Encarcelada (Serie Convictos) 22 Axel
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22 Axel

Camino de un lado a otro de mi celda como un animal enjaulado, con los músculos agarrotados por la frustración.

La implacable prisión de piedra se cierne sobre mí, sofocándome con su familiaridad.

Cada vez que cierro los ojos, veo a Willow: su rostro sonrojado, esos labios bonitos entreabiertos de placer, la forma en que se entrega a mí por completo.

—Joder. —Golpeo la pared con el puño, agradeciendo el latigazo de dolor. Es mejor que esta necesidad enloquecedora que me recorre las venas.

El recuerdo de su aroma persiste en mi piel a pesar del jabón de la prisión. Dulce azahar mezclado con excitación. Mi polla se endurece al instante al pensar en su coño envuelto alrededor de mí, esos gemiditos que hace cuando estoy hundido en ella.

—¡Morrison! ¡Reparto de correo! —La voz del guardia interrumpe el torbellino de mis pensamientos.

Lo ignoro y sigo con mi circuito inquieto por la celda. Ocho pasos hacia adelante, giro, ocho pasos hacia atrás. La rutina suele calmar la cacofonía mental, pero hoy nada funciona. Solo puedo pensar en Willow llevando ese tapón, preparándose para mí como la buena chica que es.

Los dedos me hormiguean por las ganas de coger el teléfono y enviarle otro mensaje, pero espero. Arriesgarme a que los guardias que no están comprados descubran nuestro pequeño arreglo es demasiado peligroso.

—Me perteneces —susurro a la celda vacía, imaginando su reacción—. Eres jodidamente mía. Por completo.

Willow Matthews me pertenece ahora: mente, cuerpo y alma. Pasaré cada momento hasta nuestra próxima sesión planeando exactamente cómo demostrárselo.

El pase de lista matutino se alarga hasta que la voz de Thompson interrumpe mis pensamientos.

—Dos cuerpos encontrados en el Bloque C. Destripados como peces, igual que en los archivos del caso Morrison.

Se me hiela la sangre. El picor familiar bajo mi piel se intensifica mientras los recuerdos de asesinatos pasados destellan en mi mente. ¿Pero estas muertes? No son obra mía.

—¿Qué coño miras? —le gruño a Martínez cuando nuestras miradas se cruzan—. He estado en mi celda toda la noche.

—Seguro que sí, Morrison. Igual que estabas «en tu celda» cuando Karen Mitchell desapareció.

La ira me nubla la vista. Me lanzo hacia adelante y las cadenas traquetean.

—¿Quieres repetir eso?

Los otros reclusos se apartan y crean una burbuja de espacio a mi alrededor. Son listos y saben lo que pasa cuando pierdo el control.

—¡Retrocede, Morrison! —Thompson levanta la porra.

—Alguien está intentando inculparme —digo enseñando los dientes en una sonrisa feroz—. Y cuando descubra quién...

—¡Ya basta! —Martínez me golpea con la porra—. Fuera de la celda.

Agarro la porra y tiro de él hacia mí.

—Vuelve a tocarme y serás el siguiente.

Hacen falta tres guardias para reducirme. La cara se me raspa contra el hormigón mientras me aprietan las esposas. Los demonios en mi cabeza gritan pidiendo sangre, exigiendo retribución.

—Aislamiento para ti, Morrison. Unos días en el agujero a ver si te calmas.

—¡Que te jodan! —Me debato contra ellos—. ¡Yo no he sido! ¡Revisad las cámaras!

Pero ya sé lo que encontrarán: nada. Quienquiera que esté jugando a esto es listo. Conoce mi historial, mis métodos. Está usando mi pasado en mi contra.

Mientras me arrastran, un pensamiento atraviesa el caos de mi cabeza: Willow.

Si alguien está investigando mis actividades aquí, es cuestión de tiempo que noten nuestras sesiones de «terapia» diarias.

Uno de los guardias a los que Martínez soborna podría irse de la lengua.

Alguien podría revisar las grabaciones de seguridad, comprobar los registros de entrada y notar el patrón.

La idea de que alguien más descubra lo que es mío hace que el ruido en mi cabeza se vuelva ensordecedor.

Necesito hacerle llegar un mensaje, advertirla. Pero primero tengo que averiguar quién está intentando destruirme y hundir mi reputación en esta prisión. Y cuando lo haga...

El monstruo bajo mi piel se despereza, anhelando liberarse.