Encerrados (The House 1) WYATT
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WYATT

¿Y si el mensaje que recogió Edgar era una advertencia? Quizás no estemos a salvo aquí por alguna razón. Tal vez haya estallado otra guerra mundial y no quieren que salgamos para protegernos, pero, en ese caso, nos están exponiendo más, aunque sea con buena intención.

Ayer pasé todo el día sin hablar con Edgar.

Bueno, él me ignoraba y yo no quería empeorarlo.

Quizás esa es la razón por la cual no he dormido nada hoy.

Aunque hay algo de bueno en el insomnio: puedo ser el primero para entrar en la caja.

Necesito quitarme este peso de encima y sé que Peter está deseando entrar, porque ayer no pudo.

Espero que mi miedo me quite de la cabeza ese maldito mensaje que ha consumido mi sueño.

Todo parece fluir igual que la primera vez: entro, el cubo se cierra y las luces se apagan.

Tenso mi cuerpo y espero a que mi miedo emane de las paredes.

Cierro los ojos al oír un crujido y cuando los abro, la habitación vuelve a ser blanca, o, más bien acorchada.

Parece la habitación de un psiquiátrico.

Es la habitación de un psiquiátrico y yo estoy atrapado por una camisa de fuerza y amarrado a una camilla con correas.

Mis gritos retumban por toda la habitación. De golpe, Iris, Anahí, Edgar y Dante me observan con los brazos cruzados y entre murmullos. Puedo distinguir palabras: loco, pirado, chiflado. Trago saliva e intento no hiperventilar.

Esto no es real, Wyatt. Aguanta. Aguanta.

Ríen. Se ríen de mí y sus carcajadas provocan mis lágrimas.

Mis padres y mi hermano también están ahí, señalándome y diciendo que soy la decepción de la familia. Me llaman Desequilibrado Leclair.

Cierro mis ojos con fuerza e intento no escuchar los comentarios, pero cada vez son de más personas, más fuertes, más violentos.

La camilla se mueve y unas manos se posan sobre mis sienes.

Me sobresalto. Un doctor, coloca una especie de plantillas en mi frente y empieza a darme descargas eléctricas.

Grito. Grito una y otra vez, hasta que el sabor a sangre inunda mi boca.

No sé cuántas veces he gritado y me han llamado loco. Lo único que sé con certeza es que he aguantado los cincuenta y dos minutos que necesitaba para poder cumplir con mi objetivo personal.

Deben ser las nueve y media, ya que Olga me ha dicho que la música sonó apenas veinte minutos antes de mi salida.

Me ha preguntado qué tal estoy y hemos desayunado juntos.

Olga me ha sorprendido muchísimo, la verdad.

No la veo como a una aliada, pero sí haría campaña para que se quedara. Es buena chica y me cae bien.

No le he contado mi miedo, no quiero que lo sepa.

Me he limitado a decir que ha sido demasiado desagradable para volver a vivirlo.

Ella aún debe meterse en la caja de nuevo.

Ya lo hizo por la tarde, pero no superó los cien minutos, aún necesita durar treinta minutos más.

Aunque sus miedos, para mi gusto, no son nada del otro mundo: miedo al agua y miedo a la oscuridad. No se lo digo, claro.

Pronto empiezan a desayunar los demás. Presencio el empalagoso beso entre Anahí y Dante.

Pero hay algo que me ha sorprendido aún más: Killian intentando ligar con Iris otra vez.

Me da tanto asco la escena que decido irme a otro lado.

Me dirijo al baño para cepillarme los dientes y me encuentro a Edgar saliendo de la ducha con una toalla enrollada en su cintura.

Hace caso omiso de mi presencia y pongo los ojos en blanco, dirigiéndome al vestidor para hablar con él.

Cierro la puerta y me cruzo de brazos, esperando a que me mire.

No lo hace. Se limita a elegir la ropa en silencio, sin importarle estar casi desnudo delante de mí.

Percibo que va a quitarse la toalla para ponerse el bóxer y me doy la vuelta, me quedo mirando a la pared, ruborizado.

Este chico no conoce el pudor ni la vergüenza, pero ¿qué se puede esperar de alguien que vive en Costa de Oro?

—¿Me vas a hablar o quieres seguir actuando como un niño malcriado? —le digo a la puerta.

No tengo respuesta y eso me enfada. Al girarme, está en bóxer, introduciendo una camisa en el armario y buscando otra.

Tengo ganas de ahogarlo con una percha. Bajo mi mirada y me fijo en su pelvis, donde se puede ver el tatuaje del que me habló la noche del cine en casa.

Es pequeño, puede que sea del mismo tamaño que el mío (sigo hablando del tatuaje, ¿vale?).

