WYATT
¿Qué hago en París de nuevo? En mi casa.
Bueno, en la gigantesca casa Leclair. Puedo oler el aroma del té de las cuatro que prepara Delphine para el momento de mi purificación de toxinas y nervios.
Sonrío. Pero, de repente, ya no estoy en la habitación, sino en el salón, donde puedo ver a mis padres discutir con alguien, pero no logro saber con quién.
Tampoco me extraña que estén en un enfrentamiento, los Leclair somos reconocidos por el gran número de enemigos que cargamos a nuestras espaldas.
Intento acercarme a ellos, pero no puedo, algo me lo impide.
Es como si estuviese encerrado en una pecera, y fuese un estúpido pez que mea y caga en la misma agua donde nada y come, observando lo que me rodea y chocando una y otra vez con el mismo cristal.
Me frustra esta sensación de encierro. Doy una gran palmada contra la especie de barrera, pero no hay ruido.
Entonces, mi padre se echa hacia atrás rápidamente y mi madre alza las manos, asustada. ¿Qué está pasando?
¡Mamá, mamá!, grito intentando llamar su atención.
No lo consigo. De repente, los ojos de mi padre se inyectan en sangre y su boca se abre exageradamente.
Y, entonces, veo el mango del puñal que tiene clavado en el vientre.
Alguien lo extrae de su estómago y un chorro de sangre sale disparado con fuerza.
De golpe, el puñal atraviesa la yugular de mi padre y suelto un gemido ahogado, sintiendo cómo mi estómago se revuelve.
El puñal es extraído de nuevo y la sangre brota con intensidad, mientras papá cae de rodillas al suelo y se desangra delante de mí.
Me duelen las muñecas de golpear la barrera invisible que no me deja ir a socorrerlo. La garganta me quema de gritar sin parar y la vista se me nubla por las lágrimas que no dejan de brotar por mis ojos. Estoy viendo cómo asesinan a mis padres y no puedo hacer nada.
El puñal se alza y grito. ¡NO! ¡MAMÁ SAL DE AHÍ!
Pero no me oye y es demasiado tarde para correr.
Escucho cómo el asesino le dice que la odia y, acto seguido, la afilada hoja rebana su blanquecino cuello en un segundo y la cascada de flujo rojo escarlata mana de ella.
Se lleva las manos a la herida abierta y cae junto al cuerpo sin vida de su marido.
Y ahí están: la poderosa Anabelle Leclair, la directora más rica de cosméticos que Francia conoce, y Patrick Leclair, el mejor inversor financiero de París, muertos en menos de diez minutos.
La escena se me atraganta en la garganta y vomito, repitiéndome una y otra vez que eso no puede ser real, que mis padres siguen vivos.
Al incorporarme, no estoy encerrado en la pecera, sino delante de la escena del crimen, a un paso de los cadáveres del matrimonio Leclair.
¡Mamá!
Me hielo. Tengo las manos manchadas de sangre, la sangre de mis padres. Entonces, el puñal cae al suelo, provocando un estruendo que casi hace explotar mi cerebro.
No puede ser. ¡No puede ser!
Sollozando, caigo de rodillas sobre el frío parqué y advierto los pies de alguien al otro extremo de la escena. Ahí estoy, de pie, con una sonrisa triunfadora y toda la cara salpicada en sangre.
—Por fin lo hemos hecho —me suelta el yo que tengo delante—. Ya era hora de acabar con los lastres de nuestras vidas.
Niego e intento levantarme, pero al apoyar la mano contra el suelo, me resbalo por la sangre y me doy un golpe en la cabeza. Todo me da vueltas. Solo sé que no paro de llorar y bramar auxilio.
Quiero salir de aquí.
Mi presión arterial aumenta y mi cerebro no deja de enviar órdenes inútiles a mi cuerpo.
Me alejo a rastras de ese Wyatt que acaba de asesinar a mis padres.
Todo suena en eco, ahogado, y mi sistema límbico solo se centra en el Wyatt que me apunta con el puñal.
No hay nada más alrededor, como si la parte de los ojos que cambia la atención de una cosa a otra —¿cómo se llama eso?
Ah, sí—, los lóbulos frontales, no funcionasen.
El otro Wyatt se acerca a mí y se precipita a apuñalar mi pecho y rajarlo, disfrutando de placer.
Un dolor punzante se apodera de todo mi ser y chillo desconsolado, hasta que mis cuerdas vocales se rompen una a una.
Inesperadamente, todo lo que veo desaparece y vuelvo a estar en la caja, tirado en el suelo, temblando y lo más encogido posible. El hueco por donde he entrado se abre y un joven rubio se acerca a mí y me ayuda a levantarme del suelo. Todo me da vueltas.
«Mi falta de límites es uno de mis mayores miedos», dije entre risas antes de entrar en la casa. Bocazas.
Anahí me contó su miedo antes de entrar.
