EDGAR
La noche de ayer fue demasiado tensa. Ninguno de nosotros esperábamos que Wyatt fuese a salir nominado de nuevo, pero no creo que sea expulsado esta semana.
Nos encargaremos de ello. La sorpresa de las nominaciones también tensó a varios, excepto a nosotros, que lo sabíamos.
Por suerte, Iris nos lo dijo discretamente a mí y a Anahí.
Lo que más preocupado me tiene es la prueba semanal.
Estoy bastante nervioso. Hoy han entrado Killian, Peter y Antonella.
Han durado bastante, aunque los gritos podían oírse desde el salón.
Esto no es un maldito juego. Por lo que nos han contado, en la habitación hay una especie de caja gigante en la que hay que entrar.
Es ahí donde los miedos se van plasmando por todos sitios y parece real.
Me sorprende que la descripción de la caja haya sido exactamente igual en los tres.
Mañana entraré yo. Wyatt también quiere hacerlo, después de mí. No sé si querrá entrar alguien más, pero tenemos que conseguir cien minutos si no queremos que la cosa se complique la semana que viene.
De todos modos, ahora no hay que pensar en eso. Para relajarnos, la organización del programa ha traído alcohol y comida para que hagamos una fiesta. Se agradece, la verdad. Poder tener la mente en otro sitio que no sea en la maldita habitación de espejos es de agradecer.
La música envuelve todo el salón, las luces de colores, que no sé de dónde han salido, parpadean como si estuviésemos en la mejor discoteca de Chicago, y todos bailan con una copa en su mano.
Todos menos Wyatt. Está sentado en la barra de espaldas a nosotros.
Dejo a Iris bailar con Ikki y me acerco a él para ver qué le pasa.
Hoy no hemos hablado mucho, ni siquiera Anahí ha estado más de diez minutos con él.
Me siento en el taburete de al lado y lo miro, dándole un trago a mi copa.
No sé qué es esto, si ron, vodka o veneno.
—¿Estás bien? —Tengo que elevar un poco la voz para que me escuche.
Su nariz se arruga cuando me mira. Ya se lo he visto hacer un par de veces y sé que es porque algo le preocupa. Aun así, no se lo digo, quiero que sea él quien se abra.
Le hago un gesto con la cabeza para que salgamos a la terraza y podamos hablar sin tanto alboroto. Para mi sorpresa, asiente y sale con una velocidad inhumana. Suelto una pequeña carcajada y salgo detrás de él.
Fuera hace frío, más de lo que esperaba. Claro, para Wyatt no es un problema ya que lleva una sudadera que le queda bastante grande y parece cálida. Necesito preguntarle por qué todas sus sudaderas son una o dos tallas más grandes que la suya.
Por un momento, duda dónde ponerse, pero antes de que pueda decirle que nos sentemos en los sillones, se dirige a las tumbonas y se tiende en una. Me siento en el hueco que deja libre y espero a que hable.
—No quiero hacer la prueba —susurra—. Tengo muchos miedos y los míos no son como las polillas asesinas de Antonella.
No puedo evitar reír. Él también ríe y me da un leve golpe en el brazo.
—Todos tenemos miedo a algo, Wyatt, pero tenemos que superar la prueba.
—No voy a poder hacerlo, Edgar. En serio, no voy a poder.
Es la primera vez que lo veo tan frágil. Tal vez, por eso, termino por acariciarle el brazo unos segundos. No sé si le gusta mucho el contacto físico con otro ser humano.
—Eres la única persona que se enfrentó a mí la primera semana, y lo hiciste sin que te temblase el pulso. Estoy segurísimo de que te enfrentarías a Killian y a Peter si la ocasión lo pidiese. Eres la persona con más huevos de esta casa. ¿De verdad te vas a dejar ganar por una estúpida prueba?
Desvía su mirada de mis ojos y se abraza las rodillas.
Tras varios minutos de silencio, hago el amago de levantarme de la tumbona, pero sus brazos me impiden conseguirlo.
Lo miro y, sin esperármelo, me abraza. Me quedo helado, al igual que anoche cuando me besó la mejilla antes de irse al habitáculo.
Rodeo su espalda y la acaricio con suavidad, sintiendo su respiración sobre mi hombro.
No entiendo la relación que tenemos. Podemos estar destripándonos y, a los dos minutos, abrazándonos. Es raro, pero me gusta.
—¿Esto es parte de tu estrategia para quedarte? —pregunto con voz queda.
Niega y oigo cómo traga saliva mientras separa su frente de mi hombro.
—Creo que eres un apoyo —dice, sin mirarme a los ojos.
