35
CON AMOR, MARY
En silencio, Andrew se deslizó a través de las sombras del pasillo entre la cocina y el recibidor de la mansión Katterblack.
No era la primera vez que entraba a hurtadillas en la enorme morada, la verdad sea dicha, y era probable que tampoco fuera la última.
Había demorado en hacerlo, eso sí, después de los sucesos en el bosque el día anterior.
Sin embargo, su hermana le hizo cambiar de parecer.
A la mañana siguiente, Abby, Andrew y sus amigos tuvieron que asistir a un cenáculo con los miembros del Gremio para dar sus declaraciones sobre la muerte de Loreen, las cuales se extendieron hasta avanzada la tarde.
Ya en la mansión Katterblack, a medida que se acercaba al recibidor por el sombrío pasillo de costumbre, Andrew empezó a oír voces, voces que reconoció de inmediato.
Se trataba de Céline y la señora Katterblack (la nueva señora Katterblack, se recordó).
Echó un vistazo. Ambas estaban al inicio de la amplia escalera del recibidor.
Céline, farfullando, no paraba de ir de un lado a otro mientras agitaba la carta que tenía en su mano como una especie de abanico. Andrew aguzó el oído.
—... ha ido calladamente —decía Céline—.
Y solo ha dejado un montón de cartas. —Una carta oscilaba en su mano en ese momento, se fijó Andrew—.
Debo entregársela a Leo. A mí me la ha dado Sam.
Pero Mary también ha dejado una para Elise, una para nuestra madre y una para mí.
De momento, Sam solo me ha entregado la mía y la de Leonard.
—Me temo que Leonard no se encuentra ahora mismo en la mansión —informó a Céline la nueva señora Katterblack.
Esta le daba la espalda a Andrew, que estaba oculto en las sombras del pasillo contiguo a tres metros de distancia—.
“Parece que los hijos del bosque aún no deciden a quien nombrar su nueva líder”, fue todo lo que dijo antes de marcharse.
Todos los miembros del Gremio están reunidos en el salón de los Viejos Conjuros.
Andrew se preguntó si Abby también habría partido al salón en cuestión.
Probablemente ni siquiera llegó a alejarse demasiado de la iglesia Saint Peter cuando el Gremio convocó otra reunión tras la sarta de declaraciones que tuvo lugar ese mismo día.
La última vez que vio a Abby, estaba en compañía de Grace Startclyde, que también había asistido al cenáculo para declarar.
Andrew había pensado que debía ser el primero en decirle a Mary que Loreen, su tía recién descubierta, estaba muerta, y que él había participado en su muerte.
Abby tal vez había proyectado la flecha que hirió mortalmente a la líder del bosque; Andrew, sin embargo, era quien conservaba el vívido recuerdo, aun ahora, de la mujer hadúna desplomándose a sus brazos mientras intentaba decirle el paradero de su padre (si de tal cosa se trataba); Andrew no llegó a entender sus palabras.
Solo el rumor de la sangre, que manaba a borbotones de entre sus labios.
Parpadeó.
—Madre enloquecerá cuando sepa que Mary se ha ido —dijo Céline en aquel momento.
«¿Mary?», pensó Andrew. Salió de su escondite sin siquiera habérselo propuesto.
—¿Andrew? —soltó Céline, abriendo mucho los ojos—. ¿Qué haces ahí?
—¿Mary se ha ido? —dijo en cambio Andrew—. ¿Adónde?
Céline titubeó.
—No lo sabemos —contestó al final. Bajó la mirada—. Pero sí se ha ido. Me ha dejado una carta: pone que se marchó por un tiempo del pueblo, sin decir a dónde y por cuánto tiempo exactamente. Solo se fue. El único que la vio partir, el día anterior, fue Sam...
—El día anterior —repitió Andrew, con la mirada distante, como si no acabase de creerlo. «Se ha ido. Y no se despidió de mí». Ella no lo haría, decidió. Miró a Céline—. Puede tratarse de una trampa de Darkling —sugirió alarmado—. O de Mahlon West.
—No, Andrew —aseguró Céline—. Sam la vio partir.
Además, en la carta puso que regresaría pronto, que no intentáramos buscarla, que no está en peligro.
Que nos ama. —Suspiró hondo. Coselin Katterblack se puso a su lado y le ofreció su hombro como paño de lágrimas cuando empezó a sollozar quedamente. La carta seguía oscilando en su mano.
«La carta». Andrew hizo ademán de quitársela. Céline lo vio acercarse y se apartó de inmediato.
—Quiero leerla —dijo Andrew.
—No. —Céline fruncía el ceño. Tenía la carta presionada contra el pecho como si se tratase de una reliquia sagrada—.
¿Acaso te has vuelto loco? Esta es la carta de Leonard.
Mary ha dejado una para cada miembro de la familia; Sam me ha entregado la mía hace un momento.
No puedes leer la carta de Leonard. No puedes.
Andrew se adelantó, desafiante.
—Céline... —empezó, pero se interrumpió.
Las miradas de la joven y de la nueva señora Katterblack se emplazaron hacia el tope de la amplia escalera. Andrew las imitó. Allí estaba Sam, el hermano de Mary, observando. Comenzó a bajar los peldaños de mármol poco a poco, sin apartar la vista de los miembros de su familia y de Andrew.
Sobre todo, de Andrew. Una vez abajo, alargó su mano, en la que llevaba una carta.
