IRIS
No voy a mentir, me ha costado muchísimo coger el sueño. Es extraño dormir con tantas personas que no conozco de nada.
Al menos, he podido coger la cama que está junto a la de Edgar; es el único que se asemeja a mi manera de ser.
¿El resto? Pueden ahogarse mientras duermen.
Las chicas, en vez de cerebro, parece que tienen serrín.
Antonella tiene una voz que no sale de tu cabeza, aunque esté callada.
Es irritante. Ambika mira mal a todo el mundo y me pone nerviosa.
Y, bueno, no hablemos de la mexicana. Vaya chica estúpida, altiva y prepotente.
Uf, no la soporto. La estrangularía con una de sus extensiones.
Pensé que los primeros días me llevaría bien con todos, pero es imposible.
Lo he intentado, lo juro. Ayer estuve hablando durante más de media hora con Antonella y casi me explota el cerebro, órgano que brilla por su ausencia en ella.
Olga y Kora son un poco más reservadas y no hablan tanto, por eso las puedo soportar.
Con los chicos me llevo mejor, bueno, exceptuando el caso de Wyatt. No sé qué le pasa a ese chico, pero le caigo mal. Tanto yo como Edgar. No me preocupa mucho, la verdad. Además, ayer estuvo toda la noche con Anahí, así que mejor lejos.
Las luces de la habitación se encienden de golpe. Ya nos lo avisó la voz fantasmal: a las ocho de la mañana las luces se encenderán, aunque no nos despertemos. Normas del concurso. Además, el agua caliente solo estará disponible de 8:00 a 10:00 y de 21:00 a 23:00. Tanta norma me enferma.
Aprovechando que están todos dormidos aún, voy a darme una ducha para intentar espabilarme.
El baño me resulta aún más grande que ayer.
Lo único que no me gusta son las cámaras y que haya una única ducha, a pesar de que es tan grande que podrían ducharse tres personas juntas.
Cuando el agua cae sobre mí, no puedo evitar soltar un pequeño gemido.
Necesitaba tanto una ducha caliente, sentirme como en casa.
No me he vestido tan rápido jamás. Espero que pueda acostumbrarme a ser observada las veinticuatro horas del día.
Me dirijo a la cocina para desayunar algo, necesito un café y algo de chocolate.
Espero que haya algo. Claro, no me había acordado, tengo que hacer el café.
Maldita sea. Tras poner en marcha la cafetera, mordisqueo una galleta para hacer tiempo.
Entonces, los murmullos y varios pasos se hacen presentes poco a poco. Edgar aparece junto a Peter y Kora y me saludan al verme. Sonrío, sirviéndome una taza de café.
—¿Lo has hecho tú? —pregunta Edgar, mirándome con una sonrisilla y los ojos aún adormilados.
Orgullosa, asiento varias veces y le paso una taza para él.
—Si tengo que esperar a que lo hagáis vosotros, me da algo.
Mi sonrisa se amplía mientras le doy un sorbo.
—Eres la mejor de esta casa y lo seguirás siendo mientras me hagas café —bromea antes de guiñarme un ojo y darle un sorbo a su taza.
—Imbécil.
Pero no todo podía ser idílico en esta mañana. La tormenta llega con acento mexicano. ¿No podría dormir más? Y lo malo nunca viene solo, así que, para irritarme aún más, Anahí y Wyatt entran juntos y sonriendo. Me miran rápidamente y siguen hablando. No los soporto.
—¿Cómo te cae el francés? —pregunta Edgar.
Ha debido de notar la tensión en todo mi cuerpo.
—Como una patada en el culo.
Edgar estalla en una carcajada escandalosa y me choca la mano. Es maravilloso.
—Sabes, tenemos que pensar bien la jugada.
Ahí está lo que llevo esperando desde anoche: las estrategias. No quería ser yo quien comenzase el juego, sobre todo, porque a ojos del público puede ponerte en la mira. A nadie le gustan los jugadores que manipulan o son estrategas, por eso hay que tener un perfil bajo al principio.
—¿A qué te refieres? —pregunto, haciéndome la tonta.
—Lo sabes de sobra —asegura el alemán con una ladina sonrisa. Me tiene más que calada—. En la primera nominación tenemos que sacar a los que creamos más débiles. Mi elegida es Ambika, ¿quién crees tú?
Silencio. Hago un reconocimiento a los concursantes que invaden la cocina mientras doy tragos suaves a mi café.
—Antonella es irritable —comento, por fin—, seguro que la odia la mayoría del público. Pero faltaría un nominado.
—Saquemos al francés —propone con indiferencia y le señala con la cabeza—. Nosotros dos, Kora y Peter. Creo que podemos confiar en ellos. Kora me vino ayer diciendo que Wyatt y Anahí querían nominarnos a ti y a mí, así que podemos contar con ella como aliada.
Mis labios se curvan con diversión cuando mis ojos se encuentran con los del rubio. No puedo ocultar mis preferencias y, a estas alturas, la gente que nos esté viendo en casa ya sabe de qué estamos hablando.
—Edgar, estás haciendo estrategias el segundo día de concurso, ¿te das cuenta?
—¿Y? Si no lo hacemos así, uno de los dos va a acabar nominado y no puedo sobrevivir aquí sin un cerebro similar al mío, ¿de acuerdo?
—Vale —contesto, contenta por el cumplido—. Aun así, solo somos cuatro. Necesitamos más.
Tal y como esperaba, Edgar ya tiene un plan. Me alegro muchísimo de haberle caído en gracia, no me gustaría tener de enemigo a alguien así. Aliarnos es la mejor decisión que puedo tomar, por eso me limito a escucharle.
—Simplemente tenemos que mostrarle a los demás el lado negativo de Wyatt y Anahí, con sutileza. —Encoje sus hombros sin dejar de mirar a la pareja mencionada—. Ya sabes, una mirada reprobatoria de vez en cuando, cuando se estén riendo o algo así. Generar desconfianza.
—Vaya, vaya —susurro y acaricio mi pecho con lentitud, fingiendo estar compungida—. Eres perversamente estratega. Me gustas, alemán.
—¿A quién no?
Reímos y observamos a Wyatt y a Anahí que, casualmente, nos observan de igual manera.
Está claro que en esta casa están las mosquitas muertas y los asesinos.