Es un sol. Sonrío y pienso lo predecible que era eso.

Aunque me gusta, no es el típico sol, sino que los rayos no son rectos y se cruzan entre sí. Mola, sí.

La verdad es que a su lado parezco estar enfermo. Su piel es tostada, pero un tostado permanente, como si hubiese hecho un pacto con la mismísima playa para mantener su esencia en sus carnes. Se echa su cabello dorado a un lado y se coloca la camiseta. Camina hacia mí y se detiene.

—Quiero salir, ¿te puedes apartar?

—¿Puedes dejar de comportarte como un gilipollas por un momento? Quiero disculparme contigo.

—Pues empiezas muy bien —asegura con ironía—. Mira Wyatt, no tengo ganas de hablar ahora, ¿vale? No voy a hacerte caso cuando quieras, así que apártate, déjame salir y cuando me apetezca hablarte ya lo sabrás.

Desvío la mirada y asiento, echándome a un lado para que pueda pasar. Pasa por mi lado sin mirarme y me quedo solo en el vestidor.

Maldito gilipollas.

Iris me habla sobre la actitud que tiene Killian con ella.

Por lo visto, está dispuesto a todo por conquistarla.

Creo que ella preferiría morir ahogada en su propio vómito a besar los labios de ese capullo.

Cuando se lo he preguntado, usando exactamente esas palabras, ha soltado una carcajada inmensa y me ha chocado los cinco.

Alzamos la vista a la cocina; Anahí y Kora preparan la comida, es su tarea del día.

Nosotros tenemos que poner la colada y limpiar el baño.

Me da un azote en el culo y le hago un corte de manga.

—¿Crees que Dante quiere de verdad a Anahí? —me pregunta de repente.

—¿La verdad? No. —Y, aunque sé que no debería, hablo de todo lo que no quiero—. Creo que es un simple tonteo. Solo espero que ella no se enamore y que lo esté utilizando para ganar. No quiero verla sufrir.

—¿La quieres tú?

—La palabra querer es muy grande.

—¿Crees que la quieres?

¿Quiero a Anahí? Es absurdo, ¿no? No quiero a mis padres, simplemente los aprecio.

No quiero a mi hermano ni a Delphine, les tengo cariño.

Y fuera de aquí no tengo muchos más amigos.

Anahí ha sido la primera persona que conocí y me alivió verla...

Aunque estas semanas no las hubiese superado sin ella.

Y verla sonreír me hace feliz. Y me gusta abrazarla y dormir con ella.

—La quiero.

—¿Y a mí?

—¿Me quieres tú?

—Puede.

—Sé que no me quieres como a Edgar, pero es normal. Siempre va a ser tu punto débil, al igual que el mío es Anahí.

—Entonces, asumes que te quiero.

—Sí, porque yo te quiero a ti —confieso sin mirarla.

—¿Y a Edgar?

—No quiero hablar de ese gilipollas.

—No podéis estar enfadados todo el tiempo, Wyatt. Somos un equipo y necesitamos estar unidos, ¿de acuerdo? Además, sé que no lo estás pasando bien y que quieres pedirle perdón.

—No quiere hablar conmigo.

—Porque es gilipollas —río y la abrazo—. Ve y oblígale a hablar contigo. Creo que está en la habitación.

Le doy un beso a la mejilla y me levanto del sofá para ir a hablar con él.

Anahí y yo cruzamos las miradas y me guiña un ojo.

Me acerco a ella y la abrazo. Siento sus labios besándome la cabeza varias veces y su aroma a primavera acariciarme.

Cuando entro en la habitación, me encuentro con Ikki y Olga sentados en sus camas cotilleando. Los saludo con la mano y una sonrisa.

Me dirijo a la cama de Edgar, que está tumbado en ella con la cara metida en la almohada.

Me descalzo y me tumbo a su lado. Esto se ha convertido en una costumbre entre él y yo.

Tumbarnos juntos, digo. Sé que está despierto, su forma de respirar lo delata.

No pienso hablar si no me mira, sé que me he equivocado en llamarlo traidor, pero no voy a arrastrarme tanto.

Mis dedos acarician su nuca con suavidad, no he podido controlarme.

¿Qué coño haces, Wyatt? Miro de soslayo hacia Ikki y Olga, pero siguen hablando sin darnos importancia.

Me centro en sus labios y puedo leer en ellos que Olga le dice a Ikki que Kora la ha besado esta mañana en el jardín.

Ikki está flipando y le ha preguntado por sus sentimientos.

Yo también estoy flipando con el cotilleo, pero procuro fingir que no me estoy dando cuenta de nada.

Edgar se mueve y dejo de prestar atención, esperando a que se reincorpore, pero no lo hace.

