Encerrados (The House 1) WYATT
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WYATT

Si hay algo que odio son los aviones. Me ponen de muy mal humor y he estado en uno durante nueve horas y cuarenta minutos.

Soy un volcán a punto de estallar e inundar La Gran Potencia de ira.

Lo único que me ha gustado de todo esto ha sido la discreción que han tenido desde que me bajé del avión, para intentar que nadie pueda verme hasta el día del concurso.

La suite en la que me hospedo es bastante bonita. Me quedaría aquí las nueve semanas que durará ese maldito concurso donde me ha enviado mi familia para librarse de mí.

Abro mis brazos y dejo que mi cuerpo colisione contra el colchón.

No sé qué me voy a encontrar mañana. ¿Convivir más de ocho semanas con personas totalmente extrañas?

No llevo bien estar rodeado de personas, mucho menos dormir con ellas.

¿Cuántos seremos? No sé por qué acepté esto, debí escaparme cuando tuve la oportunidad.

No merece la pena ser un miembro de la familia Leclair.

Quizás, cuando acabe el concurso, me quede a vivir en Chicago.

Supongo que con el dinero que ganaré cada semana será suficiente.

Yo no pido mucho: una cama, una taza de té para calmar mis nervios y tener brillante el pelo, un libro cada mes y una ducha. Lo justo para ser feliz.

Mis hombros crujen al estirarme hasta niveles extremos, qué placer. Necesito un cigarrillo. Se me había olvidado: para poder vivir también necesito un cigarrillo al día, solo uno. Busco mi mochila, ¿dónde coño la he dejado? Ah, sí, en el baño.

Al encender la luz del baño, me encuentro de frente con mi rostro en el espejo. Mis rojas ojeras hacen un contraste maravilloso con la blancura de mi piel. Debería estar colgado en un museo.

Con el cigarrillo entre los labios y el encendedor dando vuelta entre mis dedos, advierto el detector de humo en el techo de la habitación. Maldita sea.

La brisa me eriza la piel cuando salgo al balcón y, por fin, consigo dar una larga calada, disfrutando de cómo la nicotina se mezcla con mi sangre y me da el placer que espero sentir cuando fumo.

No sé si me estoy volviendo loco, pero tengo la sensación de que alguien me observa.

Sí, estoy muy seguro de que no son paranoias.

De súbito, ladeo mi cabeza y me encuentro a una joven de tez morena con la melena rubia ceniza revuelta, observándome sin pudor alguno.

Enarco una ceja y le sostengo la mirada, como dos perros a punto de enzarzarse en una pelea.

Ríe y se pasa la mano por el cabello para dejarlo caer segundos después.

—Hola —saluda por fin.

—Hola.

—¿Me dejas el encendedor? Traje de todo menos eso. —Su acento me llama muchísimo la atención. Es latinoamericana, sin ninguna duda.

El mechero sale disparado hacia ella, con riesgo de caer a la inmensidad. Lo agarra con facilidad y se enciende el cigarrillo que guardaba en el bolsillo trasero de sus shorts .

—Soy Anahí, de México.

Lo sabía. Me encanta su acento. Es tan, tan, tan, tan, tan, tan. ¡Me encanta!

—Yo soy Wyatt, de Francia. —Por primera vez desde que he puesto un pie en este país, sonrío—. ¿Vienes al concurso?

—¡No manches! —exclama, sorprendida— ¿Tú también? ¡Qué chido! No había conocido a ningún concursante aún.

—Yo acabo de llegar. —Mi cuerpo se relaja ante la presencia de la mexicana, como si la constante alerta a la que estaba sometido hubiese sido apagada—. ¿Sabes de qué va?

—Convivencia, según tengo entendido —susurra mientras el humo se le escapa por la boca—. Mi celular está sonando, ha sido un placer, Wyatt. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Bueno, después de este encuentro casual con una de las chicas que voy a tener que ver veinticuatro horas durante más de ocho semanas, puedo decir que estoy menos nervioso. Ojalá todos sean como ella.

Al instante, el monitor se apaga, haciendo que la figura del presentador desaparezca. Mi estómago se retorcía mientras escuchaba a ese hombre que parecía ser muy feliz presentando el concurso.

No quiero estar aquí.

No quiero convivir con once desconocidos. Bueno, diez, ya he conocido a Anahí y me ha parecido encantadora, pero solo para hablar dos segundos.

Una chica con unos cascos en la cabeza se acerca a mí y me guía por diferentes pasillos que tiene el interior de la casa. Dios, esto es un maldito laberinto.

—Entrarás el quinto, ¿de acuerdo? —Me sonríe con amplitud, guiñándome un ojo—. No tendrás que esperar mucho, ¿vale? Cuando escuches que alguien timbra la puerta, la abres y estarás dentro. ¡Mucha suerte!

Como un idiota, asiento a cada palabra que dice mientras los nervios transmutan a bilis que recorre mi garganta con ansias de ser expulsada de mi cuerpo.

Tranquilo, Wyatt, pronto podrás tomarte un té verde. Tranquilo.

De repente, escucho el sonido del timbre y un chasquido. Supongo que se ha desbloqueado la puerta, todo está listo.

Al fin.

Llegó el momento.