quiera a ese maldito francés, no voy a tirar mi oportunidad de ganar.

Además, siento cosas por Dante. Obvio, no es amor, pero me gusta y me hace sentir bien cuando me abraza o me besa.

Nuestros relojes empiezan a pitar y la pantalla crea un holograma que nos informa de cuál es la tarea que tenemos que realizar y a qué hora:

Bueno, no es tan grave como me esperaba.

—¿Preparada? —pregunta Dante, guiñándome un ojo.

—Vamos.

En la sala de espejos, no somos la única pareja que está aquí dentro. Ikki e Iris también cumplen su tarea en esta habitación, al igual que Antonella y Killian.

Nos montamos en las bicicletas estáticas y empezamos a pedalear poco a poco, hasta que la batería palpita.

La tarea de Ikki e Iris tampoco es muy complicada: tienen que pintar diez lienzos de dos metros y formar un mural con ellos en cuatro horas. Pintar no requiere mucho esfuerzo.

Sin embargo, la tarea de Antonella y Killian es más complicada. Ambos tienen que permanecer en una plataforma minúscula sin caerse durante sesenta minutos. No sé cómo lo hacen, pero con un simple soplido caerían seguro.

Kora y Olga tienen que limpiar la casa entera en dos horas, así que agradezco solo tener que pedalear.

La única tarea que no conocemos aún es la de Edgar y Wyatt. Me extraña tanto secretismo. Solo sé que tiene que ver con el habitáculo porque el jefe los llamó para empezar con sus obligaciones.

Superamos nuestra tarea treinta minutos antes del límite. Me doy una ducha rápida y la sangre se me hiela por el agua tan fría. Necesitamos superar esta prueba esta semana con urgencia.

Cuando salgo de la ducha, Dante me espera con una sonrisa traviesa.

Me lanza una mirada descarada y se pasa la mano por su cabello sudado.

Aún no se ha duchado y las gotas de sudor recorren su frente.

Se acerca a mí lentamente, deshaciéndose de la camisa antes de besarme con furor.

Su lengua recorre mi boca con libertad, saboreando cada rincón oculto. Sabe a sal, a lujuria.

—Estás sudado —murmuro como si fuese un problema.

—¿Te duchas conmigo?

Entrecierra sus ojos y sonríe con picardía.

—El agua está helada, no pienso meterme de nuevo.

Ríe, atrapa mi labio inferior con sus dientes y lo estira con delicadeza.

—Te quiero —suelta de golpe, sorprendiéndome.

Las palabras no salen de mi boca y no puedo dejar de mirar sus ojos. Sé que tengo que decir algo, pero no puedo, el nudo que se ha formado en mi garganta me lo impide.

Su sonrisa desaparece y el ceño se le frunce.

—Ey, ¿estás bien? —Acaricia mi mejilla con su mano y noto cómo me arde el rostro.

—Tengo que irme —espeto y corro al vestidor, dejándolo solo.

Las burbujas del jacuzzi hacen que mi cuerpo se relaje poco a poco. No he hablado con Dante desde nuestro encuentro en el baño. En el almuerzo se ha limitado a sentarse a mi lado y comer. Luego, se ha ido con Killian al jardín.

Yo he optado por el jacuzzi con Iris, Olga, Kora, Edgar y Wyatt. Bueno, Wyatt no está dentro del agua, sino sentado en la tarima con una de sus sudaderas, cosa que no acabo de entender. Aunque más me ha sorprendido el roce que tienen Olga y Kora. ¿Qué se traen estas dos?

Las manos de Edgar en mi cintura me sobresaltan y advierto su expresión divertida que me provoca ternura. Rodeo su cuello y lo abrazo con fuerza.

—¿Me cuentas qué te pasa? —pregunta en un tono bajo.

Echo un vistazo por encima de su hombro y veo a Ikki e Iris hablar sobre el esmalte de uñas plateado que ella lleva. Olga y Kora siguen con un tonteo extraño. Y Wyatt juega con el reloj de la prueba. Mi atención vuelve a Edgar y asiento.

—Dante me ha dicho que me quiere.

Decirlo en voz alta me provoca el mismo nudo en la garganta que sentí antes. Alza las cejas, parece sorprendido, sé que no se lo cree, puedo notarlo por la manera en que se muerde el labio inferior.

—¿Qué le dijiste?

—Salí corriendo.

—¿Por qué?

—No lo sé —confieso—. Quizás me entró el pánico.

Solo ha habido una persona que me dijo «te quiero» en una relación.

Y me dejó por otra. —El amargo recuerdo me arde en el pecho—.

Me juró amor, empezamos a hablar de futuro, de irnos a vivir juntos...

Todo iba muy bien hasta que fui yo la que le dijo también que lo quería.

A los dos días, estaba con una güera oxigenada. Me rompió el corazón.

—¿Crees que si le dices a Dante que lo quieres te pasará lo mismo?

—No sé si lo quiero —espeto.

—Si no lo quisieras no lo habrías comparado con aquel novio, ¿no crees?

Me quedo muda. ¿Tiene razón el alemán? ¿Quiero a Dante como él dice que lo hace? Solo nos conocemos de cuatro semanas. No puedo quererlo ya... ¿o sí? Anahí, ¡eres una hueca estúpida! Aclárate de una vez.

