EDGAR
Las palabras de Wyatt no dejan de retumbar en mi cabeza como ese mosquito que vuela a tu alrededor sin dejarte dormir en una noche de verano cualquiera, perturbando tu sueño y tu paz.
Justo lo que me está ocurriendo ahora. Me dijo que soy uno de los concursantes más estrategas, y aunque yo también lo creía, sé que no es verdad.
A su lado, el de Iris o Anahí, me quedo corto.
No sé moverme en este plano, pero voy a cambiarlo.
Si al final quedamos los cuatro, no puedo permitirme ser el más débil y que todo esto no haya servido de nada.
La hamaca del jardín mece mi cuerpo suavemente, como cuando el oleaje del mar está tranquilo y su movimiento es lento y mágico. El mar... Lo extraño tanto. Su azulado ser, su imprevisible carácter, su inmensidad.
Aún recuerdo el primer día que llegué a Costa de Oro.
Cuando vi la casa que compartiría con tres chicos más, casi me di la vuelta y volví a Alemania.
Pero hubo algo que me lo impidió. En el instante que lo veía todo negro, el sonido del mar me encantó, como el verdadero canto de sirenas que se narran en los mitos.
No pude dejarlo ahí. Lo echo tantísimo de menos.
La puerta del jardín se abre y abro un ojo para ver quién es. No puedo distinguir entre tanta oscuridad. Pronto puedo captar una silueta, no mide más de un metro setenta. Quizá algo menos.
Wyatt. Tiene sus brazos cruzados y el ceño fruncido. Seguramente se deba al frío que hace aquí. No puedo evitar sonreír al ver su expresión y su cabello totalmente despeinado.
Se acerca aún más a mí, hasta que puedo distinguirlo entre la oscuridad. Sus pies están descalzos y viste una sudadera gris que le queda grande, demasiado grande.
—¿Qué haces aquí? —pregunta en un tono de voz muy bajo.
Me encojo de hombros y dejo que la hamaca siga balanceándose con tranquilidad.
—No podía dormir.
Su mirada se desvía hacia el oscuro interior de la casa durante unos segundos, pero vuelvo a ser el centro de su atención.
—¿Puedo?
Con una ligera sonrisa, me muevo para que pueda tumbarse a mi lado. Menos mal que es delgado, si no estaríamos como sardinas en lata. Mira al cielo y suspira. Ojalá pudiese leer el pensamiento, me encantaría saber qué hay dentro de esa cabeza.
—¿En qué piensas?
—No me importaría irme la semana que viene —confiesa, mirándome—. Intento hacerme el fuerte delante de vosotros, pero no me apetece estar aquí. No me importa el dinero, ni la fama. Sé que no me crees, pero...
—Te creo —le interrumpo y nos volvemos a quedar en silencio.
Vaya, quizás él tampoco puede dormir porque piensa que es el más débil de los cuatro. Este chico me confunde cada día más.
—¿Cómo es vivir solo?
Su rostro permanece serio. Bueno, siempre es bastante inexpresivo, aunque si me centro en sus ojos puedo ver halos cristalinos bailar en su pupila.
—Está bien. No hay reglas, ni padres, ni nada. —Una amplia sonrisa se esboza en mi rostro mientras hablo. Vivir solo es lo mejor que me ha pasado nunca—. Soy libre, ¿sabes?
Niega y baja su mirada hasta sus manos.
—Vivo solo, pero no en libertad —murmura casi en un hilo de voz quebrada—.
Tenías razón, no soy el mejor miembro de mi familia, pero me han mandado aquí para estar sin mí el mayor tiempo posible.
Por eso soy así. No puedo ver lo positivo de las personas, porque nadie me ha mostrado jamás algo positivo.
—Ya veo. Has ido creando una coraza que no te queda bien —musito, intentando ser lo menos sarcástico posible—. Pero no te juzgo, yo era así. Sigo siendo así, a veces. En mí puedes confiar.
En ese mismo instante, me arrepiento de haber soltado esa frase. Me arrepiento muchísimo. Por suerte, Wyatt no dice nada. Todo está en calma, en silencio. La oscuridad parece absorberlo todo. Un leve susurro hace que el silencio se disipe y su voz parece oscilar en una nana:
Duérmete, mi niño...
duérmete, mi amor...
duérmete pedazo...
de mi corazón...
Su canción suena dulce y tranquila. El mundo se va deteniendo poco a poco y, por unos segundos, consigue que deje de echar de menos al mar y me olvide de todo. Jamás pensé que Wyatt podría provocar esto en mí.
Sigue cantando la misma estrofa una y otra vez, como si solo supiese esa parte de la nana. No lo interrumpo. Creo que mi garganta se ha cerrado para que mis oídos puedan seguir deleitándose con su canción.
De golpe, su susurro se desvanece y queda en un segundo plano ante el fino sonido de un timbre.
La prueba.
La. Maldita. Prueba.
Lo miro, él también lo hace, y trago saliva. Nos movemos un poco, intentando no caernos y deslizo mis manos por su cintura, hasta que se unen en su espalda. Noto su aliento en mi rostro y escucho como traga saliva muy lentamente.
—¿Quién te enseñó esa canción? —pregunto sin moverme ni un solo centímetro.
Se acomoda con lentitud y se pega un poco más a mi cuerpo. Sus finos dedos rozan mi nuca un solo segundo. El contacto de nuestras pieles eriza la mía.
—Mi abuela me la solía cantar antes de marcharse de Francia.
—¿Dónde fue?
—No quiso seguir a la sombra de la familia Leclair y sus secretos... Se marchó a ser feliz. —De nuevo, un atisbo de sonrisa—. Quiso llevarme con ella, pero no la dejaron y me dejó solo. —Se queda en silencio unos segundos—. No quiero hablar más de eso.
—¿Solo te sabes esa parte de la nana?
Su suave risilla es el preludio de la continuación de aquella nana:
Este niño lindo,
se quiere dormir...
y el pícaro sueño
no quiere venir...
No puedo dejar de mirarlo a los ojos y, sin saber por qué, acerco mis labios a su frente y le dejo un beso. ¿Edgar? En ese momento, temo que se aleje y perdamos la prueba, pero no hace nada. Se queda en silencio con los ojos cerrados y sin despegarse de mí.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que vuelve a sonar el timbre para marcar el final del abrazo. Creo que minutos. ¿Diez? ¿Quince? Tampoco sé si se han despertado todos y se han abrazado. Espero que sí.
—Me voy a la cama —susurra sin dejar de abrazarme, aunque ya no tenemos que estar así—. ¿Te quedas aquí?
—No, voy al dormitorio también.
Pero ninguno hace el amago de movernos, de separarnos. Mis manos parecen tener un candado que les impide separarse y dejar de rodear la cintura de Wyatt. Pero sí que pueden, por desgracia.
El silencio nos acompaña hasta la habitación, como si las palabras entre nosotros se hubiesen quedado dormidas y nada las pudiese traer de vuelta.
Todos están despiertos, así que hemos superado la primera llamada. Nos observan. Iris me observa.
—Gracias por dejarme interrumpir tu soledad —dice en voz queda sin mirarme.
—Descansa.
En la cama, me paso las sábanas hasta cubrir mis piernas. Iris mantiene esa extraña expresión que oscila entre desconfianza y preocupación. Le guiño un ojo y provoco su sonrisa. Me gusta verla sonreír. Me gusta mucho.
Cierro mis ojos e intento olvidarme de dónde estoy.
Todo es paz. Todo está bañado por el sol. Todo es mar. Todo se queda en penumbra y termina, mientras la nana de Wyatt suena de fondo.