WYATT
Peter, Killian y Dante cuchichean sobre quién saldrá expulsado hoy. Peter y Killian han mirado a una de las cámaras que los vigilaban y le han suplicado que me expulsen a mí. Tengo que contenerme mucho para no ir y romperles la cabeza contra la cámara.
En el baño, encuentro la cazadora blanca de Killian en la cesta de la ropa.
¿No es la que llevaba el día que entramos?
De repente, me han entrado ganas de hacer la colada.
Cojo la cazadora y la introduzco en la lavadora junto a una camisa de Ambika de color rosa, mi sudadera azul y la rebeca de Iris que es roja.
Verás qué estampado más bonito voy a crear en la carísima y bonita cazadora de Irlanda.
El encierro me tiene hastiado, necesito aire. Todos están dentro, así que aprovecho para salir al jardín y observarlos desde fuera. Iris y Anahí cotillean con Antonella, Olga e Ikki; espero que estén llevando a cabo su parte del plan.
Las encargadas de la cocina, Kora y Ambika, están realizando su tarea, y los tres mosqueteros están hablando sobre mí en la habitación. A Edgar le perdí la pista hace rato. Supongo que estará en el habitáculo.
Tumbado en el césped del jardín, el sol calienta mi cara. Es la primera vez que agradezco a los rayos del sol penetrar mi pálida piel. Escucho la puerta del habitáculo abrirse y, a los segundos, la escandalosa risa de Edgar me taladra los oídos. No le hago caso.
—¿No podías tumbarte en la hamaca?
Me cubro la cara con mi brazo para poder mirarle y niego antes de que se tumbe a mi lado y estire los brazos hasta hacerlos crujir.
—¿Sabes si las encargadas de la cocina han hecho café?
—Han limpiado la cafetera hace nada —le digo y hago una mueca—. De todos modos, ¿sabes que el café envejece?
Ríe, alzando sus piernas como si tuviese dos años.
—Me caes bien, Francia. Al final, me caes bien.
—¿Has puesto la colada alguna vez? —pregunto.
—Claro, ¿por?
—Si meto algo blanco con ropa azul, rosa y rojo, ¿qué puede pasar?
—Que te salga el arcoíris.
—Pues Killian va a estrenar una cazadora color arcoíris.
Y, de nuevo, una escandalosa carcajada que no para hasta que se le saltan las lágrimas. No sé por qué se ríe tanto, de verdad. No soy tan gracioso. Quizás se está riendo de mí. Ante la duda, le doy un puñetazo en el brazo.
—Ey, ¿maltrato?
Entonces, el timbre suena.
No.
Otra vez, no.
Ayer, cuando Edgar y yo nos abrazamos, algo se revolvió en mi interior. No me gustó nada. Me hizo sentir débil, más de lo que soy. Me sentí protegido en sus brazos y no quiero que eso vuelva a pasar. No puede protegerme una persona que me traicionará en cuanto pueda.
Nos levantamos del suelo y vemos como los demás empiezan a abrazarse rápidamente. Anahí abrazándose con Iris. El fin del mundo se acerca.
Edgar se encoge de hombros sin hacer nada. Pongo los ojos en blanco y le doy un abrazo que es correspondido al segundo.
Espero que no dure mucho, por favor.
Diez segundos.
Veinte segundos.
Edgar mueve sus pies y me balanceo un centímetro. Apoyo mi cabeza en su hombro para estar más cómodo. No he tenido que hacer eso. Siempre he echado de menos que me dieran abrazos en los momentos que los he necesitado, y los abrazos de Edgar me reconfortan… No quiero abrazarlo más.
Cierro mis ojos y los recuerdos me bombardean hasta que puedo verme, llorando en silencio mientras observo el cielo, que ese día estaba bañado de un gris tenebroso.
Lo recuerdo todo perfectamente, cada segundo, cada palabra, cada movimiento, cada lágrima.
«Te irás a un internado» dijo mi madre, sin que le temblase la voz.
No quise asistir a una cena de gala y esa fue mi penitencia: dejar mi país y marcharme a un lugar desconocido para no molestar a mis progenitores.
Aún recuerdo los rosados labios de mi hermano tornándose en una sonrisa de placer.
Pensé que tendría un orgasmo ahí mismo, sobre la moqueta color granate del salón.
Ahí, en esos momentos, necesitaba el hombro de alguien para llorar tranquilo, para sentir a un humano consolándome.
Necesitaba un abrazo que me salvase de toda esa oscuridad. Pero no lo hubo.
Esta prueba va a desestabilizarme completamente.
—¿Por qué lloras? —pregunta Edgar en un hilo de voz.
Ni siquiera me había percatado de mi llanto.
Estoy removiendo tierra en mi interior y será mejor que pare.
Cualquier signo de debilidad dentro de esta casa puede marcar el final.
Pero no sé cómo evitarlo y es por su culpa.
Cabrón estúpido. ¿Qué diablos me está haciendo para que sus abrazos me hagan sentir esto?
