35 #2
—Háblame de ese lugar —le pidió—. Quiero saber más de lo que me espera allí.
Aida sonrió.
—Preferiría que lo vieras con tus propios ojos. Para mí sería una hazaña imposible intentar describir...
El carruaje se detuvo. Aida y Mary se miraron con extrañeza.
Mary comenzó a notar que el aire que compartían se volvía más denso a medida que pasaban los segundos, envueltas por un silencio absoluto.
El corazón de Mary empezó a latir de bote y voleo.
El pulso, sin embargo, no le tembló al alargar la mano hacia la ventana y correr un poco el cortinaje.
Enseguida saltó a la vista que se habían alejado a buen trecho de la ciudad, quizá el mismo tiempo que el carruaje había dejado de traquetear en algún punto de su conversación con Aida.
Ahora, estaban rodeadas por un paraje sombrío y solitario.
No había movimiento que previniera de un ataque.
Ni siquiera oían las monturas que tiraban del coche, sus relinchos. Sin embargo...
Cerró la cortina.
—Deberíamos... —se proponía decir, cuando se fijó que la puerta del lado de Aida se abría de golpe y un par de oscuras figuras empezaron a sacar a la fuerza a la mujer. Aida forcejeó mientras Mary tiraba de su otro brazo para impedir su salida. Fue inútil. Sonó un portazo.
Mary contuvo un grito. Estaba sola. Oyó voces, golpes, quejidos que venían desde fuera.
Se deslizó hacia el costado de la puerta abierta.
Y, haciendo acopio de sus bríos, salió. Lo primero que apreció fue el cielo —no del todo negro, sino rosa profuso— del reino de escarcha.
Lo segundo, a la mujer hadúna enfrentándose a dos figuras vestidas de negro y con antifaces de cristal ennegrecido que tenían la silueta de un pico de cuervo. Aida estaba armada con una nuxus .
«¿De dónde...?», pensó Mary. Y, de pronto, alguien la tomó por detrás y le puso un puñal en el cuello.
Ella ahogó un grito, pero se resistió. Aida estaba tan encauzada en la pelea con los otros dos atacantes que no pareció advertir el peligro que corría Mary.
Blandía su daga con una destreza increíble.
Su adversario evadió su ataque de perillas, dando un salto atrás.
El otro atacante arremetió una patada desde abajo.
Aida dio un bote a tiempo. Su daga destelló.
Los atacantes sujetaban un sable cada uno ( adamantus , reconoció Mary), con los que intentaban ensartar a la mujer.
Aida parecía un demonio blanquecino cortando las sombras de la noche con sus fugaces movimientos.
Mary no había esperado que Aida, otrora señora Katterblack, supiera luchar tan diestramente como lo hacía.
El prado guardaba silencio alrededor de la contienda.
El tiempo pareció detenerse, de pronto, cuando uno de los atacantes acertó una patada a la mujer de blanco en las costillas.
Aida trastabilló hacia atrás. Otra patada, esta vez en el pecho, la derribó de espaldas en el césped.
Bramó, contrayendo la cara. Debió lastimarse.
Así y todo, Aida consiguió ponerse en pie, veloz como una flecha, a tiempo para esquivar la siguiente acometida de su atacante.
Giró, hendió la nuxus horizontalmente con una celeridad pasmosa.
El segundo bandido no perdió tiempo; mientras el compañero caía en el césped con una abertura en el pecho, se lanzó sobre Aida.
Ella se movió con una agilidad sorprendente.
«Tú también puedes hacerlo, Mary —dijo una voz familiar en su cabeza. Andrew, tal vez—. Recuerda los ejercicios». Pero estaba presa del miedo. El filo del puñal del tercer atacante le presionaba el cuello. Debía calmarse: era el primer paso. El segundo: cerrar los ojos, respirar profundo.
—¿Quiénes son? —preguntó ella, con voz mellada, a su opresor—. ¿Qué quieren de nosotras?
—La princesa... —fue la única respuesta que obtuvo.
Mary abrió los ojos de golpe. Por fin, Aida se fijó en ella.
Gritó algo ininteligible. Para Mary, esa fue una especie de señal.
Golpeó a su opresor en la garganta, tan fuerte que el brazo le tembló, entumecido, y el hombre de la máscara de cuervo se tambaleó hacia atrás, dejando caer el puñal.