Le cuesta reconocer que necesita apoyarse en alguien y, aún más, que sea yo esa persona. Lo entiendo, a mí también me cuesta decir lo que siento en voz alta.
—¿Vamos a bailar? —sugiero con una sonrisa.
Asiente y nos dirigimos de nuevo al salón para acompañar al resto.
La música es cada vez mejor. O quizás es que he bebido lo suficiente para que todo lo que hay mi alrededor me parezca magnífico.
Sí, seguramente sea eso. Todo por culpa de Anahí, que me ha obligado a beber tres tequilas con ella.
En México saben cómo hacer una buena fiesta.
Ahora vamos a por el cuarto y no puedo parar de reír, lo juro.
Solo estamos ella y yo, México y Alemania disfrutando de un buen tequila.
Echamos sal en nuestras manos, la lamemos, nos bebemos de un trago el shot y arrugamos la cara como si estuviésemos bebiendo ácido.
Me coge de las manos y me lleva al centro de todos, comenzando a bailar. No puedo negarme, solo necesito moverme ritmo de la música, pasar de todo y solo preocuparme de no vomitar.
A nosotros se nos une Ikki e Iris, y la cosa mejora considerablemente.
Todo y todos se mueven y yo dejo que pase, dejo que el mundo siga y me lleve a donde quiera.
Llega un momento en que todos nos movemos hacia la derecha, luego a la izquierda, alzamos las manos y volvemos al mismo lado.
Parece que hemos estado ensayando una coreografía toda la tarde.
Eso hace que me ría aún más. De hecho, me río tanto que siento cómo el tequila quiere salir de mi cuerpo recorriendo mi faringe.
Por suerte, logro retener las ganas de vomitar en los pies de Killian, Kora e Iris.
Entonces, tras parpadear varias veces, advierto a Wyatt bailar con Anahí.
Pocas veces lo veo sonreír y ahora lo está haciendo.
Puede que el alcohol tenga algo de culpa.
Me acerco a él, vacilando un poco en mis pasos, ya que nada ha dejado de dar vueltas en estos segundos.
Al verme, sus movimientos se suavizan y sus sonrisas se amplían.
Anahí grita algo que no llego a entender y se va para la barra.
Espero que no me traiga otro tequila o moriré de un puto coma etílico.
Wyatt también parece estar un poco bebido: tiene los párpados más cansados de lo normal y le cuesta mantenerse quieto en un punto fijo.
Sus pómulos están ligeramente sonrojados y sus labios no dejan de sonreír.
Nos limitamos a mirarnos, solo eso. Es raro, nuestros cuerpos se mueven por inercia de forma rítmica, pero mi cabeza no está pensando en bailar, en realidad, no pienso, simplemente lo miro. ¿Le pasará a él lo mismo?
Anahí viene con tres vasos de tequila, creo que tengo náuseas solo de verla. Está a punto de caerse, pero consigue recuperar el equilibrio (algo admirable con los tacones que lleva) y ríe, ofreciéndonos los vasos.
—Yo paso —grito con dificultad—. No puedo más.
—¡No seas niña chiquita, caray!
—¡Vamos, Edgar! —me incita Wyatt, alzando su tequila—. ¡Por México, carajo! —exclama en un amago de imitar el acento de Anahí y se bebe de un trago el vaso.
—¡Por México! —decimos al unísono Anahí y yo, bebiéndonos el tequila.
Me duele la cabeza.
Muchísimo.
Me va a estallar.
Maldito tequila.
Todos siguen durmiendo, deben ser las siete de la mañana como mucho. Sí, seguro. Aún no ha sonado la música que marca las ocho, así que supongo que será esta hora.
No pienses, Edgar. Mi cerebro manda órdenes a mi cuerpo, mi corazón bombea la sangre y ésta recorre mis venas como cada día. Todo parece normal. Todo menos la punzada que me acaba de dar la cabeza al reponerme. Se me escapa un pequeño gemido y acaricio mi sien. Echaba de menos la resaca.
En realidad, no. El mojito de Costa de Oro no da resaca por mucho que bebas. Por lo visto, el tequila sí.
No recuerdo del todo cómo acabó la noche. Sé que estuve con Wyatt y Anahí. Bailamos, no paramos de bailar. Bailamos todos. Luego, los tres mosqueteros, como los llama Wyatt, salieron a fumar en compañía de Antonella y Kora. Los demás seguimos bailando.
Recuerdo un beso. Sí. Un beso. ¿A quién besé?
Piensa, Edgar, piensa. Me acerqué a Anahí y me dijo algo de Wyatt, pero recuerdo qué.
Solo sé que me puse nervioso y me acerqué a él que estaba hablando con Iris.
Vale, ya lo recuerdo bien. Cogí a Iris por la cintura y la besé.