Me besa la sien. Mis piernas tiemblan y casi pierdo el equilibrio. Claro, los brazos de Edgar me sostienen y no me caigo. No estoy acostumbrado a gestos de cariño y esta maldita debilidad me está matando.
Wyatt, reponte, gilipollas.
—Baja un poco el hombro —susurro—, o la cámara no me sacará llorando.
De soslayo, advierto el cambio en la mirada de Edgar. No sé, ¿decepción? La verdad es que no lo hago por la audiencia, pero es la mejor excusa que se me ocurre. Además, esto puede ayudarme a empatizar con el público y durar, aunque sea, una semana más.
La noche ha llegado. Hoy puedo decirle adiós a esta casa, a estas personas, a las cámaras. Ojalá pase. Ojalá salga de aquí ahora mismo. Aunque no lo acepte, es lo que más deseo en este momento. Salir.
¿Seguro?
¿Salir?
¿Ir con tu familia?
¿Qué familia?
La voz de Anahí me saca de mis pensamientos. No sé con quién habla, seguramente con Dante. El jefe nos pide que nos reunamos todos en el salón, ya que estamos a punto de conectar con plató.
Ambika cierra sus ojos un instante y traga saliva. Está realmente nerviosa. No me alejo mucho si digo que está sufriendo por estos minutos de gloria que la pueden salvar. ¿Será la estrategia de la mosquita muerta? Junta sus manos y sonríe de forma tímida:
—Muy nerviosa, la verdad. Espero que el público sea justo y me deje disfrutar de esta experiencia.
¿Disfrutar? Maldita embustera, si te pasas todo el día limpiando, haciendo camas y echando la bronca. Podría decirse que Ambika es el perfecto modelo de mujer de hace mil siglos: silenciosa, sumisa y de segundo plano. Indignante.
—Antonella, ¿cómo estás tú?
Y aquí está el lado opuesto de todo. Una chica digna de ser la primera asesinada en una película o serie de terror americana.
Otra que va de mosquita muerta, pero no da puntada sin hilo.
Esa expresión me la enseñó mi abuela hace años.
La verdad es que no sé qué significa, pero me gusta tanto que la uso en cuanto puedo.
De todos modos, creo que queda muy bien en esta situación.
—Estoy bien, Xavier. Sé que voy a quedarme.
—Vaya, qué segura de ti misma... ¡Me encanta!
Se escuchan murmullos en plató y algún que otro aplauso que me desconcierta. ¿Les gusta Antonella?
—Wyatt, ¿quieres decirnos algo? Esta semana hemos estado muy pendientes de ti y, con permiso de redacción, he de decir que nos has dado muy buenos momentos.
—Me alegra oír eso —sonrío ampliamente, como me ha enseñado Anahí hace unas horas, y me encojo de hombros—. Estoy siendo yo mismo, sin máscaras ni tabúes.
—Pues tienes una parte traviesa, chico.
La risilla se me escapa y miro de soslayo la cara de Killian que parece no enterarse de nada. Estoy seguro de que Xavier me habla de él y el grito que pegó al ver su carísima cazadora estampada en una multitud de colores.
Los nervios bajan por mi estómago, desapareciendo al instante. Doy un paso hacia atrás y choco con el brazo de Edgar que me mira y me guiña un ojo.
—Muchísimas felicidades, chicos. Estoy muy contento por este triunfo. Ahora, los nominados despedíos de vuestros compañeros e id al habitáculo.
Anahí me espera con los brazos abiertos. Está preciosa con el pelo así. Lo lleva recogido hacia un lado, pero con mucho más volumen de lo normal. No sé, está radiante, parece una modelo. Pura elegancia y belleza.
Nos abrazamos y deja varios besos en mi frente.
Puedo sentir su cariño, su apoyo, su deseo de verme de nuevo.
Realmente es una persona a la que puedo decir que aprecio, es una verdadera amiga.
Huele a azahar y jazmín. Siento paz en sus brazos.
Ojalá pudiese saber si estoy expulsado cerca de ella, con su apoyo sería mucho más fácil.
Ojalá todo salga según lo planeado y haya podido vencer a esas dos.
—¡Vuelve! —me grita—. Tienes que volver conmigo.
Asiento varias veces y le beso la mejilla.
Iris es la siguiente en venir a mí. En estos días, nos hemos llevado mejor. Trabajar juntos nos ha sentado bien a los dos. Ya no la veo tan arpía. No puede evitar reírse. ¿Me leerá el pensamiento?
—Espero verte de nuevo.
—Yo también.
Nos damos un abrazo. No es como el de Anahí, pero también sienta bien. Muy bien. Quizás pueda apreciarla como a ella si sigo conociéndola. Quizás.
Dante me da una palmada en el brazo y me desea mucha suerte. Le sonrío de forma hipócrita y le doy las gracias. Killian y Peter ni se molestan en hacerlo.
