ANAHÍ
He sentido pánico al ver cómo Edgar ha salido de la prueba. ¿Tan reales son los miedos que aparecen? El resto de la casa está calmado, como si el alemán no hubiese perdido el conocimiento de puro miedo. ¿Cómo pueden estar así de tranquilos? Yo estoy aterrada.
Wyatt nos avisa de que Edgar está despierto e Iris entra en la habitación apresurada.
Le hago un gesto a Wyatt para que entremos en el habitáculo.
Hoy no lo hemos hecho y, para que el público lo reconozca como un protagonista dentro de esta casa, tenemos que darles momentos buenos.
Esa es la estrategia de esta semana: salvar a Francia.
En el habitáculo el jefe nos pregunta cómo nos lo pasamos anoche y no podemos evitar reírnos.
La verdad es que no estuvo nada mal, sobre todo cuando empezamos a emanar la malicia que nos caracteriza a ambos.
Si no recuerdo mal, nos bebimos el cuarto tequila con Edgar y luego él se fue con Ikki a bailar.
Entonces, Wyatt y yo empezamos a insultar a los tres mosqueteros (exceptuando a Dante) y a Antonella. No podía parar de reír.
Cuando nadie estaba pendiente de nosotros, fuimos al baño y cogimos sus cepillos de dientes, los pasamos por el inodoro un par de veces y los dejamos donde estaban.
Casi exploto cuando los he visto cepillarse los dientes esta mañana.
Dante se ha salvado por ser mi novio, si no también habría lavado sus dientes con el agua del inodoro.
Pensé que la organización nos iba a impedir hacerlo o nos echaría la bronca, pero ya veo que no. Aquí lo que merece la pena son los momentos que se dan, y nosotros damos muchísimos.
También le contamos al jefe el beso que hubo entre Iris y Edgar. Nos quedamos flipando en ese momento. Fue inesperado, la neta. Wyatt estaba hablando con ella y, de golpe, la cogió de la cintura y la besó sin más. Lo que no haga el tequila.
—¿Y tú qué hiciste con el italiano? —pregunta Wyatt con una expresión pícara en el rostro—. Te perdiste un buen rato con él en la habitación.
Mis mejillas enrojecen e, instintivamente, me toqueteo el pelo, pensando en la respuesta que le daré a él y a todo Chicago:
—Pasamos un buen rato juntos.
La carcajada que se le escapa me contagia al segundo. Este crío va a acabar conmigo.
—¿Qué pensáis de los nominados de esta semana? Wyatt, vuelves a ser uno de ellos.
—Sí, es cierto —dice de mala gana.
—Pero bueno, Peter también está nominado. Y Antonella. O sea, jefe, si Chicago es lista, debería echar a uno de ellos, por favor.
—Cuando a Antonella le lleguen las raíces al tobillo querrá irse sola —dice entre risas.
—¿Y Peter? —Junto los labios en una mueca de desagrado—. Ese pendejo está dormido las veinticuatro horas del día. Normal que saliese de la caja tan tranquilo, ¡no tiene sangre en las venas, carajo!
Entre risas, Wyatt se pone de pie y mira a la cámara que tenemos de frente.
—Chicago, tenéis que salvarme a mí —pide como si fuese lo que hay que hacer—. No podemos dejar que esta casa se convierta en un aburrimiento.
Río y me coloco a su lado, mirando al objetivo.
—Juramos que, si salváis a mi cuate, le cambiamos el tinte a Antonella.
—¡Se lo ponemos verde! Seguro que su cerebro estalla ese día.
Río y lo tiro al suelo, poniéndome sobre él para hacerle cosquillas.
Soy la siguiente para entrar a la caja. Kora acaba de salir, ha conseguido aguantar veinticinco minutos.
Estaba llorando y con los pelos alborotados; no ha querido decir nada.
Eso ha puesto a Wyatt más nervioso y le he pedido que me cediese su turno y aquí estoy, a punto de cruzar la puerta de espejos.
—Ten cuidado, ¿vale? Todo va a salir bien.
Sonrío y acaricio el rostro de Dante, que está sereno.
Él entró ayer y salió afectado. No tanto como Edgar, Kora o Antonella, pero sí pasó miedo.
Pensaba que caía al vacío, de hecho, me describió el dolor que sentía en el oído al caer cada vez más rápido.
Duró veinte minutos. Por ahora, las personas que más tiempo han estado han sido Edgar con treinta minutos, Killian con veintiocho y Peter con veintisiete.
En un intento de dejar mis nervios en el salón, beso al italiano con suavidad. No consigo mi objetivo. Sigo aterrada.
—Te esperaré aquí.
La gran caja ilumina la oscura habitación. Para qué mentirnos, es muy cool.
¿A qué tipo de miedos me enfrentaré? Quizás me invada el estampado de leopardo. Eso sí que sería terrorífico. Bueno, por no mencionar los pantalones de campana. Qué cosa más fea. He tenido un escalofrío solo de pensar en ellos. Prefiero caer al vacío como Dante.
