EDGAR
Estos días se han notado mucho los grupos que se han formado en la casa.
Jamás pensé que las alianzas iban a formarse tan rápido.
Por lo visto, juzgué demasiado pronto la inteligencia de algunos.
Sobre todo, me ha sorprendido la agilidad mental que demuestra Wyatt.
Siempre va un paso por delante de mí. Sabe qué pretendo decir con cada frase, cuándo intento atacarle, o cuándo puede atacarme él a mí.
La alianza México-Francia-Italia es fuerte. No obstante, no pasa desapercibida para el resto y es probable que uno de ellos salga nominado y, con suerte, sea expulsado de esta casa.
Iris y yo somos la otra gran alianza. A nosotros se nos unen Kora y Peter. A veces, creo que Killian también es aliado, hasta que me lo encuentro riendo con Wyatt. Está claro que él va por libre.
Luego tenemos a Ambika, Antonella, Olga e Ikki que están desorientados.
Quizás Ikki se lleve bien con todos y no va a salir nominado hasta que necesitemos un comodín.
Antonella, aunque sabe que no cae bien, se junta con Anahí.
Olga igual. Me da pena Ambika, va de un lado a otro, dándose cuenta de que es el principal objetivo de todos.
No me equivoco si defino esta maldita casa como una jungla: están los leones, las hienas y las cebras. Si soy sincero, no sé si pertenezco a los leones o a las hienas.
Hoy, mientras me duchaba, se me ha ocurrido una cosa: si quiero durar en este concurso, no puedo ser objetivo de las grandes fuerzas.
Al final, en unas nominaciones, siempre suele estar en peligro la persona más fuerte por verse más.
Así que, pienso mover ficha y sacar la hipocresía heredada de la familia Becker.
He avisado a Iris de mi jugada, quiero que se enfade conmigo cuando me vea hablando con el enemigo, así será mucho más creíble. Lo tengo todo calculado al milímetro. Lo único que necesito es coger desprevenido al rey.
En la cocina, Wyatt está sentado en la barra, mientras Dante y Anahí se dan el lote en el sofá. Es mi oportunidad.
—¿Estás solo?
Se sobresalta y me mira confuso.
Ay, pequeño Wyatt, no eres más que una cebra con aires de león. Vas a ser comido.
—Espero a que hierva el té —me dice como si nada.
—¿Sabes?, no hemos tenido oportunidad de conocernos en estos días.
Su expresión cambia por completo y, por primera vez en estos días, descubro cómo es su risa.
—¿Conocernos? —Me mira de arriba abajo, como si me analizase rigurosamente—. Sé cómo eres, Edgar. Tú y la españolita oléis a gato muerto de lejos.
Suelto una carcajada y reduzco la distancia entre nosotros. La barra queda a mi espalda mientras apoyo las manos a ambos lados de sus piernas, encerrándolo entre mis brazos. Si quisiera salir, no podría hacerlo sin apartarme.
Unos centímetros separan nuestros rostros. Mi sonrisa se ensancha al descubrir algo de lo que jamás me había percatado: sus ojos son color miel.
—Tú y tu pandillita no oléis a gato muerto, ¿verdad?
Su sonrisa se ensancha mientras reduce aún más la escasa distancia que nos separa. Apenas queda espacio para que nuestras narices lleguen a rozarse.
—Si olemos a gato muerto, será porque los matamos nosotros —responde sin el menor atisbo de vacilación.
—No me das miedo, Wyatt —le aseguro—. Si piensas que eres fuerte, vete olvidando de eso. La mexicana está con el italiano y, aunque no lo admitas, me necesitas para llegar lejos en este concurso.
—Sé lo que estás haciendo, Edgar. —Sus ojos se desvían y sigo su mirada hacia el mismo punto: una cámara nos vigila. Entonces, se acerca a mi oído muy suavemente—. No me vas a poner en contra de Anahí, tampoco pienso ser tu amigo. Eres mi principal objetivo.
Cuando su rostro vuelve a quedar frente al mío, una sonrisa asoma en mis labios. Entrecierro los ojos en busca de algún punto de debilidad. No lo encuentro. Solo veo unos ojos grandes, unas ojeras rojizas, unos labios rosados y un rostro pálido.
Trago saliva. Reduzco aún más la distancia entre nosotros. Estoy tan cerca que mirarlo directamente me marea.
Entonces ocurre. La mandíbula se le tensa.
Muerdo el labio inferior.
Ahí está la debilidad. Sigue siendo un niño asustado.
—Tu té ha hervido —le aviso antes de dejarle con la palabra en la boca.
No sé qué hacer. Wyatt no parece ser un blanco fácil y Anahí no se despega de él o de Dante.
Me enfada no poder empezar el juego. Está claro que México ha conseguido lo que quería: un chico que le asegure una historia aquí dentro y un amigo que se vea débil desde fuera, pero no es más que una fachada.
A mi lado, el colchón se hunde cuando Iris se tumba junto a mí.
—No te ha salido bien la jugada, ¿verdad?
Sus dedos juguetean con mi brazo en busca de consolarme.
—Wyatt es un témpano de hielo y la mexicana no se separa de Dante.
—Edgar, para. —Sus ojos me advierten de la cámara que tenemos en la esquina—. Esto te perjudica. Necesitas estar con todo el grupo e ir metiendo mierda entre ellos.
—No son los más odiados, Iris. Aquí todos vamos contra todos y, cuando a nosotros dos nos venden una cosa, a los segundos les venden a ellos otra. Tenemos que ser los fuertes y comernos con patatas su puta alianza.
Varios besos rápidos aterrizan en mi mejilla antes de levantarse de la cama. No va a seguir hablando de lo mismo, entendido.