Madre mía, besé a Iris. Maldito tequila.
A pesar de haber agua caliente, dejo que sea el agua helada la que golpee mi piel sin aflicción alguna. Es lo que necesito para que mi cuerpo se reactive de nuevo.
Mientras seco mi cabello, la música que indica que son las ocho de la mañana empieza a sonar.
El zumo de naranja me ayuda a tragar la aspirina que me ha dado la organización. Ellos saben lo que se necesita después de una noche así.
Apenas se han levantado todos cuando pulso el botón que está junto a la puerta de espejos. Si me lo pienso más, no entro, así que a por ello.
La puerta se abre y antes de entrar veo a Iris mirarme y me desea suerte. La voy a necesitar.
Tal y como la describieron ayer: una habitación oscura y, en el centro, ese cubo gigante que me aterroriza.
Entro en él y me coloco en el pequeño círculo que hay dibujado en el suelo.
El hueco por el que he entrado se cierra y todos mis sentidos se ponen en alerta.
Estoy atrapado en esta maldita caja del terror.
Respira, Edgar, no va a pasar nada. Respira.
De súbito, un sonido quebradizo me taladra los oídos y comienzo a mirar a todos lados.
No sé qué cojones está pasando. Pero sí lo sé, lo sé en el momento en que centro mi mirada en un punto fijo.
La caja está encogiendo a cada segundo, a cada chasquido.
Trago saliva y cierro los ojos. Esto no es real, Edgar. Son solo tus miedos, respira.
Pero no puedo respirar. Hace calor, demasiado calor.
La puta caja está encogiendo de verdad. El oxígeno se va agotando y el sudor recorre mi frente.
Empiezo a temblar y niego. Se acabó. Me dirijo a una de las paredes y empiezo a golpearla con fuerza, pero no funciona.
Sigue encogiendo, cada vez más rápido. Dios mío, que pare esto ya.
La sensación de fatiga vuelve a mí y pierdo el equilibrio, cayendo al frío suelo.
Las paredes se van juntando aún más y tengo que encogerme para no ser aplastado.
Grito. Grito desesperadamente. Necesito salir de aquí.
Mis pulmones no tienen oxígeno y todo da vueltas.
Mi vista se nubla y veo una nebulosa oscura a ambos lados.
Voy a perder el conocimiento. Vuelvo a pedir que pare y es cuando me doy cuenta de que estoy llorando.
Voy a morir. Mi rodilla me golpea el pecho porque las paredes están contrayendo mi cuerpo como si plegasen una caja de cartón.
Me duele la garganta de gritar y ya no me sale la voz.
Todo mi alrededor termina de ponerse oscuro y siento que mi corazón va a estallar.
Y de repente, nada.
Me cuesta abrir los ojos. Me duele todo el cuerpo y me cuesta moverme. Dios, ¿estoy aplastado en la caja? El terror se apodera de mí nuevamente y doy un salto. Suspiro al ver que estoy en la cama.
—Ey, ya estás despierto.
Wyatt termina de entrar en la habitación y se acerca hasta la cama, sentándose a un lado.
—¿Qué ha pasado?
—Varios chicos de la organización te trajeron a la cama —informa con cierta preocupación en sus ojos—. Perdiste el conocimiento en la caja, Edgar.
—¿Qué hora es?
—Una y cuarto. Llevas durmiendo un par de horas.
—¿Cuántos minutos he estado?
—Treinta.
—Me han parecido segundos —reconozco asombrado.
No recuerdo haber estado tanto tiempo dentro de la caja. A los diez segundos todo se volvió negro para mí. Lo peor es que aún me quedan setenta minutos más.
—¿Quieres contarme que ha pasado?
—Claustrofobia. —Río. Mi madre nunca ha entendido ese pánico en mí, y por mucho que lo tratase en terapia, jamás lo he superado—.
Pensé que la maldita caja encogía. Juro que estaba encogiendo, Wyatt.
Mi cuerpo no podía contraerse más, me faltaba el aire y podía sentir que no era una simple visión...
—Tranquilo, ¿vale? Ahora estás aquí. —Coloca su mano sobre la mía y me sonríe como alguien que no necesita explicaciones para creer en mí—. Iris y Anahí han venido un par de veces a verte, voy a avisarlas de que estás despierto.
—Espera. —Le sostengo el brazo—. Ayer... ¿Besé a Iris?
Se encoge de hombros y niega con levedad.
—No lo recuerdo.
Miente. Ha desviado su mirada hacia la izquierda. Mi madre me enseñó ese truco. La besé.
—Vale —digo—. ¿Has entrado en la caja?
—Entraré después... Ahora está Kora.
—Avísame antes de entrar, ¿vale?