El pulso se me acelera al entrar. De golpe, todo se vuelve oscuro. Trago saliva, tensándome.
Tranquila. Todo va a ir bien.
Escucho murmullos. ¿Hay gente? Sí, escucho perfectamente los susurros y las risas.
¿Dónde están? Doy vueltas, buscando a alguien, pero todo está demasiado oscuro para poder ver algo.
No me gusta esta sensación de ser observada por alguien que no veo.
«¿ ¡Hay alguien ahí!?», grito, angustiada.
Risas y más risas. Poso la mano sobre mi pecho e intento relajarme.
Mi corazón bombea sangre con fuerza y me tiemblan las articulaciones.
Ceñuda, veo algo de luz y me dirijo a ella. Hay un espejo. No puedo evitar reír.
Un espejo no va a acabar conmigo. Miro mi reflejo en él y sonrío ante tanta belleza. No puedo estar más guapa, neta .
Entonces, algo me moja. ¿Está cayendo agua? No puedo verla, solo sentirla, pero, al mirarme al espejo, la sangre se me hiela.
Mi piel arde.
Con la suavidad de una pluma desprendida, un mechón de cabello cae sobre mis dedos y lanzo un grito de pánico.
Mis manos. ¡MIS MANOS! Las uñas se han vuelto amarillas e irregulares y siento cómo se están despegando de la carne. Grito, desesperada.
¡NO!, ¡NO!, ¡NO!
Caigo de rodillas al perder el equilibrio. Mi rostro en el espejo va cambiando mientras me llueve esa especie de líquido.
Los párpados y los labios se me hinchan y mi piel aceitunada está rojiza y llena de manchas y arrugas.
No puedo parar de llorar, todo me arde. No sé cuánto tiempo pasa, pero estoy totalmente calva y creo que es una ilusión, pero no.
Al llevarme las manos a la cabeza, solo siento piel.
Grito y sollozo, palpándome el rostro. Mi labio supura pus y mis párpados son cada vez más grandes.
El sudor recorre mi nuca y me enfría la espalda. NECESITO SALIR DE AQUÍ YA.
Entonces, soy consciente de lo que está pasando. Me están rociando con veneno y por eso estoy pudriéndome. No me sale la voz. Mis gritos son mudos y no paro de suplicar que pare, que necesito salir. El ritmo de los latidos de mi corazón es excesivamente veloz y siento la sangre en mi boca.
Estoy a punto de romper el espejo para poder clavarme un trozo de cristal en la yugular y acabar con esta tortura, pero las luces se encienden y la caja vuelve a ser como al principio.
Miro mis manos y están como siempre, mis uñas están pegadas a la carne y bañadas con el esmalte plateado de Iris.
Mis piernas tiemblan demasiado para poder ponerme en pie, así que dejo a un chico de la organización que me ayude a reponerme y salgo de la caja.
Cuando salgo de la prueba, me encuentro con Dante, que está sentado en la encimera frente a mí, comiéndose las uñas.
Al verme salir, corre en mi busca y me abraza con fuerza.
Me dejo hacer y apoyo mi frente en su hombro mientras las lágrimas se deslizan por mi rostro.
Un rostro que pensé que jamás volvería a tener.
Susurra algo, pero estoy demasiado asustada para prestarle atención. Necesito relajarme.
—¿Estás bien? —pregunta, agarrándome la mano.
—¿Cuánto he hecho?
—Me has superado. —Sonríe orgulloso—. Has hecho veintitrés minutos.
—Anahí.
Iris y Wyatt se acercan a nosotros apresurados. Sonrío como puedo y niego con la cabeza.
—¿Cómo estás?
—Bien, eso creo. Ha sido todo... —No me salen las palabras para describir esa sensación.
—Demasiado real —termina Dante.
—Necesito echarme un rato.
Me dirijo a la habitación y me encuentro con Edgar, que está levantándose de la cama.
Frunce el ceño y viene hacia mí con una expresión rara.
Le doy un abrazo. Es lo único que necesito.
Él me corresponde y me atrae aún más a él.
Wyatt tenía razón, cuando Edgar abraza hace que te sientas protegido de todo.
—¿Has entrado?
—Sí —bisbiseo—. Necesito dormir un rato, ¿vale? Luego hablamos.
Aunque tengo los ojos cerrados, no puedo dejar de ver mi rostro pudriéndose...
Me hacía vieja, me estaba descomponiendo.
Ese es uno de mis mayores miedos. Ni siquiera recuerdo haberlo contado.
Envejecer es lo peor que me puede pasar, pero ver cómo me voy deteriorando es lo que realmente temo y lo he visto ante mis ojos.
He visto cómo mi piel se iba despegando de los tejidos, cómo mis párpados se hinchaban de pus, cómo mis uñas y mi cabello caían podridos.
He sentido la muerte.