—Toma —dijo Sam Cartwright—. Esta es para ti. Mary me dijo que vendrías y que debía entregártela.
Andrew, tardío, tomó la carta que le tendía el chico.
Lo miró directamente a los ojos. Aquellos enormes ojos jade.
Por un momento fue transportado al instante en el que se vieron por primera vez en sus vidas, en el despacho de Claudine, contando monedas (entonces se llamaba Newt, pensó Andrew con sorna).
Luego destelló el recuerdo del joven Sam en los brazos del subordinado, en el oscuro recinto de la fábrica Cartwright, cuando Mahlon West lo amenazó.
Andrew enfocó los ojos en el niño.
—¿Adónde ha ido? —le preguntó. Quizá tuviera más suerte que Céline para sacarle esa información. Pero no.
Sam encogió los hombros.
—Muy lejos —respondió lacónico—. Estará bien. —Trazó una sonrisa sincera—. No lo estaría diciendo con tanta tranquilidad si no fuese cierto. Si no confiara en ello.
—No —convino Andrew. Y también sonrió—. Supongo que no.
—Además —añadió Sam—, la mujer de blanco la acompaña. Y quizá también la ardilla parlante que vimos en el bosque. De cualquier forma, no está sola.
Andrew frunció el ceño.
—¿Qué mujer de blanco? —preguntó.
—Sí, Sam. —Céline dejó caer una mano en el hombro de su primo—. No aludiste a ninguna mujer de blanco. Y, además, ¿de qué ardilla parlante estás hablando?
Sam, de pronto, enarcó mucho las cejas. El gesto inspiró cierta ternura en Andrew. Era evidente que el chico había hablado de más. «Y que sabe más de lo que dice». Por alguna razón esta reflexión lo tranquilizaba.
Miró la carta.
El cielo nocturno exhibía un tono más opaco del rosa pálido que se apreciaba de día.
Las estrellas, a la vista no tan distantes como las del mundo exterior, parecían joyas de cristal que contenían un fuego blanco en su interior.
Mary, sonriendo sin darse cuenta, se apartó de la ventana en tanto el carruaje traqueteaba por una calle adoquinada de la ciudad que dejaban atrás; cerró el cortinaje, ahogando de ese modo el escaso bullicio que provenía de afuera.
Aida, la vista baja, volvía a parecer inmersa en sus pensamientos y, puede también, preocupaciones.
—¿Cómo estuvo tu conversación con Wyllas? —preguntó Mary.
Aida parpadeó. Y, luego, la miró como si acabara de caer en la cuenta de su presencia.
—Provechosa —dijo—. Ciertamente. Ya lo has visto tú misma, Mary. El magistrado es un encanto.
Mary estuvo de acuerdo. Asintió con una sonrisa.
—¿Y a ti? —prosiguió Aida—. ¿Cómo estuvo el ala de lectura? Debió ser difícil para ti no poder quedarte mucho tiempo para echar el diente al menos a la mitad de sus volúmenes.
—Sí. —Mary suspiró. En realidad, apenas había tenido tiempo de echar un vistazo al sinfín de lomos que cubrían las paredes de aquel salón.
Había pasado casi todo su tiempo respondiendo preguntas sobre el mundo exterior—.
Pero conocí a los príncipes de Azur y la hija de un conde.
Heddir y Madeleine son muy tiernos. Me recordaron a mi hermano.
Sobre todo, el príncipe. Tiene su mismo cabello.
Aida frunció el ceño.
—¿De quién?
—Elleine. Y Madeleine también.
—En efecto. —Aida bajó la vista, que de pronto pareció ensombrecerse—.
El cabello anaranjado es un rasgo propio de la familia real.
Nadie, en todo el reino de escarcha, tiene uno similar.
—Y añadió, alzando un dedo—: Aunque, según Wyllas, la princesa recién nacida, Saire, es la única que no lo ha heredado.
Volvió a sonreír.
Mary sonrió también. Pero no pudo evitar preguntarse por qué Aida parecía a ratos preocupada.
—¿Qué sucede, Mary? Parece que el aperitivo te ha sentado mal.
Mary negó con la cabeza.
—Estoy bien. —Suspiró—. Solo estaba pensando en Samuel. Lo extraño.
Era cierto en parte. También se preguntaba si su hermano ya habría entregado las cartas.
—Y él debe extrañarte a ti —la consoló Aida.
Y puso su mano en el hombro de Mary con ternura.
Como haría una madre—. Debe ser difícil separarte otra vez de Sam tras su cautiverio.
Pero, mira el lado bueno... siempre hay un lado bueno.
.. cuando vueltas no te apartaras más de su lado.
Y, lo que es más importante, tendrás nuevas habilidades para protegerlo.
«¿Cuáles?», pudo haber dicho Mary. Pero decidió confiar en que sabría la respuesta a su debido tiempo.
—¿A dónde vamos? —preguntó en cambio, mirando el interior del coche—. Ahora que nuestro paso por la corte de Azur ha llegado a su fin.
—Borash —contestó Aida; apartó la mano, enderezó su postura—. Wyllas encargó amablemente este coche para llevarnos hasta el bosque de Olhe. Allí, nos adentraremos hacia nuestro verdadero destino.
«Borash», repitió Mary en su fuero interno. Era el lugar donde aguardaban los seres hadunos privilegiados. Como ella.
Miró a Aida.