WYATT
De repente, el televisor que hay frente a nosotros se ilumina y la figura del presentador regresa a la pantalla.
¿Cuántos años puede tener? Seguramente, cuarenta y tantos.
Tiene un acento gracioso, me tranquiliza oírle.
Todos nos quedamos en silencio a la espera de que hable.
Sonríe ampliamente, se aclara la voz y se dispone a hablar:
Me sudan las manos.
Desde el monitor, parece que el presentador nos mira a todos. Da grima.
—¡Un poco! —Me fuerzo por sonreír, pero no me sale. Entonces, todo mi cuerpo se relaja cuando Anahí me toma la mano.
—Tranquilo, muchacho. Recuerda, esto es para disfrutar. Espero que la semana que viene estés más relajado. ¡Ánimo!
» Bueno chicos, ahora sí es hora de irme. Os dejo la tabla de concursantes. ¡Nos vemos la semana que viene !
Entonces, algo en mí despierta observando la tabla de concursantes. Hay algo raro en ella, pero no sé el qué. Doy varios pasos atrás y me siento en un taburete, mientras que los demás hablan entre ellos para conocerse mejor.
—¿Estás triste porque eres el yogurín de la casa?
Edgar me observa con una sonrisa odiosa y las manos sobre la barra de la cocina.
—Edgar, ¿qué tenemos en común todos? —le pregunto, confiando demasiado en que este tío tenga más de una neurona en esa cabeza rubia.
—¿Qué somos bilingües y sabemos inglés?
Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.
—Vale, vale —suelta y cruza sus brazos. Parece que me quiere prestar atención—. Dime qué te preocupa.
—Todos venimos de familias adineradas e importantes —recopilo la información que sé hasta ahora.
—¿Y?
—¿Por qué crear un concurso para dar dinero a los ricos?
Edgar frota su barbilla y tengo la esperanza de que esté pensando en algo coherente.
—En este mundo, lo que da morbo es ver el día a día de las personas con dinero, Wyatt.
Menudo chasco; por confiar en él.
Suspiro y vuelvo a mirar la tabla de concursantes.
—No has acabado —murmura y se sienta a mi lado—. Hay más, ¿verdad?
—Mira la tabla. —Me hace caso—. ¿No echas en falta algo?
—¿A una señora mayor? —bromea, aunque no le sigo el juego. No me gustan las bromas y menos con gente que no tiene gracia ninguna.
—A un concursante de La Gran Potencia.
Frunce el ceño al oírme y repasa los concursantes de nuevo. Ajá.
—¿Por qué en un concurso creado por La Gran Potencia no hay un concursante que los represente? —insisto.
—Wyatt, deja de preocuparte por tonterías e intenta disfrutar de la experiencia —espeta Edgar como si estuviese hablando con un lunático.
Se pone en pie y me sonríe con prepotencia—.
Y si no quieres hacerlo, no te preocupes, este jueves mis nominaciones irán para ti, así que podrás volver a poner tu pálido culo en Francia.
Me levanto y me alejo de él lo más rápido que puedo.
Imbécil, estúpido, prepotente de mierda.
En la habitación, me encuentro con Anahí, Dante, Killian y Kora.
—¡Mi pequeño francés! ¿Por qué tienes esa cara? —pregunta Anahí.
—El alemán es gilipollas —bufo, intentando que mi pulso vuelva a la normalidad.
—Lo es —me apoya sin dudarlo y se muerde una uña con cierta picardía—. Obvio que mis nominaciones irán para él y la española. Son odiosos.
Río y me tiro en la cama. Necesito respirar hondo y calmarme. Necesito pensar en que estoy solo en mi habitación, con un té verde que sabe a agua sucia y con Delphine en la cocina, preparando la cena.
Sí. Tranquilo, Wyatt. Estás en casa. Tu casa.
—Wyatt, al habitáculo por favor .
Una voz grave que proviene de Dios sabe dónde, retumba por toda la casa. Anahí se encoge de hombros al mirarla, y no me queda más remedio que obedecer a la voz de ultratumba. Salgo de la habitación con un solo pensamiento: no encontrarme con Edgar, por favor.
Y pensar que esto es el primer día de muchos...
Le veo de soslayo en la barra de la cocina junto a Iris y Antonella. Sé que me miran cuando cruzo el salón para llegar a la puerta del jardín. No sé cómo serán las nominaciones, pero los máximos puntos se los va a llevar él por gilipollas.
En el jardín hace frío, muchísimo. Se me eriza la piel al instante.
Observo la puerta del habitáculo, confuso.
¿Qué tengo que hacer? Bajo la mirada hasta una especie de interruptor, parpadeo varias veces y lo pulso.
Al instante, el mismo sonido que escuché cuando entré en la casa, ese desagradable timbre estrangulado.
La habitación (si es que puede llamársele así) es pequeña, aunque podríamos caber todos, con un sillón bastante grande, una puerta, la pared de espejos y, al lado, la cámara.
Qué grima da esto, joder.
—Siéntate, Wyatt.
Obediente, me siento en el sillón. Es cómodo.
—¿Cómo te encuentras? ¿Piensas que podrás llevarte bien con todos tus compañeros?
Ahora lo entiendo. Esto es lo que verá la gente. Aquí vendremos los doce a echarnos mierdas en privado. Me gusta.
—Pues... —dudo—. No. Hay algún compañero que se me ha atragantado ya.
—¿Podrías dar nombres?
Me encojo de hombros y río:
—Claro. No soporto a Edgar, ni a la española. Son demasiado estúpidos —la voz no vuelve—. ¿Puedo preguntar una cosa?
—Adelante, Wyatt. Eres libre de decir lo que quieras.
—¿Por qué no hay ningún concursante de La Gran Potencia? —La pregunta sale atropellada, como si estuviese deseando salir de mí para poder ser libre—. Se supone que es el país que ha tenido la iniciativa de este concurso, ¿por qué no hay nadie que los represente?
—La idea de THE HOUSE es que los habitantes de La Gran Potencia conozcan cómo viven y qué carácter tienen personas de otros países.
—Entiendo... —¿Y ya está? ¿Esa es la gran incógnita que ha estado martirizándome los últimos diez minutos? No sé si me sirve. Aun así, no rebato nada—. Muchas gracias... Ehm, ¿cómo le llamo?
—¿Cómo te gustaría llamarme?
—El presentador te llamó El Jefe. ¿Te llamo así?
—Claro. Vuelve a la casa, Wyatt. Cuando quieras hablar, vuelve aquí. Estaré para escucharte.