Ella se apartó, rauda, y se inclinó para coger el arma que había caído próxima a sus pies.
Estaba oscuro, por lo que tuvo que arrodillarse y tantear entre el césped.
Su corazón latía con apuro. Cuando logró hacerse con el puñal, alguien la tomó con brusquedad por el pelo y la alzó en vilo; escuchó una risa áspera y vibrante junto a su oído.
Mary gritó.
Turbado e intranquilo, Andrew salió de la mansión Katterblack por el mismo camino por el que había entrado hace un instante: el acceso de la cocina.
Adler, el cocinero, no estaba allí cuando atravesó la estancia hacia el jardín, lo que resultó ser un alivio ya que no tendría que dar explicaciones y podía continuar su trayecto sin interrupciones.
«Se ha ido —pensó al cruzar la puerta hacia el exterior—. Y no se ha despedido».
Al menos había dejado una carta.
La brisa era fresca, ventosa. Andrew se abrazó a sí mismo sin aflojar el agarre de la carta que tenía en la mano derecha.
Tiritó. Empezó a caminar por el sendero de piedra que serpenteaba por el jardín, pasando junto a la fuente de la trucha, donde se detuvo.
Aquel era el lugar donde semanas antes había encontrado a Mary sacudiéndose como una posesa.
Se acercó a la fuente y se sentó en el borde de yeso.
El agua caía de la boca de la trucha como un interminable escupitajo.
Inhaló hondo. Examinó la carta. Estaba sellada con cera de vela y la huella de un pulgar.
En el reverso ponía: Para Andrew . Andrew pensó que era la primera vez que apreciaba la caligrafía de Mary, abierta y perfilada, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Tras otra profunda inspiración, rompió el sello improvisado y desdobló el papel.
Dentro había más de aquella caligrafía abierta y perfilada. Hermosa.
Querido Andrew:
Si estás leyendo esta carta, yo ya me habré ido.
He preferido evitar las despedidas, pues no me iré de forma definitiva ni mucho menos.
Regresaré. No sé exactamente cuándo. Pero te prometo que regresaré.
Ahora mismo quizá te estés preguntando adónde he ido.
De momento, no te puedo revelar el destino de este viaje (si es que alguna vez lo podré hacer). En cambio, sí te puedo contar su razón.
He partido a un lugar donde aprenderé a controlar mi habilidad especial, esa que has visto manifestarse en más de una ocasión; una dádiva que podría acabar con mi vida si no aprendo a manejarla a tiempo.
Para mí es muy difícil distanciarme de mi familia, aún más en este momento de dolor y oscuridad, pero, como solía decir mi padre, “en el mundo hay males incorrectos y males necesarios”.
Este es el caso de un mal necesario. En el lugar a donde voy, aprenderé a dominar este don, lo que podría ser de gran ayuda para acabar con Darkling.
Por cierto, no he partido sola. Me acompaña Aida Winter, que, como yo, ha aprendido a dominar este don entre sus iguales en el lugar que (de momento, como dije) no puedo revelarte.
Aida, además, me ha contado una historia: la historia de tu padre y cómo fue engañado por Loreen hace diecisiete años, la verdadera razón de su partida; le encargué, mientras redactaba esta carta, que también te la contara a ti y a Abby antes de marcharnos.
Merecían saber la verdad. Tu padre, donde quiera que esté, atendiendo los designios de Loreen, siempre los ha amado, de la misma forma que mi padre nos amó a mi hermano y a mí.
Tomaron decisiones para protegernos. A veces, esas decisiones eran un mal incorrecto. A veces no.
Yo he perdonado a mi padre y, asimismo, a mi madre. Espero que algún día también puedas perdonar a tu padre.
Te encargo el cuidado de mi hermano. Enséñale combate y dominación. Sabe tan poco de nuestro mundo como yo meses atrás. Protégelo de las sombras por mí. Sam es lo único que me queda de mis padres.
Te prometo que volveremos a vernos.
Con amor,
MARY
«Con amor», pensó Andrew. Suspiró hondo.
El aire olía a rocío y plantas. Alrededor, los sonidos de la noche reverberaban y la tenue brisa sacudía las copas de los árboles.
El agua en la fuente seguía cayendo. Andrew se levantó, guardó la carta en el bolsillo de su pantalón, y continuó su camino a casa.