Me despido de Kora, Olga e Ikki como si fuesen conocidos, pero mucho mejor que con los anteriores. Creo que los tres mosqueteros me han provocado una indigestión.
Edgar le da dos besos a Antonella y le desea mucha suerte. Al verme a mí, se encoge de hombros y abre los brazos disimuladamente. No sabe si quiero un abrazo suyo. Tal vez tiene que ver con lo que pasó esta tarde.
Antes de que el timbre sonase para marcar el fin del abrazo, pensé en voz alta. Deseé que no lo hubiese oído, pero irremediablemente escuchó mi « que acabe esto ya, por favor » .
Siento remordimiento. ¿Me está dando pena el alemán? Increíble. Me acerco a él y le doy un abrazo en silencio. Acaricia mi espalda con suavidad y suspira. ¿Alivio? ¿Por qué me importa?
—¿Volverás? —pregunta sin separarnos.
—Volveré.
Nos despegamos cuando la voz del jefe dice: « al habitáculo, por favor ». Arrugo la nariz y, antes de cruzar la puerta del salón con Antonella y Ambika, le doy un beso en la mejilla. Juro que no es estrategia, tan solo necesitaba hacerlo.
El camino hacia el habitáculo se me hace eterno. Cuando entramos en él, parece que el espacio es más pequeño. Cuesta pensar que es el mismo sitio donde he venido a hablar mierdas de todos mis compañeros.
El jefe y yo hemos entablado una bonita relación.
Él no me dice quién le cae mal, pero esta tarde me ha reconocido que la jugarreta de la cazadora de Killian le ha sacado unas risas.
Si me voy, espero poder darle un abrazo a esta voz mística que nos despierta, nos riñe, nos informa y nos obliga a hacer cosas.
Pensándolo bien, en otra jerga, él sería nuestro dominante y nosotros sus sumisas.
Se me escapa una risita, supongo que de la tensión. Ambika y Antonella se cogen de las manos. Yo no las necesito, la verdad. Sería hipócrita por mi parte darles la mano cuando he pedido por activa y por pasiva que echen a Ambika.
Xavier aparece en el espejo y nos sobresaltamos. Qué susto, joder. Aquí se ve mucho más grande y viejo que en el salón. Sonríe y nos muestra un sobre de color negro.
Vaya, el color de la muerte. Qué poético.
—Aquí tengo la decisión de la audiencia. Las cartas están echadas. Mucha suerte.
Hay un silencio y Xavier asiente muy lentamente a la nada. ¿Le están hablando por un pinganillo? Tendría sentido.
—Antonella, puedes volver a la casa.
Se oyen aplausos, pero no me centro en ellos, sino en los abucheos que también envuelven el plató. Sonrío ampliamente y disfruto de ellos. Ya sé a quién voy a provocar esta semana. Bueno, si no salgo expulsado, claro.
—Ambika, Wyatt, os deseo lo mejor a ambos.
» La persona que saldrá de THE HOUSE es...
Mi corazón late con muchísima fuerza, desbocado. Estoy más nervioso de lo que esperaba. ¿De verdad quiero salir de aquí? No. No quiero salir. Quiero quedarme, seguir hasta la final y ganar. Quiero ganar.
—¡Ambika! —El plató rompe en gritos y aplausos mientras el nombre de Ambika flota tras el presentador—. Wyatt, estás salvado.
Sonrío, pero no como siempre, sonrío muy ampliamente, dejo expuestos mis blancos dientes incluso.
Estoy feliz. Increíble, pero cierto. Me alegro de que la audiencia no me haya echado.
Me alegro tanto que le doy las gracias una y otra vez, sin importarme una mierda la figura de Ambika. Anda y que se la coman las moscas.
—Wyatt, vuelve a la casa. Muchas felicidades.
El público aplaude. También abuchean, pero no son tantos como a Antonella y eso me gusta aún más. Ni siquiera me despido de Ambika, ¿para qué? No la necesito y me dio 3 puntos. Que se vaya a la mierda de una vez.
Salgo al jardín y empiezo a reír. Al instante, todos me observan desde el salón.
Antonella niega con la cabeza y mira al suelo.
Peter y Killian se miran y le llevan las manos a la cabeza.
Kora y Olga aplauden con fuerza. Ikki abraza a Iris y ambos ríen.
Edgar asiente y sonríe desde el otro lado.
Dante me levanta el pulgar de su mano y me guiña un ojo.
Y no veo a Anahí, no me da tiempo, ha salido a correr desde que se ha percatado de mi presencia y la tengo a menos de dos centímetros, abrazándome con fuerza y llenándome de besos.
—¡Gracias, gracias! —grita la mexicana a una cámara que nos enfoca.
Reímos tanto que me duele el vientre.
Lo he superado. HE CONSEGUIDO SALVARME DE ESTA MALDITA NOMINACIÓN. Todos creían que iba a salir y no ha sido así, la gente me quiere dentro de esta casa para seguir poniendo a todos estos en su lugar.