Encerrados (The House 1) IRIS
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IRIS

Necesito saber a qué voy a enfrentarme ya. No puedo esperar más, por eso, cuando ha sonado la música para que sepamos que son las ocho, yo ya estaba duchada y desayunada. Cuanto antes pase el mal trago, mejor. Tal vez no es para tanto, ¿no?

¿A quién pretendo engañar? Estoy aterrada.

Cuando Wyatt me contó todo lo que vivió en esos cuarenta y ocho minutos, casi salgo corriendo.

Con el cabello recogido lo mejor que puedo, pulso el timbre y la puerta de espejos se abre al segundo.

Vamos allá.

Los pies me pesan por el miedo y me arrepiento de haberme puesto pantalón corto. Aquí dentro hace frío.

El interior del cubo es inmenso y blanco. Me recuerda a una habitación de un psiquiátrico que salía en la serie de mi madre. Yo actué como enfermera una vez. Tan solo tenía catorce años y lo hice genial.

Frunzo los labios y palpo mi frente cuando la caja se cierra del todo.

La oscuridad cae sobre mí y no hay nada.

Oigo suspiros y una risa de niña pequeña.

Me tenso y abro los ojos como platos. Busco a la dueña de esas risas y veo algo: una niña corre con un vestidito de volantes blancos.

La sigo con la mirada, pero la pierdo ante la oscuridad.

Sus tirabuzones dorados aparecen por mi derecha ahora y me rozan.

Doy un grito y corro tras la niña. ¡Espera! , grito sin dejar de correr.

Ven, ven, ven... ¡Juguemos!

Todo me da vueltas. El sudor recorre mi frente y no dejo de escuchar esas risas y voces de niñas jugando.

Iris... Iris quiero jugar...

—¡Ya basta! ¡Sal!

Las risas envuelven todo y me llevo las manos a la cabeza para que no me estalle.

Mis manos tiemblan y la sangre corre por mis venas a más velocidad de lo normal.

La adrenalina se está apoderando de mí. Me levanto y corro de nuevo hasta que veo a la niña parada de espaldas a mí.

Trago saliva y me acerco a ella con pasos paulatinos.

Estirando mi brazo, apoyo la mano sobre su frío hombro y hago que se dé la vuelta lentamente.

Mi corazón se detiene un segundo al ver su rostro: blanquecino como la porcelana, ojos grandes y de color miel, labios rosados y finos, acompañados de unos mofletes ligeramente coloridos.

Su cara es la de una muñeca. Es una muñeca.

Salgo a correr, oyendo cómo las risas de la niña aumentan y mi nombre no para de sonar. Algo corre a mi lado y solo puedo gritar y llorar.

Pero la pared impide que siga corriendo. Estoy en un límite de la caja. Necesito que me abran ahora mismo. Doy golpes sobre la superficie y grito para que me saquen, no puedo estar más aquí.

No hay respuesta.

—¡Iris juguemos! ¡Iriiiiiiis! —me grita una extraña voz.

Las risas vuelven y me giro para ver oscuridad, sin dejar de dar golpes. Entonces, la muñeca sale de la penumbra y me sonríe. Grito y doy patadas a la maldita pared para que me abran.

—¡No te puedes ir, tienes que jugar!

Vuelvo a mirar a la muñeca y veo tres más. Mi estómago se encoge y siento la bilis recorrer mi garganta.

—¡Por favor! —grito de forma excesiva—. ¡Abridme! ¡Quiero salir!

El oxígeno se agota y mis pulmones arden cuando la mano de una muñeca tira de mi camisa. Todo se vuelve más oscuro aún cuando mi cabeza choca contra el suelo.

Aún puedo oír risas, pero no veo muñecas, no hay rastro de ellas. Me arrastro con sigilo hacia la penumbra para no ser encontrada y la piel de mis piernas se desgarra por el arrastre.

Me detengo en seco al oír algo y cierro mis ojos con fuerza, deseando no ser vista por nadie.

Estoy mareada y no he dejado de llorar en ningún momento.

Me he roto las uñas al clavarlas en el suelo para poder moverme y mi corazón está a punto de sufrir un infarto.

Necesito salir de aquí, quiero que esto acabe de una maldita vez.

