Encerrados (The House 1) EDGAR
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EDGAR

La casa no está nada mal. Parece… perfecta. Si no hubiese estado en un avión durante diez horas, diría que es propiedad de mi madre. Cuando gane, preguntaré si ella fue quien eligió al equipo de arquitectura y diseño.

Las cámaras se mueven al instante mientras me paseo por las distintas habitaciones, vigilantes y efectivas, por supuesto. El público no va a perderse nada, y eso mola muchísimo.

Al entrar en el supuesto dormitorio, veo camas para bastantes personas, coño. Una, dos... diez, once y doce. Vaya, vaya. Doce personas. He dormido con más personas en Australia, este concurso va a ser pan comido para mí.

—Alguien nuevo —dice la chica africana desde el salón. Si no recuerdo mal, me ha dicho que se llama Ambika. Un nombre muy bello.

La curiosidad por saber con quién voy a vivir durante estas semanas puede conmigo y, con las manos en los bolsillos, me acerco a conocer al nuevo huésped.

Por ahora, somos cuatro: Ambika, Olga, Peter y yo.

El chico parece majo, aunque tiene pinta de estirado.

Creo que era del Reino Unido, pero no me acuerdo bien.

Al entrar en el salón, Ambika está saludando al nuevo. No logro verlo porque Peter y Olga lo tapan. Frunzo el ceño y espero a que lo saluden para poder conocer a otro compi de habitación.

Entrecierro los ojos, observándolo: tez pálida, cabello color café...

Vamos, date la vuelta de una vez. Parece que escucha mis pensamientos y se gira, por lo que consigo distinguir perfectamente su rostro, sus ojeras rosadas y sus ojos grandes.

Sonrío levemente y me acerco a él. Me mantiene la mirada en todo momento, pero su expresión no cambia.

—Hola, soy Edgar —saludo, ofreciéndole la mano.

—Wyatt —duda varios segundos, pero estrecha mi mano unos segundos.

¿Wyatt? Vaya nombre. Este chaval no va a durar aquí ni una semana. Está temblando y aún no hemos empezado, joder.

—¿De dónde eres?

—De Francia.

—Yo de Alemania.

Y, aunque me esfuerzo por mantener una conversación con él, termina por darme la espalda y atender a Olga, que le ha preguntado lo mismo que yo.

Vaya tío raro.

En el jardín resuenan tacones repiqueteando contra el caminito de piedra pulida.

Me alejo de los demás para ver quién se acerca y ser el primero en recibirlo.

Sonrío con amplitud al ver a una chica alta con media melena morena y las puntas rubias.

Cuando me ve, se lleva la mano al pecho y ríe con sorpresa.

Está claro que no me esperaba. Tiene unos ojos grandes y fulminantes, podría pasar horas mirándolos.

Ella me sonríe y se aparta un mechón de pelo del rostro antes de tomar mi mano y poder entrar sin riesgo de caerse por culpa de los tacones.

—Gracias —susurra, sonriente—. Por fin. —Su mirada recorre toda la casa antes de volver a clavarse en mí y presentarse de una vez—. Soy Iris y vengo de España.

—Edgar, de Alemania. —Me inclino para dejarle dos besos en las mejillas, sé que en España se saluda así—. Bienvenida a tu nuevo hogar.

No oculta la sorpresa en su rostro y se aleja unos centímetros para poder mirarme de pies a cabeza, analizándome con diversión.

—No tienes pinta de alemán, ¿sabes?

—Sí, lo sé —reconozco con una carcajada suave—. Llevo dos años viviendo en Australia y allí el sol abunda.

—Voy a saludar a los demás. Encantada, Edgar.

Le guiño un ojo y sonríe. Por fin alguien normal, ya pensaba que solo iba a entrar gente aburrida y callada. Vaya reality de niños ricos y educados me espera. Entrecierro los ojos y observo cómo Wyatt saluda a Iris: no sonríe, le da dos besos muy rápidos y le dice su nombre.

Hay algo en todos ellos que me resulta familiar, pero no sé el qué. Sobre todo, de Wyatt e Iris. Los conozco de algo, he visto sus caras antes, estoy segurísimo. Piensa, Edgar, piensa. Frunzo el ceño y niego, incrédulo. No puede ser, ¿no? Sería mucha casualidad.

Wyatt se sobresalta cuando le toco el brazo y me mira con curiosidad o, tal vez, miedo. Parece un cachorro asustado, voy a comérmelo con patatas en estas semanas.

—¿Wyatt Leclair?

Asiente rápidamente y frunce el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Soy Edgar Becker.

—Becker —alza las cejas, asintiendo—. Tu padre es doctor, ¿no? Socio en Alemania de mi madre.

—Exacto.

—Luis Becker —suelta Iris, riendo—. De eso me sonabas, maldita sea. Tu padre ha retocado a mi madre un par de veces. Iris Montenegro.

—Claro, tu madre es la actriz Patricia Montenegro.

—Edgar Becker, ¿no eres el malcriado que fue al calabozo por darle una paliza a un dependiente?

Las palabras de Wyatt me pillan por sorpresa y me tenso. Él me sonríe con ápices de... ¿placer? ¿Se siente bien por haberme atacado? Voy a acabar con él.