Saca la cabeza de la almohada y apoya su mejilla en ella, mirándome.

Me pego más a él, hasta que mi brazo hace presión con el suyo.

—Lo siento —le digo—. Pero soy demasiado estúpido y pensé en...

—No estoy enfadado por eso. Siento que no me estás contando toda la verdad sobre ti. Un día estás perfectamente conmigo y al otro ni me miras.

Aparto mis ojos de él y niego con la cabeza.

—No quiero hablar de eso...

—Wyatt, si quieres que te entienda, cuéntame la verdad. ¿Por qué tu miedo es tu límite?

—Padezco un Trastorno Límite de la Personalidad —le confieso en voz queda—. Ya lo tengo totalmente controlado, pero a veces puedo tener cambios bruscos en mi estado anímico, aunque me duran poco.

—¿En qué afecta a tu estado anímico?

—Tengo una personalidad inestable, no sé, me pasa que siento demasiado las cosas, y no sé, pierdo a veces las formas, me pongo muy intenso.

Y, bueno, me da miedo acercarme demasiado a las personas porque ya me ha pasado demasiadas veces.

Las personas en quienes más confiaba y que pensaba que me querían, han acabado huyendo despavoridas.

Sé que suena estúpido, pero es verdad, por eso me cuesta mantener relaciones con otras personas.

—Lo siento —dice—. No quería ponerte mal con esto.

—Te lo cuento para que sepas que sí confío en ti, Edgar. Que te considero un apoyo aquí dentro y que no quiero estar enfadado contigo... Y, bueno, para que no me llames gilipollas si algún día te digo traidor, y esas cosas.

Reímos con levedad. Su brazo me pega a él y mi cuerpo queda sobre el suyo, abrazándome por la cintura. Me dejo hacer y cierro mis ojos, intentando decirme a mí mismo que contárselo ha sido una buena idea.

—¿De verdad estás bien?

—Sí —digo—. Es un proceso, pero cada vez lo tengo más controlado.

—Vale.

—No quería hacerte daño —confieso.

—Lo sé.

Me besa la mejilla y yo le devuelvo el beso. Nos quedamos así, creo que me calma y me gusta. Cierro mis ojos y dejo que el verano venga a mí, me envuelva en él y me haga disfrutar de su paz y sabiduría.

—He visto tu tatuaje —susurro.

—¿Sigues pensando que es erótico?

Río y asiento:

—Lo es.

La gran noche ha llegado y todos estamos de los nervios.

Ayer nos tuvieron en el habitáculo a todos los que habíamos conseguido realizar los cien minutos de la prueba, para que no supiésemos si los que quedaban (Ikki, Anahí, Olga, Kora y Antonella) conseguían superar lo marcado o no.

Ellos tampoco lo saben porque quitaron el marcador del espejo que lo reflejaba.

Necesito que superemos esta prueba, no por las ventajas, sino porque he sufrido como nunca dentro de esa caja para que no sirva de nada. Me niego a eso. Aunque ganar o no la prueba quizás no me afecte, ya que puedo estar fuera de la casa en menos de lo que canta un gallo.

La figura de Xavier aparece en HD y nos saluda con su peculiar sonrisa de dientes nacarados. Antonella se ríe con Peter de algo. Su risa asesina a un par de mis neuronas. Ojalá salga esta noche.

Si fuese expulsado hoy lo agradecería. Haber perdido la prueba me parece injusto para los que sí han superado el objetivo. Menos mal que no como mucho. Pero pensar en todo lo que he tenido que vivir estos días para nada, me provoca unas ganas tremendas de matar a todos.

Dentro del habitáculo estoy alejado de Peter y Antonella, como en la expulsión de Ambika. Espero que esta noche el público me eche a mí o a Antonella, no la puedo soportar una semana más.

Xavier aparece y nos sonríe. Siente muchísimo lo de la prueba y no puedo evitar interrumpirle para saciar la duda que me ronda en la cabeza después de enfrentarme a mis miedos: ¿cómo ha visto el público el interior de la caja?

Se me hiela la sangre cuando me responde que la audiencia ha visto nuestro miedo al igual que nosotros.

Puta tecnología futurista. Esto hace quince años ni se pensaba. Maldita sea. Todos conocen nuestros peores temores, y a nivel mundial. Qué horror.

Se aclara la voz y le pregunta a Peter cómo se siente en su primera nominación. Se encoge de hombros y no dice nada. Tan expresivo como una pared de cemento.

—Bien, procedemos a la eliminación. Suerte a los tres.

Silencio durante segundos que se me antojan horas por culpa de esa música de fondo que la realización ha puesto. Pero la voz del presentador resuena en el habitáculo como un relámpago.

—Wyatt, puedes volver a la casa, estás salvado.