Al alzar la mirada, me encuentro con la de Wyatt, que la aparta rápidamente y se aleja del descansillo del jacuzzi. Al principio no sé lo que sucede, pero después recuerdo que puede leer los labios.

Mierda. Sabe lo de Dante y se ha molestado por no contárselo. Estoy segura de eso.

Le beso la mejilla a Edgar y me separo de él para salir en su busca. Casi me caigo al pisar el suelo del dormitorio. Cojo la toalla de mi cama y me la envuelvo para no mojar toda la casa.

La habitación de la puerta negra, que aún no se ha usado, está completamente vacía.

Me pregunto cuál será su función. En el jardín tampoco está, solo veo a Dante, Killian y Antonella.

Se me retuerce el estómago al ver a Dante.

Aparto esos pensamientos de mí y entro en el baño, después en el vestidor, al fin me encuentro con Wyatt, que está buscando algo en su armario.

—¡Ey! —lo saludo.

—¡Ey! —repite sin mirarme.

Saca unas zapatillas grises que se ven cómodas.

—¿Estás enojado conmigo?

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque me has leído los labios mientras hablaba con Edgar. Por cierto, eso es una violación de la privacidad.

—Perdona —contesta, cabreado.

—Siento no habértelo contado antes, pero no me encontraba con ganas de hablar hasta que me preguntó Edgar.

—No tienes que sentir nada, Anahí —dice, tajante—.

No tienes por qué contarme las cosas únicamente a mí.

No tenemos un pacto de sangre ni ningún rollo de esos.

—Pero su tono de voz dista mucho de lo que está diciendo—.

Puedes contarle tus cosas a quien quieras sin sentirte obligada a decírmelo a mí.

—Entonces, ¿por qué siento que estás cada vez más enojado conmigo?

—No lo estoy —replica.

—Te he pedido perdón, pero si no lo aceptas es cosa tuya. Cuando dejes de ser un pendejo, vienes a mí y me das un abrazo.

Es la primera vez en estas cuatro semanas que he discutido con Wyatt. Pero no aguanto su mala onda y que no acepte que está enojado conmigo.

En la cena, la tensión podía cortarse con un cuchillo. He cruzado miradas con Iris, que me hacía burlas para que me riese, y lo conseguía, la muy estúpida. Es adorable.

Dante solo me ha preguntado si podía darle un poco de sal para su ensalada. Luego ha seguido comiendo como si nada raro hubiese pasado. No sé qué pensar de él, si le da igual, si se hace el fuerte o si no se entera de nada, simplemente.

Ahora, estoy debatiendo conmigo misma si echar a Killian y a Antonella del lado de Dante y hablar con él de una vez, o quedarme aquí y no hacer nada. Sin embargo, recuerdo que mi madre siempre dice que, equivocada o no, una Arismendi nunca se queda pegada al piso sin hacer nada.

Me levanto del sofá y recojo mi pelo en una cola.

Tengo que prepararme bien para esta batalla.

Salgo al jardín y me convierto en el centro de atención de los tres, cruzándome de brazos.

Parece que les cuesta entender mi gesto, porque pasan unos segundos hasta que Antonella y Killian vuelven dentro para dejarnos solos.

Son unos parásitos, siempre andan pegados a Dante.

Dante suspira al mirarme y da una palmada en su rodilla para que me siente sobre ella y romper la línea imaginaria que nos divide. Está disgustado, lo sé. Puedo distinguir la decepción en su mirada.

—Siento haber salido corriendo —digo en voz queda y aprieto sus manos.

—¿Por qué lo hiciste?

—Me da miedo pensar que cabe la posibilidad de que me estés utilizando.

—¿Crees que decirte lo que siento es solo por estrategia?

—Sí —confieso—. Pero no es por ti... Simplemente, desconfío de todos. Ya sufrí mucho por un chico, Dante. No quiero volver a pasar por lo mismo.

—No te estoy engañando, Anahí. Te quiero, es de lo único que estoy seguro en esta casa.

—Sus pupilas se dilatan y hacen que sus ojos sean más oscuros—.

Sé que puedo confiar en ti. Aunque me veas con Killian o Antonella, no creas que soy su aliado, soy consciente de que en cualquier momento pueden apuñalarme por la espalda.

Incluso tú puedes hacerlo, la diferencia es que mi corazón me dice que no lo harás, que tú también me quieres, aunque empezases esto como una estrategia.

Cierro los ojos. Sabe que lo estaba utilizando.

Ese era el maldito plan, usar a Dante para llegar a la final y ganar, nada de sentimientos.

Pero ¿por qué me da miedo que me esté engañando?

Debería de darme igual, debería haberle dicho que lo quería sin ningún problema y haberlo besado como una loca.

Esa tendría que haber sido mi reacción, ya que esta relación era una estrategia.

—Anahí —me llama, sacándome de mis pensamientos—, te quiero.

—Y yo a ti —contesto en un hilo de voz.

Estoy temblando.

Entonces, todo a mi alrededor estalla en mil pedazos cuando sus labios besan los míos con parsimonia, como si estuviésemos cerrando un pacto.

Estamos juntos en esto, pero juntos de verdad.

Porque si lo que siento no es real, no podría explicar las mariposas que revolotean por mi estómago mientras su lengua se enreda con la mía.