Bueno, a mí, a Dante y a Edgar e Iris. No quería entrar después de escuchar cómo su cuerpo se iba deteriorando y ella sentía todo.
Sin embargo, me obligué a hacerlo para no perder la prueba por mi culpa.
Me repetí treinta veces que no era el más débil de la casa y, contra toda contrariedad, iba a terminar bien la prueba.
Cuando he salido, estaban comiendo el arroz que Ikki ha preparado esta mañana.
Me ha señalado mi plato, pero me he adentrado en la habitación y he deseado dormir hasta la noche de la nominación para ser expulsado, volver con mis padres y ver que realmente están bien.
Sé que es absurdo que me preocupe por personas que me rechazan y me desprecian todos los días, pero ellos me crearon y les tengo una pizca de cariño.
Ni siquiera he mirado el contador para ver cuántos minutos he hecho.
Me ha parecido estar un día entero ahí dentro.
Olga se ha acercado hace unos minutos para preguntarme cómo estaba y se lo he agradecido enormemente.
No me lo esperaba de ella, la verdad. Luego me ha dicho que iba a entrar y le he deseado mucha suerte.
Además, me ha dicho que voy en cabeza: he aguantado cuarenta y ocho minutos.
Cincuenta y dos minutos más y habré conseguido el objetivo, pero aún me tiemblan las manos y me lloran los ojos. ¿Cómo voy a volver ahí dentro?
Programo mi cerebro en el modo stand-by para que deje de enviarle a mi retina la escena de mi apuñalamiento.
Iris ha estado un buen rato conmigo y me ha traído galletas.
Me he comido una. Ella tenía intención de ver cómo estaba e irse a duchar, pero ha estado más tiempo conmigo de lo que esperaba.
Me ha gustado estar con ella y, aunque he dudado muchísimo, le he contado todo lo que he visto.
Estaba asombrada y asustada al mismo tiempo.
De hecho, no ha encontrado palabras para decirme, se ha limitado a abrazarme y besarme la cabeza sin descanso.
Dante y Anahí también han venido, pero no les he contado nada. No por Anahí, sino por su querido novio. Aunque se supone que me apoya, no voy a arriesgarme a darle información a uno de los tres mosqueteros. Luego se lo contaré en privado a ella.
He tenido la intención de levantarme e ir al jardín, pero he oído música y he supuesto que estaban haciendo algo divertido, así que me he quedado en la cama. No tengo ganas de martillear a mi cabeza con música y risas cuando me duele muchísimo.
¿Habrá salido ya Olga de la caja?
Por ahora, hemos entrado a la prueba Killian, Peter, Dante, Anahí, Olga, Kora, Edgar, Antonella y yo. Faltan Ikki e Iris. Bueno, ellos y volver a entrar nosotros para estar el tiempo requerido por la organización del programa.
La cuestión es: si entro mañana, ¿será el mismo miedo o distinto? No puedo volver a enfrentarme a la muerte, o más bien asesinato, de mis padres, pero lo prefiero a encontrarme algo totalmente insospechado.
La puerta del dormitorio se abre, pero no me molesto en ver quién es. No me apetece hablar, la verdad. El aroma a mar y a verano me envuelve en cuestión de segundos. Es Edgar. Puedo distinguir ese olor a salitre, a piel bronceada, a limón fresco y a café a kilómetros. Es el único que huele así.
Por ejemplo, Iris siempre huele a jazmín y a azahar, es un aroma tan dulce que te invita a pasar tiempo con ella.
A mí me encanta cuando me abraza y ese olor me penetra en las fosas nasales.
Iris huele a vida. Anahí, en cambio, huele a primavera.
Su aroma es de lirios y manzana, de nerolí y menta, de los primeros rayos de sol que rozan la piel después de un eterno invierno.
Me encanta distinguir a las personas por su fragancia, así que intento memorizar su olor para no equivocarme.
El colchón se hunde un poco por el lado izquierdo y alzo la mirada para verle.
Hace un mohín con los labios y luego me sonríe.
Le devuelvo la sonrisa, aunque es casi imperceptible, lo que cuenta es la intención.
Su mano acaricia mi zona lumbar con suavidad sin apartar sus ojos de los míos y hace que me sienta vivo.
—Ikki ha preparado sushi y estamos en una especie de fiesta japonesa. ¿Vienes?
Niego y cierro mis ojos. No me apetece estar con ellos ahora mismo. Solo necesito estar solo. No se lo digo, claro. No quiero ofenderlo.
—¿Me cuentas qué ha pasado? ¿Cuál ha sido tu miedo?
—Alguien mataba a mis padres a sangre fría —digo en voz queda—. Luego averigüé que el asesino era mi yo psicópata, y me mató también.
—Vaya... ¿Cómo te sientes?
—He sentido que un puñal me atravesaba el pecho y me lo partía en dos. ¿Cómo lo hacen?