Trago saliva y abro mis ojos lentamente, encontrándome con el rostro de una muñeca a menos de un centímetro del mío.

Doy un grito tan fuerte que los pulmones, el estómago y los riñones parecen salírseme por la boca.

Y, repentinamente, la caja se alza ante mis ojos y un chico rubio me socorre.

Me cuesta levantarme, pero lo que más me impresiona es que mis uñas están en perfecto estado, al igual que mis rodillas.

Por un momento, creo que voy a vomitar sobre el chico, pero puedo aguantar las ganas y salir de la caja.

—¿Estás bien? —me pregunta el chico de la organización.

No respondo y me suelto el cabello, para peinarlo con las manos.

No puedo parecer débil, me niego. Así pues, me imagino que estoy actuando en una serie y debo aparentar ser la más fuerte de toda la casa.

Relamo mis labios, sintiendo un sabor a óxido en la boca, y salgo de la habitación de espejos de la misma forma que he entrado.

Me sorprende la rapidez con la que Anahí abandona los brazos de Dante y viene a mí para preguntarme cómo me encuentro.

La abrazo e intento seguir con mi show .

Es increíble que pueda sentir cariño por una persona a la que odiaba tanto hace dos semanas.

Pero sí, la aprecio y agradezco que Edgar me metiese en su plan para crear una alianza con ella y Wyatt.

Me agarra de la mano y me lleva al jardín, donde Edgar está tumbado en la hamaca y Wyatt fumándose un cigarrillo en el sillón.

Les cuento lo que he visto y se sorprenden al saber que temo a las muñecas, lo que no saben es la razón.

Quizás si supieran que hace catorce años no era hija única y lo que sucedió aquella vez…

Tal vez lo comprenderían un poco mejor. Pero no lo cuento.

No estoy preparada para remover el pasado en voz alta.

Creo que, a partir de ese día, ese maldito 13 de julio, todas las cosas cambiaron en mi vida.

Pasé a ser la única heredera de la fortuna Montenegro y mi madre ya no volvió a ser la misma.

Se convirtió en una persona fría y distante, y centró su vida en su carrera profesional.

Le costaba darme un abrazo o un beso. Poco a poco, se iba distanciando cada vez más de mi padre.

La relación entre ellos se volvió bastante rara, la verdad.

Aunque, mirándolo por el lado bueno, gracias a esa tragedia, mi madre consiguió su primer papel protagonista en una novela en la que interpretaba a una madre perturbada por la pérdida de su hijo en extrañas circunstancias.

Bordó aquel papel y su carrera despegó en un instante.

Sí, mi madre hizo del dolor el factor que necesitaba para ser la mejor actriz española.

No guardó luto ni tres días. Maldita hija de puta.

He decidido cambiarme de ropa. Aún siento el tacto de la muñeca sobre mi camisa. Anahí me ha dejado uno de sus vestidos en color gris y he dejado que el cabello se alborote con la brisa de afuera.

Mientras busco mi zumo de melón y frutos rojos en la nevera, noto la presencia de alguien detrás de mí, pero no le doy importancia.

Sin embargo, quienquiera que sea se aproxima aún más y siento su aliento fresco en mi nuca.

Me giro con cuidado y observo los ojos azules y el dorado cabello de Killian.

Sus labios dibujan una sonrisa chulesca y pícara. Me entran náuseas solo de verla.

—¿Estás sola? —pregunta.

—Si sola significa estar en la cocina mientras que los demás están esparcidos por el resto de la casa, sí, estoy sola —espeto—. Aunque ya no.

—No hemos intimado mucho y no entiendo el porqué.

Sus ojos bajan lentamente y vuelven a subir hacia los míos, pasándose la mano por el flequillo rubio.

—¿Qué quieres, Killian?

—Que nos conozcamos mejor. No sé, salir al jardín, que me cuentes tus gustos, yo te cuento los míos... A ver qué surge —me guiña un ojo.

Retengo una carcajada. Muerdo mi labio inferior y me inclino para quedar un poco más a su altura.

Nuestras narices están a poco de rozarse y sus labios se despegan con suavidad.

Sé perfectamente lo que está pensando. Pobre iluso.