—Ikki va a enseñarnos a Killian y a mí palabras en japonés. ¿Vienes?
Un suspiro de resignación se escapa de los labios de Iris por mi negativa. Hace un gesto con las manos que no llego a entender y se marcha de la habitación. Al instante, aparece de nuevo, corriendo e intentando no hacer ruido.
—Dante y Anahí acaban de entrar en el habitáculo. Francia está solo.
Una risa se me escapa mientras me pongo en pie. Ha llegado el momento de intentar derribar de nuevo sus barreras.
En el jardín, Ambika, Antonella, Wyatt y Killian hablan sobre sus familias. No los había visto juntos en estos días, se me hace raro. Por lo visto, Francia tiene una nueva estrategia.
No hay un silencio incómodo cuando Iris y yo irrumpimos y nos sentamos a su alrededor. Eso sí me extraña mucho más, parece que la conversación sí es de verdad. Bueno, al final esto no deja de ser un concurso de convivencia.
Ikki decide hablar en japonés y aguanto las ganas de reírme en su cara. El resto parece muy atento a lo que habla. Bueno, no todos. Wyatt me observa con discreción. Ya lo he pillado un par de veces. Sé lo que piensa: «¿La alianza con él sería de verdad?». Justo lo que quería.
—¿Estáis asustados por mañana? Ya sabéis... Empezamos el juego, las nominaciones... Estoy aterrada.
Pobre Ambika, no sabe que, a veces, es mejor callarse la boca y guardar los pensamientos en el rincón más oscuro de la cabeza. Sin embargo, ya sé qué pretendía Francia integrándose como el mejor amigo de todos: que se confiasen y hablaran sin miedo. Maldito crío.
—¿Cómo sienta ser el yogurín de la convivencia, Francia? —pregunta Iris, recogiéndose el cabello—. ¿No tienes miedo a salir el primero por eso?
—Pues no, España —escupe con ironía—. Hablas como si nos llevásemos diez años y tú y yo nos llevamos apenas dos.
Iris ríe y asiente con suavidad.
Me toca.
—¿Por qué la familia Leclair te ha mandado a ti y no a tu hermano? —La pregunta se clava en él como el mejor de los puñales—. Tendría mucho más sentido que el hijo pródigo, al que sacan ante las cámaras con orgullo, estuviese aquí, representando a tu familia.
El silencio inunda el jardín. Está claro que no saben mucho del linaje Leclair, pero yo me he puesto a hacer memoria y no lograba ver su figura en alguna revista junto a su familia. Solo salió cuando volvió del internado.
—Edgar, no te conviene ir por ahí —asegura con una sonrisa—. Si crees que me conoces, estás muy equivocado. No vuelvas a hablar de mi familia.
En cuestión de segundos, ya está de pie. Cruza el jardín a toda prisa y desaparece dentro de la casa.
Lo sé. Acabo de meter la pata.
Mis dedos pellizcan el puente de la nariz una y otra vez. No entiendo por qué me siento así. Ha sido un golpe durísimo, justo lo que buscábamos, pero hay algo que no encaja.
La mano de Iris intenta detenerme cuando echo a andar tras él.
Al entrar en la habitación, lo encuentro tumbado con la cara hundida en la almohada.
Un nudo se forma en mi garganta y, tras varios amagos, consigo sentarme a su lado en la cama.
—Wyatt, no debí decir eso. Lo siento.
Silencio.
Ceñudo, aprieto ligeramente su hombro para llamar su atención.
—Ey, te estoy pidiendo perdón, ¿vale?
Por fin, me permite verle. Sus cejas permanecen fruncidas y la frente surcada de arrugas, pero eso deja de importar en cuanto descubro las lágrimas que intenta secarse antes de que pueda verlas.
—Edgar, déjame solo.
—No quería hacerte llorar.
—Tú no puedes hacerme llorar, imbécil —espeta.
—Sin embargo, estás llorando por lo que he dicho. —Se me rompe la voz un instante e intento calmarme. Odio ser mala persona—. Lo siento, en serio.
Asiente y desvía la mirada, dejando caer las manos.
Se me escapa un suspiro mientras retiro una lágrima de su mejilla.
Entonces, ocurre: sin previo aviso, se refugia entre mis brazos y yo me quedo helado. Su respiración choca contra mi cuello y, por un instante, soy incapaz de reaccionar.
Mis extremidades están rígidas durante los segundos que tardo en devolverle el abrazo con más ganas de las que deseo.
—No olvides dónde estás metido —susurra—. Mira a tu derecha.
Una cámara nos apunta directamente, recogiendo todo lo que pasa.
Hijo de puta, lo tiene todo calculado.
—¿Cómo crees que voy a quedar cara al público? —Al estar tan cerca, puede hablar con ese hilo de voz casi inaudible—. En todo reality se necesita una víctima, y tú me acabas de asignar ese papel. Sé que voy a salir nominado, pero no me van a echar, y todo gracias a ti.
Cuando se separa, su rostro mantiene la expresión triste. Si fuese espectador, me daría pena. Ese es su maldito objetivo.
«Edgar, Wyatt, activad los micrófonos».
De nuevo, sonríe. Ni siquiera en redacción van a poder escuchar lo que ha dicho. Antes de abrazarme ha apagado mi petaca. Le ha salido la jugada redonda.
—Te perdono, Edgar. —Estúpido, estúpido, estúpido. He sido un estúpido—. Siento haberme comportado contigo con frialdad, pero no sabía en quién confiar.
Y, para finalizar su gran actuación, me da un beso en la mejilla y se levanta de la cama, saliendo del cuarto.
No soy un león. Tampoco una hiena. Está claro que este cabrón me acaba de convertir en la cebra.