Se encoge de hombros, tan confuso como yo. Me olvidé de que él casi muere estrujado por la caja.
—¿Iris está tranquila? —pregunto.
—Eso parece. Quiere entrar mañana. Olga ha durado quince minutos, por si te interesa. —Se tumba en el hueco de la cama y apoya su mejilla sobre sus brazos, mirándome fijamente a los ojos. Su suspiro me acaricia el rostro—. Sigues estando en cabeza.
Me muevo un poco para dejarle mayor espacio y nuestros codos chocan, pero no le damos importancia.
—¿No quieres ir a la Japoparty ?
Suelta una carcajada y hace un movimiento raro. Creo que se ha encogido de hombros, no estoy seguro.
—Si no quieres que esté aquí, puedo irme.
—Quédate —digo, sin saber por qué.
—Anahí e Iris están poniendo en marcha el plan «echar-a-Peter-de-la-casa». —Lo dice de forma atropellada y no puedo evitar reírme.
Cierro los ojos y su rostro desaparece para dar paso a una oscuridad en calma.
Aunque no lo veo, sé que está observándome, puedo sentir su mirada sobre mí.
Me muevo para poder apoyar la cabeza en la almohada y dejo que parte de mi cuerpo roce el suyo.
Pasa su brazo por mi cadera y lo apoya ahí.
Sé que tiene la mandíbula en tensión y sigue mirándome.
No sabe cómo puedo reaccionar ante el contacto físico, pero se ha atrevido y yo no tengo ganas de decir nada, solo quiero dormir y con él me siento protegido por si al Wyatt psicópata se le ocurriese volver a acabar su trabajo conmigo.
A nadie le apetece cenar, cosa que no me extraña después de haber comido el sushi de Ikki hasta reventar. Así que me limito a hacerme un sándwich para saciar el vacío que siento en mi estómago. Además, he puesto agua a hervir para tomar mi té del día, lo necesito más que nunca.
Fuera están Olga, Iris, Ikki, Anahí y Edgar. Kora y Antonella han entrado al habitáculo y llevan un buen rato ahí, y los tres mosqueteros no han salido de la habitación.
Salgo con ellos después de comerme el sándwich y me siento junto a Anahí y mi taza de té.
Doy un sorbo mientras intento coger el hilo de la conversación: Iris está hablando de su madre y la próxima película que protagonizará, llamada "Sin límites" , donde hará de detective fulana.
El argumento suena realmente flojo y malo, pero reservo mi opinión.
Olga nos cuenta cómo ha sido devorada por termitas y mis tripas se contraen. ¿Cómo conseguirán que los miedos se muestren tan reales? Se nota que es el país más puntero en tecnología, no creo que haya nada parecido en Francia.
—¿Te encuentras mejor? —me pregunta Anahí, mientras Olga sigue describiendo su experiencia.
Asiento y me besa la mejilla. Le conté lo ocurrido hace una hora, cuando me levanté y dejé a Edgar durmiendo en mi cama.
Todos seguían en la japoparty , pero al verme, nos metimos en el habitáculo y le contamos nuestras experiencias al jefe y a todo Chicago.
Aunque no tengamos fuerzas, el show debe continuar.
—¿Podemos hablar del beso que Edgar le robó a Iris ayer?
Reímos y aplaudimos a Ikki. Ha sido el único valiente que ha sacado el tema.
Las mejillas de Iris se han sonrojado y lo intentan disimular con su corta melena, pero yo ya me he fijado. Edgar parece hacer caso omiso a la pregunta, pero Ikki insiste de nuevo, por lo que no tiene más remedio que contestar que el tequila le había afectado más de lo normal.
Nos quedamos en silencio y compartimos miradas unos con otros. Yo la cruzo con Iris, que me sonríe de forma cómplice. Sé que le ha molestado la respuesta de Edgar y que necesita hablar con él. La voy conociendo.
Me sobresalto cuando Dante se sienta de golpe tras Anahí y le da un beso en los labios.
Pongo los ojos en blanco y miro a Olga, que ríe por mi expresión.
Me cae bien la maldita rusa. Es bastante guapa, de hecho, pensé que alguno de los chicos iría detrás de ella, de esos ojos claros, de su rubio natural y de sus voluminosos pechos.
¿Serán reales? Aunque tengo que decir que no me parece la chica más guapa de la casa.
Anahí se lleva ese premio, tiene un cuerpo perfecto y ese acento latino tan sexy.
Dante coloca su mano en mi hombro y le sonrío ampliamente para agradecer su «apoyo».
Y, de la nada, mis ojos se encuentran con los de Edgar. Frunzo el ceño y hago un gesto con la cabeza, provocando que sonría. No sé qué me pasa con este chico, pero me gusta estar a su lado. De hecho, estoy reteniendo las ganas de levantarme y sentarme junto a él.
Evito mis pensamientos y le doy un sorbo a mi té.