Acaricio su mejilla con suavidad y me acerco a su oído de forma sensual, susurrándole:

—Ni en tus sueños me tendrás.

Cierra los ojos y le golpeo con el hombro para pasar por su lado. Estar tan cerca de Killian me ha revuelto el estómago.

—Serás mía —suelta—. Te lo juro.

Mi dedo corazón se alza para indicarle que se puede ir a la mierda.

En la tumbona del jardín, disfruto de que el frío cale mis piernas desnudas.

He estado en la caja cuarenta minutos. Soy la segunda mejor clasificada hasta ahora.

Wyatt sigue presidiendo la lista. Fíjate, a mí me ha parecido estar menos de cinco minutos.

Me gustaría saber cómo lo ven desde casa.

O sea, ¿ven el miedo como lo hacemos nosotros o simplemente nos ven desquiciados, huyendo de nada?

Se lo preguntaré al jefe cuando la estúpida de Antonella salga del habitáculo.

—¿Cómo está la española más guapa de la casa?

Edgar se tumba a mi lado y le propino un golpe en el hombro.

—Soy la única española, capullo.

—Lo sé —reímos de nuevo.

Me acomodo y cierro mis ojos, oyendo la respiración de Edgar a escasos centímetros. Su mano agarra la mía y me da un apretón que me hace reír.

—Sé que estás molesta conmigo.

Guardo silencio. No quiero tener esta conversación ahora, estoy demasiado frustrada. Suspira y me suelta la mano. Se mueve y creo que se ha sentado, no estoy segura.

—Sé que la cagué con el comentario que solté anoche, ¿vale? —comenta de nuevo—. Me dio vergüenza y dije lo primero que se me pasó de la cabeza.

La verdad es que me molestó muchísimo el comentario. Yo no lo besé a él, al contrario, él me besó, y muy bien, además. Así pues, que soltase eso me enfureció. Creo que Wyatt fue el único que se dio cuenta, pero, al parecer, Edgar también.

—¿Iris?

—Fue un comentario desafortunado, sí.

Lo miro, reteniendo las ganas de pegarle de nuevo en el hombro por estúpido.

—Siento haberlo dicho, de verdad.

—¿Por qué me besaste?

—No lo recuerdo.

No me lo creo, así que le fulmino con la mirada.

Será estúpido.

—Quería besar a Wyatt —confiesa de súbito—, me arrepentí y te besé a ti. Lo siento —repite.

Sorprendida, me reincorporo para sentarme a su lado. Tiene la mandíbula en tensión y la mirada perdida. Le agarro de la mano y hago que me mire a los ojos.

—¿Te gusta Wyatt?

—Eso creo.

Las mejillas del alemán se sonrojan y advierto un ápice de vergüenza en su voz. Ahora, no parece tan grande, tan fuerte. Es tan adorable, aunque vaya de tío duro. No me aguanto las ganas de abrazarlo.

—No vuelvas a besarme o te partiré las piernas —le susurro, besándole la mejilla—. Ay, ¿por qué no me lo contaste antes? Te puedo ayudar a conquistar al francés.

—No sé —ríe—. Es complicado.

Sí, la palabra que define a Wyatt es complicado. Es la persona con más aristas que he conocido en mi vida y eso, precisamente, es lo que le hace tan especial.

—Todo saldrá bien, ya verás.

Anahí me mira de reojo varias veces y no puedo evitar reírme.

Cuando la he visto en la cocina haciendo comida mexicana —creo que quesadillas—, la he traído casi a rastras al habitáculo.

Pobre Dante, se ha quedado sin novia y sin aperitivo.

La verdad es que no me importa mucho el capullo del italiano.

—¿Me vas a decir qué está pasando?

Agarro sus manos con firmeza:

—Tenemos una misión —le digo—. Edgar está coladito por Wyatt.

Se queda boquiabierta y da un grito de emoción, después comienza a reír y se levanta con rapidez para hacer un bailecito. Parece que a Anahí le hace la misma ilusión que a mí. Se vuelve a sentar y abre las manos, nerviosa.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Tenemos que conseguir que Wyatt deje de ser un témpano de hielo. Esa es nuestra misión.